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Friday, February 16, 2024

Giovanna d'Arco en Bellas Artes de México

Fotos: Aldo Vargas / INBA

José Noé Mercado

«Nada puede decirse de donde nada hubo»

MYR

La Compañía Nacional de Ópera (CNO) eligió Giovanna d’Arco del compositor italiano Giuseppe Verdi (1813-1901) para iniciar su temporada 2024, que según lo anunciado en conferencia de prensa días antes por su directora artística, la soprano María Katzarava, constará solo de tres títulos, más tres galas y la Messa da Requiem, también del Oso de Busseto. Esa adelgazada cifra para este año electoral en México significará una pérdida de la mitad de las obras presentadas en promedio anual durante los últimos cuatro sexenios, actividad ya de por sí poco sustanciosa. Y así será en el marco de los 90 años del Palacio de Bellas Artes. Giovanna d’Arco, ópera estrenada en La Scala de Milán en 1845, cuenta con libreto de Temistocle Solera (1815-1878), primer colaborador habitual de Verdi, y pertenece a los llamados años de galera verdianos, en los que el compositor no solo atendió las numerosas y fatigantes peticiones de diversos teatros italianos, sino también la estabilidad y engorda de su bolsillo, que más adelante le granjearían libertad creativa. En México, la Compañía de Ópera Italiana de Amilcare Roncari la presentó en el Teatro Nacional en 1857 y desde entonces no había vuelto a escenarios mexicanos, por lo que el ciclo ofrecido los días 11, 13 y 15 de febrero representó su estreno en el Teatro del Palacio de Bellas Artes. Si bien en el cartel el nombre llamativo para este conjunto de funciones fue el del tenor Ramón Vargas como Carlo VII, en la práctica la soprano Karen Gardeazabal se alzó con una rotunda interpretación del rol epónimo y, con rigor de justicia, su desempeño se proyectó como el de mayor redondez del elenco. Su timbre fresco, la emisión diligente y lírica, el fraseo preciso coronado por algún sobreagudo valeroso y, sobre todo la transición emocional y dramática que imprimió a su Giovanna, concretaron una versión personal de calidad que comenzó ya desde ‘O ben s’addice questo… Sempre all’alba ed alla sera’. La experiencia de una carrera profesional que supera las cuatro décadas y en particular la destreza en el estilo belcantista y verdiano mantuvo a flote a Ramón Vargas, aun cuando es innegable la mengua de sus facultades vocales. El brillo de su instrumento, el fiato dilatado, la agilidad gallarda o la luminosidad del registro agudo han disminuido, como corresponde a un hombre de 63 años de edad cumplidos, y su canto se apoya en fraseos musicales y seguros parlatos, pero casi totalmente en el centro de su registro patinado y elegíaco. En muchos sentidos, el tenor contrastó con la rozagante espontaneidad de Gardeazabal, principalmente al llevar a su personaje en llanura de principio a fin, sin demasiado relieve o metamorfosis anímica o escénica. 
Uno de los mejores momentos entre la pareja protagonista se logró en ‘A te, pietosa Vergine / Non è mortale immagine’, pasaje al que se sumó el barítono rumano Mihai Damian en el papel de Giacomo, padre de Giovanna, quien a lo largo de la función entregó un canto con voz voluminosa y resonante. Esa relación paterno-filial conflictiva (Giacomo acusa a su hija —al inicio joven pueblerina, al cabo heroína francesa en la Guerra de los 100 años— por suponerla bajo el influjo del Diablo; luego el padre descubre su error y se arrepiente entre los cargos de conciencia) es uno de los elementos más verdianos que puede rastrearse en esta ópera, cuyo libreto de Solera se basa, aunque no al pie de la letra, con la evasión de la quema de Giovanna en la hoguera, en la obra de teatro Die Jungfrau von Orleans (1801) de Friedrich von Schiller (1759-1805). El libreto, flojo en su confección dramática, con un argumento suavizado por la censura y el melodrama, además de una estructura esquemática-musical en la que Verdi recurre a la solita forma y otras convenciones utilizadas para resolver con celeridad los encargos de los años de galera, son algunos de los motivos por los que Giovanna d’Arco pocas veces llega a la cartelera de los teatros líricos, incluidos los italianos. Programarla suele ser efeméride, antojo o porfío. En esta producción de la Compañía Nacional de Ópera —en el programa de mano la institución vuelve a optar por este nombre más que por el de Ópera de Bellas Artes— varios aspectos fueron meramente anecdóticos.  La puesta en escena y proyección de video a cargo de Juliana Vanscoit y Fabiano Pietrosanti (ella también responsable de la escenografía), por ejemplo. Puesto que solo se contó con una pantalla al fondo del escenario con la proyección de colores ocres, entre el óxido y el fuego, además de pedazos de una espada que en algún momento se vuelve a forjar o que al principio parece un lápiz enterrado a medio cuadro escénico. Tratar de distinguir el video de un telón inmóvil podría llevar al error, por lo que de la edición y animación de Gabo Gómez habría poco que decir.

