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Thursday, January 9, 2025

Parsifal en León México


Fotos: © Naza PF

José Noé Mercado

«¿Quién es bueno? »  Parsifal

Richard Wagner

El Liber Festival 2024 —una alianza estratégica entre Arte & Cultura del Centro Ricardo B. Salinas Pliego y el Forum Cultural Guanajuato— delineó el marco para la presentación de Parsifal (1882), última ópera del compositor alemán Richard Wagner (1813-1883), en la ciudad de León, Guanajuato. Las tres funciones presentadas —18, 20 y 23 de abril— en el Teatro del Bicentenario Roberto Plasencia Saldaña que dirige Jaime Ruiz Lobera, no solo materializó el aguardado estreno en México de este festival para la consagración en escena en tres actos a más de 140 años de su estreno original en Bayreuth, sino que cristalizó un proyecto de empeños y resultados artísticos formidables, que en automático se inscribe como capítulo referente de la historia lírica de nuestro país. La autoría intelectual y capitanía de esta producción de Parsifal corrió a cargo de Sergio Vela Martínez, responsable también de la puesta en escena, escenografía e iluminación. Su propuesta dramática y visual condensó enseñanzas e influencias explícitas en su trayectoria creativa —Adolphe Appia, Edward Gordon Craig, Wieland Wagner, Peter Brook y Robert Wilson—, así como apetencias estéticas propias que elaboran un discurso expresivo máximo de la obra, a través de herramientas mínimas de la abstracción y el simbolismo. Abordar una obra con los retos de profundidad técnica, espiritual e interpretación de Parsifal en la esmeralda ciudad de León —es decir, en el Bajío mexicano, alejado del centralismo cultural capitalino y su aparente opulencia federal—, se antojaba como una locura auténtica. Pero precisamente lo que redimió esta producción de la insensatez o el abierto disparate fue su resultado artístico. La belleza plástica alcanzada por Vela, con aparente inmovilidad exterior, pero con claras turbulencias y transformaciones al interior de los personajes, nació plena del hipnótico entramado musical wagneriano, y transportó al espectador atento —acaso elegido— desde su butaca en una función operística común a ese mundo sensorial de percepciones estéticas, dolor, compasión e intuiciones cósmicas en donde el tiempo se convierte en espacio y el Grial es revelado. Aunque esa visión, que ocurre ante la mirada de todos, al final es indescriptible e irreseñable, pues no ocurre en las coordenadas del qué, sino del quién. Es plenamente subjetiva, aun si se relata la sencilla y fantástica escenografía que recrea parajes de Monsalvat, los dominios encantados de Klingsor, la mítica sala del Grial o el sendero que les conecta. Es decir, en esa delicada línea donde encuentran la naturaleza y la cultura. O si se refiere el hermoso revestimiento de una iluminación detallada y expresiva, de horizonte o cámara. Poética. En esa aventura atemporal, que desde luego también incluyó una lectura psicológica de los personajes, lo que brindó coherencia al montaje, objetividad y validez a la aproximación al argumento —Parsifal es psicoanalizado por Kundry en su escena del segundo acto, por ejemplo, o Amfortas es seguido por su pasional lado oscuro—, Vela no estuvo solo. Contó con cómplices, algunos de ellos con largo historial en los créditos de sus trabajos artísticos. Al frente de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato, el Coro del Teatro Bicentenario, el Coro Juvenil del Conservatorio de Celaya y de los Coros del Valle de Señora, el maestro italiano Guido Maria Guida refrendó en México la capacidad de su batuta concertadora. Más allá de pensar en versiones canónicas o en inconmensurables ejecuciones de intérpretes históricos, la imagen sonora conseguida de las agrupaciones participantes tuvo un decoro wagneriano que no se explica por vía de la casualidad, sino del trabajo esmerado y la motivación. Pocos directores en nuestro país —y Guida mantiene desde hace varios años una fructífera conexión musical con México— pueden emprender una labor que lleve tan lejos el resultado obtenido, respecto del punto de partida. Guido Maria Guida lo consigue, además, en obras y repertorios especializados que requieren de una idea clara, conocedora, con experiencia cercana a la iniciación. Como lo fue esta vez. Una guía como la de él, con aportación y calidad, siempre será bienvenida. Violeta Rojas se encargó del vestuario y Ruby Tagle del movimiento y la