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Monday, April 21, 2025

La sonnambula en Texcoco, México

Fotos: Secretaria de Cultura y Turismo del Estado de México / Centro Cultural Mexiquense Bicentenario

Por José Noé Mercado

Bajo la batuta de su titular artístico, el maestro Rodrigo Macías, la Orquesta Sinfónica del Estado de México (OSEM) no solo se ha distinguido como una de las agrupaciones de mayor fiabilidad musical en nuestro país, sino también por integrar opciones operísticas en sus temporadas. Esas ocasiones para el género no siempre han sido escénicas, pero la sensibilidad y el gusto del director de orquesta por la lírica se despliegan en sus programas con la riqueza, además, de títulos no tan habituales en el panorama mexicano. Así ocurrió los pasados 12 y 13 de abril en la Sala-Teatro Elisa Carrillo del Centro Cultural Mexiquense Bicentenario de Texcoco, fechas en las que la OSEM ofreció un par de funciones de La sonnambula (1831) de Vincenzo Bellini (1801-1835), una de las cumbres del bel canto que, sin embargo, no se presentaba en México desde hace más de 60 años. Para traer nuevamente a la escena nacional esta ópera en dos actos, que cuenta con libreto en italiano de Felice Romani (1788-1865), basado en un guion de Eugène Scribe (1791-1861) y Jean-Pierre Aumer (1774-1833), la OSEM colaboró con Escena 77 Producciones para concretar un montaje realizado con el apoyo del estímulo fiscal EFIARTES. De esa forma, la agrupación volvió a escenificar un título operístico, luego de no hacerlo desde 2019, si bien durante este lapso había presentado en versión de concierto obras tan importantes como Die tote Stadt (1920) de Erich Korngold (1897-1957). La familiaridad de la OSEM con la ópera pudo apreciarse en las funciones de La sonnambula, ya que tanto la música como la puesta en escena propiciaron, en general, la belleza melódica y el tejido vocal virtuoso que caracterizan al periodo belcantista y a Bellini en específico como autor, uno de los tres grandes compositores de ese estilo, junto con Gioachino Rossini (1792-1868) y Gaetano Donizetti (1797-1848). La puesta en escena correspondió a Rodrigo Caravantes, con diseño de escenografía e iluminación de Patricia Gutiérrez, vestuario de Aurelio Palomino, maquillaje de Francisco Luna, coreografía de Mónica Armas y diseño de imagen de Sandra Escamilla, con producción ejecutiva de Patricia Pérez. Caravantes, en la actualidad uno de los directores de escena más activos en diversos foros de nuestro país, es conocido por recontextualizar las historias que tiene entre manos en afán de presentarlos con modernidad y frescura, y esta producción no fue la excepción.  De la original aldea en los Alpes suizos en una época indeterminada, su concepto trasladó al público a una vialidad actual, frente a un edificio en construcción. Así, los habitantes del barrio se convirtieron en trabajadores de la obra negra (como buena parte de la escena), ataviados con chalecos de seguridad de alta visibilidad, cascos de protección, que entre conos y barreras de tránsito color naranja, atestiguan (y chismean sobre) los enredos amorosos y pasionales de los protagonistas.
La labor interpretativa de la soprano Anabel de la Mora destacó en el elenco y dio una brillante referencia a estas funciones. Ello gracias a una voz equilibrada y expresiva, dispuesta en seguridad y estilo para enfrentar el registro alto y la deliciosa coloratura que hace del personaje de Amina uno de los más complicados, pero a la vez más lucidores del bel canto. Su instrumento se proyectó sanamente en pasajes como: ‘Come per me sereno’ y, por supuesto, ‘Ah!, non credea mirarti’. No podría decirse lo mismo del Elvino del tenor Carlos Alberto Velázquez, ya que, si bien en su carrera ha dado muestras de su capacidad para explorar la zona alta de su emisión y de brindar pulidas líneas melódicas, esta vez su canto pareció fatigado, incapaz de hacer frente a la escarpada redacción vocal, no solo percibido en agudos derretidos, sino también en colaboraciones flojas con el conjunto y con Amina. Algunas otras voces mostraron una grata consolidación en sus respectivas carreras, como la soprano Angélica Alejandre en el papel de Lisa, confiable en una salteada redacción belliniana y muy simpática en actuación, que incluyó sus mejores pasos de baile; o el bajo-barítono Antonio Azpiri en el rol del Conde Rodolfo, interpretado con homogeneidad de color y balance en su registro.  La mezzosoprano Gabriela Thierry (Teresa), el bajo-barítono José Manuel Valenzuela (Alessio) y el tenor Ricardo Calderón (Notario) complementaron los créditos vocales con buena integración a este argumento que transita entre el amor ingenuo y cierto drama por las confusiones y triquiñuelas a que da pie el sonambulismo de Amina, pero que se resuelve festivamente como en las mejores óperas bufas belcantistas. Las funciones, además del supertitulaje de Francisco Méndez Padilla y Jorge Cervantes (seguir las acciones operísticas sin este valioso recurso hoy ya parecería un despropósito en el mundo lírico), también contaron con un joven coro de emisión educada y estilística, preparado por Teresa Rodríguez, que si bien en términos de movimiento escénico fue algo monótono, logró buenos números en lo musical y brindó un marco adecuado para el desarrollo de las aldeanas y sentimentales aventuras de los solistas, lo que no es poco mérito si se considera no solo la trama y su trazo sino también, por ejemplo, la discapacidad visual del tenor Velázquez. La OSEM (o la reducción a un ensamble de ella) tocó en estilo y proyectó el encanto melódico y vocal de la obra. Con ritmo fluido y dinámicas que cuidaron la voz solista y coral, Macías demostró que es un director lírico confiable, cuya pasión por el género se percibe no en alardes y presunciones, sino en la configuración de una oferta atractiva y gozosa para el público, animado incluso a trasladarse por una tarde a Texcoco.


