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Monday, July 4, 2016

Ascenso y Caída de la Ciudad de Mahagonny en el Teatro Municipal de Santiago de Chile

Fotos: Patricio Melo


Joel Poblete

Aportando un nuevo logro en la renovación del repertorio operístico emprendida a lo largo de las últimas dos décadas con la incorporación de piezas indispensables del siglo XX, los últimos días de junio el Teatro Municipal de Santiago ofreció como segundo título de su actual temporada lírica, el estreno en Chile de Auge y caída de la ciudad de Mahagonny, fruto del talento de dos maestros alemanes: la partitura de Kurt Weill y el texto y propuesta teatral de Bertolt Brecht, de cuya muerte este 2016 se cumplen 60 años, marco en el cual se ofreció este debut en el Municipal. Suerte de fábula, sátira o alegoría tan pronto divertida y sarcástica como cruel, triste y dolorosa, en ese país la obra sólo se había conocido en sólidas presentaciones teatrales pero hasta ahora aún estaba pendiente de darse a conocer en su formato original, como ópera. 

Este montaje es una coproducción entre tres escenarios: el Municipal, el Teatro Colón de Buenos Aires (Argentina) y el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo (Colombia), y en él brilla especialmente el aspecto musical. Y de partida, una vez más hay que elogiar al maestro británico David Syrus, Head of Music de la Royal Opera House de Londres, quien en sus dos presentaciones previas en el Municipal al frente de la Orquesta Filarmónica de Santiago ha dejado una sólida impresión con otros dos importantes estrenos del siglo XX en Chile:Billy Budd, de Britten, en 2013, y el año pasado The Rake's Progress, de Stravinsky.  

No es fácil dirigir musicalmente esta obra, cuyas melodías pasan de lo festivo a una evocadora melancolía, pero también ofrecen toques siniestros, violentos o amenazadores: de partida, la partitura deambula entre distintos estilos y corrientes musicales, incluyendo guiños a la tradición germana desde Bach hasta Wagner y los compositores de las primeras décadas del siglo XX, pasando por influencias populares como el jazz y la música de cabaret; además, el discurso musical es dinámico y cambiante y está muy ligado a lo escénico, por lo que es primordial que el director esté tan atento al foso como a lo que ocurre en el escenario. En todos estos ámbitos, Syrus triunfó, consiguiendo de la Filarmónica una gran cohesión y expresividad sonora. 

El elenco convocado tuvo enormes fortalezas, partiendo por el espléndido protagonista, el tenor austriaco Nikolai Schukoff, encarnando a Jimmy Mahoney: creíble, carismático y lleno de energía en lo escénico (incluso saltando arriesgadamente y corriendo cuando era necesario), se ganó fácilmente la simpatía y compasión del público incluso declamando un fragmento en español, y en lo vocal es firme y contundente, con buenos y sólidos agudos, pareciendo cómodo en este rol difícil y exigente y brillando especialmente en su conmovedora entrega de la desoladora "Nur die Nacht darf nicht aufhör'n", en el segundo acto. 

Otros personajes que también fueron interpretados de manera sobresaliente fueron la imponente y segura -tanto en lo vocal como en lo escénico- Leokadja Begbick de la mezzosoprano sueca Susanne Resmark, quien debutaba en el rol y confirmó nuevamente la buena impresión que ha dejado con sus actuaciones previas en las temporadas del Municipal, como Clitemnestra en Elektra en 2010 y como la implacable suegra de Katia Kabanova en 2014; y debutando en Chile y cantando por primera vez el rol de Fatty, el experimentando tenor Kim Begley (quien en los años 90 encarnara al protagonista en elogiadas producciones de esta ópera en París y Chicago) fue un verdadero lujo como actor y cantante. 

Por otro lado, dos roles importantes no estuvieron a la altura de lo esperado. El principal personaje femenino, la prostituta Jenny, iba a ser encarnado en un principio por la joven soprano israelí-estadounidense Gan-Ya Ben-Gur Akselrod, quien alcanzó a estar ensayando en Santiago pero finalmente debió ser reemplazada por la argentina María Victoria Gaeta; la artista se mostró desenvuelta y sensual en lo actoral, pero en voz y proyección pareció no totalmente lista aún para el desafío, aunque puede deberse a haberse incorporado al reparto con menos anticipación que sus colegas, y de todos modos fue efectiva, en especial en su "Meine Herren, meine Mutter prägte". Y el veterano barítono estadounidense Gregg Baker, dueño de una ilustre trayectoria de más de tres décadas y quien fuera un convincente Amfortas en Parsifal hace tres años en el Municipal, ahora no tuvo el mismo impacto como Trinity Moses: su presencia escénica sigue siendo innegable, pero su voz se escuchó poco, salvo en su última intervención en la ópera. 

