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Wednesday, July 23, 2025

Tosca en Trieste

Foto: Fabio Parenzan / Teatro Verdi Trieste

Rossana Poletti

El Castillo de San Giusto. no es la Arena de Verona ni mucho menos el Castillo de Sant'Ángel, pero las gradas de San Giusto, las piedras antiguas que rodean la gran plaza de las Milicias suscitan en la Tosca de Giacomo Puccini, en escena en Trieste, el sentido de inminencia del peligro, de la muerte que la música del gran compositor regala al público, que acudió numeroso en una noche abrasada por el gran calor y por la ausencia de un mínimo soplo de viento. Las escenografías estuvieron necesariamente contenidas en el gran escenario construido en la esquina más despojada de la gran plaza, edificada en el siglo XVI para la defensa militar de la ciudad. En el fondo, dos telas aparecen entre el primer y el segundo acto: la Madonna que Cavaradossi está pintando y luego un detalle de los frescos presentes en el Palacio Farnese. La dirección escénica de Stefania Panighini, lleva el arte de los Carracci a San Giusto como clave para interpretar la poderosa feminidad de la protagonista. El director imagina el lienzo y las figuras frente a él imitando a los protagonistas, luego en el primer acto las mujeres se muestran como en la pintura a los pies de la Virgen María, en particular el parecido de la marquesa Attavanti, que producirá en Floria Tosca los celos desenfrenados, y que es la base de la ruina de los dos amantes.  En el segundo acto, la noticia de la victoria de Napoleón en Marengo está representada por la imagen gloriosa y las figuras se visten como los antiguos romanos. A decir verdad, en la escena del "duelo" verbal y físico entre Tosca y Scarpia, estas coreografías parecen superfluas, incluso negativas. El paño negro del tercer acto recuerda las telas moradas en las iglesias durante la cuaresma. La orquesta del Teatro Verdi, situada debajo del escenario y dirigida por Enrico Calesso, subrayó  con maestría los momentos casi silentes y realzó  con el correcto énfasis los pasajes tumultuosos de la ópera, las inquietudes y las pasiones. Los celos, la maldad, el amor perseguido le interesaban evidentemente a Puccini más que el gran fresco histórico de la novela de Victorien Sardou de 1887 (de la cual Giuseppe Giacosa y Luigi Illica tomaron el libreto), que estaba empapada de crímenes y de sangre, con abundantes detalles del marco histórico realista y repleto de personajes secundarios. Tosca debutó el 14 de enero de 1900 en el Teatro Costanzi de Roma, recibiendo críticas no muy positivas, pero en poco tiempo entró en el repertorio de todos los teatros líricos del mundo. Los protagonistas dejaron al público satisfecho: Tosca, fue interpretada por Elena Pankratova, quien se destacó por la buena identificación con el papel y por sus capacidades vocales, mostrando volumen y un notable temperamento, sobre todo en la escena en la que asesina a Scarpia. En “Vissi d’arte” se mostró enamorada y sufriente por su funesta suerte y no decepcionó en las expectativas. El Mario Cavaradossi de Fabio Sartori fue fuerte, potente y vigoroso, también en la figura lo es. Esperado el final en la famosa romanza “E lucevan le stelle”, desgarrador grito de dolor por la vida que se va agotando trágicamente, Sartori se expresó con sincera emotividad, de la que quizás careció un poco en el primer acto. El sádico Barón Scarpia es el personaje que encarna el mal absoluto, la hipocresía y la falsedad más brutales, usa el poder solo y exclusivamente para su propio beneficio; verlo autoflagelarse en escena, para ahuyentar los demonios de su maldad, dejó cierta perplejidad. La voz de Ambrogio Maestri, que lo interpretó, sigue siendo potente, y superó  con facilidad el estruendo de la orquesta, aunque quizás le faltó resaltar  un poco la perversidad de Scarpia en ese segundo acto, centrado en la evolución del drama que más tarde se representaría: el asesinato de Cavaradossi y el suicidio de Tosca. El reparto lo completaron el joven bajo-barítono William Corrò, que interpretó al fugitivo Angelotti, el convincente bajo Abramo Rosalen (el sacristán), el tenor Andrea Schifaudo (Spoletta), el bajo Francesco Auriemma (Sciarrone), Damiano Locatelli (el carcelero) y Sophie Emilie Bernstein (el pastor). En el primer acto el coro del Teatro Verdi, dirigido por Paolo Longo, y el coro infantil: Piccoli Cantori della Città di Trieste dirigidos por Cristina Semeraro llenaron el escenario y fueron los fieles que poblaron la iglesia cantando el "Te Deum" para celebrar la derrota de Napoleón, mientras Scarpia ya imagina con feroz alegría el ahorcamiento de Cavaradossi y soñaba tener entre sus brazos a Tosca, Los decorados fueron de Nicolò Cristiano, el vestuario de Chiara Barichello, las luces de Emanuele Agliati, los efectos sonoros de Luca Bimbi. Al final, hubo un éxito descontado por la participación y cálida aprobación público.



