lunes, 1 de marzo de 2010

James Levine y Renée Fleming con la Orquesta Sinfónica de Boston

Foto: James Levine y Renée Fleming - Crédito: Michael J. Lutch

Lloyd Schwartz (The Phoenix)

Muchos conciertos son muy buenos, otros buenos, pero en solo unos cuantos se siente el privilegio de haber estado presente. En esta última categoría estuvo el extraordinario programa conformado por James Levine y la Orquesta Sinfónica de Boston, una especie de divina comedia que comenzó con el infierno de las densas y difíciles Tres piezas para orquesta de Berg, ascendiendo hacia la Ultimas cuatro canciones, que sirvieron como despedida de la tierra de Richard Strauss, para entrar finalmente al paraíso en la Sinfonía No. 4 de Mahler. La orquesta sonó radiante, y en Strauss y Mahler, también la diva americana, la soprano Renée Fleming. Berg comenzó a componer sus tres piezas antes del asesinato del Archiduque Fernando y las completó durante la guerra, su amplia orquestación puede sonar como un masivo ataque, pero Levine no solo me atrapó con su ineludible estructura, sino que me clarificó las enredadas líneas y melodías de la polifonía de Berg. El Präludium se movió de una siniestra resonancia hasta una batalla final y de vuelta a la disolución del agonizante mundo. En Reign (baile circular), se escucharon valses y bailes country, y una gris y mordaz amalgama de ritmos de 3/4 de tiempo. La final y siniestra marcha de guerra fue un lento y momentáneo oasis de reminiscencias y previos movimientos, antes del cataclismo final. La ejecución fue brillante y sorprendentemente seductora.


Después entramos al mundo nostálgico de Strauss: canciones de amor duradero y resignación otoñal, cantadas y tocadas con serena intimidad y un natural y nada forzado despliegue lírico. Fleming pudo maniobrar las más arqueadas frases sin forzar la voz y el glorioso tono fluyó, y sin actuar, cantó cada palabra con convicción. En la tercera canción "Beim Schlafengehen" (de un poema de Hermann Hesse), un hermoso solo de violín anticipó la ascendente línea de la soprano acerca de la liberación del alma. La cuarta Sinfónica de Mahler de Levine, fue un monologo nada forzado ni sentimental, pero si voluble y calido, de una historia de vida llena de incidentes y personajes. Levine mostró un maravilloso sentido de rubato, como en la pausa extendida que hizo antes de la corta y brillante coda del primer movimiento. Las series de sublimes variaciones en el Adagio tuvieron una gran variedad. Esa inesperada y misteriosa armonía cerca del final en este lento movimiento se sintió como si las puertas de perlas se abrieran dandonos la bienvenida al paraíso. Fleming estuvo en el escenario durante la sinfonía entera, escuchando en silencio los tres largos movimientos antes de interpretar las deliciosas canciones folclóricas de Mahler, acerca de la vida en el cielo en las que combinó una inocencia infantil con una total conciencia. Al final, mientras recibía una ovación de pie, ella no dejó de aplaudirle a la orquesta, ni tampoco yo.

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