coreografía. Ambas lograron abstraer con equilibrio y significado la propuesta del director de escena y sintonizaron con la sustancia dramática y ritual del compositor que en el caso de Wagner, como se sabe, siempre es también autor del libreto. Iván Cervantes firmó el diseño escenotécnico y la coordinación técnica, Ghiju Díaz de León las proyecciones e Ilka Monforte el maquillaje, con asistencia de dirección escénica de Itzia Zerón, dirección coral de Jaime Castro Pineda, asistencia musical y preparación vocal de Rogelio Riojas-Nolasco y correpetición y asistencia musical de Alain del Real, todo bajo la producción ejecutiva de Juliana Vanscoit. Por lo que respecta al elenco debe apuntarse gran equilibrio, competencia internacional y plenitud. El Heldentenor búlgaro Martin Iliev configuró un Parsifal de sólido y potente registro central —como suele suceder con los tenores especialistas en Wagner, procede de la tesitura baritonal—, que con nobleza declamatoria y énfasis dramático trazó el arco de transformación de su personaje, más con la adquisición compasiva de sabiduría y autoridad, que como un héroe impávido o ambicioso ajeno al entorno de aflicciones que le rodea. La mezzosoprano australiana Fiona Craig abordó el complejo rol de Kundry con un timbre mate, de cálida belleza, incluso en la estridencia de sus carcajadas. Su actuación resultó comprometida con el trazo y las motivaciones con las que su personaje modifica el rumbo de sus presencias o reencarnaciones, sin caer en superficiales excesos de sensualidad, dramatismo o resentimiento, hasta ser humildemente bautizada por el ya compasivo y liberado Parsifal, que ha dejado atrás la maldición que le lanzó en otro tiempo. Con gran intención narrativa y musicalidad, lo que significa sin recargar ni hacer pesada su emisión, el barítono argentino Hernán Iturralde ofreció un destacado Gurnemanz, cuya empatía con el personaje propio y con el destino de Parsifal dieron fluidez en el plano sonoro, aun si la actuación externa es más bien sobria. Esta producción le significó al cantante sudamericano un inmejorable debut del rol. El barítono mexicano Jorge Lagunes ofreció un Amfortas lírico en lo vocal, de atractivo color broncíneo, que sintonizó en buena medida con el resto del elenco, de sonoridad fresca y no de gravedad extrema. Se trató del personaje con mayor énfasis en su histrionismo, ante su aflicción creciente y dolorosa que le lleva a arrastrarse ante lo insoportable de su herida, su punzante sensación de culpa y su imperante necesidad de redención. El personaje de Klingsor fue interpretado con solvencia, garra y altivez por el bajo-barítono mexicano Óscar Velázquez. En 2013, en Manaos, Brasil, bajo el contexto del Festival Amazonas de Ópera, Sergio Vela dirigió por primera vez el Parsifal wagneriano. Velázquez es el único cantante que estuvo también en aquella producción, por lo que repetir en el elenco de León da fe de su constancia, familiaridad y crecimiento en el rol y su oscuridad. El bajo mexicano José Luis Reynoso cumplió satisfactoriamente con el rol de Titurel. Aunque es mucho más breve que el de los protagonistas, dejó el rastro necesario para apreciar sus intervenciones y el crecimiento paulatino de su carrera. El elenco se completó con voces también de origen nacional: el tenor Olymar Salinas y el barítono Daniel Pérez Urquieta (Caballeros del Grial); la soprano Daniela Rico y la mezzosoprano Alejandra Gómez (Escuderos, Doncellas-Flores); los tenores Alejandro Yépez y Alfredo Carrillo (Escuderos); y las sopranos Carolina Herrera, Edna Isabel Valles, Andrea Arredondo y Sugey Castañeda (Doncellas-Flores). Las seis Doncellas-Flores tuvieron su vertiente de baile con Ángela Vela, Naomi Arizmendi, Enna Maricchi, Regina Bossa, Fernanda Figueroa y Salma Islas. En el estreno mexicano de Parsifal, la música y la puesta en escena fluyeron bienhadadamente como una obra de arte total por más de cuatro horas de interpretación wagneriana, en la que Sergio Vela y Guido Maria Guida condujeron hacia buen puerto a su tripulación y al público. Luego de numerosos cuadros y detalles de sonoridad y concepción encantadora, el final fue emocionante y arrobador. Se trató de una especie de ascensión a las nubes. De luminosidad conmovedora. Sin duda, la producción operística más relevante realizada en México en años recientes, e impensable en otros teatros y mecanismos de trabajo en la actualidad. Y, tal vez por ello, redentora.



