Massimo Viazzo
¡Turandot de Giacomo Puccini (1858-1924)
celebra su centenario! De hecho, el histórico estreno mundial del 25 de abril de 1926
fue en el Teatro Alla Scala de Milán bajo la conducción de Arturo Toscanini con
protagonistas del calibre de Rosa Raisa, Miguel Fleta y María Zamboni. Como es
sabido, la representación fue interrumpida en el punto exacto en donde concluía
la partitura que había dejado incompleta el compositor, es decir, después de la
muerte de Liù. Se realizaron varios
intentos de completar la obra a lo largo de los años, pero la versión más
acreditada y utilizada sigue siendo la preparada por Franco Alfano, que fue usada precisamente por Toscanini después del
estreno. En realidad, Toscanini la recortó considerablemente, cortando unos
cien compases que había considerado que no eran coherentes con la música de Puccini (pero que
en realidad minaron su continuidad dramática). Y, naturalmente, este fue el
final elegido en esta ocasión conmemorativa. La propuesta actual constituye la
reposición del espectáculo hiper tecnológico firmado por Davide Livermore
que se presentó en el Teatro alla Scala hace un par de años y que confirma
plenamente las valoraciones positivas ya expresadas al mérito de Davide Livermore (la reposición le fue encomendada a Laura Galmarini) quien ambientó
su Turandot en un Pekín imaginario, en una especie de Sin City oriental.
Cuando se alzó el telón, nos encontramos en un barrio deteriorado y de mala
reputación, con un burdel a la izquierda del escenario. La acción se desarrolla
de manera clara y comprensible en este espacio particular, que después se transformaría en el palacio de Altoum
durante el segundo acto. En este contexto, se vislumbró luego la jaula dorada,
un jardín exuberante y púrpura suspendido, donde vive Turandot. La cruel princesa está atrapada allí. Su
cuerpo y su alma todavía son poseídos por los de su antepasada Lo-u-Ling, como
si fuese su rencarnación. Lo-u-Ling es la antecesora, violada y asesinada hace
más de mil años, que continúa atormentándola con su grito desgarrador.
Turandot, aparentemente en busca de venganza, en realidad anhela la paz
interior que solo el amor puede otorgarle. Al igual que los demás personajes
principales de la obra, Turandot emprendería un viaje iniciático en busca de sí
misma, liberándose de las cadenas de la opresión psicológica para alcanzar
finalmente la madurez y la libertad de elección. El elemento distintivo de este exitoso
montaje es un espectacular led circular, un see through que
desciende desde lo alto e invade la escena, y en cuyo interior se destilaban
fantasmagóricas policromías que amplificaban las sensaciones y emociones que
emergen del libreto, como son la sangre, la muerte, la pasión, y sobre el cual
se pudieron admirar las sugestivas proyecciones creadas por D-Wok. En esta
ocasión la batuta le fue confiada a Nicola Luisotti. El director toscano
impuso una dirección confiable, de paso rápido, pero un poco genérica, quizás demasiado
cuadrada y en definitiva careció de profundizar en la belleza y matices
tímbricos de la partitura. En el papel protagónico, Anna Pirozzi mostró
una notable seguridad y proyección vocal, en particular en la región aguda de
la tesitura. Sus agudos, voluminosos y
muy resistentes, representaron momentos verdaderamente electrizantes, como
parte de su desempeño. Su largo y difícil monologo In questa reggia, cantado
con transporto, dominio, como también con extrema atención a la línea
musical, fue uno de los mejores momentos de toda la función. A su lado, Roberto
Alagna encarnó al príncipe ignoto Calaf con pasión, vigor y una
credibilidad absoluta, a pesar de que evidenció algunas imperfecciones vocales,
con agudos no siempre sólidos. El timbre del tenor francés conserva aun una
notable belleza, calor, brillantez, así como capacidad comunicativa, haciendo
que el personaje fuera fascinante en escena. El esperado Nessun dorma suscitó
un prolongado aplauso a escena abierta de parte del público scaligero. Mariangela
Sicilia recibió amplios elogios por su interpretación de Liù, caracterizada
por una pureza tímbrica con la que supo expresar con eficacia la fragilidad, como también la determinación del
personaje. Su dicción fue impecable y junto a un acento perfecto y una
dedicación constante, contribuyeron a que su actuación fuera particularmente
apreciable. La interpretación de Tu che di gel sei cinta se distinguió
por una rara fuerza emotiva provocando un profundo involucramiento. Pasando a
los otros intérpretes, Riccardo Zanellato dibujó un Timur menos noble
pero más humano, mientras que Gregory Bonfatti se sintió a sus anchas en
el papel del Emperador Altoum. Complicidad y destreza actoral caracterizaron la
actuación de los tres desenfrenados dignatarios de la corte Ping Pong y Pang,
interpretados respectivamente por Biagio Pizzuti, Paolo Antognetti
y Francesco Pittari; y una gran solidez vocal mostró Alberto Petricca en el papel de
un mandarín. Un aplauso final va al Coro del Teatro alla Scala, tan importante
en esta obra, que fue dirigido con habitual maestría por Alberto Malazzi.


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