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Friday, May 15, 2015

Mefistofele de Boito en Bellas Artes, México

Foto: Ópera de Bellas Artes

Iván Martínez / Confabulario 


Al presentar su tercera propuesta del año, la Ópera de Bellas Artes ha recurrido a una ópera que hace sesenta y dos años no se presentaba en México, que por ello y por los éxitos de su compositor en otros ámbitos se ha vuelto una especie de título de culto –para algunos, sobre todo para quienes les gusta usar ese tipo de calificativos para obras “raras” de justificada relevancia menor y de las que nada se pierde al no estar en el mainstream–: el Mefistóteles (1868, rev. 1875) de Arrigo Boito (1842-1918). Aunque, un tanto por pretensión y otro tanto por cuestiones de presupuesto –ya antes mal repartido en esa compañía y ahora recortado–, se ha presentado en versión concierto los días jueves 30 de abril y domingo 3 de mayo, en el Palacio de Bellas Artes. Terreno peligroso. Por un lado, se puede permitir uno disfrutar, analizar, acreditar el nivel de una buena partitura sin ningún distractor escénico, con toda la concentración en el aspecto musical; y por otro, se puede descubrir, precisamente, si es la trascendencia de la fuente dramatúrgica en la que radica el éxito, la efectividad, de una obra de un autor como éste. (Por si hacía falta aclararlo: el Fausto de Goethe.) No se escatima el talento de Boito. Fue, ante todo, un libretista excepcional. Sus mayores logros están en el trabajo que realizó junto a Giuseppe Verdi; no para pocos, el verdadero tesoro del Falstaff verdiano está en su libreto. La relación de ambos, que es la que ha dado fama a Boito, no fue fácil: Verdi aprovechó en los últimos años su talento como libretista, pero antes no habían caído muy bien a él las apreciaciones del primero sobre la pobreza de la ópera italiana. Y sólo enfrentarse a la realidad de una buena música, efectiva, –que no, tampoco es la más profunda o la de mayor riqueza– hizo que aquel joven crítico delestablishment italiano se convirtiera en uno de sus principales exponentes, pero, hay que insistir, sólo como libretista. Mefistófeles es unos trece años anterior a la primera colaboración con Verdi y como pieza teatral, no en sus versiones concertantes, ha tenido relativo éxito en algunos momentos de su historia. Es la única partitura que permanece del Boito compositor… ¡si tan solo pudiéramos conocer lo que de su estudio desechó por no lograr las pretensiones filosóficas y metafísicas de las que luego él mismo se alejó para cobijarse en las letras bajo la sombra de Verdi! Al historial de ejecuciones en concierto sin éxito se suma la de hace una semana en la Ciudad de México, a cuyos artistas, en general, no pueden proferirse sino elogios, sobre todo a la batuta de Srba Dinic. Dinic, como ya se ha dicho, ha logrado elevar consistentemente el nivel de ejecución de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes y al igual que en otras galas, fuera del foso, se le siente muy cómodo regocijándose de ello y explotando más algunos de los recursos interpretativos de los que dispone de sus músicos. Lástima que solo fuera un sonido de calidad pero de pocos matices, no por él, sino por una partitura bastante pobre en su escritura orquestal, de la que poco puede servirse al intentar arropar con musicalidad a las voces. Mucha fuerza en sus fortes, monumentales sin llegar a la estridencia y bien cuidados sus pianos, cuidando mucho el ataque de sus instrumentistas, como la arpista Janet Paulus, a quien en ocasiones pueden escuchársele articulaciones demasiado punzantes. No exento de sorpresa, la mejor actuación corrió a cargo del Coro del Teatro, dirigido por Xavier Ribes, a quien ya con nostalgia se extrañaba por el resultado siempre generoso que logra de este ensamble: unidad vocal, pronunciación clara, emisión segura y directa, de mucho cuidado en el fraseo. Sin ser extraordinaria, la mejor escritura de Boito está en las líneas de los tres personajes principales, aunque su mayor cualidad está en los elementos dramáticos y no en la sensibilidad melódica. Por ello, a pesar de las buenas voces, como la del titular, el bajo Carlo Colombara no sobresale como debería. El Fausto de José Luis Ordoñez sufre además de muy poco volumen y en momentos de mala afinación (parecería incluso estar marcando en lugar de usar toda su voz). Una fortuna que se haya contado con la soprano Maribel Salazar para cantar la Margarita de los actos segundo y tercero y la Helena de Troya del cuarto: si alguna voz se presta para infundir de arrojo una partitura sin necesidad de recurrir a la escena, es precisamente la de ella. En resultado gris, sin presencia vocal suficiente, se sintetiza la participación de los secundarios: Rosa Muñoz (Marta), Giberto Amaro (Wagner), Juan Carlos López (Neréo) e incluso la siempre extraordinaria Grace Echauri (Pantalis) o el siempre admirable Coro de Niños de la Facultad de Música de la UNAM, que dirige Patricia Morales. Correctos todos, pero sin astucia para ofrecerle algo más a tan anodina partitura. Mefistófeles no es una mala ópera, pero su música no es su mejor atributo. Presentarla en versión concierto no es la más brillante de las ideas y una buena ejecución de ella como la de hace una semana, no fue tampoco la mejor opción para salir del tedio generalizado.