Thursday, November 16, 2017

La Fanciulla del West de Puccini en el Palacio de Bellas Artes de México

Foto: Gerencia del Palacio de Bellas Artes / INBA

José Noe Mercado


La séptima ópera del compositor Giacomo Puccini (1858 – 1924), La fanciulla del West (1910), que cuenta con libreto de Guelfo Civinini (1873 – 1954) y Carlo Zangarini (1874 -1943) basado en The Girl of the Golden West de David Belasco (1853 - 1891), guarda una curiosa relación con México parecida a la jettatura (atraer la mala suerte). Algo así como el resultado negativo de algo improbable, aunque desde luego no imposible. Y no tanto por la leyenda de que fue un encargo del régimen porfirista al compositor para celebrar el centenario de la Independencia y rechazada luego al conocerse el tema de la obra y la mala imagen que proyectaba de los mexicanos al ser el protagonista masculino, Ramérrez, alias Dick Johnson, un bandolero cursilón en el Viejo Oeste, aunque bien podría la ficción creativa experimentar una ucronía a partir de la verdad histórica comprobable porque hay no pocos detalles que cuadran. Lo es más bien porque si se pensó en ella (Adamo Boari, Gustavo Campa, Justo Sierra, tal vez Porfirio Díaz) como estreno pucciniano inmejorable para la inauguración del Teatro Nacional (que habría de terminar como Palacio de Bellas Artes), planeado para 1910, Giacomo Puccini, unas de las grandes personalidades de la composición en aquella época, no se entusiasmó con la idea de estrenar una de sus obras en un sitio sin arraigo y oropel. Rechazó la oferta. Mejor. Porque en México, aquel año, no hubo inauguración del Teatro Nacional, sino un estallido revolucionario. Y Bellas Artes abrió sus puertas hasta 1934. Una presentación en 1920 en el Teatro Arbeu a cargo de una compañía itinerante permitió al fin estrenar la ópera en México luego de varios anuncios e intentos fallidos por hacerlo y durante décadas la ausencia de un verdadero estreno nacional fue acompañado de cierta especie de censura o fruncimiento del seño, por supuesto no oficial, de las autoridades nacionales. Hasta 1976, año en que la Compañía Nacional de Ópera la programó, la ensayó y por ciertas quejas internas burocráticas y de grupos artísticos que se sumaban a la incertidumbre de un cambio de gestión presidencial, sencillamente no se presentó. De igual forma, al inicio del siglo XXI, la Ópera de Bellas Artes (OBA) la contempló para presentarla como parte de su programación, idea que no concretó cuando debido a la pérdida de viejas producciones a causa de un incendio en bodegas del INBA las prioridades se resumieron en reponer un repertorio más indispensable. Y si en la Temporada 2017 de la OBA, después de 97 años de lo del Arbeu, 107 del estreno original, La fanciulla del West tuvo la primera de cuatro funciones programadas de una nueva producción en el Teatro del Palacio de Bellas Artes el 17 de septiembre, apenas salidos de las fiestas patrias, de la mano entusiasta de Sergio Vela en el impulso, escenografía, iluminación y puesta en escena del montaje, el terremoto de magnitud 7.1 que el 19 de septiembre sacudió la zona centro y sur de México hizo que tanto el INBA como Protección Civil desaconsejaran y suspendieran todas las actividades de concentración pública de espectáculos, conciertos, deportes y más, para concentrarse en los terribles estragos del movimiento telúrico y en las medidas de seguridad pertinentes para prevenir mayores desgracias humanas. Si esta sintética historia no es jettatura, nada lo es. Y a ello debe apuntarse un desempeño poco afortunado de la soprano