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Wednesday, October 20, 2010

Gardiner inaugura la temporada de conciertos de Lingotto 2010-2011 en Turín

Foto: Pasquale Juzzolino / Associazione Lingotto Musica

Massimo Viazzo
Con motivo del concierto inaugural de la temporada 2010-2011 de la asociación Lingotto, Sir John Elliot Gardiner y su Orchestre Révolutionnaire et Romantique trajeron una brisa de aire fresco, sobre un repertorio, el romántico, que a los apasionados les parecería hoy reconocido y consolidado. Pero en vez de ello, el director ingles, barajando un poco las cartas, apuntó con finura sobre los detalles de la limpieza y la claridad de las líneas musicales (sobretodo las mas internas), una cualidad ciertamente en desuso por los que no están acostumbrados a las ejecuciones históricamente informadas. Gardiner, quien secó las páginas en el programa obteniendo también de su propia agrupación timbres ásperos (sobretodo en lo que respecta a los metales, que en realidad no siempre estuvieron muy entonados), logró remodelar los equilibrios entre las cuerdas y los alientos con un control milimétrico de la materia sonora, la que constantemente mantuvo viva e incandescente. En tal sentido, fue paradigmático el inicio de la Sinfonía No 3 Renana de Schumann, fue tan grandioso como heroico, no naturalista, y casi agresivo, en el que el fantasma de Beethoven se agigantó en la sala. El romanticismo de John Elliot Gardiner no pareció ser tan empalagoso o tan endulzado (como se escuchó en el bellísimo repiqueteo con el que abrió el Andante del Doble Concierto de Johannes Brahms) y los dos aplaudidos solistas Thomas Zehetmair al violín y Christian Poltéra en el violonchelo, supieron captar en los pliegues de la partitura las tonalidades mas intimas, sin caer en peligrosos sentimentalismos, en un dialogo siempre agradable en el que el violinista de Salzburgo mantuvo siempre el control de las operaciones. En suma: fue una velada muy estimulante (firmada por una delicadísima, y casi etérea ejecución del Langsam del Concierto para violín de Schumann que fue ejecutado como bis), y que sin más, habrá sorprendido a los espectadores más tradicionales.

Gardiner inaugura I Concerti del Lingotto 2010-2011

Foto: Pasquale Juzzolino / Associazione Lingotto Musica
Massimo Viazzo

In occasione del concerto inaugurale della stagione del Lingotto 2010-2011 Sir John Eliot Gardiner e la sua Orchestre Révolutionnaire et Romantique hanno portato una ventata d’aria fresca su un repertorio, quello romantico, che per gli appassionati parrebbe ormai acquisito, consolidato. Invece il direttore inglese, rimescolando un po’ le carte, ha giocato di fino sul dettaglio puntando sulla pulizia e sulla chiarezza delle linee musicali (soprattutto quelle più interne), una qualità certamente desueta per chi non è avvezzo alle esecuzioni storicamente informate. Gardiner, che ha asciugato le pagine in programma traendo dalla propria compagine timbri anche aspri (soprattutto per quanto riguarda gli ottoni, non sempre intonatissimi in verità), è riuscito a rimodellare gli equilibri fra archi e fiati con un controllo millimetrico della materia sonora resa costantemente viva e incandescente. Paradigmatico in tal senso l’inizio della Renana di Schumann così grandioso, più eroico che naturalistico, quasi aggressivo: il fantasma di Beethoven giganteggiava in sala! Il Romanticismo di John Eliot Gardiner non pareva fatto di smancerie, sdolcinature (sentire la bellissima cantilena che apriva l’Andante del Doppio Concerto di Johannes Brahms) e anche i due applauditi solisti, Thomas Zehetmair al violino e Christian Poltéra al violoncello, sapevano cogliere nelle pieghe della partitura le sfumature più intime senza cadere in pericolosi sentimentalismi, in un dialogo sempre avvincente in cui il violinista salisburghese aveva, però, il comando delle operazioni. Insomma, una serata molto stimolante (siglata da una delicatissima, quasi eterea esecuzione del Langsam dal Concerto per violino di Schumann eseguito come bis) che avrà senz’altro spiazzato gli ascoltatori più tradizionali.

Friday, September 3, 2010

Noseda, Zehetmair, y Welser-Möst en el Festival Stresa 2010, Italia

Foto: Andrea Sacchi KS- Stresa Festival 2010; Gianandrea Noseda EUYO; Thomas Zehetmail; The Cleveland Orchestra

Massimo Viazzo.