El trazo de los solistas y el coro tampoco tuvo un concepto a destacar, más allá de las entradas y salidas de escena, de algún arrodillamiento o del deambular de la muchedumbre. El vestuario de Vanscoit y Érika Gómez fue lo que genéricamente podría esperarse para cualquier ópera decimonónica que tenga grupos belicones, religiosos o campesinos, sin contar el atavío del rey Carlos VII, que hizo ver al tenor Ramón Vargas como un tackle de futbol americano con equipamiento, pero sin jerseyAl frente del Coro —bajo la dirección huésped de Rodrigo Cadet— y la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, el concertador alemán Felix Krieger logró la fluidez musical y sonora necesarias para realzar los momentos brillantes que contiene la ópera (algún aria, cabaletta o pasaje coral, al que de nuevo le sobró volumen), a la vez que sobrellevó lo mejor posible los varios trozos ramplones que abonan a esa etiqueta chun-ta-tera que se le cuelga al Verdi temprano y que —casi siempre— es injusta. O, al menos, exagerada.

Tuesday, September 12, 2023

Svadba en Ciudad de Mexico

Fotos: Créditos de las imágenes de la puesta de escena: Gina Ibáñez /Fotos de estudio Cortesía Cinetc

Ramón Jacques

Agosto 26 del 2023.  Teatro de las Artes del Centro Nacional de Las Artes, Ciudad de México, México.  El escenario del Teatro de las Artes, ideal para la escenificación de óperas contemporáneas, de cámara y de música antigua; donde apenas hace dos meses se llevó a cabo el estreno local de la cantata dramática Aci, Galatea e Polifemo de Handel (1685-1759) ofreció otro interesante proyecto operístico que fue el estreno en México de la ópera titulada Svadba (que en español significa La Boda) ópera en un acto para seis voces femeninas a capella de la compositora canadiense de origen serbio Ana Sokolović (1968) quien cuenta con un amplio catálogo de composición de obras teatrales, de cámara, operísticas, orquestales y del genero vocal.  Svadba, con libreto en lengua serbia, le fue comisionada a la compositora por la compañía de teatro especializada en la creación de obras originales canadienses: Queen of Puddings Music Theatre de Toronto Canadá, y tuvo su estreno absoluto el 24 de junio del 2011 en el escenario del teatro Berkeley Street Theatre de esa misma ciudad.  La trama de la obra, de apenas sesenta minutos de duración, explora el tema de la boda, centrándose especialmente en la noche anterior a la ceremonia, un antiguo y privado ritual entre la novia y sus amigas. Sokolović, quien originalmente nació en la ciudad de Belgrado, capital de Serbia, se inspiró en el texto original de una poesía original de su país natal, y la adaptó a un contexto actual. La música o cantos contienen la influencia del folclore tradicional serbio, y las escenas se desarrollan, no de manera lineal si no mediante una conexión lúdica y dramática, pero con momentos de fantasía y alegría que se llevan a cabo en una reunión entre amigas, previa al día del matrimonio de una de ellas.  Una boda, que como explica la propia compositora, “es un punto de inflexión y coyuntura en la vida de cualquier mujer porque significa cambios, y está impregnada de tradiciones”. El rito de iniciación de Milica, el personaje principal, continua la compositora, “es un arquetipo de la experiencia humana, y esta ópera ofrece la posibilidad de profundizar en la riqueza que puede dar un breve pero decisivo momento en el tiempo” La obra ha resultado ser una valiosa aportación para el repertorio operístico contemporáneo, como para la compositora misma – quien se convirtió en la primer mujer a la que le ha sido comisionada una ópera por la Canadian Opera Company – y una producción de Svadba  se presentó en gira por diversas ciudades canadienses y europeas entre el 2012 y el 2015; además de que ha llegado a diversos teatros internacionales como la Ópera de Philadelphia, en su estreno estadounidense en el 2013, así como al prestigioso festival francés en Aix-en-Provence, en el 2015, en el Festival Liubliana Eslovenia en el 2017 y en la  Opéra de Montréal, ciudad donde reside la compositora,  donde tuvo su estrenó en el 2018, entre otros escenarios.  