española Ángeles Blancas, en el papel de la fanciulla Minnie, aquella tarde dominical de estreno. Con una voz descomprimida y chata en el centro, otoñal, con un registro grave gritado y con desafinaciones y estridencias incontables, el papel protagónico desmereció sin ninguna duda. Al menos para el público que la condenó a la horca del abucheo al final de la representación, sin piedad alguna. Menos mal que en el elenco también se encontraba el tenor vasco Andeka Gorrotxategui, quien interpretó con solvencia el rol de Dick Johnson/Ramérrez. Su célebre aria “Ch’ella mi creda”, como puede suponerse, fue muy aplaudida y ovacionada. También el barítono Jorge Lagunes, como el sheriff Jack Rance, ofreció un trabajo decoroso en lo vocal, si bien en términos de actuación quedó condicionado por un trazo escénico conceptual más bien simbólico y abstracto. Rara forma de representar a un tahúr y pistolero, a fin de cuentas ingenuo. Habría sido menos extraño si el concepto escénico, minimalista y todo, pudiera haber ambientado ciertas acciones y sentimientos presentes en medio de una trama de lento y no siempre impactante desarrollo: la testosterona de los bebedores que ahogan en alcohol el dolor de la migración, las fisuras anímicas de la nostalgia o un amor timorato nunca correspondido por Minnie, quien los manipula y chantajea para conseguir sus fines pasionales. No para caer en las convenciones del género Western, aunque sí para evitar las del sello del maestro Vela, que le han funcionado mejor en otros títulos, de ubicación y características temporales menos concretas. La casi desnudez escénica y la obscuridad desmedida no alcanzó para mostrar en todas las acciones momentos de impacto dramático y reflexivo como la trampa, la autodefensa, el dilema entre la ley o la justicia. Estaban ahí, pero no se veían. Incluso los rostros, las identidades, el vestuario de los personajes (a cargo de Violeta Rojas) y el maquillaje de Ilka Monforte, quedó en penumbra. En el apartado orquestal, fuera de pasajes con volumen demasiado alto que llegó a cubrir las emisiones solistas, el trabajo de Luiz Fernando Malheiro al frente de la Orquesta y el Coro del Teatro de Bellas Artes (éste preparado por Carlos Aransay) permitió admirar la rica orquestación pucciniana, los recursos con los que construye un flujo musical que parece no detenerse, alejado casi de la diagramación por números y con miras, intuiciones, más bien wagnerianas y cinematográficas. En los papeles secundarios, en la medida de su compenetración con el conjunto, también destacaron los trabajos del tenor Ángel Ruz como Nick, el barítono Enrique Ángeles en el rol de Sonora o el Jack Wallace del bajo Óscar Velázquez. El resto del elenco, los comprimarios diversos entre mineros, pieles rojas y demás, no desmereció en el desempeño vocal, que de hecho permitió el fogueo de integrantes del Estudio de la Ópera de Bellas Artes, puesto que en eso parecería ha encontrado su misión: ser surtidor de partiquinos. Era muy probable que los detalles de iluminación y del efecto dramático que podía reforzarse con ellos pudieran corregirse en las funciones posteriores. El discurso escénico tenía aún cierto margen para ser pulido como updated una vez presenciado el estreno. La felicitación para Vela pudo llegar no sólo por aventurarse con este título, sino por la manera de reponerlo en escena. Pero lo dicho. No hubo, al menos hasta el momento de poner punto final a estas líneas, más funciones en un México ocupado en reponerse de un impacto telúrico muy doloroso. Prioritario. Ineludible. Mala suerte.

