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Saturday, June 18, 2016

Las Indias Galantes de Rameau en el Teatro Regional de Rancagua, Chile

Fotos crédito Alejandro Held

Joel Poblete

De la encomiable temporada lírica 2016 que está ofreciendo el Teatro Regional de Rancagua, probablemente el título que generaba más expectativas de los tres programados para este año era el estreno en Chile de Las Indias galantes, ópera ballet de Jean-Philippe Rameau que se ofreció en tres funciones, el 9, 10 y 11 de junio. El ciclo rancagüino se inauguró en marzo con un provocador Don Giovanni, pero esta obra de Mozart ya es conocida por el público local, y el Orfeo de Monteverdi que ofrecerán a fines de septiembre traerá de vuelta esa partitura imprescindible en la historia de la ópera, que fue estrenada en ese país recién en 2009; sin embargo, al tratarse de la primera vez que Las Indias galantes se presentaba en Chile (y al mismo tiempo, la primera vez que se ofrecía escenificada en Latinoamérica, ya que antes sólo se había interpretado en versión de semiconcierto en Buenos Aires), y siendo precisamente una obra del mismo autor de Platée -la pieza que el año pasado deslumbró con su debut latinoamericano en Rancagua convirtiéndose en un hito de las puestas en escena de ópera en Chile-, era comprensible que el público operático local estuviera expectante con esta nueva propuesta.  

Y a esto había que sumarle que esta pieza, que desde su debut en 1735 es considerada una de las más atractivas y especiales del repertorio barroco para escena-, no sólo cautiva por su belleza musical, sino además su trama se presta para una puesta en escena atractiva e ingeniosa: a lo largo de su prólogo y cuatro actos, desarrolla historias sentimentales donde como era habitual en ese tipo de argumentos, en algún momento aparece una divinidad griega y los amores contrariados luchan por abrirse camino a pesar de los obstáculos, pero lo que le da un sello especial es el lugar donde se ambienta cada una, ya que acorde al espíritu del siglo XVIII en que fue compuesta, cada acto transcurre en una locación que en esa época era considerada exótica (las llamadas "Indias"), ya sea en territorio turco o incluso en Sudamérica, hasta con los incas peruanos como personajes. 

Fiel a la tradición francesa de esos años en este tipo de obras, y al igual que en Platée, pero de manera aún más marcada y destacada, Rameau despliega a lo largo de la ópera diversas escenas de danza, las cuales en esta versión de Rancagua estuvieron presentes en correctas coreografías de Italo Jorquera que quizás no sacaron suficiente partido a las oportunidades dancísticas de esos momentos, pero de todos modos cumplieron y fueron abordadas con entusiasmo y entrega por el cuerpo de baile. Aunque tanto en estas escenas como en otros instantes se aplicaron ocasionales cortes en la partitura, de todos modos el espectáculo se extendió a lo largo de más de tres horas, incluyendo un intermedio de 25 minutos. Y como parte de su propuesta, para hacer más cercana al público una obra barroca, ciertos elementos se adaptaron al contexto histórico chileno: por ejemplo, el primer acto se ambientaba en la isla de Chiloé, y el cuarto en tierras mapuches (el principal pueblo indígena del país). 

Como ya está convirtiéndose en tradición en estos montajes del Teatro Regional de Rancagua, el elemento musical fue en verdad sobresaliente y muy adecuado al estilo barroco, con instrumentos cuidadosamente trabajados para sonar lo más parecido posible a lo que probablemente escucharan los públicos del siglo XVIII. De partida, una vez más hay que elogiar la estupenda labor del director argentino Marcelo Birman, quien ya se lució ahí en Platée y Don Giovanni y nuevamente guió a la Orquesta Barroca Nuevo Mundo en una lectura inspirada, luminosa y atenta a sutilezas y contrastes sonoros, así como a la interacción entre el foso y los cantantes, contando además otra vez con el bienvenido aporte del clavecinista Manuel de Olaso en el bajo continuo que acompaña a los solistas en los recitativos. La agrupación respondió con su entusiasmo y sensibilidad habitual, y aunque hubo ocasionales deslices en la afinación de algunos instrumentos, el resultado general fue espléndido. Digno de aplausos también el espléndido coro que dirige Paula Torres. 