Las presentaciones y su estreno en México forman parte de un ambicioso proyecto ideado por del ensamble mexicano Túumben Paax, curiosamente un sexteto vocal femenino, que se adapta perfectamente al diseño de la obra. (Con una trayectoria de más de 17 años, Túumben Paax, que se ha especializado en comisionar, crear y promover repertorio contemporáneo mexicano nuevo, descubrió por casualidad esta obra que se adapta –por esta compuesta para seis voces femeninas- perfectamente a su visión y su conformación por lo que decidió ofrecerlo en carácter de estreno local.  En una entrevista que le realicé pocos días antes de la función a la que asistí, la soprano Lucía Olmos, integrante y fundadora del grupo, me contó que el nombre Túumben Paax, es un vocablo en maya (lengua que se habla principalmente en los estados peninsulares de Yucatán, Campeche y Quintana Roo, en el sureste de México) cuya traducción al español significa “Música Nueva”. La particularidad que tiene la obra, me explicó Olmos es que “el peso de musical de la obra recae en las seis voces, no hay una voz que sea más importante que la otra, sino que la idea de la compositora está pensada para que todas las cantantes del ensamble canten durante toda la duración de la obra” En efecto, así se realizó la obra, bajo la conducción desde el foso vacío donde se ubicó el director musical, Rodrigo Cadet, con algunas percusiones como un gong o unos palos de lluvia que tocaban apenas alguna nota en particular.  El ensamble mostró admirable compenetración, precisión y homogeneidad a lo largo de sus continuas intervenciones. El sonido simultaneo de las voces y sus melodías, me hacía imaginarme la textura musical del coro polifónico, inclusive del canto gregoriano, que indudablemente debe ser su origen, pero con un sonido netamente contemporáneo, actual, por momentos colorido y festivo con influencia y tintes de la música de los Balcanes.  Lucía Olmos, exhibió brillantez y grata tonalidad en el papel de Milica. El resto de los personajes correspondieron a las sopranos Lorena Barranco y a Carmen Contreras, que dieron vida a los personajes de Danica y Lena, respectivamente; así como las mezzosopranos Julieta Beas, experimentada interprete que prestó su oscura y sedosa voz al papel de Nada; así como Mitzy Chávez como Zora; e Itzel Servín como Ljubica, ambas con un óptimo desempeño.  El canto que ofrece diversos matices, colores y que logra transmitir sentimientos, sensaciones, pasiones y estados de ánimo se complementó adecuadamente con la sencilla,  eficaz, y necesaria escenografía de Carolina Jiménez, que dentro de una especie de imaginaria habitación  circular cubierta al inicio de un velo blanco transparente, y con movimientos actorales puntuales de María Inés Pintado,  logró darles una cualidad humana y real a los personajes, más palpable, cercana y entendible para el público presente, ante la dificultad y el desconocimiento de la lengua cantada, por lo que fue apreciable la traducción y el super-titulaje. Los elegantes vestuarios de Josefina Echeverría consistió en elegantes y sencillos trajes blancos para cada personaje, al que se agregaron, una corona de flores y algunos tocados y adornos típicos de los Balcanes al personaje de Milica. Al final, hubo un reconocimiento y entusiastas aplausos del público presente para el loable proyecto y para las intérpretes, que regalaron una valiosa ejecución de una obra que indudablemente merece ser repuesta en esta ciudad, como también en escenarios de otras ciudades del país.