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Monday, April 30, 2018

The Nightingale and other Short Fables (EL RUISEÑOR y otros cuentos cortos) – Canadian Opera Company, Toronto

 Fotos de escena de Michael Cooper
 
Giuliana dal Piaz
 
La Canadian Opera Company vuelve a presentar una producción de 2009 con la dirección del renombrado Robert Lepage, El Ruiseñor y otros cuentos cortos. El espectáculo tuvo mucho éxito antes, tanto en Toronto como en otros países y lugares (Francia, Holanda, Estados Unidos, y Québec). Está teniendo ahora un éxito parecido gracias a sus numerosas, grandes calidades. En primer lugar, la impecable ejecución de la música de Stravinsky de parte de la Orquesta de la COC, bajo la experimentada batuta de su director permanente Johann Debus. “La música de Stravinsky, nunca [es] insípida si se la ejecuta de manera apropiada, y la Orquesta dirigida por Debus muestra [todo] su vigor y vivacidad” (Joseph So).  En segundo lugar, la logística de la orquesta misma, que toca a la vista del público, en vez que en el foso como de costumbre: se encuentra en el escenario durante la primera parte del espectáculo, y a espaldas de los intérpretes en la segunda parte, con el foso ocupado por 67,000 litros de agua, que representan el lago sobre el cual se desarrolla la acción de El Ruiseñor, y cuyo trémulo reflejo luminoso sobre el techado del auditorio incrementa la sensación de mágico extrañamiento. Toda la puesta en escena es fortemente original: utiliza el “hand shadow play” (teatro de sombras por las manos), una antigua tradición en el teatro asiático, mas bastante raro en el occidental, y que Robert Lepage considera haber sido la primera forma  en absoluto de teatro inventado por la humanidad; el “shadow play” en los cuentos con animales como protagonistas, en el cual un velario a media altura, que deja al descubierto la parte inferior de la figura, permite a los espectadores seguir directamente el “juego de las sombras” de los extraordinarios acróbatas; y finalmente, en El Ruiseñor, la presencia en escena de 75 marionetas ricamente decoradas y vestidas, como contraparte de cada personaje/cantante, incluso de los miembros del coro. Todos estos detalles, realizados además con absoluta perfección técnica, hacen que esta ópera muy poco tradicional resulte ser un auténtico gozo para el oído y la vista del público. La primera parte de la función, dedicada a los ”cuentos cortos”, empieza con una ouverture especial, un Ragtime que suena muy moderno a pesar de haber sido compuesto en 1918, al cual siguen tres piezas para clarineto solo, tocadas por un brillante Juan Olivares; Pribautki (Canciones agradables), para la voz del mezzo-soprano Allyson McHardy, la Berceuse du Chat (Canción de cuna del Gato) para la voz solista de la mezzo-soprano Lindsay Ammann; Dos poemas de Konstantin Balmont, cantados por la soprano Danika Lorén; Cuatro cantos populares rusos, interpretados por 2 sopranos y 2 mezzo-sopranos que pertenecen al Coro de la COC; y finalmente el cuento The Fox (El Zorro), con las animaciones del “shadow play” y las voces de los tenores Miles Mykkanen y Owen McCausland, y de los barítonos Bruno Roy y Oleg Tsibulko. La segunda parte del espectáculo está dedicada por entero a “El Ruiseñor”, cuento lírico (así lo define Stravinsky) sobre el libreto de Mitussov inspirado en el conocido cuento de Hans Christian Andersen, ‘’El ruiseñor del Emperador”. En la antigua China, el Emperador está fascinado por el canto de un ruiseñor, que vive cerca del lago. Le pide entonces mudarse a su Palacio; el ruiseñor rehusa porque su mundo es el bosque, pero acepta ir a cantar para él todas las noches. Llegan unos enviados del Emperador del Japón llevando en don un ruiseñor mecánico en una diminuta jaula de oro. La Corte lo escucha embelesada, mientras que el verdadero ruiseñor desaparece en silencio. El Emperador enferma y el canto del ruiseñor mecánico ya no lo consuela. Está a punto de morir cuando el ruiseñor vivo vuelve a cantar al lado de su cama, y su canto harmonioso logra vencer a la Muerte y sanarlo. Gracias a la fantasía de Lepage y las creaciones tecnológicas de su euipo, Ex Machina, se encienden las luces de las linternas sobre el lago fingido y empieza la magia del cuento: un barquito en miniatura, con a bordo un minúsculo Pescador, desaparece bajo un muelle para volver a aparecer más grande, guiado, con su marioneta, por el tenor Owen McCausland en el papel del Pescador, que canta bellamente toda su parte estando sumergido en el agua hasta la cintura. El barítono moldavo Oleg Tsibulko interpreta de manera satisfactoria al Emperador chino (le ayudaría una modulación mayor de la voz, pero es un artista muy prometedor). También destacan entre los intérpretes la soprano Lauren Eberwein, en el papel de la Cocinera, y Lindsay Amman, en el papel de la Muerte.  Para esta última figura, Lepage inventa otro truco de gran eficacia: alrededor de un pequeño pabellón y de la plataforma sobre la cual yace el Emperador enfermo, mientras que el ruiseñor mecánico ya no logra alegrar al soberano, los “elementos” escénicos que lo rodean emergen lentamente del agua y se definen como los miembros de un enorme esqueleto, la Muerte, que se está adueñando del hombre acostado; la calaca es en realidad una especie de gorro que la cantante lleva en la cabeza para interpretar su papel. Cuando vuelve el auténtico ruiseñor, el Emperador reacciona y recobra fuerzas mientras que los artos del esqueleto vuelven a hundirse en el agua. La voz de la excelente soprano canadiense Jane Archibald se mide muy bien con el difícil papel del Ruiseñor, con la fuerza y la coloratura adecuadas; la artista maneja hábilmente su presencia en el escenario con libertad y coherencia de movimientos.
Todos los cantantes parecieron cómodos con el texto ruso, aunque nada puedo decir, por supuesto, acerca de la mayor o menor precisión de su dicción... Hermoso el vestuario, que, en la primera parte, harmoniza con el profundo amor de Stravinsky por la cultura y el folklor de su pueblo, mientras que en la segunda parte corresponde a la imagen que tenemos de la espléndida Corte del Emperador de China. Grandes aplausos para todos los intérpretes, los miembros de la compañía Ex Machina, responsables del “shadow play”, el coro dirigido por Sandra Horst y las marionetas, diseñadas por Michael Curry y coreografadas por Martin Genest. Una hermosa velada musical de la que el público sale maravillado y satisfecho.

