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Monday, September 4, 2017

La Fanciulla del West de Puccini por primera vez en el Palacio de Bellas Artes de México

La Ópera de Bellas Artes llevará a cabo el estreno en el Palacio de Bellas Artes de La fanciulla del West de Giacomo Puccini, con la puesta en escena, escenografía e iluminación de Sergio Vela y la dirección concertadora del brasileño Luiz Fernando Malheiro al frente de la Orquesta y Coro del Teatro de Bellas Artes. Esta nueva producción de la Ópera de Bellas Artes será escenificada los domingos 17 y 24 de septiembre a las 17:00 y el martes 19 y el jueves 21 a las 20:00 en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes. Puccini escribió la música de esta obra de tres actos entre 1908 y 1909. El libreto en italiano es de Guelfo Civinini y Carlo Zangarini, basado en la pieza The Girl of the Golden West de David Belasco. Su estreno mundial fue el 10 de diciembre de 1910 en la Metropolitan Opera House de Nueva York bajo la dirección de Arturo Toscanini, montaje en el que participó el célebre tenor Enrico Caruso. En México se escenificó, en una sola función, el 24 de febrero de 1920 en el Teatro Arbeu. La fanciulla del West cuenta la vida de un pueblo minero en las montañas de la Sierra Madre californiana. En plena fiebre del oro y en un ambiente mayoritariamente masculino, la joven Minnie, propietaria del bar La Polka, representa la figura maternal y sensual anhelada por los hombres. Puccini situó ahí la añoranza abandonada por los emigrantes que llegaron a la región atraídos por un mejor futuro. 

Este estreno en el Palacio de Bellas Artes representa un punto de vista iberoamericano de la obra de Puccini. Su elenco está encabezado por la soprano de raíces españolas Ángeles Blancas Gulín (Minnie), el barítono mexicano Jorge Lagunes (sheriff Jack Rance) y el tenor vasco Andeka Gorrotxategui (Dick Johnson, alias Ramírez). También participan Ángel Ruz, Carlos Santos, Vanessa Jara, Oscar Velázquez, Emilio Carsi, Rodrigo Petate, Rodrigo Urrutia y Renata Ramos. En los roles de mineros: Enrique Ángeles, Héctor Valle, Antonio Azpiri, Alberto Albarrán, Edgar Gil y Carlos Arámbula, Ángel Macías y Edgar Villalva. El equipo creativo lo completan Carlos Aransay (dirección huésped del Coro), Violeta Rojas (diseño y realización de vestuario), Ruby Tagle (dirección de movimiento escénico), Ilka Monforte (diseño de maquillaje). 

“Hacer La fanciulla del West de Giacomo Puccini es una tarea obligada de toda compañía que haga ópera de calidad. Debe figurar porque es la partitura más ambiciosa, audaz y compleja de todas las de Puccini. Aunque nunca ha tenido el grado de popularidad de otros de sus títulos, es muy importante porque se trata de una dramaturgia muy compleja, y aunque parece lineal e ingenua, está llena de honduras y vericuetos muy interesantes”, afirma Sergio Vela. 

“Por otro lado, en términos estrictamente técnicos, la partitura es de una gran complejidad, de tal forma que integrar un reparto idóneo requiere no solo de tres cantantes prominentes como en Tosca, por ejemplo, porque la tesitura, la redacción vocal en esta partitura es mucho más difícil. “Es decir, no es sencillo encontrar a los cantantes idóneos para llevar a cabo este proyecto, porque los otros 15 personajes forman un ensamble que debe estar bien articulado, trabajar como conjunto y, a la vez, como voces solistas, más el coro masculino. Todo ello hace que la redacción orquestal sea igualmente compleja. “En definitiva, se trata de una partitura extraordinaria cuya temporaneidad estética realza su importancia. Esta partitura se escribió entre 1908 y 1909, y se estrenó en 1910, cuando acababa de emerger el movimiento pictórico del fauvismo, que se caracteriza por el uso de colores muy violentos, además del art nouveau. 

Estos dos movimientos estéticos encontraron eco en esta partitura y la convirtieron en algo muy complejo. “A ello hay que agregar que nunca se había puesto en el Palacio de Bellas Artes, hasta ahora, aunque se intentó hacer en 1976. Solo se había escenificado, en una sola función, en 1920 en el Teatro Arbeu, diez años después de su estreno mundial, y la puso una compañía itinerante. Ahora, 97 años después, haremos su estreno en el Palacio de Bellas Artes”. La historia de La fanciulla del West “sigue siendo muy atractiva, más ahora que existen tensiones binacionales y la trama apela a la unión, la redención, el entendimiento y el perdón, lo cual le da cierto interés actual. Sin embargo, me parece que sería darle un tono reduccionista, pues la obra trasciende todas esas cosas y va mucho más allá para convertirse en una obra de muchos aspectos a estudiar. 