Friday, June 10, 2022

Luisa Miller en Bolonia

Foto: Myrtò Papatanasiou (soprano)  Fotografo: Andrea Ranzi

Roberta Pedrotti 

8 y 9 de junio de 2022. Luisa Miller es la historia de tres jóvenes. Tres jovenes llenos de amor y esperanza cuyas vidas son arruinadas por sus padres que están convencidos de que están actuando por su bien: Miller es protector y desconfiado, pero Luisa se sacrifica por él; el conde de Walter lleva a cabo su brutal ascenso al poder y compagina el matrimonio de su hijo con la duquesa Federica para garantizarle un futuro en la corte; el padre (solo mencionada) de Federica la había casado –aunque enviudó- con un duque anciano con las mejores intenciones en términos sociales y las peores consecuencias sentimentales. Dos muertes y una infeliz serán el saldo de todas estas buenas intenciones paternas, entre las que se mueve el muy tonto cortesano Wurm, que incapaz de tener remordimientos, es apuñalado sin ser condenado a sobrevivir como Miller y el Conde de Walter.

Al tratar este tema privado, social y generacional, se siente que la evolución de la poética de Verdi ha alcanzado un nudo fundamental: que recoge la tradición de la ópera semi-seria -muchas veces más política que otras tramas serias, de pueblos y reyes- con un drama que comienza como si fuera La sonnambula, pero que poco a poco se tiñe de Trovatore e incluso de Otelo, y renuncia por primera vez a obligaciones formales como la estrechez del final central, pero da a cada solo de la protagonista la autoridad de una cabaletta, manipular los concertati con diálogos internos o lo abstrae en mecanismos a capella. En fin, las razones para amar a Luisa Miller son muchas, y aunque no se vea todos los días (comprensible cuando hay que reunir a seis valiosos solistas, sin descuidar ninguna parte) no es tan raro encontrarla en las carteleras, y cuando se encuentra y las cosas funcionan, que gusta mucho. También en Bolonia los aplausos fueron abundantes y estruendosos para ambos elencos también en las funciones de esta nueva producción de un título esperado desde la primavera de 2020.

El montaje encargado a marionanni (nombre artístico de Mario Nanni) es en definitiva una mise en espace basada en instalaciones de luz en las que el artista está especializado. Casi no hay dirección escenica, la única idea parece ser el rol simbólico del cetro/bastón del Conde de Walter en el conflicto padre/hijo. Por lo demás, mucha libre iniciativa en una ordenada entrada, posiciones, salidas de escena. Sin embargo, colocado en la abstracción de luces e incluso fondos sugerentes, un minimalismo semiescénico logra ser, si no interesante, al menos fluido

Por otro lado, la teatralidad la regaló un sorprendente Daniel Oren. Tanto nos había aburrido en la Tosca inaugural -casi como si el caballo de batalla le permitiera ceder a un efecto superficial- que nos convenció y hasta nos emocionó hoy, con este Verdi poco habitual para el. Nos recordó su verdadero talento, su instinto que no se abandona a la extroversión, sino que restituye el matiz, el paso dramático, la dinámica de Luisa Miller. Gusta de inmediato, con su auténtica mordida, pero en el tercer acto se lanzó al vuelo entre el color atroz de la entrada de Rodolfo, el ímpetu de la invectiva, el abandono, el extrañamiento extático y la sublimación en la idea de la muerte –o de hipotética fuga- hasta la síntesis del epílogo. Hacía tiempo que no oíamos a Oren tan convincente, incluso a la hora de galvanizar la actuación de la orquesta y el coro (bien preparado por Gea Garatti).