Tuesday, November 14, 2017

La Fanciulla del West - Opera de Bellas Artes, Messico

Foto: Gerencia del Palacio de Bellas Artes / INBA

José Noe Mercado

La settima opera di Giacomo Puccini, La fanciulla del West (1910), su libretto di Guelfo Civinini (1873 – 1954) e Carlo Zangarini (1874 -1943) da The Girl of the Golden West di David Belasco (1853 - 1891), in Messico gode curiosamente fama di jettatura. Un qualcosa di negativo improbabile ma non impossibile. E non tanto per la leggenda secondo cui sarebbe stata commissionata al compositore da parte del regime porfirista per celebrare il centenario dell'Indipendenza e poi rigettata per il soggetto e l'immagine che offriva dei messicani, essendo il protagonista maschile, Ramérrez, alias Dick Johnson, un bandito in incognito del Far West, benché la crezione artistica possa ben sperimentare una ucronia a partire da una realtà storica confermata da parecchi dettagli. Lo è molto di più perché se si è pensato a essa (Adamo Boari, Gustavo Campa, Justo Sierra, perfino Porfirio Díaz) come debutto pucciniano impareggiabile per l'inaugurazione del Teatro Nacional (che poi sarebbe stato il Palacio de Bellas Artes), previsto per il 1910, Giacomo Puccini, essendo figura di primo piano fra i compositori dell'epoca, non si entusiasmò all'idea di far nascere una delle sue opere in un luogo senza storia e prestigio. Rifiutò l'offerta. Tanto meglio. Perché in Messico, quell'anno, non ci fu nessuna inaugurazione del Teatro Nacional, bensì una rivoluzione. E le Bellas Artes ha aperto le porte solo nel 1934. Una rappresentazione del 1920 al Teatro Arbeu da parte di una compagnia itinerante ha permesso infine l'esordio dell'opera in Messico dopo vari annunci e tentativi falliti e per decenni l'assenza di un vero e proprio debutto nazionale è stata accompagnata da una sorta di censura o ostracismo, ovviamente non ufficiale, da parte delle autorità nazionali. Fino al 1976, anno in cui la Compañía Nacional de Ópera l'ha messa in programma, provata e poi, per rimostranze burocratiche e artistiche assommate a incertezze in un cambio ai vertici presidenziali, semplicemente non andò in scena. Ugualmente, all'inizio del XXI secolo, la Ópera de Bellas Artes (OBA) ha previsto di proporla nella sua programmazione, idea che non si è concretizzata a causa della perdita delle vecchie produzioni in un incendio dei magazzini dell'INBA che ha reso prioritaria la ricostruzione del repertorio più indispensabile. E se nella stagione 2017 della OBA, dopo novantasette anni da quello dell'Arbreu e centosette da quello assoluto, La fanciulla del West è giunta alla prima di quattro recite programmate della nuova produzione nel Palacio de Bellas Artes il 17 settembre, appena passata la Festa dell'Indipendenza, con la guida entusiasta di Sergio Vela per l'ideazione, la scena, le luci e la regia, il terremoto di magnitudo 7.1 che il 19 settembre ha scosso la zona centrale e meridionale del Paese ha fatto sì che tanto l'INBA quanto la Protección Civil sconsigliassero e sospendessero tutte le attività con pubblici assembramenti - spettacoli, concerti, sport e altro - per concentrarsi sui danni terribili del sisma ed evitare il più possibile occasioni di danni maggiori. Se questa breve storia non è jella, non so cosa lo sia. A ciò, per di più, deve aggiungersi una prova poco fortunata del soprano spagnolo Ángeles Blancas, la fanciulla Minnie, la sera del debutto. Con voce compressa, piatta al centro, declinante, con un registro grave gridato, stonature e stridori innumerevioli, il ruolo protagonistico non è emerso in alcun modo. Almeno per il pubblico, che l'ha condannata, al termine, senza alcuna pietà.  