Massimo Viazzo
En el Teatro Regio de Turín se representó
por primera vez una de las óperas más significativas del teatro musical del
siglo veinte: Diálogos de carmelitas (o Dialogues des Carmélites) de Francis Poulenc (1899-1963). La obra maestra de Poulenc se
inspiró en un evento histórico que realmente ocurrió, que fue la ejecución, el 17 de julio 1794 en
Paris, durante la última y más feroz fase del régimen del terror, de dieciséis
monjas carmelitas que se negaron a renunciar a sus votos religiosos, y que
luego se hicieron conocidas como las mártires de Compiègne. Este trágico
evento inspiró en 1931 una novela en lengua alemana y posteriormente en 1947, el
guion de una película para la cual los diálogos fueron elaborados por el
escritor francés Georges Bernanos. El éxito obtenido llevó al editor Ricordi a
encargar a Poulenc la transposición musical precisamente de ese texto, que el
compositor utilizó casi en su totalidad realizando pocas intervenciones
personales. Por tanto, la primera representación de la ópera tuvo lugar en
Italia, concretamente el 26 de enero de 1957 en el Teatro alla Scala, en
versión rítmica italiana, bajo la dirección de Nino Sanzogno y con la presencia
de voces célebres de la época como Virginia Zeani, Gianna Pederzini, Leyla
Gencer y Gigliola Frazzoni en los papeles principales. En Turín se presentó con
el célebre espectáculo dirigido por Robert Carsen, presentado originalmente
en la Nationale Opera & Ballet de Amsterdam en 1997 y que posteriormente ha
sido representado en muchos teatros del
mundo con las escenografías curadas por Michael Levine, los vestuarios
de Falk Bauer, la iluminación del propio Carsen y de Cor van den
Brink, las coreografías de Philippe Giraudeau y la dramaturgia de
Ian Burton. Para describir este montaje, no se puede prescindir de la
genial y clamorosa escena final (Salve Regina), en la que la brutalidad de la decapitación
en la guillotina de las carmelitas
trasciende a través de una danza hierática y catártica con las protagonistas
vestidas de blanco y sol en el escenario, que realizan movimientos escuetos,
estilizados y repetitivos, en una dimensión ritual que nos permite llevar la
mirada más allá de la oscuridad de la muerte proyectándonos en una dimensión
ultraterrena luminosa y heroica de redención y rescate. El director de escena
la definió justamente como “una danza hacia la luz” y en vez de resaltar el
brutal realismo del momento Carsen supo captar la esencia más profunda
adentrándose en lo profundo del alma
humana. Por lo tanto, sobre el escenario desnudo se desarrolló un espectáculo
de rara potencia expresiva (espectáculo dirigido por Christophe Gayral
con Carsen, quien de todos modos vino a Turín para seguir personalmente la
reposición), que es un espectáculo hecho de nada y hecho de todo, de pura
dirección al servicio del teatro musical, sin ornamentos ni artificios, con un
uso virtuoso del espacio escénico y notable capacidad en la dirección de los
cantantes. La ausencia de elementos escénicos permitió además que la historia
se consumara en un espacio vacío, esencial, casi abstracto, pero precisamente
esta indefinición permitió al director canadiense hacerlo real y verdadero,
precisamente por ser absoluto. Carsen
trabaja con gran maestría a sus personajes, captando su fuerza interior, ética
y moral, logrando así comunicarla de manera directa y sin filtros. Al director
le interesa indagar la relación del hombre con lo trascendente, pero sin poner
en escena ningún símbolo de la religión cristiana (como sería natural en la
historia narrada por el libreto) y logró emocionar tanto al creyente como al
ateo. Con los años, esta producción se ha convertido en un verdadero paradigma,
probablemente la mejor para las Carmelitas y quizás también la más lograda del
director. También esta vez, al finalizar del espectáculo, los espectadores
quedaron profundamente emocionados y conmovidos. El componente musical se
destacó por su excelencia. Yves Abel guio la ejecución musical con una clara impronta
del siglo veinte, enfatizando ritmos y disonancias más que privilegiar mezclas
tímbricas quizá seductoras pero vacías en sí mismas. Su lectura, caracterizada
de un paso seguro y una cautivadora tensión narrativa, se mostró clara y
lucida. Es importante señalar que el director de orquesta canadiense posee un
profundo conocimiento no solo de las Carmélites, sino que también de esta
especifica producción, ya que dirigió su estreno en 1997. En una producción
como esta, el elenco vocal debe mostrar coordinación, afinidad y gran conjunción.
Estos requisitos se cumplieron plenamente en Turín. Todos los intérpretes
colaboraron con eficacia hacia un único objetivo; el de suscitar emociones
profundas y conmover. Hay que evidenciar
particularmente los excelentes desempeños vocales de los cantantes que
contribuyeron al notable resultado de esta producción. Recordando,
especialmente, a la frágil e inquieta Blache interpretada por Ekaterina
Bakanova, la turbada y desgarradora Madame de Croissy de Sylvie
Brunet-Grupposo, a la carismática Madame Lidoine de Sally Matthews (si
bien esta última interprete presentó algunos sonidos un poco forzados en los
agudos), a la autoritaria Mère Marie de Antoinette Dennefeld y a la
sincera y delicada Sor Constance de Francesca Pia Vitale. Del reparto
masculino hay que señalar la prueba de Jean-François Lapoint (Marquis de
la Force), de Valentin Thill (Chevalier de la Force) y de Krystian Adam (el capellán), quienes
ofrecieron interpretaciones extremadamente creíbles y participativas.
Finalmente, un aplauso merecido y ganado va para la nueva y muy preparada
directora del Coro del Teatro Regio, Gea Garatti Ansini. El notable
éxito de la producción fue decretado al final del espectáculo por un público
visiblemente conmovido.


No comments:
Post a Comment
Note: Only a member of this blog may post a comment.