Monday, June 8, 2009

The Rake´s Progress en el Teatro alla Scala de Milan

Foto: M. Brescia - Archivio fotografico Teatro alla Scala.

Massimo Viazzo

Un cielo terso e infinito cubre a Anne y a Tom, tiernamente sentados sobre un plaid rojo conversando. Los espacios son amplios, la naturaleza parece quieta, pero la serenidad del paisaje se rompe con la presencia de una bizarra maquinaria negra, oscilante y en continuo movimiento. Parece un pozo petrolífero, quizás la fuente de ingresos de la familia Truelove, pero en vez del 'oro negro' la exclamación de Tom “I wish I had money” hace que del fondo de la tierra aparezca nada menos que el diablo en persona, Nick Shadow. Tom encuentra así la fortuna, en un saco de dinero (Shadow le cuenta sobre una extraña herencia) que le cambiara el destino y lo llevará a la ruina. Este es en síntesis el inicio de The Rake’s Progress con la notable producción escénica firmada por Robert Lepage, que llegó al Teatro Alla Scala de Milán con la reposición de Sybille Wilson. El regista canadiense explotó cada posibilidad de la dramaturgia de la multiforme obra maestra stravinskiana y con nuevas y graciosas ideas, encontró la forma de conducir a buen puerto un espectáculo agradabilísimo sin bajarle la tensión. La televisión es el motivo conductor de esta puesta escénica (y parecería ser un “chiodo fisso” -el deseo- también del propio Stravinski), por lo que se veía a Shadow filmando con una cámara de televisión todas las empresas de Tom Rakewell en el burdel de Mother Goose (y parecería que estábamos en el Truman Show). También fue la propia TV, la que simboliza el gran ‘engaño’ de la máquina de pan en el segundo acto. Aun la locura de Tom / Adonis en el ultimo acto se cristalizó justo en la pantalla televisiva, con la ulterior presencia de un inquietante ‘ojo’ orwelliano. Muchas son las cosas para recordar, los clavados en la piscina, Tom y Mother Goose literalmente chupándose en una cama con forma de corazón, o la inquietante partida de cartas con final pirotécnico al ‘neón’ y la loca carrera en automóvil en la noche de Anne. Pero este no es un espectáculo que pueda ser relatado, pero se aconseja calurosamente a todos los lectores no dejarlo escapar si igualmente les sucediera. Muy bueno fue el desempeño vocal. En particular señalaría al protagonista Andrew Kennedy de timbre homogéneo con cuerpo, y escénicamente sin prejuicios, así como a Emma Bell, una Anne generosa y apasionada (muy aplaudida en su difícil aria con cabaletta que concluye el primer acto, aunque su do agudo fue emitido con prudencia). William Shimell interpretó el papel del ‘malo’ con gran carisma teatral (pero cabe señalar que todos los interpretes en esta producción deben elogiarse por su preparación escénica fuera de lo común), pero con una vocalidad un poco falta de homogeneidad. La desbordante Baba de Natascha Petrinsky, la sensual Mother Goose de Julianne Young, el Sellem, un poco debilucho de Donald Byrne y el paternal Trulove de Robert Lloyd completaron un elenco que en grupo estuvo muy equilibrado. El débil eslabón de la cadena fue la dirección de David Robertson, un poco entorpecida (algunas acometidas, sobre todo en la primera parte del espectáculo sonaron verdaderamente sucias) y conducida de manera poco penetrante. El coro de jóvenes y de las prostitutas (en la segunda escena del primer acto), o al inicio del tercer acto (escena del asta) pareció verdaderamente estar muy controlado.

