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Monday, September 4, 2017

Ascensión y Caída de la ciudad de Mahagonny en el Teatro Colón de Buenos Aires

Fotos: Teatro Colón 

Luis G. Baietti

Kurt Weil y Bertold Brecht colaboraron en varias obras, siendo las más famosas La ópera de dos centavos y este Mahagonny, que ahora presenta el Teatro Colón por cuarta vez desde su estreno en 1987 (si bien la segunda vez fue en el Luna Park) En ambas obras el foco temático, fiel a las ideas comunistas de Brecht, es la crítica en un modo más bien burlón de la decadencia de la sociedad capitalista, consumida por el ansia irrefrenable del lucro. Para ello crea la historia de tres delincuentes prófugos que sufren un accidente automovilístico y deciden crear una ciudad en el lugar donde han quedado varados, próximo a las excavaciones en busca de Oro- La ciudad pronto crece vertiginosamente atrayendo aventureros de todas partes y prostitutas que vienen a atenderlos profesionalmente. Sufre una amenaza de destrucción por el pasaje de un huracán, hasta que finalmente luego de un período de caos la ciudad restablece el orden y se vuelve al business as usual con que se cierra el título. En realidad, la línea argumental, así como los personajes son secundarios, ya que lo que cuenta es la trasmisión de la idea política central. Weil y Brecht se separarían después cuando el primero intentó liberarse de las restricciones al papel de la música que imponía el segundo, que además presentaba su ideal teatral como el teatro épico que debía apelar al intelecto del espectador por oposición al teatro dramático que apela a sus sentimientos. De allí que en buena medida estamos en Mahagonny en las antípodas de los que en la época de los grandes títulos líricos se entendió como ópera. La música de Weil tiene momentos y momentos. En algunos la música levanta vuelo (principalmente en los actos 2 y 3 que aquí se representan juntos). En otros cede a la concepción de su autor y es más teatro hablado que cantado. La versión que nos ofrece el Colón es una auténtica súper producción donde no se han escatimado recursos y donde se han aunado los esfuerzos de 3 Teatros de ópera del continente americano para dividir costos. 
Preside la misma, dueño y señor de la puesta Marcelo Lombardero que en uno de sus mejores trabajos logra una versión de altísimo impacto donde pone en juego todo lo que conoce de las artes escénicas, que por cierto no es poco. Y nuevamente logra grandes efectos con la fusión de la imagen filmada con la acción teatral, como en las escenas del comienzo con la huida en auto de los delincuentes y el espectacular accidente de auto que sufren, o en el segundo Acto con la irrupción del huracán. Un trabajo memorable que de por sí justifica la reposición. Pero se han reunido además toda una serie de elementos de calidad, comenzando por escenógrafo, vestuarista, iluminador y técnico de artes audiovisuales. Hubo además un excelente director musical con una amplia carrera en el Covent Garden, el rendimiento de gran calidad bajo su batuta de la Orquesta Estable y el del Coro bajo la dirección de David Syrus con varios momentos de destaque, en particular de los tenores, en la segunda parte de la Opera. Y un elenco de primerísimo nivel encabezado por Nikolai Schukoff y Nicola Beller Carbone. Ambos son estupendos actores. El un tenor con una poderosa y extensa voz muy bien administrada que con justicia está teniendo éxito en Europa como Don José, Erik (navío fantasma) Y Pollione (Norma). Ella una lírica ligera con fáciles agudos pero una voz potente en el centro y graves. Se lucieron además Iris Vermellion, mezzo, como Leokadia Begbick, Pedro Espinoza como Fatty, en varios momentos una torre sonora, y los locales Luciano Garay (¡que bonito timbre de voz tiene) Ivan Garcia, Gonzalo Araya Pereira y naturalmente Hernán Iturralde que como Moses vuelve a dar una decantada aprueba de su arte. En suma, un espectáculo memorable, pese a un texto que no lo es tanto.


