martes, 23 de marzo de 2010

Christian Vásquez brindó un gozo sonoro inagotable al frente de la Sinfónica Simón Bolivar en Lucerna


Fotos: SJVSB, Christian Vásquez. Sala KKL. Festival de Lucerna, Suiza 21-03-2010. Fotos Nohely Oliveros. FESNOJIV
Prensa Fesnojiv
Llegó y triunfó en el denominado “festival musical de la excelencia”, exhibiendo las múltiples facetas del talento y la sabiduría. Al frente de la Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar, Christian Vásquez -caraqueño nacido en 1984, alumno aventajado del maestro José Antonio Abreu- demostró que los sonidos organizados, vertidos con vitalidad y elegancia, constituyen el mejor antídoto para instantes de decaimiento.

Exaltado en el sistema orquestal venezolano como uno de los más prometedores directores, Vásquez propició estallidos de euforia al debutar en Suiza como conductor de una masa sinfónica que, en días precedentes, cautivó a los melómanos suizos bajo la égida de Claudio Abbado y Gustavo Dudamel. El joven virtuoso, lejos de amilanarse frente al reto, asumió el compromiso sucesoral con disposición y solvencia.
De manera inusual el intendente del Festival, Michael Haeflige, hizo de maestro de ceremonia para presentar a Vásquez. “Este es un evento especial. Aquí se encuentran lo mejor de los casi 300 mil estudiantes de El Sistema. Han volado durante muchas horas para estar presentes y conectar a estas familias y niños que hoy están aquí, con la alegría... Hoy tendrán la mejor mañana que se puedan imaginar”, y así fue, dijo uno de los asistentes que se confesó ser fiel seguidor de la obra de Abreu en cada uno de los festivales a los que asiste.

Antes de subir al podio estaba asustado, pues sólo tuve una hora para ensayar, pues me encontraba fuera de Venezuela. Pero al comenzar a dirigir me llene de tanta emoción que me dispuse a regalarle a Lucerna el sonido de la Bolívar. Entregué mi alma y mi corazón” Sostuvo Cristian Vásquez, joven director de la Sinfónica Juvenil de Aragua.
Es el mismo director que ocupó el podio de la Filarmónica de Radio France, hace dos años, en la interpretación de El pájaro de fuego de Igor Stravinsky-recordaron los entendidos oyentes de Lucerna. Ahora, con la madurez de la experiencia, aunada a las sapientes enseñanzas acertadamente aquilatadas, Christian Vásquez es capaz de alternar, sin desmerecer en lo más mínimo, con las mejores batutas del orbe. Así lo puso de manifiesto en el penúltimo concierto ofrecido por la Sinfónica Simón Bolívar con localidades agotadas en el Concert Hall de esta ciudad, en donde se han dado cita los musicólogos más exigentes de Europa.

Una chispeante obertura (la escrita por Gioaquino Rossini para su ópera Guillermo Tell), cuya interpretación se convirtió en un bálsamo para el más anquilosado repertorio sinfónico, generando bravos y prolongados aplausos de un público en verdad sorprendido, por el estimulante juego descriptivo que posibilitó el todavía incipiente director. El acoplamiento, la perfecta simbiosis de dinámica y belleza tímbrica posibilitada por Vásquez, dejó claramente establecida la heredad de un sistema que cuenta con incipientes individualidades, poseedoras de una capacidad irreprochable.

Asistente del maestro Mariss Jansons en la Bamberg Symphoniker de Alemania, Christian Vásquez ratificó su buen gusto y solvencia al dar a conocer su versión de las danzas del ballet La Estancia, del argentino Alberto Ginastera, uno de los representantes más notables de la cantera musical latinoamericana, y más tarde cautivó a sus oyentes con Santa Cruz de Pacairigua del venezolano Evencio Castellanos, un poema sinfónico de resonancias folklóricas que consiguió poner al público de pie.

El rítmico Danzón 2 de otro autor de América Latina, el mexicano Arturo Márquez, sería la antesala a la brillante conclusión de un concierto que refrendó las aptitudes de una orquesta ejemplar e hizo posible el descubrimiento de un joven director admirable, en este concierto familiar al que asistieron 1.800 personas, muchos de los cuales eran niños que bailaron, cabalgaron en los asientos, movían los brazos buscando estrellas en los cabezos de algunos abuelos y corrieron para atrapar las chaquetas del tricolor venezolano que los jóvenes músicos obsequiaron. La música latinoamericana, savia y esencia de los artistas criollos, también estuvo presente con bises de locura. El público olvidó su proverbial sobriedad y, al compás de mambos y otros ritmos tropicales, con los sinfonistas bailando sobre el escenario y jugando con sus respectivos instrumentos, se contagió de esa gran fiesta de la emoción y el desenfreno. Delirio total y absoluto en una sala casi siempre ganada por la circunspección. Gran triunfo del sistema orquestal venezolano en la hermosa villa de inmensos lagos y montañas imponentes.

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