Sunday, June 7, 2009

The Rake´s Progress - Teatro alla Scala, Mlano

Foto: Brescia - Teatro alla Scala Milano
Massimo Viazzo

Un cielo terso e infinito sovrasta Anne e Tom, teneramente seduti su un plaid rosso a conversare. Gli spazi sono ampi, la natura pare quieta, ma la serenità del paesaggio è scalfita da uno bizzarro marchingegno nero basculante. Sembra un pozzo petrolifero, forse la fonte di guadagno della famiglia Truelove, ma invece dell’ “oro nero” all’esclamazione di Tom “I wish I had money” dalle viscere della terra apparirà nientemeno che il diavolo in persona, Nick Shadow. Tom trova così la fortuna, un sacco di quattrini (Shadow gli racconta di una strana eredità..) che gli cambieranno il destino e lo condurranno poco alla volta alla rovina. Ecco in sintesi l’inizio di The Rake’s Progress nel noto allestimento firmato da Robert Lepage approdato al Teatro alla Scala di Milano nella ripresa curata da Sybille Wilson. Il regista canadese sfrutta ogni possibilità fornitagli dalla drammaturgia del multiforme capolavoro stravinskijano e con idee e trovate sempre nuove e stuzzicanti riesce a condurre in porto uno spettacolo godibilissimo, senza cali di tensione. E’ la televisione il motivo conduttore di questa regia (e pare che fosse un “chiodo fisso” anche dello stesso Stravinskij). Si vedrà così Shadow filmare dalla telecamera tutte le imprese di Tom Rakewell nel bordello di Mother Goose (siamo al Truman Show?). Sarà la TV stessa a simboleggiare il grande “inganno” della macchina del pane nel secondo atto. Ed ancora la pazzia di Tom/Adonis nell’ultimo atto troverà la sua cristallizzazione proprio sullo schermo televisivo, con una ulteriore presenza di un inquietante “occhio” orwelliano. Moltissime le cose da ricordare: i tuffi in piscina, Tom e Mother Goose letteralmente risucchiati da un letto a forma di cuore, oppure l’inquietante partita a carte con finale pirotecnico al “neon” e ancora la folle corsa in automobile nella notte di Anne.. Ma questa non è uno spettacolo che può essere raccontato. Consiglio caldamente tutti i lettori di non lasciarselo scappare se capitasse dalle proprie parti! Molto buona la resa vocale. In particolare segnalerei il protagonista Andrew Kennedy dalla timbrica omogenea, corposa e scenicamente intraprendente, e Emma Bell, una Anne generosa ed appassionata (molto applaudita la sua difficile aria con cabaletta che chiude il primo atto, anche se il suo Do acuto è stato emesso con prudenza). William Shimell ha interpretato il ruolo del “cattivo” con grande carisma teatrale (ma tutti gli interpreti di questa produzione sono da lodare per la preparazione scenica fuori dal comune), ma una vocalità un po’ disomogenea. La debordante Baba di Natascha Petrinsky, la sensuale Mother Goose di Julianne Young, il Sellem un po’ deboluccio di Donal Byrne ed il paterno Trulove di Robert Lloyd completavano un cast nel complesso molto equilibrato. Anello debole della catena la direzione di David Robertson un po’ impacciata (qualche attacco, soprattutto nella prima parte dello spettacolo, è suonato veramente sporco) e condotta con poco mordente. Il coro dei giovani e delle prostitute (seconda scena del primo atto) o l’inizio del terzo atto (scena dell’asta) sono parsi davvero troppo compassati.