Monday, July 4, 2016

Ascenso y Caída de la Ciudad de Mahagonny en el Teatro Municipal de Santiago de Chile

Fotos: Patricio Melo


Joel Poblete

Aportando un nuevo logro en la renovación del repertorio operístico emprendida a lo largo de las últimas dos décadas con la incorporación de piezas indispensables del siglo XX, los últimos días de junio el Teatro Municipal de Santiago ofreció como segundo título de su actual temporada lírica, el estreno en Chile de Auge y caída de la ciudad de Mahagonny, fruto del talento de dos maestros alemanes: la partitura de Kurt Weill y el texto y propuesta teatral de Bertolt Brecht, de cuya muerte este 2016 se cumplen 60 años, marco en el cual se ofreció este debut en el Municipal. Suerte de fábula, sátira o alegoría tan pronto divertida y sarcástica como cruel, triste y dolorosa, en ese país la obra sólo se había conocido en sólidas presentaciones teatrales pero hasta ahora aún estaba pendiente de darse a conocer en su formato original, como ópera. 

Este montaje es una coproducción entre tres escenarios: el Municipal, el Teatro Colón de Buenos Aires (Argentina) y el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo (Colombia), y en él brilla especialmente el aspecto musical. Y de partida, una vez más hay que elogiar al maestro británico David Syrus, Head of Music de la Royal Opera House de Londres, quien en sus dos presentaciones previas en el Municipal al frente de la Orquesta Filarmónica de Santiago ha dejado una sólida impresión con otros dos importantes estrenos del siglo XX en Chile:Billy Budd, de Britten, en 2013, y el año pasado The Rake's Progress, de Stravinsky.  

No es fácil dirigir musicalmente esta obra, cuyas melodías pasan de lo festivo a una evocadora melancolía, pero también ofrecen toques siniestros, violentos o amenazadores: de partida, la partitura deambula entre distintos estilos y corrientes musicales, incluyendo guiños a la tradición germana desde Bach hasta Wagner y los compositores de las primeras décadas del siglo XX, pasando por influencias populares como el jazz y la música de cabaret; además, el discurso musical es dinámico y cambiante y está muy ligado a lo escénico, por lo que es primordial que el director esté tan atento al foso como a lo que ocurre en el escenario. En todos estos ámbitos, Syrus triunfó, consiguiendo de la Filarmónica una gran cohesión y expresividad sonora. 

El elenco convocado tuvo enormes fortalezas, partiendo por el espléndido protagonista, el tenor austriaco Nikolai Schukoff, encarnando a Jimmy Mahoney: creíble, carismático y lleno de energía en lo escénico (incluso saltando arriesgadamente y corriendo cuando era necesario), se ganó fácilmente la simpatía y compasión del público incluso declamando un fragmento en español, y en lo vocal es firme y contundente, con buenos y sólidos agudos, pareciendo cómodo en este rol difícil y exigente y brillando especialmente en su conmovedora entrega de la desoladora "Nur die Nacht darf nicht aufhör'n", en el segundo acto. 

Otros personajes que también fueron interpretados de manera sobresaliente fueron la imponente y segura -tanto en lo vocal como en lo escénico- Leokadja Begbick de la mezzosoprano sueca Susanne Resmark, quien debutaba en el rol y confirmó nuevamente la buena impresión que ha dejado con sus actuaciones previas en las temporadas del Municipal, como Clitemnestra en Elektra en 2010 y como la implacable suegra de Katia Kabanova en 2014; y debutando en Chile y cantando por primera vez el rol de Fatty, el experimentando tenor Kim Begley (quien en los años 90 encarnara al protagonista en elogiadas producciones de esta ópera en París y Chicago) fue un verdadero lujo como actor y cantante. 

Por otro lado, dos roles importantes no estuvieron a la altura de lo esperado. El principal personaje femenino, la prostituta Jenny, iba a ser encarnado en un principio por la joven soprano israelí-estadounidense Gan-Ya Ben-Gur Akselrod, quien alcanzó a estar ensayando en Santiago pero finalmente debió ser reemplazada por la argentina María Victoria Gaeta; la artista se mostró desenvuelta y sensual en lo actoral, pero en voz y proyección pareció no totalmente lista aún para el desafío, aunque puede deberse a haberse incorporado al reparto con menos anticipación que sus colegas, y de todos modos fue efectiva, en especial en su "Meine Herren, meine Mutter prägte". Y el veterano barítono estadounidense Gregg Baker, dueño de una ilustre trayectoria de más de tres décadas y quien fuera un convincente Amfortas en Parsifal hace tres años en el Municipal, ahora no tuvo el mismo impacto como Trinity Moses: su presencia escénica sigue siendo innegable, pero su voz se escuchó poco, salvo en su última intervención en la ópera. 

