viernes, 3 de septiembre de 2010

Noseda, Zehetmair, y Welser-Möst en el Festival Stresa 2010, Italia

Foto: Andrea Sacchi KS- Stresa Festival 2010; Gianandrea Noseda EUYO; Thomas Zehetmail; The Cleveland Orchestra

Massimo Viazzo.

Habrá sido por la contagiosa efervescencia que fluía de los jóvenes instrumentistas de la European Union Youth Orchestra, aunada a más de treinta años de historia sobre la espalda, o tal vez por la inagotable dedicación de Gianandrea Noseda (director artístico desde hace dos lustros del Stresa Festival) cuya incontenible mezcla de sufrimiento y exaltación se desató con ardiente vértigo, lo cierto es que hacia tiempo que no se escuchaba una Patética como esta. Noseda, que es un apasionado conocedor del repertorio ruso (su muy esperado Boris inaugurará la temporada del Teatro Regio de Turín en algunas semanas) desde los primeros movimientos de su batuta nos hizo intuir que el viaje que estaba por realizar no podía mas que conducirnos a las profundidades mas oscuras. Fatalismo puro, que como forma parte ya de la propia naturaleza de la obra maestra Tchikovskiana, es el testamento espiritual de su atormentado autor. El Final, afrontado con sombrío realismo, se impuso como un núcleo emotivo de la obra, una última perspectiva para revivir en un angustioso flashback sus otros tres movimientos. La primera parte de la velada se inició con el raro Prologo sinfónico “Bianca de Molena” de Mieczyslaw Karlowicz, talento polaco que falleció en 1909 con tan solo 33 años de edad. Noseda exaltó las suplicas románticas tardías casi convulsivas, connaturales de esta pagina, restituyéndoselas con gallardía. También el extracto del El Jugador de Prokofiev, sonó entusiasmante por la exuberancia rítmica, el agudo fraseo y la sugestión dramática. La Sinfonía de La Forza del Destino, al blanco calor y como bis, coronó la velada.

Al día siguiente, toda la música que se escuchó en la Iglesia del SS. Crocifisso del Colegio Rosmini, fue dedicada a la ejecución integral de aquel monumento sumo que es el corpus de las obras para violín solista de Johann Sebastian Bach. Thomas Zehetmair, quien tocó de memoria, literalmente maravilló al público con una ejecución de absoluta referencia caracterizada por rigurosas concesiones, precisiones en la entonación y un fascinante juego timbrico-dinámico. Empuñando su precioso Stradivari, el violinista alemán pudo proyectar los arabescos baquianos en un espacio atemporal, al punto de hacerlos absolutos, despidiéndolos con vigor, pero encontrando también una suavidad inaudita. Zehetmair mostró un brillante virtuosismo, nunca se auto alabó, y también un claro sentido del contrapunto (la fantasmagórica Fuga de la Sonata n. 3 ¡dejo a todos sin respiración!) rotando entre elocuencia y expresividad. Un verdadero y justo tour de force que dejó una marca muy profunda en todos los presentes.

Honor al merito que tuvo el Stresa Festival por haberse asegurado a The Cleveland Orchestra la primera orquesta estadounidense (y según los adeptos al trabajo, como recordó Gianandrea Noseda presentándola en conferencia de prensa, por hoy la primera del mundo por abnegación y ductilidad). El hecho de haber sido siempre dirigida por directores europeos hace que la orquesta tenga tanta familiaridad en la interpretación de este tipo de repertorios y de hacer que sus interpretaciones sean frecuentemente recomendables. Franz Welser-Möst, su actual director musical, la dirigió con elegancia, garbo y transparencia. Fue así como la Trágica de Schubert (que no fue aquí tan trágica) sonara ligera y suave. Los pliegues del fraseo fueron imperceptiblemente mesurados y las suavidades tímbricas la hicieron sonar límpida y serena. Welser-Möst le atinó del todo a la cifra estilística de esta página en la que Schubert pareció expresarse en tercera persona, sin distorsionarle sus fallas con sugestiones fuera de lugar. La orquesta de Cleveland dio después una cátedra en la segunda parte del concierto y en Ein Heldenleben de Richard Strauss se mostró como una agrupación virtuosamente impecable que entusiasmó por la calidad de su sonido siempre pleno y rotundo. Así, los repiqueteos del poema sinfónico straussiano, monumento al propio narcisismo, parecieron casi materializarse bajo una baqueta muy atenta en no descarrilarse y constantemente empeñada en secar la partitura dejando decantar la sola esencia musical.

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