Los otros personajes estuvieron en general muy bien abordados, salvo la discreta labor del bajo alemán Thomas Stimmel como Joe: prometedora la voz y actuación del barítono turco Orhan Yildiz como Bill, y digno de aplausos el desempeño del tenor chileno Gonzalo Araya, quien encarna a Jakob Schmidt y Tobby Higgins en el segundo elenco, pero debió participar en este reemplazando a su colega, Paul Kaufmann, quien no pudo cantar en el estreno por motivos de salud. 

El segundo reparto, el llamado elenco estelar, estuvo integrado casi completamente por cantantes chilenos, pero en él se lucieron especialmente dos intérpretes argentinos: en el rol de Jimmy Mahoney, el tenor Gustavo López Manzitti no lo tenía fácil considerando el extraordinario desempeño de su colega en el elenco internacional, pero de todos modos destaca por su creíble actuación, segura vocalidad y sus bien manejados agudos, sacando buen partido a una voz robusta y capaz de resolver con inteligencia las exigencias del personaje. Por su parte, el bajo-barítono Hernán Iturralde regresó al Municipal con una lograda interpretación de Trinity Moses, mucho más divertida, matizada y contundente en lo actoral y vocal que la de su colega en el otro reparto, y además estuvo verdaderamente genial interpretando al conductor televisivo en el video que se proyecta cuando un huracán se acerca a Mahagonny.

En su primer rol más protagónico en una ópera en el Municipal, la soprano Maribel Villarroel se mostró desenvuelta en lo teatral como Jenny, luciendo una voz segura y un canto y enfoque vocal más lírico que lo habitual en el personaje. Interpretando a Leokadja Begbick en una versión más juvenil y menos matronal que lo que se acostumbra en esta ópera, la mezzosoprano Evelyn Ramírez estuvo tan sólida como actriz y cantante como de costumbre, aunque su volumen apareció más reducido y a ratos se escuchó menos que en otras ocasiones. Como Fatty y Bill, respectivamente, el tenor Pedro Espinoza y el barítono Javier Weibel mostraron un canto atractivo y se notaron cómodos en lo actoral, mientras el bajo-barítono Homero Pérez-Miranda fue un simpático Joe, que hasta se permitió lanzar algunas frases de innegable sabor cubano. 

Excelente el solo de piano del intérprete chileno Jorge Hevia, y muy eficaces las prostitutas que acompañaron a Jenny, quienes fueron encarnadas en los dos elencos por distintas cantantes: Francisca Cristópulos, Miriam Caparotta, Sylvia Montero, Jaina Elgueta, Regina Sandoval, Nurys Olivares, Jessica Poblete, Maria José Uribarri, Paola Rodríguez, Claudia Yáñez, Jennifer Ramírez y Gloria Rojas. Y como es costumbre, formidable desempeño actoral y vocal del Coro del Teatro Municipal dirigido por Jorge Klastornik, en una obra que les exigió bastante despliegue escénico. 

Mahagonny ofrece innegables alcances e interpretaciones sociales y políticas, lo que la hace muy tentadora y llamativa para cualquier director de escena. La producción de este debut en Chile corrió por cuenta de un equipo de artistas argentinos que ya se ha ganado un prestigio indudable en el medio operístico chileno con otros importantes y elogiados estrenos del siglo XX en el Municipal, encabezado por el régisseur Marcelo Lombardero, con escenografía y proyecciones multimedia de Diego Siliano, vestuario de Luciana Gutman, iluminación de José Luis Fiorruccio y coreografía de Ignacio González. Considerando las dificultades escénicas que presenta un título como este, que debe hacer justicia a los requerimientos teatrales de Brecht, la propuesta de Lombardero y sus artistas, que se ambienta en un marco contemporáneo, fue en general efectiva y funcional y supieron resolver problemáticas como los distintos dispositivos que deben ir enunciando a modo de letreros lo que va a pasar en escena, el uso de imágenes de video y multimedia que muestran tanto transiciones narrativas como el arrasador avance de un huracán, y el tránsito de cantantes y coro entre la platea y el escenario. 

A pesar de los aciertos, que incluyeron algunas escenas que simulaban ser registradas en un estudio de televisión para vender una imagen idílica y diferente a la realidad, en el montaje no siempre se percibió total conexión y fluidez entre las distintas escenas, lo que incidió en un ritmo irregular y momentos más confusos y menos logrados o que no se saque total partido a otros (como cuando durante el juicio al protagonista se evoca la venida de Dios a Mahagonny), además de ciertos detalles de iluminación, así como en el cambio de una escena a otra, que no convencieron por completo. Pero a pesar de esos reparos, lo triste, lo subversivo, lo jocoso, lo irreverente, lo cruel, lo vulgar, lo erótico, lo doloroso, todo lo que encierra Auge y caída de la ciudad de Mahagonny, de todos modos se hizo presente en mayor o menor medida, en especial en el potente marco musical . 

