Para finalizar la función, en la última escena de la Carmen de Bizet, todo estuvo en su lugar: el coro de la Staatsoper estuvo mucho más lucido acá que en su irregular inicio en el prólogo de Hoffmann, y Chaslin dirigió una electrizante versión del dúo final, con una estupenda Elena Maximova como una juvenil Carmen (acompañada fugazmente por un buen Escamillo de Clemens Unterreiner, quien antes había sido Hermann en el prólogo de Los cuentos de Hoffmann), y un Shicoff en un Don José tan apasionado y desgarrador como en sus años mozos. Luego del espectáculo, y con todos los artistas en escena, vinieron los discursos: no sólo del director de la Staatsoper, Dominique Meyer, sino además de su predecesor, Ioan Holender, quien hizo gala de buen humor en sus recuerdos y anécdotas de las actuaciones del tenor en el teatro, y también una curiosa intervención del régisseur alemán Jürgen Flimm. Al final, un emocionado Shicoff se dirigió en inglés al público, expresando cómo a lo largo de su carrera los espectadores han sido su contraparte ideal. Fue una velada inolvidable, y una nueva demostración de que pese al paso de los años, este artista único y sensible conserva vigente su talento.
Opera-Musica Foto: Die Feen - Wagner - Théâtre du Châtelet, Paris - 04/2009(c) Marie-Noëlle Robert.
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Saturday, May 9, 2015
Monday, March 8, 2010
Peter Grimes de Britten en el Teatro Regio de Turín
Fotos: Neil Shicoff (Peter Grimes) - Mark S. Doss (Balstrode) Ramella & Giannese © Fondazione Teatro Regio di Torino.Massimo Viazzo
Causó cierta desilusión que el mar fuera el gran ausente de esta producción, ya que como era de esperarse en esta opera, se debían encontrar sobre la escena: barcos, velas, cuerdas de barco y olas. Incluso, Willy Decker sustituyó el coro de pescadores, con el que se inicia el primer acto y con el que termina también la opera, con la presencia del coro de una parroquia, que fue dirigido en persona por su propio pastor. A Decker, no le interesó tanto describir el naturalismo del Borough, como si la intolerancia de un ambiente asfixiante y encerrado en si mismo, incapaz de aceptar lo “diferente” y que una vez que lo marginó, poco a poco terminó destruyéndolo. Esto se representó por medio de paredes altas, movibles y oscuras que encerraban dentro de un marco a la escena en cuyo fondo se vislumbraba un cielo tempestuoso. No fue casualidad que la procesión de los hombres del Borough, que en el segundo acto salió de la cabaña de Grimes para descubrir alguna maldad, haya sido al ritmo palpitante y obsesivo de un tambor y encabezada por un hombre que alzaba una cruz. La victoria de la hipocresía: fue la visión de fondo del director de escena alemán, que supo confeccionar un espectáculo muy emocionante con una recitación muy bien cuidada.
Memorable fue la prueba de Neill Shicoff en el papel protagonista. Su Peter Grimes, fue tan arisco, violento y visionario, pero a la vez tan sensible, que quedó grabado en la memoria. Fue verdaderamente conmovedora la escena del tercer acto en la que Grimes, delirante en aquel momento, acunaba su chaqueta viendo en ella la fisionomía del joven novicio. Vocalmente Shicoff no se reservó en ningún momento nada y dominó, como gran artista, una emisión vocal poco ortodoxa pero al fin claramente expresiva. Todo el elenco estuvo a la altura, ya que en Peter Grimes, aun los papeles menores son muy importantes para hacer que el espectáculo funcione de la mejor manera. Dolida y resignada se mostró Nancy Gustafson en el papel de Ellen Orford, como incisivo y carismático estuvo Mark Doss como el personaje de Balstrode; y petulante y risible fue la Sedley que interpretó Elena Zilio. Se reconoce el gran merito del director de orquesta japonés Yutaka Sado quien le impuso a la partitura un ritmo cerrado y muy dramático, sin interrumpir el detalle melódico o la belleza tímbrica, y a la Orquesta del Teatro Regio que lo siguió con entusiasmo. Al final, es para enmarcarse la magistral prueba del Coro del Teatro Regio que fue dirigido con mano firme y segura por Roberto Gabbiani.
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Sunday, March 7, 2010
Peter Grimes: la vittoria dell’ipocrisia - Teatro Regio di Torino
Foto: Neil Shicoff, Nancy Gustafson - Ramella & Giannese © Fondazione Teatro Regio di Torino. Massimo Viazzo
E’ il mare il grande assente di questa produzione. Chi si aspettava di vedere in scena barche, vele, sartie, onde… è forse rimasto deluso. Willy Decker ha addirittura sostituito il coro dei pescatori che apre il primo atto (e chiude l’opera) con la seduta di prova della corale parrocchiale diretta dal Pastore in persona. A Decker non interessa tanto dipingere il naturalismo del Borough, ma il bigottismo di un ambiente asfissiante (alte pareti mobili scure incorniciavano la scena sullo sfondo della quale faceva capolino il cielo tempestoso) e chiuso in se stesso, un ambiente che non è in grado di accettare il “diverso” e che a poco a poco, dopo averlo emarginato, lo distrugge. Non a caso la processione degli uomini del Borough che sale alla capanna di Grimes per scoprire chissà quali nefandezze (nel secondo atto) scandita dal ritmo ossessivo del tamburo è aperta da un uomo che innalza una croce. La vittoria dell’ipocrisia: è questa la visione di fondo del regista tedesco, che ha saputo confezionare uno spettacolo molto emozionante grazie anche ad una recitazione curatissima.
Memorabile la prova di Neil Shicoff nel ruolo del protagonista. Il suo Peter Grimes, così scontroso, violento, visionario, ma anche tenero, si imprime nella memoria (veramente toccante la scena finale del terzo atto in cui Grimes, ormai pazzo, culla la sua giacca vedendo in essa le fattezze del giovane apprendista). E poi vocalmente Shicoff non si risparmia mai, piegando, da grande artista quale è, un’emissione vocale poco ortodossa a fini meramente espressivi. Ma tutto il cast è stato all’altezza e in Peter Grimes i ruoli minori sono importantissimi per far funzionare al meglio lo spettacolo: dolente e rassegnata Nancy Gustafson (Ellen Orford), incisivo e carismatico Mark Doss (Balstrode), petulante e grottesca Elena Zilio (Sedley). Grande merito va riconosciuto al direttore d’orchestra giapponese Yutaka Sado che ha imposto alla partitura un ritmo serrato, drammaticissimo, senza tralasciare il dettaglio melodico o la preziosità timbrica. E l’Orchestra del Teatro Regio lo ha seguito con entusiasmo. Da incorniciare, infine, la magistrale prova del Coro del Teatro Regio diretto con mano ferma e sicura da Roberto Gabbiani.
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