Tuesday, March 21, 2023

Orfeo ed Euridice en Bellas Artes - Ciudad de México

Fotos: INBA

José Noé Mercado

«El arte debería ser atractivo inmediatamente.

Circula la idea de que debe hacerse un esfuerzo

para captar la belleza, y no estoy nada de acuerdo» 

Michel Houellebecq

Luego de la gala programada con la mezzosoprano letona Elīna Garanča como apertura de la Temporada 2023, hace un par de semanas, la Ópera de Bellas Artes inició sus actividades escenificadas con cuatro funciones de la ópera Orfeo ed Euridice, Wq 30 (1762) del compositor reformista Christoph Willibald Gluck (1714-1787), los días 12, 14, 16 y 19 de marzo.

Las funciones, realizadas en el Palacio de Bellas Artes, tuvieron como protagonistas al contratenor uruguayo Leandro Marziotte en el rol de Orfeo y a la soprano tapatía Anabel de la Mora en el de Euridice. Con ellos también estuvo la soprano zapopana Mariana Ruvalcaba. De la puesta en escena se encargó Antonio Castro, con escenografía de Adrián Martínez Frausto, iluminación de Víctor Zapatero, vestuario de Ingrid SAC, maquillaje de Cinthia Muñoz y coreografía de Ruby Tagle. Al frente del Coro (bajo dirección huésped de Rodrigo Elorduy) y la Orquesta del Teatro de Bellas Artes se contó con la concertación musical de Iván López Reynoso.

En esta nueva producción, Orfeo padeció no sólo por la pérdida de su amada, sino también por la escasa creatividad de un montaje anodino que trasladó las acciones arquetípicas de uno de los mayores simbolismos de la ópera y la mitología clásica a la simplista réplica de una sala de Gayosso o alguna otra agencia funeraria contemporánea o a ligeras variaciones de ese cuadro.

Más allá de la austeridad de unas paredes de madera, una docena de sillas desperdigadas y una cajita de muerto en un costado como escenario más bien cristiano, la propuesta despojó de la entraña mítica a esta historia. Dicha modernización ocurrente, con imagen boscosa al fondo, no se limitó a decir poco de su simbología e incluso de concretar una venturosa narrativa, sino que estrechó la posible intemporalidad e interpretaciones multiculturales de la catábasis de Orfeo (o personajes equiparables), una de las más ricas y potentes que puedan nombrarse para efectos líricos. Si por eso fue tema del llamado padre de la ópera o de uno de los indispensables reformistas del género.

Bajo ese contexto, en el que el montaje friccionó ya no se diga con la música, sino incluso con la evocación poética del texto de Ranieri de Calzabigi (1714-1795), el vestuario (Orfeo con gabardina y bufanda; Euridice con vestido y velo de novia), la iluminación y otros elementos escénicos resultaron anecdóticos y en cualquier caso menos atractivos o emocionales que la suculenta lectura de la sinopsis argumental que incluye escenarios pastorales, pasajes cavernosos, furias y demás criaturas infernales o el mismísimo inframundo.  Esta producción no, al menos en sentido literal.   En el terreno del canto, además del sonido cálido y atormentado o candoroso del coro, destacó en sus breves intervenciones (respecto a su amado) la soprano Anabel de la Mora, solvente y habitual intérprete en este recinto, que proyecta con sonido lucidor su registro agudo y amable fraseo. Ofreció una Euridice confiable, que se debatía, frágil, entre el apego amoroso y el miedo a la pérdida. Como Amore, Mariana Ruvalcaba tuvo una actuación grata, aunque más discreta y juvenil, en el sentido del crecimiento al que puede aspirar.

