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Tuesday, May 28, 2024

El Holandés Errante en Turín

Foto: Andrea Ratti

Massimo Viazzo

El Holandés Errante de Willy Decker (repuesta en esta ocasión por Riccardo Fracchia) es un montaje muy conocido que se vio por primera vez en un escenario en París, hace un cuarto de siglo y fue ya visto en el Teatro Regio de Turín en el 2012. Se trata de un Holandés Errante nada descriptivo ni caligráfico, que no se basa en una narración ya descontada y muy conocida.  Mar y embarcación apenas se intuyen, estando el director alemán más interesado en el trasfondo psicológico del libreto wagneriano. Así, Decker propuso su espectáculo en la evocación de dos mundos, uno real, el material y el otro fantástico, onírico, e imaginario, que se comunicaban a través de una gigantesca puerta blanca situada en el costado derecho del escenario, sin necesidad de elementos escénicos particularmente significativos.  Había solo mesas, sillas, cuerdas y poco más para un montaje verdaderamente minimalista pero estrechamente sugestivo en el que la música fue la verdadera protagonista. Sin embargo, fue justo con esta ópera, ejecutada por primera vez en Dresde en 1843, con la que Richard Wagner comenzó a utilizar en un modo siempre más consciente la técnica del leitmotiv, una técnica que luego refinaría permitiéndole transformar poco a poco a la orquesta en la voz interior de sus personajes con una sumersión psicológica sin precedentes. Se hubiera podido optar por la primera y más rara versión de la ópera, aquella que se puso en escena en el Königliches Hoftheater de Dresde el 2 de enero de 1843 bajo la conducción del propio compositor, quien a posteriormente elaboró la partitura aligerando la instrumentación y agregándole el leitmotiv de la redención, tanto en final de la Obertura y hasta al fin de la ópera, para llegar a la ejecución en un acto único (sin intervalos) tan deseada y finalmente preparada por Cosima Wagner en 1901.  Mencionaba que hubiera sido más apta la versión de Dresde porque en el espectáculo de Decker no hay redención. Senta lucha desde el inicio y con su neurosis, y su subconsciente enfermo genera ilusiones, fantasmas que al final la llevarían al delirio y al suicidio. Todo lo que se refiere a la leyenda del holandés errante no es nada más que la proyección mental de su inestable psique. Así, Senta se convirtió en la verdadera protagonista, de hecho, apareció en escena desde el inicio de la ópera. Nathalie Stutzmann, notable también por su carrera de contralto en el repertorio antiguo y que ya vestida de directora de orquesta trabajó en Bayreuth, impuso una conducción impulsiva, apremiante, pero a veces un poco pesado y el equilibrio entre instrumentos de viento y cuerdas no se logró de manera óptima, quizás también por la falta de costumbre de la orquesta con este repertorio. De hecho, el último título wagneriano escuchado en el Regio, que fue Tristán e Isolda, se remonta al 2017.  Brian Mulligan personificó con actitud y carácter un holandés creíble. Con una voz bien impostada y sólido en la conducción de la línea musical, el barítono estadounidense convenció también por presencia escénica. Quizás le faltó un poco de mayor finura en el fraseo. Optima estuvo también la Senta de Johanni Van Oostrum, soprano lírica que mostró cierta facilidad en sus salidas en el registro agudo. Su Senta fue intensa, de bello acento, pero un poco débil en el centro.  Robert Watson prestó su voz a un Erik vigoroso, pero de timbre un poco leñoso y línea de canto un poco monocorde.  Desafortunadamente, Gidon Saks (Daland) estuvo indispuesto y, sin embargo, participó en la función, pero su desempeño no es juzgable aun intuyendo sus indudables cualidades.  Adecuado fue el aporte de Annely Peebo en el papel de Mary, mientras que Matthew Swenson cantó en modo ejemplar la parte del timonel con su voz de tenor lírico y con dicción límpida.  Al final, estuvo extraordinaria la prueba del Coro del Teatro Regio reforzado para la ocasión por el Coro Maghini, ambos bajo la atenta y precisa dirección de Ulisse Trabacchi.