Los otros personajes estuvieron en general muy bien abordados, salvo la discreta labor del bajo alemán Thomas Stimmel como Joe: prometedora la voz y actuación del barítono turco Orhan Yildiz como Bill, y digno de aplausos el desempeño del tenor chileno Gonzalo Araya, quien encarna a Jakob Schmidt y Tobby Higgins en el segundo elenco, pero debió participar en este reemplazando a su colega, Paul Kaufmann, quien no pudo cantar en el estreno por motivos de salud. 

El segundo reparto, el llamado elenco estelar, estuvo integrado casi completamente por cantantes chilenos, pero en él se lucieron especialmente dos intérpretes argentinos: en el rol de Jimmy Mahoney, el tenor Gustavo López Manzitti no lo tenía fácil considerando el extraordinario desempeño de su colega en el elenco internacional, pero de todos modos destaca por su creíble actuación, segura vocalidad y sus bien manejados agudos, sacando buen partido a una voz robusta y capaz de resolver con inteligencia las exigencias del personaje. Por su parte, el bajo-barítono Hernán Iturralde regresó al Municipal con una lograda interpretación de Trinity Moses, mucho más divertida, matizada y contundente en lo actoral y vocal que la de su colega en el otro reparto, y además estuvo verdaderamente genial interpretando al conductor televisivo en el video que se proyecta cuando un huracán se acerca a Mahagonny.

En su primer rol más protagónico en una ópera en el Municipal, la soprano Maribel Villarroel se mostró desenvuelta en lo teatral como Jenny, luciendo una voz segura y un canto y enfoque vocal más lírico que lo habitual en el personaje. Interpretando a Leokadja Begbick en una versión más juvenil y menos matronal que lo que se acostumbra en esta ópera, la mezzosoprano Evelyn Ramírez estuvo tan sólida como actriz y cantante como de costumbre, aunque su volumen apareció más reducido y a ratos se escuchó menos que en otras ocasiones. Como Fatty y Bill, respectivamente, el tenor Pedro Espinoza y el barítono Javier Weibel mostraron un canto atractivo y se notaron cómodos en lo actoral, mientras el bajo-barítono Homero Pérez-Miranda fue un simpático Joe, que hasta se permitió lanzar algunas frases de innegable sabor cubano. 

Excelente el solo de piano del intérprete chileno Jorge Hevia, y muy eficaces las prostitutas que acompañaron a Jenny, quienes fueron encarnadas en los dos elencos por distintas cantantes: Francisca Cristópulos, Miriam Caparotta, Sylvia Montero, Jaina Elgueta, Regina Sandoval, Nurys Olivares, Jessica Poblete, Maria José Uribarri, Paola Rodríguez, Claudia Yáñez, Jennifer Ramírez y Gloria Rojas. Y como es costumbre, formidable desempeño actoral y vocal del Coro del Teatro Municipal dirigido por Jorge Klastornik, en una obra que les exigió bastante despliegue escénico. 

Mahagonny ofrece innegables alcances e interpretaciones sociales y políticas, lo que la hace muy tentadora y llamativa para cualquier director de escena. La producción de este debut en Chile corrió por cuenta de un equipo de artistas argentinos que ya se ha ganado un prestigio indudable en el medio operístico chileno con otros importantes y elogiados estrenos del siglo XX en el Municipal, encabezado por el régisseur Marcelo Lombardero, con escenografía y proyecciones multimedia de Diego Siliano, vestuario de Luciana Gutman, iluminación de José Luis Fiorruccio y coreografía de Ignacio González. Considerando las dificultades escénicas que presenta un título como este, que debe hacer justicia a los requerimientos teatrales de Brecht, la propuesta de Lombardero y sus artistas, que se ambienta en un marco contemporáneo, fue en general efectiva y funcional y supieron resolver problemáticas como los distintos dispositivos que deben ir enunciando a modo de letreros lo que va a pasar en escena, el uso de imágenes de video y multimedia que muestran tanto transiciones narrativas como el arrasador avance de un huracán, y el tránsito de cantantes y coro entre la platea y el escenario. 