Meno male che nel cast si trovava anche il tenore basco Andeka Gorrotxategui, che ha reso come si deve la parte di Dick Johnson/Ramérrez. La sua celebre aria “Ch’ella mi creda”, come è facile immaginare, ha ricevuto applausi e ovazioni. Anche il baritono Jorge Lagunes, lo sceriffo Jack Rance, ha sostenuto degnamente l'impegno vocale, sebbene come attore fosse condizionato da un'impostazione concettuale decisamente simbolica e astratta. Un modo raro di rappresentare un giocatore e un pistolero, in fin dei conti ingenuo. Sarebbe parso meno curioso se il concetto scenico minimalista avesse potuto contestualizzare certe azioni e certi sentimenti presenti in una trama dallo sviluppo lento e non sempre d'impatto: il testosterone degli avventori che affogano nell'alcool il dolore per l'emigrazione, le ferite psicologiche della nostalgia o un timido amore non corrisposto per Minnie, la manipolazione e il ricatto per fini passionali. Non tanto per evitare i cliché del genere Western, quanto per evitare quelli del maestro Sergio Vela, che hanno funzionato meglio in altri titoli, di luogo e tempo indeterminati. La scena pressoché nuda e l'eccessiva oscurità non sono riuscite a evidenziare nell'azione momenti di impatto drammatico e introspettivo come  la trappola, l'autodifesa, il dilemma fra legge e giustizia. Erano lì ma non si vedevano. Anche i volti, le identità, i costumi dei personaggi (a cura di Violeta Rojas) e il trucco di Ilka Monforte son rimasti nella penombra. Quanto all'orchestra, al di fuori di passaggi in cui il volume è parso esageratamente alto al punto di coprire i solisti, il lavoro di Luiz Fernando Malheiro con l'Orchestra e il Coro del Teatro de Bellas Artes (quest'ultimo preparato da Carlos Aransay) ha permesso di ammirare la ricca scrittura pucciniana, le risorse con cui costruisce un flusso musicale che pare non fermarsi, annullando quasi la struttura per numeri con punti di riferimento e intuizioni più wagneriani e cinematografici.  Nei ruoli secondari, nell'equilibrio complessivo, si sono distinti anche il tenore Ángel Ruz come Nick, il baritono Enrique Ángeles nel ruolo di Sonora o il Jack Wallace del basso Óscar Velázquez. Il resto del cast, minatori, pellerossa e altro, non ha deluso vocalmente permettendo di mettere alla prova membri dell'Estudio de la Ópera de Bellas Artes,posto che questo sembra aver trovato la sua missione: fornire interpreti per le piccole parti. Era assai probabile che i dettagli delle luci e dell'effetto drammatico che se ne sarebbero giovati si sarebbero potuti correggere nel corso delle recite. Il discorso scenico poteva avere un certo magine di crescita e rifinitura una volta presentato al debutto. Le congratulazioni a Vela si potrebbero fare non solo per aver scelto questo titolo, ma anche per la maniera di riproporlo. Ma si è detto. Non ci sono state, almeno al momento di completare queste righe, altre recite in un Messico impegnato nella ripresa da un impatto tellurico così doloroso. Prioritario. Ineludibile. Buona fortuna.