Los distintos roles que requiere la obra fueron asumidos por cinco destacados cantantes chilenos, cada uno de ellos interpretando a más de un personaje a lo largo de la obra; cuatro de ellos son ampliamente reconocidos por el público que habitualmente asiste a la ópera en Chile, y son además visitas recurrentes en el teatro rancagüino: la soprano Patricia Cifuentes, los barítonos Patricio Sabaté y Ricardo Seguel y el tenor Exequiel Sánchez. Este último, quien brillara como un memorable protagonista travestido en el Platée del año pasado y hace poco más de dos meses fuera un sorprendente Don Octavio en el Don Giovanni, encarnó ahora a Valere, Carlos, Tacmas y Damon, y no pareció totalmente cómodo en lo vocal, aunque como de costumbre fue un actor seguro, creíble y simpático. Seguel volvió a cautivar con su voz cada vez más contundente en proyección y volumen (en particular en el rol del inca Huáscar), con sólidas notas altas, aunque las graves requieren quizás de aún más desarrollo. Luego de su acertado Don Giovanni en marzo, Sabaté fue ahora Osman y Adario, y estuvo muy bien. Cifuentes interpretó tres papeles: Emilie, Zaire y Amour, y en todos aportó su lucimiento habitual.

Pero para muchos quizás la revelación vocal en estas funciones podría ser la soprano Madelene Vásquez, tal vez menos conocida para muchos espectadores, y quien sin embargo ya cuenta con una buena trayectoria artística, tanto como parte del Coro del Teatro Municipal de Santiago como interpretando roles solistas en ese escenario, como también en otros teatros dentro y fuera de Chile, incluyendo por cierto el Teatro Regional de Rancagua; de hermosa voz y delicado canto, expresiva y de buenas notas agudas, fue una encantadora Hebé al principio y el final de la ópera, pero también destacó como Phani, Fatime y Zima, sacando mucho partido a sus momentos solistas. 

En el ámbito teatral, el montaje fue encomendado a la compañía teatral uruguaya Pampinak, dirigida por Martín López Romanelli, que cuenta con más de dos décadas de trayectoria y debutaba acá en el género operístico. La puesta en escena fue compartida entre López Romanelli y el director del teatro, Marcelo Vidal -quien además formó parte de la orquesta e incluso intervino en un momento en escena tocando la tiorba-, y si bien tuvo innegables hallazgos y buenas soluciones visuales, no se puede dejar de comentar que se echó de menos una mayor unidad y definición en su concepto teatral y estético. Se entiende que al ser una obra alegórica, que transcurre en locaciones exóticas y juega con arquetipos argumentales en este tipo de trabajos barrocos, se presta para lo lúdico y ecléctico en lo teatral y visual, pero de todos modos no convenció por completo la mezcla entre teatro negro, técnicas circenses, los bellos diseños de escenografía virtual del siempre talentoso Germán Droghetti -apoyados por la iluminación de Jorge Fritz- y la idea de que los hermosos trajes que éste también diseñara no se materializaran de manera corpórea sino que fueran una especie de juguetona fachada o disfraz-coraza con ruedas tras el cual los cantantes asoman sus caras y brazos, un elemento que abandonaban en distintos momentos para aparecer con una suerte de buzo negro como el que utilizan los artistas que manipulan los personajes en el teatro negro. En resumen, tales mixturas pueden ser indudablemente entretenidas, pero no ayudan a distinguir una puesta en escena definida o que al menos permita al espectador seguir una línea o propuesta totalmente coherente en lo que se ve en el escenario. 

Al margen de estas apreciaciones sobre lo teatral, el espectáculo tuvo muchos aciertos, que permitieron resolver con recursos ingeniosos desafíos como mostrar una tormenta o la erupción de un volcán. Y en general el público pareció disfrutar del espectáculo, como demostraron los calurosos y entusiastas aplausos al final. Los responsables del montaje y del teatro habían señalado su interés en convertir esta puesta en escena en un espectáculo familiar que consiguiera atraer a los niños; indudablemente, desde que se inicia la historia y se ven crecer enormes plantas y surgir criaturas fosforescentes, había magia y encanto en elementos como las luciérnagas, los muñecos que dan vida a tiernos y simpáticos jóvenes o la bailarina que flota en el aire y representa al amor, lo que pudo ayudar a entretener y fascinar al público infantil, pero de todos modos es relativo considerar que esta sea una obra para los más pequeños, tomando en cuenta que habla de amores adultos y tiene pasajes de canto que pueden poner a prueba la paciencia y resistencia de más de algún inquieto espectador menor de edad. Pero por encima de todos estos detalles, este estreno local de Las Indias galantes representa otro exitoso logro en la verdadera cruzada que el Teatro Regional de Rancagua está desarrollando para dar a conocer el repertorio barroco en Chile. 