A pesar de los aciertos, que incluyeron algunas escenas que simulaban ser registradas en un estudio de televisión para vender una imagen idílica y diferente a la realidad, en el montaje no siempre se percibió total conexión y fluidez entre las distintas escenas, lo que incidió en un ritmo irregular y momentos más confusos y menos logrados o que no se saque total partido a otros (como cuando durante el juicio al protagonista se evoca la venida de Dios a Mahagonny), además de ciertos detalles de iluminación, así como en el cambio de una escena a otra, que no convencieron por completoPero a pesar de esos reparos, lo triste, lo subversivo, lo jocoso, lo irreverente, lo cruel, lo vulgar, lo erótico, lo doloroso, todo lo que encierra Auge y caída de la ciudad de Mahagonny, de todos modos se hizo presente en mayor o menor medida, en especial en el potente marco musical

Saturday, May 8, 2010

Florencia: tragica y comica - Accademia Nazionale di Santa Cecilia, Roma

Fotos: Accademia Nazionale di Santa Cecilia, Roma
Ramón Jacques
La Orquesta de la Accademia Nazionale di Santa Cecilia de Roma, una de las orquestas sinfónicas mas importantes de Italia, ejecutó en forma de concierto dos operas de diferentes compositores y estilos musicales, pero cuya ambientación se sitúa durante la época renacentista en Florencia. El proyecto de musicalizar A Florentine Tragedy, el melodrama de Oscar Wilde, hizo que los caminos de Giacomo Puccini (1858-1924) y del compositor austriaco Alexander Zemlinsky (1871-1942) se cruzaran, ya que Puccini consideró realizar primero la musicalización, pero desistió cuando se interesó en Il Tabarro, que narra una historia casi idéntica de adulterio, sangre y muerte. Finalmente, fue Zemlinsky, quien concretó el proyecto de ponerle música a la obra de Wilde y compuso Eine Florentinische Tragödie (Una tragedia florentina) en el año de 1916.
Con esta opera inició el concierto, escuchándose los acordes orquestales de su sensual y soberbia obertura, que es una especie de alegoría entre el amor y la muerte, en la que ya se percibe la tragedia. Con solo un triangulo amoroso de protagonistas, la tensión dramática fue creciendo con la sugestiva orquestación de Zemlinsky, de notables influencias straussianas, mahlerianas y wagnerianas. El director ruso Vladimir Jurowski extrajo de la orquesta la envolvente tonalidad y la exuberancia tímbrica contenida en la partitura, así como el lirismo del imprevisto e irreal final (en el que marido se reconcilia con su mujer después de asesinar al amante) aunque en algunos pasajes su lectura estuvo poco calibrada, carente de sutileza y su enérgica emisión cubrió por momentos las voces de los solistas, que se situaron detrás de la orquesta en un nivel superior. El papel de Simone, fue interpretado de manera satisfactoria por el barítono ruso Sergei Leiferkus, quien cantó sus arias con autoridad y profundo tono y color. La soprano alemana Heike Wessels adaptó su amplio y homogéneo canto a las exigencias de Bianca, un personaje que es intenso y a la vez suave y conmovedor. El tenor Nikolai Schukoff cantó el papel de Guido Bardi, el noble asesinado por Simone, con su voz robusta y refinada línea de canto.