Los dos elencos que se alternaron contaron cada una con una punta de lanza, la veterana atemporal y la estrella en ascenso. El 8 de junio, Luisa fue Marta Torbidoni, que gustó mucho aqui en Lucrezia Borgia, y ahora lo hizo aún mejo ya que conoce conoce la dimensión del bel canto, y sabe cómo enunciarlo en el lenguaje verdiano, tiene el peso vocal adecuado, emisión suave, carácter y variedad de acentos, sabe ser inocente, incluso ingenua, sin perder fuerza. En torno a ella gravita la compañía, que también desplegó un Giuseppe Gipali muy válido como Rodolfo, seguro, incisivo, bien equilibrado. También estuvo muy bien Leon Kim, que a veces muestra la tentación de subrayar demasiado con el riesgo de no dosificar a la perfección su fuerza, pero presume de un timbre noble, dicción clara, bella definición del carácter (excelente el cantabile "Sacra la scelta"): y se redimió por completo de una prestación menos convincente como el Conde di Luna en Lombardía el otoño pasado. Finalmente, Federica fue Sofia Koberidze, eficaz y elegante en el dúo del primer acto y en el cuarteto del segundo.

El 9 de junio sobresalió como Rodolfo Gregory Kunde, que ahora aparece como un milagro viviente, pero que despertaría igual admiración, aunque no supiéramos de sus sesenta y ocho años. El squillo, y la expansión de la voz se destacan sin escapatoria entre los colegas, aunque Kunde desencadena acrobacias tenoriles, es siempre visto según las razones del canto, del texto, y la colaboración entre músicos. También se mide la clase superior de los que hacen una unidad del color, de la articulación, del cuidado escrupuloso y al mismo tiempo de la naturalidad y la comunicación, al servicio de un personaje auténtico, complejo, atormentado, desde la atónita concentración del aria hasta los furiosos arrebatos de invectivas o a las declamaciones sopesadas al arte. Myrtò Papatanasiu expresó bien la delicadeza y la fragilidad de Luisa sin sortear algún escollo en tan insidiosa parte. Franco Vassallo, Miller, tiene de su lado la confianza idiomática de un hablante nativo experto, pero a veces la bravuconería en el registro alto lo lleva a excederse. Martina Belli fue una Federica sofisticada y sensual con el que hizo un papel corto pero crucial. El 9 se esperaba a Marko Mimica, como el conde de Walter, que fue interpretado por el efectivo Abramo Rosalen. En todas las representaciones, Gabriele Sagona fue un Wurm de gran valor tímbrico y acentuado. Veta Pilipenko tomó el relevo de la esperada Eleonora Filipponi como Laura y destaca por su hermosa voz melosa, aunque en parte tan pequeña. El granjero fue Haruo Kawakami. En ambas representaciones, como lo mencioné, el éxito estuvo muy vivo e hizo crecer  la expectación por el próximo Otelo con Kunde como protagonista.

Recensione in italiano su L'Ape Musicale: 

https://www.apemusicale.it/joomla/it/recensioni/70-opera/opera-2022/13268-bologna-luisa-miller-8-9-06-2022