Habrá sido por la contagiosa efervescencia que fluía de los jóvenes instrumentistas de la European Union Youth Orchestra, aunada a más de treinta años de historia sobre la espalda, o tal vez por la inagotable dedicación de Gianandrea Noseda (director artístico desde hace dos lustros del Stresa Festival) cuya incontenible mezcla de sufrimiento y exaltación se desató con ardiente vértigo, lo cierto es que hacia tiempo que no se escuchaba una Patética como esta. Noseda, que es un apasionado conocedor del repertorio ruso (su muy esperado Boris inaugurará la temporada del Teatro Regio de Turín en algunas semanas) desde los primeros movimientos de su batuta nos hizo intuir que el viaje que estaba por realizar no podía mas que conducirnos a las profundidades mas oscuras. Fatalismo puro, que como forma parte ya de la propia naturaleza de la obra maestra Tchikovskiana, es el testamento espiritual de su atormentado autor. El Final, afrontado con sombrío realismo, se impuso como un núcleo emotivo de la obra, una última perspectiva para revivir en un angustioso flashback sus otros tres movimientos. La primera parte de la velada se inició con el raro Prologo sinfónico “Bianca de Molena” de Mieczyslaw Karlowicz, talento polaco que falleció en 1909 con tan solo 33 años de edad. Noseda exaltó las suplicas románticas tardías casi convulsivas, connaturales de esta pagina, restituyéndoselas con gallardía. También el extracto del El Jugador de Prokofiev, sonó entusiasmante por la exuberancia rítmica, el agudo fraseo y la sugestión dramática. La Sinfonía de La Forza del Destino, al blanco calor y como bis, coronó la velada.

Al día siguiente, toda la música que se escuchó en la Iglesia del SS. Crocifisso del Colegio Rosmini, fue dedicada a la ejecución integral de aquel monumento sumo que es el corpus de las obras para violín solista de Johann Sebastian Bach. Thomas Zehetmair, quien tocó de memoria, literalmente maravilló al público con una ejecución de absoluta referencia caracterizada por rigurosas concesiones, precisiones en la entonación y un fascinante juego timbrico-dinámico. Empuñando su precioso Stradivari, el violinista alemán pudo proyectar los arabescos baquianos en un espacio atemporal, al punto de hacerlos absolutos, despidiéndolos con vigor, pero encontrando también una suavidad inaudita. Zehetmair mostró un brillante virtuosismo, nunca se auto alabó, y también un claro sentido del contrapunto (la fantasmagórica Fuga de la Sonata n. 3 ¡dejo a todos sin respiración!) rotando entre elocuencia y expresividad. Un verdadero y justo tour de force que dejó una marca muy profunda en todos los presentes.

Honor al merito que tuvo el Stresa Festival por haberse asegurado a The Cleveland Orchestra la primera orquesta estadounidense (y según los adeptos al trabajo, como recordó Gianandrea Noseda presentándola en conferencia de prensa, por hoy la primera del mundo por abnegación y ductilidad). El hecho de haber sido siempre dirigida por directores europeos hace que la orquesta tenga tanta familiaridad en la interpretación de este tipo de repertorios y de hacer que sus interpretaciones sean frecuentemente recomendables. Franz Welser-Möst, su actual director musical, la dirigió con elegancia, garbo y transparencia. Fue así como la Trágica de Schubert (que no fue aquí tan trágica) sonara ligera y suave. Los pliegues del fraseo fueron imperceptiblemente mesurados y las suavidades tímbricas la hicieron sonar límpida y serena. Welser-Möst le atinó del todo a la cifra estilística de esta página en la que Schubert pareció expresarse en tercera persona, sin distorsionarle sus fallas con sugestiones fuera de lugar. La orquesta de Cleveland dio después una cátedra en la segunda parte del concierto y en Ein Heldenleben de Richard Strauss se mostró como una agrupación virtuosamente impecable que entusiasmó por la calidad de su sonido siempre pleno y rotundo. Así, los repiqueteos del poema sinfónico straussiano, monumento al propio narcisismo, parecieron casi materializarse bajo una baqueta muy atenta en no descarrilarse y constantemente empeñada en secar la partitura dejando decantar la sola esencia musical.

Noseda, Zehetmair, Welser-Möst: lo Stresa Festival cala il tris d’assi!