En la segunda parte del concierto y desde las primeras notas se sintió la riqueza orquestal, la alegre armonía y la energía que transmite la música que Puccini escribió en Gianni Schicchi. En esta ocasión Jurowski, concertó con seguridad y entusiasmo a una orquesta que se deleitó interpretando una música más afín a su carácter y temperamento. Los solistas, que en esta ocasión se ubicaron frente a la orquesta, actuaron con gracia y diversión sus personajes. El papel principal fue encomendado al barítono menorquín Juan Pons quien dio vida a un jovial y burlesco charlatán con su cantó uniforme, su voz pastosa y su característico timbre. Como Rinuccio, el tenor Saimir Pirgu exhibió un calido timbre y elegante fraseo y la soprano Adriana Kučerová fue una ligera y muy lírica Lauretta. El resto del elenco vocal se mostró en un buen nivel, destacando la mezzosoprano Anna Maria Chiuri, por el opulento y exuberante color oscuro de su amplia voz, como La Ciesca; el bajo Luigi Roni por su divertido Simone, el baritono Giulio Mastrototaro por su expresivo Marco, y la soprano Rosanna Savoia por su musicalidad como Nella.

Firenze è come un albero fiorito - Accademia Nazionale di Santa Cecilia, Roma

Foto: Accademia Nazionale di Santa Cecilia, Roma

Ramón Jacques

L’Orchestra dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia, una delle principali orchestre sinfoniche italiane, ha eseguito in forma di concerto due opere di compositori differenti, assimilabili non stilisticamente, ma come ambientazione entrambe si svolgono a Firenze

Il progetto di mettere in musica A Florentine Tragedy di Oscar Wilde accomuna Giacomo Puccini e Alexander Zemlinsky, dato che che Puccini si era interessato per ben due volte al soggetto (desistendo in luogo del Tabarro, opera che narra una storia similare di adulterio, sangue e morte). Zemlinsky, invece, concretizzò il progetto componendo nel 1916 Eine Florentinische Tragödie. E proprio con questo lavoro ha avuto inizio il concerto, con quegli accordi orchestrali così sensuali e orgogliosi, una sorta di allegoria del rapporto tra amore e morte in cui la tragedia è già evidente. Mettendo in scena un semplice triangolo amoroso la tensione drammatica cresceva anche per merito di una orchestrazione evocativa influenzata notevolmente da Strauss, Mahler e Wagner

Il direttore ruso Vladimir Jurowski è riuscito ad estrarre dall’orchestra romana l’esuberanza coloristica contenuta nella partitura, così come il lirismo dell’imprevedibile e irreale finale, anche se in alcuni passaggi la sua lettura è parsa poco calibrata, carente di sottigliezze, rischiando in più di una occasione di coprire i cantanti posti dietro l’orchestra su un piano rialzato Il ruoolo di Simone è stato interpretato in modo soddisfacente da Sergei Leiferkus che ha cantato la sua aria con autorevolezza e bella timbrica. Il soprano tedesco Heike Wessels ha saputo adattare il suo ampio e omogeneo strumento vocale alle esigenze del canto di Bianca, un personaggio intenso, soave e commovente Il tenore Nikolai Schukoff ha donato la sua voce robusta e di linea raffinata a Guido Bardi, il nobile che viene assassinato da Simone.
Nella seconda parte della serata e fin dalle prime battute è emersa la ricchezza orchestrale, la brillantissima armonia e l’energia che promana dalla partitura pucciniana. In questa occasione Jurowski ha concertato con sicurezza ed entusiasmo e l’orchestra ha risposto dilettandosi e dilettando. I solisti, questa volta posti davanti all’orchestra, hanno dato vita a personaggi a tutto tondo. Il ruolo principale è stato interpretato dal baritono spagnolo Juan Pons, uno Schicchi gioviale, burlesco e ciarlatano di voce omogenea e pastosa. Come Rinuccio il tenore Saimir Pirgu ha esibito timbro caldo e fraseggio elegante e Adriana Kučerová ha impersonato una leggera e lirica Lauretta
Il resto del cast è parso di buon livello in particolar modo la Ciesca di Anna Maria Chiuri dalla voce opulenta di esuberante colore scuro, il basso Luigi Roni, un divertito Simone, il baritono Giulio Mastrototaro un Marco espressivo e la musicale Nella di Rosanna Savoia.