jueves, 1 de octubre de 2009

A Menina das Nuvens en Belo Horizonte, Brasil

Foto:"A Menina das Nuvens"
Credito: Paulo Lacerda - Fundação Clóvis Salgado
Renato Rocha Mesquita

Es una lástima que el Palácio das Artes en Belo Horizonte, Brasil estuviese medio vacío en la primera función de A Menina das Nuvens (La Niña de las Nubes) de Heitor Villa-Lobos, obra que no se cantaba desde su estreno en Río de Janeiro en 1960, hasta esta fecha. Como es habitual en la obra de Villa-Lobos, la inspiración melódica no ocurre todo el tiempo, lo que denuncia la prisa en la composición y la negligencia en la revisión, típicas de la personalidad inquieta del compositor. Pero, cuando esa inspiración se hace presente, ella se traduce en momentos conmovedores en los cuales el contrapunto, los ritmos múltiplos, la intervención del coro como instrumento de la orquesta y las armonías originales revelan las mejores calidades del compositor brasileño. La ligereza de la instrumentación del primer acto, que ocurre en el cielo, sorprende. El segundo acto es más rutinario y no despierta gran entusiasmo, como si el compositor hubiese guardado lo mejor para el final. El tercer acto reluce melodías generosas, opulencia orquestal y un finale magnífico que nos hace pensar en las mejores partes de las Bachianas y de los Choros. El tercer acto por si solo justifica el esfuerzo de poner en escena esta larga y compleja obra que quedó olvidada durante cincuenta años. El texto, una pieza para niños de Lúcia Benedetti, contiene diálogos cortos en lenguaje coloquial, a veces casi ingenuo. No existen grandes monólogos y por eso es difícil la composición de arias que ofrezcan a los cantantes buenas oportunidades de expansión vocal. Dos ariosos en los dos primeros actos y tres arias en el tercero es poco para una ópera que dura más de dos horas. Casi todo el tiempo Villa-Lobos usa un parlando que no obedece siempre a la prosodia del portugués hablado. Los diálogos, muy largos, podrían ser reducidos si el comentario orquestal no fuese tan hermoso. La monotonía de un texto repetitivo es compensada por sonoridades riquísimas con la habitual evocación en Villa-Lobos de ritmos de danzas populares, vals, samba, maxixe. La Orquesta Sinfónica de Minas Gerais dirigida por Roberto Duarte, experto en la obra del compositor, tocó bien y nada más. Duarte se encargó de la revisión de la partitura e introdujo, como preludio al primer acto, una pieza compuesta sobre los temas más importantes de la ópera. Su trabajo, responsable del éxito del espectáculo representa el rescate de la memoria musical de Brasil al sacar del ostracismo una obra casi perdida. La soprano Gabriela Pace, en el arduo papel principal de tesitura muy amplia, está en el auge de su carrera. El momento más mágico de la noche fue su pianísimo sostenido al final de la “Invocación a la Luna”. El bajo José Carlos Leal (el Tiempo) reemplazó a Lício Bruno quien sufrió un grave accidente en la víspera del estreno. El rol no le representó ninguna dificultad vocal a Leal, pero él se sentó del lado derecho del escenario con la partitura en las manos mientras que un mimo representaba su papel. El barítono Homero Velho (el Viento Cambiante) cantó con hermosos matices de colorido vocal. Su arioso del fin del primer acto merece estar entre las mejores canciones de Villa-Lobos. El barítono Ignácio de Nonno (Relámpago), que se cargo de un papel que en el estreno le fue confiado al famoso tenor brasileño Assis Pacheco, encontró problemas con la tesitura muy aguda y presentó con frecuencia un desagradable vibrato. Es, sin embargo, un buen actor cómico y su actuación de personaje cobarde que supera su miedo y se transforma en un rayo de sol nos recordó el Papageno de la Flauta Mágica. La mezzo Aline Soares (la Madre de la Niña), la soprano Fabíola Protzner (su Hermana) y el tenor Flávio Leite (el Soldado de Plomo) – muy buen actor – son voces que valen la pena ser observadas en el futuro. La voz de la mezzo Regina Elena Mesquita (la Mala Reina) no es más la misma, aunque su talento cómico y su presencia escénica se mantienen intactas. Vestía un increíble sombrero de plumas, un vestido rosa, una capa dorada, guantes y una cartera colgada al hombro, conjunto con el cual parecía una caricatura de la reina de Inglaterra. Los impecables decorados y trajes de Rosa Magalhães (la hija de Benedetti) crearon efectos de gran poesía en el primer acto y en la escena de la aparición de la Luna – un disco de neón que baja del cielo y trae a la cantante al escenario, lo que nuevamente nos hizo pensar en la Reina de la Noche de la ópera mozartiana. También contribuyeron con la calidad del espectáculo la muy eficiente dirección de escena de William Pereira, el mágico diseño de iluminación de Pedro Pederneiras y la óptima coreografía de Tíndaro Silvano, en una ópera en la cual los bailables juegan un papel muy importante. No deberían engañarse los que piensen que La Niña de las Nubes es una ópera para niños (por lo menos no para los niños de hoy, acostumbrados a cuentos tontos y a musiquitas que idiotizan). La opera es larga y la trama está llena de situaciones “políticamente incorrectas”: leones hambrientos que quieren devorar los personajes; referencias al acoso moral de los poderosos y a la violencia de la policía; y la Reina/Bruja sufre la suprema humillación de ver su nariz transformada ¡en un pan tostado! Sin duda esa Nina de las Nubes fue el homenaje más importante que se hizo en Brasil en conmemoración del quincuagésimo aniversario de la muerte de Villa-Lobos.

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