Wednesday, November 30, 2011

Butterfly, la renegada en el Palacio de Bellas Artes

Fotos: Opera de Bellas Artes
 
José Noé Mercado

Texto correspondiente a las funciones del 22 y 25 Madama Butterfly de Giacomo Puccini ocupa el octavo lugar entre las óperas que más se representan actualmente a nivel mundial. Superado su fracaso inicial en Milán, en 1904, esta obra que cuenta con libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa se impuso como una de las más gustadas del catálogo lírico y es llevada a la escena una y otra vez en todo el planeta, hasta convertirla en una trillada y escasamente novedosa muestra del anquilosamiento y conformismo estético que padecen algunos sectores operísticos. Ello, en fusión con la modorra propia de la Compañía Nacional de Ópera (CNO), agazapada en fórmulas de programación y conformación de elencos sin mayor destello desde hace tiempo, hace una obviedad que again, one more time, se recurriera a Butterfly para presentarla en una nueva producción en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, con funciones los pasados 18, 20, 22 y 25 de septiembre. El principal interés de este montaje, surgido por una aparente relectura de la directora de escena y diseñadora de escenografía Juliana Faesler a la historia de la renegada japonesa Cio-Cio San, en el fondo terminó por diluirse porque más que una reinterpretación válida, polémica o incluso escandalosa, ofreció una inocultable especulación a la trama, al libreto y a la esencia (in)moral del personaje de Pinkerton.  De turista sexual en Japón (¿alguien duda que eso es Pinkerton, antes que oficial de la marina norteamericana?: “un teniente cachondo y medio pervertido”, califica Octavio Sosa en el programa de mano), traspatio de sus correrías donde contrae un matrimonio banal y embaraza a la gringófila y boba Butterfly con engaños amorosos de por medio, al final pasa a ser un viejo en silla de ruedas, atormentado por su actuar en aquella aventura de juventud, lo que alivia suicidándose de un tiro. Esto último, por cierto ya reniego de Faesler a lo firmado por Puccini, empequeñece el harakiri de Butterfly con el que buscó recuperar su honor y el final intenso y dramático con el que cierra la obra. A Pinkerton lo ennoblece, le crea sentimientos moralmente correctos y lo redime. Las sopranos Violeta Dávalos y Maribel Salazar alternaron en el rol protagónico. Dávalos brindó un personaje porfiado en sus afectos, intenso y con una emisión creciente en calidad durante la función, aunque de fraseo corto, interrumpido por excesivas respiraciones y ataques de forte para arriba, más propicios para el fuaaa que para darle matices y colores a la tragedia de la japonesa. Salazar confeccionó un personaje frágil, ilusionado, proyectando cierta ingenuidad a través de una voz muy dulce y cálida que despertó dolor genuino ante su infortunio.
Como Pinkerton, el tenor José Ortega, originario de Ciudad Juárez, demostró que es un cantante decoroso, con un buen centro vocal, si bien su emisión se estrecha en el registro agudo y estrangula un poco el sonido. La mezzosoprano Guadalupe Paz tuvo como Suzuki una de sus mejores actuaciones en nuestro país, gracias a un color bello y ahora sí parejo, estable en todo su canto, mientras que Encarnación Vázquez, alternante del rol, reiteró su larguísima experiencia en esta obra, mismo caso del barítono Jesús Suaste, un hipócrita pero finalmente comprensivo Sharpless. Es destacable el Goro del tenor Gerardo Reynoso y, sobre todo, el vocalmente estupendo Bonzo del barítono Óscar Velázquez. El Coro del Teatro de Bellas Artes sigue ganando nivel, producto del encomiable trabajo de su preparador, el catalán Xavier Ribes. Para hablar de la orquesta, sería necesario referirse al concertador Ivan Anguélov, pero quizás nadie mejor que Jaime Ruiz Lobera, director de la CNO, pueda explicar a detalle sus virtudes, que deben ser hartas como para mantenerlo al frente de la agrupación pese a saber que el nombre del director búlgaro salió a relucir en las quejas públicas de cantantes femeninas que aseguran haber padecido su acoso en el más reciente Concurso de Canto Carlo Morelli. Entonces, pidámosle que hable.