Sunday, April 3, 2016

Don Giovanni en el Teatro Regional de Rancagua Chile

Fotos: Teatro Regional de Rancagua Chile

Joel Poblete

Luego del memorable estreno en Latinoamérica del Platée de Rameau el año pasado, coproducido en alianza con Buenos Aires, el Teatro Regional de Rancagua, ciudad ubicada a poco más de una hora al sur de la capital de Chile, Santiago, sigue dando nuevos e importantes pasos en el género operístico para ese país. Su propuesta para este año contempla nuevos y prometedores desafíos: no sólo contarán con otro estreno de una obra barroca que permanece inédita en Chile -Las Indias galantes, también de Rameau, en junio- y una nueva producción para la hermosa Orfeo de Monteverdi a fines de septiembre, sino además acaban de iniciar la temporada chilena de ópera con el Don Giovanni, de Mozart, que luego de una gala privada el jueves 31 de marzo, tuvo su estreno oficial el viernes 01 de abril. 

En el apartado musical, la propuesta fue muy contundente. Bajo la batuta del argentino Marcelo Birman, el mismo que el año pasado dirigiera el debut de Platée, la Orquesta Clásica Nuevo Mundo cautivó con sus instrumentos preparados para sonar de la manera más parecida posible a como se supone que eran ejecutados en los tiempos de Mozart; con una lectura dinámica y vehemente, desde la obertura conducida con mayor agilidad de lo habitual en adelante, Birman sorprendió con algunas opciones de ritmo e intensidad, incluso extrayendo de la agrupación sonoridades que subrayan ecos del futuro musical, como en la intensidad y dramatismo de la escena entre Don Giovanni y el Comendador, que por momentos sonó hasta wagneriana. Y no se puede dejar de destacar el aporte de Manuel de Olaso en el fortepiano, acompañando los recitativos de los cantantes.

Atento tanto a los músicos como a lo que ocurría en escena, Birman también dejó una buena impresión con el equilibrio sonoro entre el foso orquestal y los cantantes, además de la apuesta en incluir ornamentos y variaciones vocales en las repeticiones de algunos números musicales, opción que en algunos momentos quizás no convenza del todo a algunos operáticos, por ejemplo, en el aria de Don Ottavio "Dalla sua pace". Tanto por estos criterios musicales como por las propuestas teatrales que se vieron sobre el escenario, estas funciones de Rancagua difícilmente se podrían calificar de rutinarias o convencionales.

Los roles solistas son interpretados por algunos de los mejores cantantes chilenos de la actualidad. El nivel general es sólido y convincente, tanto en la entrega vocal como en el despliegue actoral de los artistas, brillando especialmente el Don Giovanni de Patricio Sabaté, el Leporello de Ricardo Seguel y la Doña Elvira de la soprano Catalina Bertucci. Los dos primeros, ambos barítonos, ya se lucieron en los mismos roles la última vez que la obra se presentó en Chile, en el Teatro Municipal de Santiago en 2012, y ofrecen retratos muy logrados: mientras Sabaté es un efectivo Don Giovanni, tan seductor como audaz y desafiante, bien cantado, atento a las sutilezas y hábil al momento de resolver los fragmentos más exigentes -como la endiabladamente ligera "Fin ch'han dal vino" o el arduo desenlace de la ópera-, con su simpatía y sentido del humor Seguel conquista una vez más al público como el divertido criado, y proyecta muy bien su voz cada vez más robusta y atractiva. Por su parte, Bertucci, quien interpretara a Zerlina en el ya mencionado Don Giovanni santiaguino de 2012 y el año pasado, también en el Municipal de Santiago, fuera una excelente Anne Trulove en The Rake's Progress, fue ahora una espléndida Elvira, creíble en sus ambivalentes sentimientos hacia el protagonista y bellamente cantada, con estilo y expresividad.