Si bien es cierto que un porcentaje de la valoración de una voz siempre es subjetiva, lo es más cuando se trata de la de un contratenor, ante sus peculiares sonidos y exigencias técnicas para conseguir su emisión y registro. En ese sentido, el contratenor Leandro Marziotte pudo gustar más o menos a los asistentes, pero lo cierto es que cumplió con rigurosidad el doliente papel de Orfeo. Su canto resuena más (casi siempre terso, en ocasiones con empuje) en los ataques que en el fraseo central de una palabra. El reto de mantener un color homogéneo es constante, aunque por momentos, se percibe artificioso. El pasaje más logrado por el uruguayo fue el lamento “Che farò senza Euridice”, pues abatido, en el piso, dejó en claro que lo tiene muy trabajado, en la segunda parte del aria con una emisión a media voz de efectiva languidez y teatralidad.   

Iván López Reynoso centró parte de su labor concertadora en cuadrar a sus diferentes secciones orquestales. Los metales, en particular los trombones, no siempre se la pusieron fácil, como se percibió ya en la marcha fúnebre con la que inician las acciones. Las cuerdas, como era de esperarse, sonaron con mayor flexibilidad y precisión, lo que se apreció en particular en las gráciles danzas. La transparencia musical (y de hecho dramática de Gluck) y esa transición del barroco al clasicismo que despoja de ornamentaciones gratuitas y parafernalias sonoras pudieran parecer simplificaciones de dificultad pero, por el contrario, conforman un gran reto, pues todo se percibe con pulcritud. La idea (y lo ideal) sería encontrar el estilo, la expresividad elocuente y todo ello en equilibrio rítmico, libre de estridencia o de ceñirse como música de fondo. Pero si ello ocurriera sin armonía con la escena, de muy poco serviría para la posteridad. Como quedó comprobado.    

                                


Tuesday, May 24, 2016

El pequeño príncipe y Antonieta en Bellas Artes de México: 70 años de Federico Ibarra

Fotos: INBA / Ana Lourdes Herrera

José Noé Mercado

Uno de los más celebrados compositores mexicanos operísticos (celebrado, claro, aun con las limitaciones propias del entorno lírico nacional, con algunas obras sin estrenar, o estrenadas sólo a piano, con reposiciones muy esporádicas de lo títulos que integran su catálogo) es el maestro Federico Ibarra, quien la Ópera de Bellas Artes  rindió homenaje por sus 70 años de vida y montó dos de sus óperas breves: El pequeño príncipe (1988) y Antonieta (2010), como apertura de su temporada 2016, los pasados 14, 18 y 21 de febrero.

La decisión de OBA, dirigida por la maestra Lourdes Ambriz, al incluir este par de obras de Ibarra pareció acertada y mató varios pájaros de un tiro. Puesto que no sólo no dejó pasar inadvertido el aniversario de un compositor nacional sin duda relevante en el apartado canoro (no únicamente compuesto por sus ocho óperas, sino también por ciclos de canciones y obra coral), ya que también aprovechó para satisfacer al público que clama por obras del repertorio operístico mexicano en el escenario de Bellas Artes, y, en primera instancia, que también es la última y más importante, atender la asignatura de ópera mexicana, dejando, por lo demás, descansar un poco los exhaustos caballitos de batalla presentados una y otra y otra vez en el palacio de mármol.

En ese contexto, poca oposición podrían encontrar los montajes de dos óperas —que si no es en una ocasión festiva y honrosa de este tipo difícilmente alguien se ocuparía de ellas— que si bien muestran la dificultad que Ibarra ha tenido para encontrar buenos libretos, funcionales desde el punto de vista dramático, de igual forma son un recorrido de muestra, casi turística, a las ideas musicales del compositor, de sus influencias, de su capacidad creativa.

Con un libreto —autoría de Luis de Tavira que se basa en El principito de Antoine de Saint-Exupéry— más expositivo y pretendidamente poético que narrativo, que además presupone el conocimiento de la historia primigenia de la que procede, lo cual dificulta la comprensión de la trama y encontrar las capas de las que están compuestos sus personajes, El pequeño príncipe es una acumulación de diez escenas en las que un piloto cuyo avión cayó en el desierto del Sahara se topa y escucha las moralejas y reflexiones de un pequeño ser o bien alucinado, o alienígena, de vena poética y nostálgico, que merodea por la zona con sus monsergas.