Monday, May 27, 2013

Parsifal de Wagner en el Teatro Municipal de Santiago.


Fotos: Patricia Melo

Joel Poblete

Para inaugurar su temporada lírica 2013, el Teatro Municipal de Santiago programó el mismo título que abriera ya su ciclo en 1999, Parsifal, en esta ocasión para coincidir con los 200 años del nacimiento de Wagner que se están conmemorando en todo el ambiente lírico a nivel mundial; de hecho, una de las funciones programadas fue precisamente el día del aniversario, el miércoles 22. Y como representantes artísticos principales del montaje estuvieron los mismos nombres de ese entonces: el maestro húngaro Gabor Ötvös dirigiendo a la Orquesta Filarmónica y en la dirección de escena, escenografía, e iluminación volvió el argentino Roberto Oswald, como de costumbre contando con el diseño de vestuario de su habitual colaborador, Aníbal Lápiz. Hace 14 años ambos ofrecieron una propuesta escénica monótona y que no pudo hacer más ágil y fluida la acción de una historia que de por sí es más estática y contemplativa que otros trabajos del autor; afortunadamente, esa vez se contó con un excelente elenco (encabezado por uno de los Parsifal más solicitados de la década pasada, Christopher Ventris) y una notable entrega de la Filarmónica en una lectura muy madura y detallista de Ötvös, quien tras haber conducido inolvidables versiones de títulos wagnerianos en este mismo escenario en las décadas de los 80 y 90 incluyendo la primera tetralogía El Anillo de los Nibelungos completa en Chile (además de haber sido director titular de la Filarmónica entre 1998 y 2001), regresó ahora tras 11 años de ausencia, para confirmar una vez más que es un gran wagneriano. La formación de la orquesta ya no es la misma de esa época, pero los actuales músicos supieron responder a las enormes exigencias de la partitura, y guiados por Ötvös entregaron una versión sensible y llena de sutilezas, que supo equilibrar el drama y el misticismo, el lirismo con el misterio y la sensualidad. Ocasionales y notorias desafinaciones en los bronces en las dos funciones que pudimos ver, no empañaron un muy buen resultado general.

En cuanto a la puesta en escena, es necesario partir diciendo que en su conjunto resultó más lograda y convincente que la de 1999; sigue siendo estática y no demasiado creativa en las dinámicas teatrales que requiere la obra, pero ahora gracias al uso de proyecciones que modificaban o complementaban el efecto visual de la escenografía e iban cambiando en distintos momentos, hubo mayor fluidez. La iluminación contribuyó a generar atmósferas muy acertadas y sutiles, contrastando con algunos elementos escenográficos demasiado evidentes, como las enormes campanas o la corona de espinas que dominaba el salón de los caballeros del grial, uno de los varios elementos simbólicos considerados por Oswald en una régie en la que el componente religioso fue muy directo y palpable. Un montaje de una visión muy predecible y respetuosa con la tradición, pero de todos modos efectiva considerando que se pudo llegar a nuevas audiencias que nunca habían visto la obra en vivo y en este primer acercamiento lograron comprender mejor la esencia de este "festival sagrado" sin tener que soportar los excesos o desafortunados enfoques de tantos directores de escena rupturistas que a menudo realizan adaptaciones en las que el argumento es irreconocible o incomprensible. De todos modos, a la propuesta de Oswald -quien desde su debut local en 1978 con La Valquiria, ha sido fundamental en la difusión de la obra de Wagner en Chile, a través de sus puestas en escena para las 10 obras más famosas del autor en el Teatro Municipal, incluyendo hitos como la primera Tetralogía completa presentada en ese escenario- no le habría venido mal algo más de frescura e innovación.