También estuvieron muy bien el Masetto del barítono Javier Weibel y la Zerlina más desenvuelta y sexy de lo habitual encarnada por la soprano Marcela González Janvier, mientras el bajo barítono Sergio Gallardo, sin tener la voz estentórea y profunda que muchos asocian con el rol, de todos modos fue un efectivo Comendador, aunque en lo teatral su personaje apareció desdibujado, pero no por culpa del intérprete, sino de la propuesta escénica. A pesar de exhibir sus talentos y reconocidas habilidades vocales que les permitieron ofrecer algunos excelentes momentos, menos unanimidad podrían despertar el tenor Exequiel Sánchez como Don Ottavio y la soprano Patricia Cifuentes como Doña Anna (ambos dos de las figuras más inolvidables del Platée del año pasado en Rancagua): si bien en esta oportunidad su voz y emisión no parecieron totalmente idóneas para el rol, en lo estilístico él resolvió de manera notable los arduos ornamentos de su "Il mio tesoro" y trató de hacer lo mejor que pudo con un personaje que siempre cuesta hacer convincente o interesante para el espectador; por su parte, en su actuación Cifuentes estuvo bien en lo actoral pero aunque lució sus ya conocidas virtudes como cantante, no siempre convenció en la adecuación de su instrumento al personaje (como en el exigente "Or sai chi l'onore"). 

¿Y la puesta en escena? Adaptando un montaje que ya presentaron en el Teatro Avenida de Buenos Aires en 2014, está en manos de un equipo de artistas argentinos -escenografía, proyecciones y diseños virtuales de Diego Siliano, vestuario de Luciana Gutman e iluminación de Horacio Efron- encabezados por el reconocido director teatral Marcelo Lombardero, quien ya ha sido responsable de memorables y elogiados espectáculos líricos en Chile, incluyendo Tristán e Isolda, el estreno latinoamericano de Billy Budd de Britten y estrenos en Chile como El castillo de Barba Azul, Lady Macbeth de Mtsensk, Ariadna en Naxos y el año pasado The Rake's Progress.

Indudablemente lo escénico es uno de los puntos más llamativos de este Don Giovanni, y no dejó a nadie indiferente, al trasladar la historia del siglo XVII a nuestros días, incluyendo de manera inteligente y oportuna elementos que forman parte de la vida cotidiana, desde teléfonos móviles a otros dispositivos tecnológicos que permiten ingeniosas interacciones visuales que complementan lo que se ve en escena (por ejemplo, el clásico catálogo en el que el criado Leporello lleva el listado de mujeres que su patrón ha seducido en todo el mundo, ya no es un libro sino que se puede revisar en un iPad, y la lista en España incluye hasta a la actriz Rossy de Palma y la ya fallecida Duquesa de Alba). Lombardero ya ha triunfado en ocasiones anteriores alterando el marco histórico de las óperas que aborda, y considerando la universalidad del mito de Don Giovanni y los distintos temas y elementos que éste simboliza, en verdad la idea no es para nada descabellada, como ya lo han demostrado propuestas similares en los últimos años en distintos escenarios internacionales. 

Así como muchos aplaudieron con entusiasmo y hubo momentos en verdad geniales, habrá otros que no quedaran totalmente convencidos o no compartieran el consenso ante algunos elementos claramente provocadores de la puesta en escena, como por ejemplo las numerosas alusiones e insinuaciones sexuales (en particular el enfoque menos ingenuo y más abiertamente erótico del personaje de Zerlina) o la recurrente adicción a la cocaína de Don Giovanni y su criado. Hay que rescatar que a pesar de esos elementos y la actualización de la trama, en general Lombardero y su equipo respetan el sentido de la historia, pero igual hay ideas que no terminaron de cuajar, como el desafío entre el protagonista y el Comendador que originalmente debería transcurrir en un cementerio, o la forma en que se resuelve el enfrentamiento final entre ambos (incluyendo el desenlace de Don Giovanni); en ambos casos esas escenas, que deberían ser potentes y efectivas, no funcionaron del todo, ya sea porque se prestaban para lo humorístico o porque su fuerza dramática estaba atenuada y casi diluida. 

Más allá de esos detalles, Lombardero utilizó muy bien el espacio escénico al dividirlo en dos niveles, y buscó desarrollar la historia de manera ágil, aprovechando lo mejor posible los momentos que permitían mayor acción en el escenario, como las intervenciones del coro dirigido por Paula Torres, cuyos integrantes además de cantar muy bien se prestaron con soltura y convicción a los requerimientos teatrales e incluso en la interacción con los bailarines y actores que ejecutaron la acertada coreografía de Ignacio González Cano.