“La dramaturgia de esta ópera es extraordinaria, y yo tengo una larga pasión por este título, pero también por el western como forma épica de contar una historia, similar a la estructura de una tragedia griega, donde el héroe es al mismo tiempo un antihéroe. Sus méritos dramatúrgicos y musicales la hacen particularmente importante. Yo estoy celebrando poder hacer esta ópera”. Respecto al elenco, sostiene: “Ángeles Blancas es una soprano muy notable, una actriz-cantante de gran desempeño vocal e histriónico que se compromete por completo; Andeka, un joven tenor vasco con voz idónea, y Jorge Lagunes, un gran barítono mexicano que regresa a cantar a México después de mucho tiempo, pues vive y triunfa en Europa. Se trata de un trío de primer nivel. 

“El otro cómplice indispensable es el director de orquesta brasileño Luiz Fernando Malheiro, con quien hace ocho años intentamos hacer la obra en Brasil, pero no se dieron las condiciones. Desde entonces lo habíamos planeado así, como ahora, salvo algunos cantantes diferentes”. En cuanto al diseño de escenografía, iluminación y vestuario, refiere que “los abordamos siempre con una idea de integración a partir de una estética nítida que permite contar la trama. Para ello, la escenografía debe tener cierto grado de abstracción, y la iluminación, evocar una atmósfera. Me parece que ambas son ideales para la partitura. La obra en sí ahonda en muchos aspectos que la convierten en algo realmente complejo”. Y concluye: “Es un título que hacía falta en el repertorio de la Ópera de Bellas Artes. Ahora se ha podido concretar, y es que, más que proyectos grandiosos, me gusta hacer cosas novedosas que impliquen una visión renovada de las formas, y junto con el INBA lo hemos podido hacer. El público podrá disfrutar de una música formidable, un drama nítidamente contado y una infalible dramaturgia”.

Thursday, April 30, 2015

Jenůfa: un cuento eslavo que el pùblico de Bolonia no olvidará.

Foto: Rocco Casaluci

Anna Galletti

En el marco de una programación bajo el signo de la innovación y de la propuesta de lenguajes nuevos, el Teatro Comunale de Bolonia, junto con el Théâtre de La Monnaie de Bruselas y el Teatro Bolshoi de Moscú, coprodujeron “Jenůfa”, con música y libreto de Leoš Janáček. El compositor checo, quién vivió de la segunda mitad del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX, ha traspuesto en una composición rítmica y musical, totalmente origina,l el drama teatral de Gabriela Preissová “Su hijastra”. Ópera de inicios del siglo pasado, “Jenůfa” refleja una tradición y una cultura geográficamente cercanas, pero al mismo tiempo alejadas de otros países, como Italia, donde la música lírica nació y se desarrolló. El drama abarca  diferentes significados, tan subjetivos cómo universales, resaltadas por el ambiente claustrofóbico de la aldea campesina morava en la que ocurre. La joven Jenůfa enamorada de su acaudalado primo Števa quien rehúsa casarse con ella a pesar de su embarazo, es condenada a la soledad y a la marginación. Él justifica su negativa por la cicatriz en la mejilla que le hizo Laca, quien la ama y no acepta la idea que se case con su medio hermano. Kostelnička, la intransigente madrastra de Jenůfa, cree que el niño que nació es la razón de la desgracia de Jenůfa y presa de la desesperación lo mata. Este acto tremendo da inicio al final de la historia: Kostelnička comienza su camino hacia la redención y Jenůfa aprende a perdonarse a sí misma y a todos los que de alguna forma cometieron errores y Laca  realiza  su sueño de amor. Sin duda el protagonista de este montaje es el director letón Alvis Hermanis, quién representó con imágenes la multi-colorida música de Janáček. El montaje traspasó con naturalidad, de la elegancia del estilo libre de la escenografía del primer acto, a la brutalidad del interior de una casa de campo checa de inicios del siglo XX; del refinamiento a la dejadez del vestuario (de Anna Watkins, magnífico); y de la búsqueda de movimientos estilizados y simbólicos de los personajes a la energía de los mismos, en momentos de incontrolable emoción. Todo eso en una circularidad que fue del tercer y último acto, al primero, para significar que, al fin y al cabo, cómo nos enseñó Giuseppe Tomasi di Lampedusa en “Gattopardo”, hay que cambiar todo para que nada cambie.  Al éxito de la ópera contribuyó un elenco de óptimo nivel para, cantada en checo. Sin embargo, la mención especial es para Ángeles Blancas Gulin, en el rol de Kostelnička, que es central en el drama, y a quien dio vida de manera intensa y apasionada, y sin temor a gritar su desesperación. Otra mención es para la conducción musical Juraj Valčua, director eslovaco con profundos vínculos con Italia (dirige desde 2009 a la Orquesta Sinfónica de la RAI) y con la Orquesta del Teatro Comunale de Bolonia. Valčua condujo con firmeza a los músicos a través de la compleja partitura, que va de la canción popular, con sugestiones wagnerianas, regalando momentos de verdadera emoción. Andrea Danková interpretó una perfecta Jenůfa, ingenua, preocupada, dolorida y al fin madura y lista para enfrentar el destino que la vida le reservó. Los tenores Ales Briscein (Števa) y Brenden Gunnel (Laca), con roles menores, porque las figuras femeninas son preeminentes, aseguraron la calidad del resultado global con gratas voces y buena actuación. Finalmente, hay que subrayar la original elección del director Hermanis de insertar, en el primero y tercer actos, la presencia continua de un cuerpo de bailarinas. Con fluir inmaculado e incesante, gracias a las coreografías de Alla Sigalova y retomadas por Anaïs Van Eycken, adornaron la escena bajo el perfil estético enriqueciendo el sentido de la acción que solamente el lenguaje mudo de la danza puede hacer. 