En el elenco dos fueron los personajes que estuvieron mejor interpretados: principalmente el espléndido Gurnemanz del ascendente bajo ruso Dimitry Ivashchenko, de noble presencia escénica, hermosa y sólida voz y canto firme y rotundo en todo el registro; y el complejo y enigmático rol de Kundry contó con dos excelentes cantantes, ya que por problemas de salud la originalmente anunciada mezzosoprano estadounidense Susan Maclean -una de las intérpretes más solicitadas actualmente en el papel a nivel internacional, especialmente después de cantarlo en las tres últimas temporadas del Festival de Bayreuth- sólo alcanzó a actuar en el estreno, y al menos al cierre de este comentario las siguientes funciones eran cantadas por su colega Michaela Martens, quien en marzo de este mismo año debiera asumir la misma misión en una de las funciones de la nueva producción de esta ópera en el MET de Nueva York, reemplazando a Katarina Dalayman al lado de Jonas Kaufmann. Maclean es una gran actriz, y su Kundry fue sensual, apasionada y muy atractiva físicamente, mientras su canto estuvo lleno de matices, aunque en el estreno tanto los agudos como los graves no fueron todo lo rotundos que uno podría haber esperado, quizás en buena medida por su estado de salud; por su parte, Martens es más voluminosa en lo corporal y en lo actoral privilegió el lado más salvaje y arisco del personaje, lo que hizo más conmovedor su cambio en el acto III, al tiempo que exhibió una voz poderosa y muy atractiva, de buen abordaje en las notas extremas. 

El Parsifal del tenor búlgaro Zvetan Michailov no entusiasmó mucho a nadie; si bien su desempeño tampoco puede ser calificado como deficiente, se trata de un intérprete más especializado en el repertorio italiano, quien recién en los últimos años ha empezado a incursionar en Wagner, con una voz robusta y aceptables agudos, pero de no demasiado volumen y muy superficial como actor, lo que no ayudó mucho a retratar al protagonista, quien a menudo puede ser visto sólo como un arquetipo o un símbolo, como ocurrió en este caso. El barítono estadounidense Gregg Baker, quien saltara a la fama internacional a mediados de los años 80 interpretando a Crown en Porgy and Bess en distintos teatros y en tres grabaciones distintas -una de ellas la más famosa de la obra, dirigida por Simon Rattle y editada en disco y DVD- debutó como Amfortas en 2010, y en esta nueva interpretación del atormentado personaje, fue mejorando su enfoque interpretativo a lo largo de las funciones, haciendo creíble el sufrimiento del rol y luciendo una voz atractiva, pero algo irregular en la proyección y el volumen. Por su parte, el veterano bajo holandés Harry Peeters, quien antes en la temporada del Municipal encarnara en 2010 a Orestes en Elektra, y al año siguiente fuera Osmin en El rapto en el serrallo del Teatro del Lago de Frutillar, regresó a Chile para dos personajes en la misma ópera: Titurel (cantado fuera de escena) y Klingsor, rol en el que se lo notó reducido en volumen y poco convincente en lo escénico. Muy acertados estuvieron todos los roles secundarios interpretados por cantantes chilenos, en especial las seis niñas flor a las que dieron vida Pamela Flores, Constanza Domínguez, Daniela Ezquerra, Marcela González, Paulina González y Constanza Dörr.

El Coro del Teatro Municipal que dirige el uruguayo Jorge Klastornik se lució como de costumbre, aunque en el acto I se lo sintió más apagado y reducido en potencia en comparación con el acto III; muy bien en sus breves pero fundamentales intervenciones estuvo el Coro de Niños The Grange School, que dirige Claudia Trujillo. Finalmente, en el balance y considerando lo difícil que es siempre montar una ópera como Parsifal, como espectáculo y homenaje al bicentenario wagneriano, los resultados de las funciones en el Municipal fueron más que satisfactorios, y se entiende que finalmente buena parte del público quedara muy entusiasmado y conmovido. Es que con un final tan sublime como el de esta obra, sea como sea la puesta en escena y el nivel de los artistas involucrados, es imposible permanecer impávido.

PARSIFAL, de Richard Wagner. Teatro Municipal de Santiago (Chile), funciones entre el 16 y el 28 de mayo. Intérpretes: Zvetan Michailov (Parsifal), Susan Maclean/Michaela Martens (Kundry), Dimitry Ivashchenko (Gurnemanz), Gregg Baker (Amfortas), Harry Peeters (Klingsor/Titurel), Evelyn Ramírez (Segundo escudero/voz de lo alto), Pamela Flores (Primer escudero/niña flor), Nicolás Fontecilla (Tercer escudero), Exequiel Sánchez (Cuarto escudero), Leonardo Navarro (Primer caballero del Grial), Ricardo Seguel (Segundo caballero del grial), Constanza Domínguez (niña flor), Daniela Ezquerra (niña flor), Marcela González (niña flor), Paulina González (niña flor), Constanza Dörr (niña flor). Orquesta Filarmónica de Santiago, dirigida por Gabor Ötvös. Coro del Teatro Municipal, dirigido por Jorge Klastornik. Coro de niños The Grange School, dirigido por Claudia Trujillo. Director de escena, diseñador de escenografía, iluminación y proyecciones: Roberto Oswald. Vestuario: Aníbal Lápiz.