Showing posts with label Mikhail Pigorov. Show all posts
Showing posts with label Mikhail Pigorov. Show all posts

Tuesday, April 15, 2025

La Dama de Picas en Turín, Italia

Foto: Mattia Gaido

Massimo Viazzo

La ópera La Dama de Picas (o Píkovaya dama en ruso) de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893) no se representaba en el Teatro Regio de Turín desde hace dieciséis años, precisamente con la afortunada producción del 2009 dirigida por Gianandrea Noseda con un notable elenco conformado por da Svetla Vassileva, Maksim Aksënov, Anja Silja, Vladimir Vaneev, Dalibor Jenis y Julia Gersteva.  El espectáculo propuesto en esta ocasión provino de la Deutsche Oper de Berlín (en coproducción) donde fue montada en marzo del 2024.  La puesta de esta ópera estaba proyectada por Graham Vick, poco tiempo antes de que estallara la pandemia, quien por cierto falleció a causa de un contagio de Covid 19, por lo que su reposición fue repuesta y desarrollada por Sam Brown.  La Dama de Picas es una de las grandes obras maestras del teatro de ópera ruso, que tuvo su estreno en el Teatro Mariinski de San Petersburgo el 19 de diciembre de 1890, y fue recibida de manera exitosa por la crítica y el público.  La ópera se basa en un breve recuento de Aleksander Pushkin (1799-1837), que Tchaikovsky amplió y modificó enriqueciéndolo de detalles aún en desacuerdo con Modest el hermano, coautor del libreto. La historia de Hermann, oficial sin un centavo atormentado entre el amor apasionado por la noble Liza, la obsesión por los juegos de azar, la ambición por pertenecer a un mundo aristocrático claramente ajeno a él, y la atracción por la esfera de lo sobrenatural fue narrada por el director ingles Sam Brown con originalidad, siguiendo una vía no convencional, por momentos desorientada, pero suficientemente coherente. Hermann y Liza son marginados, y esto ya queda claro durante el coro inicial (aquí claramente pensado como un flashback de eventos futuros), durante el cual el pequeño Hermann sufre el acoso y bulliing de sus compañeros de clase y rechaza el osito que le ofreció la pequeña Liza que intentaba acercarse para darle consuelo. Es una atracción que nació entre los dos en su juventud pero que probablemente nunca se concretizó hasta la época en la que se desarrolla la historia del libreto.  Ambos desean huir de su propio mundo: Hermann es atraído por la riqueza, por una vida fácil y frívola, mientras que Liza quisiera dejar atrás justo la vacuidad, o aquella superficialidad que, a su vez, parece representar al final el último de los deseos de Hermann.  En definitiva, el juego de azar, o mejor dicho la victoria en el juego, se convierte en una verdadera obsesión para el protagonista, y la historia no puede más que concluir en un modo trágico. El espectáculo firmado por Sam Brown y repuesto aquí en Turín por Sebastian Häupler, presentaba un sistema escénico caracterizado por paneles giratorios que mostraban al fondo amplios cielos coloridos, a ello se agregaron plataformas, bastidores semi-movientes y luces de neón que delimitaban los espacios escénicos. Las habitaciones, bastante suntuosas también se descomponían y se recomponían con el uso de cortinas y escalinatas. La actuación, también presentó momentos de discontinuidad y desorientación para los espectadores, pero en general resultó ser bastante eficaz.  Se debe mencionar positivamente el uso de las proyecciones de viejas películas mudas en blanco y negro para enfatizar algunos momentos de la ópera como, por ejemplo, durante la historia de Tomskij, en el primer acto. Sin embargo, se observa con pesar de que se eliminó la escena pastoril del segundo acto. El responsable de la dramaturgia del espectáculo Kostantin Parnian, quizás debió haber considerado soluciones alternativas para no sacrificarla completamente.  Pero la elección actoral más audaz fue la de torcer la relación entre Hermann y la Condesa, una elección muy discutible, pero en realidad de impacto. En esta producción, la Condesa, una mujer agradable que sabe y quiere tomar la iniciativa con los hombres, y no se muere del susto causado por la pistola apuntada por Hermann, sino por exceso de libido. Es ella quien se ofrece sexualmente al protagonista, probablemente para revivir una vez más los instantes de su juventud, de los cuales no quiere despegarse, como demostraron las viejas imágenes proyectadas de modo obsesivo en el interior de su estancia. Un verdadero vuelco de perspectivas que no convenció porque distorsionaba el potente dramatismo de la escena descrita por el libreto. En esta puesta, la Condesa puede recordar, en ciertos versos, la figura de Norma Desmond (interpretada por Gloria Swanson) en la película “Sunset Boulevard” Otro momento que no convenció fue el baile al inicio del segundo acto: ambientado en una especie de discoteca psicodélica, que pareció de excesivo trash, y por tanto estuvo fuera de contexto. La baqueta le fue confiada e Valentin Urypin. El director ruso ofreció una lectura tensa y dramática, pero en conjunto fue un poco genérica, careciendo un poco de atmosfera y una mayor profundización de los timbres orquestales. Se deben señalar también algunos desfases entre el foso y el escenario sobre todo en presencia del coro. El Hermann de Mikhail Pigorov agradó por seguridad y semblante. Con su voz de tenor lirico-spinto supo ser incisivo como también delicado. Aunque quizás careció un poco de la carga visionaria que es característica de su personaje. Zarina Abaeva ofreció una interpretación de una Liza desenvuelta y de carácter.  Su voz de bello timbre en el registro medio mostró una línea de canto menos encendida en la zona más aguda de la tesitura. Jennifer Larmore interpretó con maestría el papel de la Condesa, ofreciendo una magnética presencia escénica, seductora y al mismo tiempo inquietante. Cada frase y cada palabra fue marcada con intención, manteniendo constante la teatralidad, aunque su voz perdió un poco de su color natural en el registro más grave. Aterciopelado y noble estuvo el canto de Vladimir Stoyanov quien delineó un Principe Eleckij, humano y siempre aristocrático. Su magnífica aria del segundo acto “Ya vas lyublyu, lyublyu bezmerno” fue indudablemente el momento culminante de la velada. Elchin Azizov interpretó a un Tomskij comunicativo y vocalmente generoso, mientras que Deniz Uzun, ofreció una Polina apreciada por la musicalidad y el cálido color de su voz.  El elenco entero brindó una interpretación convincente, demostrando una notable capacidad de trabajo en equipo, en particular: Alexey Dolgov (Čekalinskij), Vladimir Sazdovski (Surin), Ksenia Chubunova (la gobernante), Joseph Dahdah (Čaplickij y el maestro de ceremonias), Viktor Shevchenko (Narumov) e Irina Bogdanova (Maša). Se debe señalar también el óptimo desempeño del Coro del Teatro Regio dirigido por Ulisse Trabacchin y un convincente aplauso al coro de niños (Coro delle Voci Bianche) dirigido por Claudio Fenoglio.