Tuesday, July 11, 2017

Nabucco en Como, Italia

Foto: Alessia Santambrogio

Massimo Viazzo

En el ámbito del proyecto 200.Com, ya en su quinto año, que involucra a una gran parte de la ciudad de Como para el montaje de una ópera al inicio del verano en la Arena (espacio al aire libre en la parte trasera del Teatro Sociale y normalmente utilizado como estacionamiento), se escenificó, en tres funciones, el primer gran éxito verdiano, Nabucco. Sobre todo, fue el coro quien se benefició de la mayor contribución por parte de los ciudadanos de esta ciudad.  De hecho, junto al Coro Città di Como, un nutrido grupo de apasionados, llamados Coro 200.Com, cada uno con algunos conocimientos musicales se pusieron a prueba con la partitura haciéndolo con gran entusiasmo, y durante meses profundizaron la obra maestra verdiana viviéndola prácticamente en la cotidianidad de sus vidas diarias.  Por ello, un aplauso es para los directores del coro Giuseppe Califano, Giorgio Martano, Mariagrazia Mercaldo, Mario Moretti y Lidia Basterrechea, esta última guía del coro infantil del Teatro Sociale de Como.  Dirigir a esta enorme masa de coristas, más de doscientas personas, la mitad de ellos amateurs fue una gran empresa. Creíble estuvo el elenco, guiado por el experto Nabucco de Alberto Gazale, un barítono que sabe conjugar el canto suave y legato con la arrogancia y la altivez de un papel verdiano tan maduro.  A su lado, Elena Lo Forte interpretó una Abigaille de voz muy sólida, con agudos punzantes y una impactante presencia escénica. Muy bien también estuvo Abramo Rosalen, cuyo Zacarias fue cantado con firme emisión, timbre redondo y carisma. Con grato color, sobre todo en el centro, ofreció el tenor Manuel Pieratelli, un Ismael musical, siempre bien fraseado; como también lo fue la Fenena de Irene Molinari.  Estuvieron seguros también los comprimarios: Shi Song (Gran Sacerdote de Belo), Claudio Grasso (Abdallo) y Tiberia Monica Naghi (Anna). El joven Jacopo Rivani dirigió a la Orquesta 1813 con habilidad y pericia, concertando la partitura con gran seguridad, dando así tranquilidad al elenco completo, colocado, como se ha señalado, en un espacio abierto y por tanto no tan manejable como en un teatro. El director de escena Jacopo Spirei llevó el libreto de Temistocle Solera al mundo contemporáneo. Nada de judíos, nada de levitados, ni babilonios, sino pueblos que se cruzan con su propia historia, su cultura, su religión en el fondo de la tolerancia y de la intolerancia, con un tema de fuerte actualidad en el mundo actual. Aun así, el texto y la música fueron respetados y al final del espectáculo, ciertos versos que podían ser sorprendentes, gustaron al numeroso público. 

Nabucco - Como, Italia

Foto: Alessia Santambrogio

Massimo Viazzo

Nell’ambito del progetto 200.Com, progetto ormai giunto al suo quinto anno e  che coinvolge una larga parte della città di Como per l’allestimento di un’opera preparata all’inizio dell’estate nell’Arena (spazio en-plein-air retrostante il Teatro Sociale e usualmente adibito a parcheggio), è andato in scena, per un numero di tre recite, il primo grande successo verdiano, Nabucco. E’ soprattutto il Coro ad aver usufruito del maggior contributo da parte della cittadinanza comasca. Infatti accanto al Coro Città di Como, un nutrito gruppo di appassionati, denominati Coro 200.Com,  più o meno digiuni di competenze musicali, si sono cimentati nello studio della partitura con grande entusiasmo e per mesi hanno approfondito il capolavoro verdiano vivendolo praticamente nella quotidianità della vita di tutti i giorni. Un plauso quindi va fatto ai maestri dei cori, Giuseppe Califano, Giorgio Martano, Mariagrazia Mercaldo, Mario Moretti e Lidia Basterrechea, quest’ultima alla guida del Coro di voci bianche del Teatro Sociale di Como. Governare questa enorme massa di coristi, più di duecento persone la metà delle quali dilettanti, è stata una vera impresa.Credibile il cast, guidato dall’esperto Nabucco di Alberto Gazale, un baritono che sa coniugare il canto morbido e legato con la protervia e la superbia di un ruolo verdiano già così maturo. Accanto a lui Elena Lo Forte ha interpretato una Abigaille fiera e orgogliosa, con una vocalità solidissima, con acuti sferzanti, e una presenza scenica di impatto. Molto bravo anche Abramo Rosalen, il cui Zaccaria è stato cantato con emissione salda, timbrica rotonda e carisma. Bel colore, soprattutto nei centri, per il tenore Manuel Pierattelli, un Ismaele musicale, sempre ben fraseggiato, come pure la Fenena di Irene Molinari. Affidabilissimi anche i comprimari, Shi Zong (Gran Sacerdote di Belo),  Claudio Grasso (Abdallo) e Tiberia Monica Naghi (Anna). Il giovane Jacopo Rivani ha diretto l’Orchestra 1813 con abilità e perizia, concertando la partitura con grande sicurezza, dando così tranquillità all’intero cast, disposto, come detto, in uno spazio all’aperto e quindi non certo gestibile come in teatro. Il regista Jacopo Spirei ha calato il libretto di Temistocle Solera nel mondo contemporaneo. Niente ebrei, niente leviti, niente babilonesi, ma popoli che incrociano la loro storia, la loro cultura, la loro religione sullo sfondo della tolleranza e dell’intolleranza, un tema di forte attualità nel mondo moderno. Ma testo e musica sono stati rispettati e alla fine lo spettacolo, che poteva per certi versi essere spiazzante, è piaciuto al pubblico accorso numerossimo.