sábado, 16 de julio de 2011

Masada se deja conquistar por la musicalidad universal de David Broza

Foto: David Broza

Alicia Perris
Revista Raíces – Madrid



En una noche de fin de año en Bruselas, mientras circulábamos como locos dentro de un taxi que nos llevaba desde la Grande Place hasta el Atomium, el taxista, que había empezado a festejar con alcohol el 31 de diciembre antes de tiempo, exclamó, en medio de una conversación algo inusual: “Tienen que escuchar a David Broza, es el mejor”. Y acentuaba la “a” final como todos los francófonos, a pesar de que parece que Broza es un apellido de origen extremeño. En medio de la noche, casi a oscuras, busqué un papelito y lo apunté y lo guardé en el billetero. Allí me acompañó todos estos años Y así fue como descubrí antes de escucharlo, a este cantante israelí cosmopolita, trashumante, seductor y plural. La suerte habitual que me suele acompañar en los viajes hizo que me encontrara con su DVD en la librería de Yad Vashem, en Jerusalem, donde estaba becada y a donde solía recalar en busca de un poco de oxígeno entre las clases que nos abrían los misterios desalentadores de la Shoah. La grabación prometía. Broza, guitarra en mano, saludaba desde la portada con el desierto de Judea al fondo. David Broza en Masada. De esta forma se juntaban dos mitos, dos leyendas, de estas que cada día visten y adornan el imaginario social, lo que un profesor del curso de Holocausto llamó, no sin picardía, “el consciente colectivo”, haciéndole un guiño a Jung. Masada me devuelve el perfume del amanecer, el mío propio, el mismo que Broza enarbola con una música deliciosa, hispanizante, entre la rumba que recuerda la variedad catalana de Peret y los padres fundacionales de la música anglosajona como John Coltrane, Sonny Rollins o Miles Davis. Porque hay en Broza un cantante americano y español que canta en hebreo, en inglés y un andaluz suave y resultón que calienta la sangre, la que hace bailar sin parar a su público en medio de la noche, esa gente que lo escucha de pie, sin inmutarse, mientras en Masada va abriéndose paso el sol entre la música, la nostalgia y las largas sombras errantes del Mar Muerto. La magia envolvente de la noche amplifican la arqueología consagrada de Yigael Yadin y un presente histórico que no acaba nunca. Masada es así. En 1977, con 22 años, cuenta en la grabación, Broza grabó su primera canción y desde entonces, el periplo ha sido largo y proteico.

Creció en Inglaterra, desde su Haifa natal, vivió varios años en Madrid y se fue a cumplir el servicio militar en Israel. Su abuelo, Wellsley Aron, había fundado el movimiento juvenil Habonim y al asentamiento árabe-israelí (Oasis de paz) Nevé Shalom. En 1995, de vuelta a la Península, el músico conecta con los trabajos de Lluis Llach, Donovan, George Moustaki, Víctor Manuel o Leonard Cohen. “Raquel”, una de sus melodías, fue utilizada como cabecera para una serie de televisión española. A menudo navegante en utópicos proyectos humanitarios, ha sido embajador de buena voluntad de UNICEF porque el deseo y los proyectos de paz para Oriente Medio lo preocupan y lo ocupan desde hace muchos años. Su guitarra, tan española, rezuma una virilidad judía que descentra el karma del desierto, rompe el equilibrio zen de la noche que se rinde al amanecer con lentitud, mientras Broza desgrana una canción tras otra, solo o acompañado por sus músicos y cantantes. Se vuelven muy sensuales y desgarradas, contagiosas, “Noche en Masada”, “Como tú” (con todo el aroma antiguo de Paco Ibáñez), “Un ramito de Violetas” de Cecilia, “Isla Mujeres”, “Haifa”, “Tiempo de trenes” o “La mujer que yo quiero” de Serrat. Abrazado a su guitarra como a una mujer hermosa le hace el amor con avaricia, como si fuera la última vez o la primera. Rumbea y el público se deja llevar escuchando su música familiar y cercana, esas improvisaciones suyas que hace con un instrumento que es a la vez, una voz, la percusión y sus quimeras. Callan el Camino de la serpiente o el de la Roca Blanca que trepan a Masada para escuchar mejor la música. Vagan emocionados los fantasmas de Eleazar ben Ya´ ir y su eterno oponente Lucio Flavio Sila. Relucen los frescos de los baños de Herodes, las termas, los pergaminos perdidos y los ostraca mudos a la distancia, mientras le sirven a Broza de resonancia las montañas de Moab.Emocionado, escribe: “He estado haciendo el concierto del amanecer desde 1993. Desde ese momento entramos en contacto la “montaña” y yo. Cada año es un desafío y siempre da la sensación de que se vive “la experiencia de la vida”. El efecto del calor en una noche de verano, la marea humana que converge en el lugar y la “odisea” de la actuación, llevan a la audiencia y al artista a la vez, a nuevos horizontes inolvidables”.


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