Monday, April 14, 2025

La Dama di Picche - Teatro Regio di Torino

Foto: Mattia Gaido 

Massimo Viazzo

L’opera La Dama di Picche di Pëtr Il’ič Čajkovskij (1840-1893) non veniva rappresentata al Teatro Regio di Torino da sedici anni, precisamente dalla fortunata produzione del 2009 diretta da Gianandrea Noseda, con un notevole cast composto da Svetla Vassileva, Maksim Aksënov, Anja Silja, Vladimir Vaneev, Dalibor Jenis e Julia Gersteva. Lo spettacolo proposto in que sta occasione proviene dalla Deutsche Oper di Berlino (in coproduzione), dove è stato rappresentato nel marzo 2024. La regia, progettata poco prima dello scoppio della pandemia da Graham Vick, scomparso nel 2021 a causa di un’infezione da Covid-19, è stata ripresa e sviluppata da Sam Brown. La Dama di Picche è uno dei grandi capolavori del teatro d’opera russo. Rappresentata per la prima volta al Teatro Mariinskij di San Pietroburgo il 19 dicembre 1890, fu accolta con grande successo di pubblico e critica. L’opera è tratta da un breve racconto di Aleksandr Puškin (1799-1837), che Čajkovskij amplia e modifica arricchendolo di dettagli anche in disaccordo con il fratello Modest, coautore del libretto. La vicenda di Hermann, ufficiale squattrinato tormentato tra l’amore passionale per la nobile Liza, l’ossessione per il gioco d’azzardo, l’ambizione di appartenere a un mondo aristocratico a lui chiaramente estraneo e l’attrazione per la sfera del soprannaturale, viene narrata dal regista inglese Sam Brown con originalità, seguendo una via non convenzionale, talvolta disorientante, ma sufficientemente coerente. Hermann e Liza sono entrambi degli esclusi. Lo si comprende già durante il coro iniziale (qui chiaramente inteso come un flashback degli eventi futuri), durante il quale il piccolo Hermann subisce il bullismo dei compagni e rifiuta l’orsetto donatogli dalla piccola Liza che tenta un approccio per dargli conforto. Un’attrazione tra i due nata in gioventù ma probabilmente mai concretizzatasi fino all’epoca in cui si sviluppa il plot del libretto. Entrambi aspirano a fuggire dal proprio mondo: Hermann è attratto dalla ricchezza, da una vita facile e frivola, mentre Liza vorrebbe lasciarsi alle spalle proprio quella vacuità, quella superficialità che sembra invece rappresentare il fine ultimo dei desideri di Hermann. In definitiva, il gioco d’azzardo, o meglio la vittoria al gioco, diventa una vera ossessione per il protagonista e la storia non può che concludersi in modo tragico. Lo spettacolo, firmato da Sam Brown e ripreso a Torino da Sebastian Häupler, presentava un impianto scenico caratterizzato da pannelli girevoli che mostravano sullo sfondo ampi cieli colorati. A questi si aggiungevano pedane, quinte semoventi e luci al neon che delimitavano gli spazi scenici. Gli ambienti, piuttosto sfarzosi, venivano scomposti e ricomposti anche attraverso l’utilizzo di sipari e scalinate. La narrazione, pur presentando momenti di discontinuità e disorientamento per lo spettatore, è risultata nel complesso abastanza efficace. Si segnala positivamente l’utilizzo di proiezioni di vecchi film muti in bianco e nero per enfatizzare alcuni momenti dell’opera, come ad esempio durante il racconto di Tomskij nel primo atto. Si rileva, tuttavia, con rammarico, l’eliminazione della scena pastorale del secondo