La música de Ibarra en su tercera ópera trata de ajustarse a esos presupuestos, hilando separadores sonoros muy bien logrados, en el sentido de distorsionar la realidad y transportar al escucha a una atmósfera a medio camino entre lo verdadero y lo fantasioso. Su sonoridad no es particularmente original, da la impresión de contener reminiscencias y fórmulas de diversos compositores del siglo 20, pero funciona al grado de conseguirle una identidad propia.

La soprano Nadia Ortega protagonizó de manera creíble el rol del Pequeño Príncipe, que también antes ha sido interpretado por un contratenor. Del Piloto se encargó el barítono Enrique Ángeles, con una voz que fue de la furia, la impaciencia y la incertidumbre, hasta la melancolía. La soprano Anabel de la Mora abordó la Flor y el Agua, con una bien impostada voz que para cumplir con los retos del registro agudo en que Ibarra compuso la expresión de estos dos personajes ha de sacrificar un tanto la dicción. La Zorra de Carla Madrid, Héctor valle como la Serpiente, Hugo Colín como el Contador y Sergio Ovando como un Astrónomo turco, complementaron el elenco de una producción que contó con una vistosa y ágil puesta en escena de Luis Miguel Lombana, que se basó en el fuselaje de un avión, que gira en algunos momentos para dejar pie a otros escenarios, de distintas atmósferas sin salir del desierto.

Como escribí en 2010, a partir de su estreno en el Centro Nacional de las Artes, en Antonieta Federico Ibarra crea flujos dramáticos de particular atractivo a través de los sonidos, que saben encontrar los espacios y colores orquestales para el realce y expresividad de la voz humana.


“Antonieta”, describí en aquel entonces, “es una exploración del por qué Antonieta Rivas Mercado pudo haberse quitado la vida en la Catedral de Notre-Dame, en Francia, en 1931, de un disparo al corazón. El libreto, autoría de Verónica Musalem, busca las razones a través de tres vertientes en las que la hija del reconocido arquitecto Antonio Rivas Mercado avivaba sus pasiones: el amor, la política y el arte, simbolizadas precisamente por alegorías-personajes”, esta vez interpretados por Zaira Soria, Jesús Ibarra y Gerardo Reynoso, quien lució particularmente su timbre de tenor, con una calidez y claridad disfrutable.

La estructura de la obra es circular: comienza y termina con el suicidio, y diversos episodios en flashback dan el cuerpo a la trama, que desde la sintonía de la construcción dramática tiene el inconveniente de presentar el clímax desde los primeros minutos.

Ante ese inicio definidamente impactante, apunté en aquel momento como lo hago ahora: “el resto puede parecer débil desde el punto de vista dramático y es difícil de definir si el espectador encuentra en ello la fuerza de las razones para el suicidio de Antonieta, o si éstas se diluyen en pasajes que no necesariamente muestran el amor, la política o el arte en su acción, sino de forma platicada, reflexiva, teóricamente. En lo musical, Ibarra pone en juego su armamento de recursos expresivos y logra crear atmósferas que apuntalan la escena al tiempo que discurre un lenguaje tan propio que, si bien puede encontrar los sonidos propicios de la brutalidad, de la desesperación o de la angustia desgarrante, la partitura no está exenta de ese mordaz humor tan típicamente suyo para ridiculizar, por ejemplo, al poder, o al nacionalismo musical, del que él siempre se ha apartado, aún si en este caso lo recrea. Hay melodías y ritmos tan propios que en algunos pasajes de Antonieta no era un disparate pensar que de pronto podría aparecer bailando la Tortuga o algún otro personaje de su Alicia.

“Como ha quedado claro obra tras obra, Ibarra sabe escribir para la voz, la potencia, le da su lugar de relevancia dentro de una ópera, ya sea con recitados, con dinámicos cantables o con la intensidad de los silencios”. La mezzosoprano Grace Echauri volvió al rol epónimo y lo hizo mostrando una gran madurez vocal y un compromiso dramático notable. Su penetración al personaje es total. El papel de su padre lo hizo el barítono Jesús Suaste, enfundado en una caracterización anecdótica que lo aproximaba a Venustiano Carranza.

La puesta en escena, que resultó particularmente estática como lo fue desde 2010, correspondió a José Antonio Morales, “Josefo”, y a Rosa Blanes Rex, con iluminación de Víctor Zapatero y videoarte de Rafael Blásquez. Estática, conviene puntualizarlo, no necesariamente en sentido negativo, sino reafirmando ese carácter expositivo, casi plástico más que teatral, de la obra. Al frente de la Orquesta y el Coro del teatro de Bellas Artes se contó con la dirección invitada de Iván del Prado. Todo lo expresado sobre la música de este par de títulos no podría desprenderse en ningún aspecto de la batuta del concertador.