Foto: Andrea Sacchi KS - Stresa Festival; Gianandrea Noseda / European Youth Symphony Orchestra;Franz Welser-Möst / The Cleveland Orchestra

Massimo Viazzo

Sarà per l’effervescenza contagiosa che traboccava dai giovani strumentisti della European Union Youth Orchestra, compagine con ormai più di trent’anni di storia alle spalle, oppure per l’inesauribile dedizione di Gianandrea Noseda (direttore artistico dello Stresa Festival da due lustri), il cui travolgente mix di sofferenza ed esaltazione si scioglieva in focosa vertigine, ma una Patetica così era da tempo che non la si ascoltava. Noseda, appassionato conoscitore del repertorio russo (e tra qualche settimana un suo attesissimo Boris inaugurerà la stagione del Teatro Regio di Torino), già dalle prime battute ci faceva intuire che il viaggio che si stava per intraprendere non poteva che condurre negli abissi più foschi. Puro fatalismo, quindi, come è d’altronde connaturato al capolavoro čajkovskijano, testamento spirituale del suo tormentato autore. Il Finale, affrontato con cupo realismo, si imponeva così come nucleo emotivo dell’opera, prospettiva ultima da cui rivivere in angoscianti flashback gli altri tre movimenti. La prima parte della serata era iniziata con il raro Prologo sinfonico “Bianca da Molena” di Mieczyslaw Karlowicz, talento polacco morto nel 1909 a soli 33 anni. Noseda esaltava le perorazioni tardo romantiche, quasi parossistiche, connaturate a questa pagina restituendocela con gagliardia. E anche l’estratto da Il Giocatore di Prokof’ev suonava entusiasmante per esuberanza ritmica, fraseggio tagliente, suggestione drammatica. Una Sinfonia da La Forza del Destino al calor bianco, come bis, coronava la serata.

Tutt’altra musica il giorno successivo nella Chiesa del SS. Crocifisso del Collegio Rosmini, luogo deputato, da qualche anno, all’esecuzione integrale di quel monumento sommo che è il corpus delle opere per violino solo di Johann Sebastian Bach. Thomas Zehetmair, che ha suonato a memoria, ha letteralmente strabiliato il pubblico con un’esecuzione di assoluta referenza caratterizzata da concezione rigorosa, precisione nell’intonazione ed affascinante gioco timbrico-dinamico. Impugnando il suo preziosissimo Stradivari il violinista tedesco ha saputo proiettare gli arabeschi bachiani in uno spazio atemporale tale da restituirceli assoluti, sbalzandoli con vigore, ma trovando anche morbidezze inaudite. Zehetmair ha sfoggiato un virtuosismo smagliante, mai autocelebrativo, un chiaro senso del contrappunto (la fantasmagorica Fuga dalla Sonata n. 3 ha lasciato tutti senza fiato!) avvincendo per eloquenza ed espressività. Un vero e proprio tour de force che ha lasciato un segno profondo sui presenti.

Onore al merito dello Stresa Festival essersi accaparrata The Cleveland Orchestra, la prima orchestra americana (e secondo gli addetti ai lavori, come aveva ricordato Gianandrea Noseda presentandola in conferenza stampa, addirittura la prima al mondo per abnegazione e duttilità). Il fatto di essere stata sempre guidata da direttori europei l’ha resa così familiare nei confronti del nostro repertorio da renderne le interpretazioni spesso raccomandabili. Franz Welser-Möst, il suo attuale direttore musicale, la dirige con eleganza, garbo, trasparenza. E così la Tragica di Schubert (che non è, poi, così tragica) suonava lieve, scorrevole. Le increspature del fraseggio, impercettibilmente misurate e le morbidezze timbriche ce la restituivano limpida, serena. Welser-Möst ha azzeccato del tutto la cifra stilistica di questa pagina in cui Schubert pare esprimersi in terza persona, non snaturandone gli esiti con soggettivazioni fuori luogo. La Cleveland saliva, poi, in cattedra nella seconda parte del concerto. Ein Heldenleben di Richard Strauss non solo ci mostrava una compagine virtuosisticamente impeccabile, ma ad entusiasmare era la qualità del suono sempre pieno e rotondo. E così i clangori del poema sinfonico straussiano, monumento al proprio narcisismo, sembravano quasi smaterializzarsi sotto una bacchetta attentissima a non deragliare e costantemente impegnata ad asciugare la partitura lasciandone decantare la sola essenza musicale.