miércoles, 13 de octubre de 2010

Carmen y el temperamento de Rinat Shaham en el Teatro Sociale de Rovigo, Italia

Fotos: Nicola Boschetti

Athos Tromboni


Rovigo (Italia) 195 es el numero de temporadas de opera realizadas desde su apertura al día de hoy, en el Teatro Sociale de Rovigo. Quizás nunca como en este 2010 el inicio de la temporada estuvo tan critico, en duda, y en una disyuntiva entre si y no, por el precipicio sine die de del omnipresente dinero y de los limitados recursos monetarios para el ciento noventa y cinco. Pero después se dio un milagro, ya que a la voluntad de resolver la incertidumbre se unió la decisión de abrir de todas formas. Carmen, la obra maestra de Bizet se representó en el Sociale durante ocho temporadas (1891, 1920, 1933, 1946, 1954, 1971, 1995 y en el 2002) y su fascinación ha permanecido inalterada, así el teatro se llenó de publico en todas las butacas para esta producción del 2010, la cual después de Rovigo, será llevada a los teatros cívicos de Padua, Bassano del Grappa, Rimini, Trento, Savona y Pisa. Un gran titulo para la apertura de la temporada y una grande interprete en el papel protagonista, que fue Rinat Shaham. La mezzosoprano israelí no desilusionó y se hizo apreciar por como se metió en el personaje de la cigarrera Sevillana. Arrancó aplausos por una interpretación vocal afianzada con seguridad en la sensibilidad de los melómanos de largo curso, y fue admirada por como supo seguir las indicaciones del regista Ivan Stefanutti quien la quiso caracterizar mas ninfomanía que pasional, mas víctima inmolada a su propia autodeterminación que chivo expiatorio de la “libertad” transgresora de índole feminista.

Cuando Shaham se movió en escena fue un catalizador, la propiedad del gesto, la armonía de la postura, la nonchalance respecto a las audacias escénicas y vocales, la naturaleza de los actitudes, el ojo siempre puesto en la acción y no en el director de orquesta, estos fueron los trazos distintivos de su recitar cantando. La personalidad de Shaham se notó inmediatamente y desde la primera silaba, y se reforzó con la ejecución de la habanera, después su temperamento explotó en la Seguidilla. Se balancea, y mostró las piernas sentándose de modo que se le veían bien, infló el pecho en actitud de desafío, y supo como ser bella. Shaham y no solo Carmen, fue presa de la visión de otros, principalmente de la masculina. Se mostró, de acuerdo al juego que el regista predispuso pero con la naturaleza de quien esta en el fondo soltando su juego preferido. Si se ve la foto que acompañan este escrito, montando a Don José, el fotógrafo de escena eligio al personaje y a la artista a la vez, una síntesis perfecta para la opera prefecta que es Carmen. Su vocalidad fue convincente, la voz fue terminante y la entonación fue óptima. En dueto con el tenor y con el barítono permaneció el centro atractivo, en el gesto y en el canto. Andrea Carè fue un Don José que gravitó en torno a ella, y tuvo partes vocalmente muy importantes como para haber pasado a segundo plano, cuando canto las arias de solista se confirmó como un artista de talento y cuando cantó con Shaham la impresión fue que su fuerza expresiva se benefició en su encuentro con la mezzo soprano.

Diferente fue cuando cantó al lado de Valentina Corradetti (Micaela), una soprano lírica a quien le faltó aun la suavidad colora del canto confiado a la novia de Don José. Corradetti es una soprano lírica de fuerte personalidad y de grato e importante timbre, adaptado, parecería, para papeles menos belcantistas y más románticos o tardío románticos, respecto al repertorio que hasta hoy a interpretado. Alternando con la soprano, Caré mostró un peso vocal no equilibrado con el de su compañera, y si no hay nada que resaltar por entonación o pericia técnica (uso los falsettones en vez del falseto, pero lo hizo con garbo) la dicotomía ponderada se convirtió en imperceptible para el oído y el color ligeramente nasal de su timbre se acentuó. Imperioso fue después el barítono Nmon Ford quien plegó a Escamillo a sus propios deseos escénicos y vocales, confirmando un physique-du-role importante para el personaje. Muy bien lograda fue la prestación del confiable Gianfranco Montresor (Zúñiga) llamado de ultimo momento para sustituir al anunciado Marek Kalbus. Buenas las otras dos interpretes femeninas Natalia Roman (Frasquita) y Annalisa Stroppa (Mercedes), inoxidable Max René Cosotti (Remendado) en el personaje de carácter que le es justo, y reconocimientos para Gabriele Nani (Dancairo) y para Donato Di Gioia (Morales). Para completar el juicio sobre el elenco, agregaría que el coro preparado por Giorgio Mazzucato (el lírico veneto de la Li.Ve. y el de voces de niños, Piccoli Cantori di San Bartolomeo) desarrollaron un optimo trabajo.

Un poco menos de entusiasmo suscitó en nosotros la Orchestra Regionale Filarmonia Veneta, no muy precisa y no siempre atenta a la exigencias del director Francesco Rosa; este último concertó con una línea interpretativa lista para respetar y ayudar a los cantantes, buscando tener bajo control la dinámica y los colores del sonido; pero cuando se trato de valorizar el solo orquestal (como las oberturas de la opera) optó por la imperiosa vehemencia del estilo de la grand-opéra mas que la de la opéra-comique en las notas dedicadas a la uniformidad musical de los toreros y las gitanas (en la misma manera en la que lo propusieron, haciendo que fuera apreciada, también por grandes directores contemporáneos como Barenboim y Levine); y ha influido en los tiempos de lirismo expresionista y sobre un color profundo y desesperado, aun mahleriano, en las notas dedicadas a la tragedia de Carmen. Pero, el trabajo más bello e importante lo realizó Ivan Stefanutti: su puesta escénica fue ambientada entre las montañas de un pueblo fronterizo, con única escena, cambiable solo por las hermosas luces creadas por el propio Stefanutti. Todos los protagonistas, desde los protagonistas hasta el coro, estuvieron desesperados en el desbarajuste, porque el regista quiso hacer de Carmen una “historia de riña y degradación”. “Hubo traición, obsesión, desesperación, locura, el desprecio y la oscuridad”. Una lectura a-romántica más que anti-romántica, y en conjugación empática con el lirismo expresionista sobre el que Rosa condujo la orquesta. Caluroso el recibimiento del público con ovaciones reservadas para Corradetti y no para la Shaham. Ipse dixit populo como cuando elije Barrabas, haciéndole así –de Cristo- el motor de la opera.

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