Jenůfa: un racconto slavo che il pubblico di Bologna non dimenticherà.

Foto: Rocco Casaluci

Anna Galletti

Nell’ambito di una stagione all’insegna dell’innovazione e della proposta di linguaggi nuovi, il 17 aprile il Teatro Comunale di Bologna, in coproduzione con il Théâtre de La Monnaie / De Munt di Bruxelles e il Teatro Bolshoi di Mosca, ha presentato “Jenůfa”, musica e libretto di Leoš Janáček. Il compositore ceco, vissuto tra la seconda metà dell’Ottocento e i primi decenni del Novecento, ha trasposto in una composizione ritmica e musicale del tutto originale il dramma teatrale di Gabriela Preissová “La sua figliastra”. Opera dei primi del Novecento, “Jenůfa” riflette una tradizione e una cultura geograficamente vicine, ma per altri aspetti lontane, da quelle proprie dei Paesi in cui la musica lirica ha avuto il suo grande sviluppo e successo, Italia in primisIl dramma si svolge su più piani, tutti soggettivi e al tempo stesso universali, enfatizzati dall’ambiente claustrofobico del villaggio contadino moravo in cui la vicenda si svolge. La giovane Jenůfa ama il ricco cugino Števa, il quale tuttavia, pur essendo a conoscenza della gravidanza di lei, rifiuta di sposarla, così condannandola ad una vita di solitudine e di emarginazione. Il rifiuto di Števa trova pretesto nello sfregio inflitto al bel viso di lei da Laca, che la ama e che non accetta di vederla sposa del fratellastro. La severa matrigna della ragazza, Kostelnička, convinta che il bambino che nel frattempo è nato sia la causa della disgrazia di Jenůfa, in preda ad una violenta disperazione decide di ucciderlo. Da questo azione tremenda prende avvio il finale della storia, che vede l’inizio della redenzione di Kostelnička, il perdono di Jenůfa per se stessa e per tutti coloro che, in vari modi, hanno sbagliato nei suoi confronti, e il coronamento del sogno d’amore di Laca. Protagonista indiscusso di questo allestimento è il regista lettone Alvis Hermanis, che pare voler riportare in immagini la variegata composizione musicale di Janáček.  L’allestimento passa, infatti, con grande naturalezza dalla raffinatezza dello stile liberty usato per le scenografie del primo atto alla brutalità dell’interno di una casa contadina ceca di inizio Novecento del secondo, dalla ricercatezza alla trasandatezza dei costumi (di Anna Watkins, splendidi), dalla ricerca del movimento stilizzato e simbolico dei personaggi all’energia sprigionata dagli stessi in momenti di incontrollabile emozione. Il tutto in una circolarità che riconduce il terzo e ultimo atto al primo, a significare che in fondo, come ha insegnato Giuseppe Tomasi di Lampedusa nel “Gattopardo”, tutto deve cambiare affinché nulla cambi. Al successo dell’opera ha contribuito un cast di ottimo livello per questa difficile “Jenůfa”, cantata in lingua ceca. Una prima menzione speciale non può, tuttavia, mancare per Ángeles Blancas Gulin, nel ruolo centrale del dramma, quello di Kostelnička, alla quale ha dato vita in forma intensa e appassionata, senza temere di giungere a gridarne la lacerazione interiore. La seconda menzione speciale è, invece, tutta per Juraj Valčua, direttore slovacco con intensi legami con l’Italia (è direttore dell’Orchestra sinfonica della RAI dal 2009) e con l’Orchestra del Teatro Comunale di Bologna. Valčua ha condotto con fermezza l’orchestra attraverso la partitura complessa di Janáček, che spazia dalla canzone popolare a suggestioni wagneriane, regalando momenti di vera emozione. Andrea Dankova è stata una perfetta Jenůfa, dapprima ingenua, poi preoccupata, sofferente e finalmente matura e pronta ad affrontare il destino che la vita le ha riservato. I tenori Ales Briscein (Števa) e Brenden Gunnel (Laca), con parti minori in questa opera dove le figure femminili sono preminenti, hanno assicurato la qualità del risultato complessivo con le loro belle voci e la buona recitazione. Infine, si deve sottolineare la scelta originale del regista di inserire, nel primo e nel terzo atto, la presenza costante di un corpo di ballo di sole danzatrici. Il loro scorrere candido e incessante, grazie alle coreografie create da Alla Sigalova e riprese da Anaïs Van Eycken, ha impreziosito la scena dal punto di vista estetico e arricchito il significato dell’azione come solo il linguaggio muto della danza può fare.