jueves, 14 de octubre de 2010

Revueltas, Tchaikovsky y Sibelius con la Orquesta Sinfónica Nacional de México

Foto: Fernando Cruz/INBA

Ramón Jacques
La Orquesta Sinfónica Nacional de México ofreció un atractivo concierto con obras de diferentes estilos y procedencias, bajo la conducción del director español José Luís Castillo. Fiel a su estilo de difundir e interpretar obras de compositores mexicanos en todos sus conciertos, la orquesta ejecutó dos breves piezas del compositor Silvestre Revueltas (1899-1940), prolífico compositor de quien murió a los 41 años y del cual Castillo es considerado un estudioso e impulsor de su música inédita. Así, se escucho Itinerarios una intensa pieza orquestal de tono dramático, de abundante participación de metales, agitados pasajes de cuerdas, una contemplativa elegía casi mágica, que mezcló la melodía de un saxofón con la de un arpa, para cerrar con un poderoso final de trompetas. La segunda obra fue Un canto de guerra de los frentes leales, un himno de guerra ejecutado por metales, timbales y piano que el compositor escribió en 1938 en solidaridad con la causa republicana, que le inspiró un viaje que hizo a España durante la guerra civil en ese país y cuya materia prima fue un canto republicano de fuerte arraigo popular y cuyos primeros versos expresan lo siguiente: “Los moros que trajo Franco…en Madrid quieren entrar…mientras queden milicianos…Los moros no pasaran”
La obra que tradicionalmente contaría con la presencia de un coro, en esta ocasión solo se ejecutó en su parte musical. El maestro valenciano dirigió ambas piezas con convicción resaltando la inconfundible modernidad orquestal de Revueltas. Con la participación del joven violonchelista ruso Dmitry Volkov se interpretaron dos obras de Tchaikovsky, el agradable y romántico Pezzo capriccioso para violonchelo y orquesta, Op 62, así como las Variaciones sobre un tema rococó para violonchelo y orquesta, Op. 33. En esta segunda pieza la segura mano Castillo permitió libertades de expresión y color a la orquesta, lo que creó un marco adecuado para la sugestiva interpretación del solista de cuyo instrumento emanó la expresividad y destreza necesaria para captar los temas de carácter: gracioso, cortesano, elegiaco, contenidas en la obra, creando un verdadero intercambio o dialogo con la orquesta. En la Sinfonía no.1 en mi menor, Op 39 de Jean Sibelius, se pudo escuchar el balance entre su contrastante exaltación y tranquilidad, su influencia rusa y su carácter triste, en una labor trabajada con cincel entre la orquesta y el director, quien concluyó con la admirable sutileza del particular Finale quasi una fantasia, un final tan alejado del estilo de una sinfonía tradicional.

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