Saturday, March 26, 2011

Un Werther en el Teatro Real de Madrid que plasma con toda su crudeza la ley materna

Foto: Javier del Real

Alicia Perris
Drame lyrique en cuatro actos en lengua francesa. Libreto de Édouard Blau, Paul Milliet y Georges Hartmann, basado en la novela epistolar de Johann Wolfang von Goethe,“ Die Leiden des jungen Werthers” . Estrenado en alemán en la Hofoper de Viena el 16 de febrero de 1892 y en francés en la Opéra Comique de París el 16 de enero de 1893. Nueva producción en el Teatro Real, procedente de la Ópera de Fráncfort. Director musical: Emmanuel Villaume, director de escena: Willy Decker, escenógrafo y figurinista: Wolfang Gussmann. Reparto en los roles principales: Giuseppe Filianoti: Werther, Ángel Ódena: Albert, Jean-Philippe Lafont: el burgomaestre, Sonia Ganassi: Charlotte, Auxiliadora Toledano: Sophie . Pequeños Cantores. Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid). Jueves 24 de marzo. 20 horas.

La muerte puede contarse de diferentes maneras y también la desesperanza y la crueldad de la condición humana. Una prueba de ello fue la ópera anterior producida en el Real, “Les Huguenots”, de Meyerbeer, donde hay una lucha por la supervivencia y un éxtasis evidente que subraya la vida. No es el caso de Werther, una obra más germana que latina, donde el personaje desde la primera escena lleva incrustada la señal de la desaparición física y el desaliento. Werther es la plasmación de una batalla sabida desde siempre, jugada y perdida. Los cantantes principales de esta función, Giuseppe Filianoti y Sonia Ganassi, desempeñan una labor ajustada y equilibrada y fueron muy aplaudidos por un público aparentemente sin fisuras. Sin embargo, pequeña la voz del tenor, un poco falto de aliento su trabajo escénico (está un periodo de tiempo inenarrable muriéndose de pie, seguramente para facilitar la emisión) y superior en la performance Sophie Koch sobre la intérprete del segundo reparto. Primaveral y refrescante dentro de lo tenebroso del libreto la jovencita Sophie en la voz y el alma de Auxiliadora Toledano. Muy en su papel castrador sin titubeos ni remordimientos el Albert de Ángel Ódena. Bien el burgomaestre de Jean-Philippe Lafont. Y el ideal de cualquier crítico: poder asistir a las funciones de los dos diferentes casts. La orquesta fue dirigida con elegancia y soltura y el coro de niños realizó bien su trabajo, aunque se echaba de menos en la propia partitura más creatividad, ya que su melodía navideña se repite al principio de la ópera y al final. El montaje de Willy Decker y el vestuario, poco favorecedor en general, acompañan una obra depresiva y falta de optimismo, con unos colores fríos y una puerta móvil que se traslada con monotonía de un lado a otro del escenario durante toda la representación. El blanco de la nieve que cae al final refuerza la sensación de claustrofobia y frío que los decorados plasman en planos inclinados, objetos abandonados aquí y allá, como las cartas de Werther a Charlotte, estrujadas y manipuladas una y otra vez por varios personajes. Todo duro y seco, como la intransigencia de la protagonista a plegarse a los deseos de su corazón y de sus vísceras, en contra de la voluntad todopoderosa del mandato materno, encarnado en un retrato de la progenitora que gestiona toda la dinámica de la obra desde el comienzo hasta el apagón definitivo del acto cuarto. Un arquetipo romántico, agónico este Werther que ha perdido todas las batallas, errante y solitario, alma abandonada de toda salida existencial a pesar de su luz interior. Romanticismo sin concesiones y modelo para tantos fanáticos y aficionados del desastre amatorio y emocional. Una ocasión excelente para contrastarse en lo afectivo. Ideal para los enamorados del amor y todo el territorio del castigo y la transgresión a la rigidez y la ambigüedad de sus leyes y sus reglas.