atto. Il responsabile della drammaturgia dello spettacolo, Kostantin Parnian, avrebbe forse dovuto valutare soluzioni alternative per non sacrificarla completamente. Ma la scelta registica più audace è stata quella di ribaltare il rapporto tra Hermann e la Contessa, una scelta molto discutibile ma certamente d’impatto. In questa produzione, la Contessa, una donna ancora piacente che sa e vuole prendere l’iniziativa con gli uomini, non muore per lo spavento causato dalla pistola puntata da Hermann, ma per eccesso di libido. È lei che si offre sessualmente al protagonista, probabilmente per rivivere ancora una volta gli istanti della sua giovinezza, dalla quale non vuole distaccarsi, come dimostrano le vecchie immagini proiettate in modo ossessivo all’interno della sua stanza. Un vero e proprio ribaltamento di prospettiva che non convince perché snatura la potente drammaticità della scena descritta dal libretto. In questo allestimento, la Contessa può ricordare, per certi versi, la figura di Norma Desmond (interpretata da Gloria Swanson) nel film “Sunset Boulevard”. Un altro momento che non ha convinto è stato il ballo all’inizio del secondo atto: ambientato in una sorta di discoteca psichedelica, è parso eccessivamente trash e, quindi, completamente fuori contesto. La bacchetta era affidata a Valentin Uryupin. Il direttore russo ha impostato una lettura tesa e drammatica ma nell’insieme un po’ generica, mancando un po’ di atmosfera e di un maggior approfondimento sui timbri orchestrali. Da segnalare anche alcuni scollamenti tra buca e palcoscenico soprattutto in presenza del coro. L’Hermann di Mikhail Pigorov è piaciuto per sicurezza e piglio. Con la sua voce da tenore lirico-spinto, ha saputo essere incisivo ma anche delicato. Forse però gli è mancata un po’ la carica visionaria che è caratteristica del suo personaggio. Zarina Abaeva ha offerto un’interpretazione di Liza disinvolta e di carattere. La sua voce, di bella timbrica nel registro medio, ha mostrato una linea di canto meno a fuoco nella zona più acuta della tessitura. Jennifer Larmore ha interpretato con maestria il ruolo della Contessa, offrendo una presenza scenica magnetica, seducente e al contempo inquietante. Ogni frase,ogni parola è stata scandita con intenzione, mantenendo costante la teatralità, sebbene la sua voce perdesse un po’ del suo colore naturale nel registro più grave. Vellutato e nobile il canto di Vladimir Stoyanov che ha tratteggiato un Principe Eleckij umano ma sempre aristocratico. La sua magnifica aria del secondo atto “Ya vas lyublyu, lyublyu bezmerno” è stata indubbiamente il momento culminante della serata. Elchin Azizov ha interpretato un Tomskij comunicativo e vocalmente generoso, mentre Deniz Uzun ha offerto una Polina apprezzata per la musicalità e il caldo colore della sua voce. L’intero cast ha fornito un’interpretazione convincente, dimostrando un’eccellente capacità di lavoro di squadra: in particolare, Alexey Dolgov (Čekalinskij), Vladimir Sazdovski (Surin), Ksenia Chubunova (la governante), Joseph Dahdah (Čaplickij e il maestro di cerimonie), Viktor Shevchenko (Narumov) e Irina Bogdanova (Maša) Si segnala inoltre l’ottima performance del Coro del Teatro Regio diretto da Ulisse Trabacchin e un convinto plauso al Coro delle Voci Bianche diretto da Claudio Fenoglio.