Friday, September 22, 2017

Estreno de La Fanciulla del West en el Palacio de Bellas Artes de México D.F.

Fotos cortesía INBA

Lázaro Azar / Periodico Reforma.com

Cd. de México (19 septiembre 2017).- Pocos compositores hay tan queridos por el público operístico como Puccini, por ello resulta inexplicable que, aun siendo uno de sus títulos menos programados, La Fanciulla del West (1910) no se hubiera presentado en México; enterarnos que en 1909 Justo Sierra vislumbró la posibilidad de que su estreno mundial ocurriera aquí con motivo de las fiestas del Centenario de la Independencia, es todavía más sorprendente. Este 17 de septiembre La Fanciulla fue estrenada en el Palacio de Bellas Artes, y José Octavio Sosa aclara en el programa de mano que el 24 de febrero de 1920, fue presentada en el desaparecido Teatro Arbeu bajo la concertación de Alfredo Padovani. Si el telón se alzó media hora tarde o si Puccini se adelantó al decir que los bad hombres que ahí aparecen son mexicanos, es lo de menos. Lo importante, es la exuberante orquestación con que esta partitura arropa un libreto de "vivo sentido teatral" y que, como señala Roger Alier, "es de las pocas en el repertorio, en las que lo que sucede en escena atrae al espectador casi por sí mismo, haciendo de la música un mero subrayado de la acción". Desgraciadamente, una cosa es lo que escribió Puccini y otra, mal resuelta y con notables desatinos, la que llega hasta nosotros firmada en su trazo escénico, escenografía e iluminación por Sergio Vela, quien correspondió a los intercambios que ha tenido con Luiz Fernando Malheiro, invitándolo como concertador. El problema, no es lo minimalista de la escenografía ni si por la pretendida corrección política de esa caricatura de partido que se hace llamar ecologista, fue que se prescindió del caballo sobre el cual galopa la protagonista para entrar a escena en el tercer acto, tal y como lo concibió Puccini. A cambio de tan emocionante golpe teatral, Vela incurrió en sus consabidas maniobras con montacargas que subían y bajaban plataformas del escenario, además de su proverbial gestualidad forzada -la "cámara lenta" del segundo plano- o de hacer descender a esa masa de amontonados gambusinos a un inesperado sótano que cómo habrían deseado mis tías beatas para esconder cristeros. Más hilarante aún resultó la alfombra voladora donde nuestra fanciulla puso a levitar a su amado y que le habrían envidiado los hermanos Almada, Juan Orol y hasta al mismísimo Ed Wood pues nos hizo pensar que Ramérrez estaba siendo abducido por un ovni. Lástima que hasta ahí llegara el intento de preservar la nada novedosa estética pseudo cinematográfica presentada en un principio y relegada después. Del vestuario adocenado y las plastas con que rudimentariamente pretendieron maquillar al elenco mejor ni hablar. Confío que serían menos peores de lo que la pésima iluminación, ¡ay, tan estrellada! permitía vislumbrar; al fin y al cabo, el coro sonó decorosamente y pese a que muchas veces tapó a los cantantes, la orquesta hizo un buen papel. Vocalmente, el elenco fue dispar: de los 17 roles secundarios, Rodrigo Urrutia (Ashby) y Enrique Ángeles (Sonora) demostraron solvencia y los demás batallaron hasta con la pronunciación. De los tres protagónicos, fue grato escuchar nuevamente a Jorge Lagunes (Jack), si bien Andeka Gorrotxautegui (Dick/Ramérrez) fue quien cosechó la única ovación unánime tras entonar Ch'ella mi creda libero e lontano. ¿Tendrán una cover para las funciones restantes, o precisarán que lo que se oirá, será La fámula del West? Porque escuchar los berridos y la pobreza de agudos con que Ángeles Blancas abordó a Minnie fue tan lamentable como desastrosos los gritos con que masacró el dueto del segundo acto. En fin, que así fue el oneroso retorno de Sergio Vela al escenario del Blanquito [Palacio de Bellas Artes], sumando otro capítulo a un nutrido historial de títulos, muchos de ellos auténticos estrenos en México, que jamás se han vuelto a reponer conforme a su propuesta. ¿Por qué será?

****Esta crítica corresponde a la función de estreno, lamentablemente el resto de las funciones de Fanciulla del West en el Palacio de Bellas Artes fueron canceladas debido al terremoto que azotó la ciudad de México el martes 19 de septiembre. 


Wednesday, April 9, 2014

El Teatro del Bicentenario de León México anuncia su temporada de ópera 2014

Como parte de su programa de actividades artísticas 2014, el Teatro del Bicentenario arranca su temporada anual de ópera, una de sus líneas de programación artística más celebradas y esperadas por el público de diferentes partes del país. 

Durante el presente año, se podrá disfrutar de una temporada operística del más alto  nivel, conformada por tres nuevas producciones, propias del Teatro del Bicentenario,  que integran un corpus por demás interesante, conformado por importantes títulos de  la literatura operística, abarcado un periodo desde mediados del siglo XVIII hasta el  inicio del siglo XX. 

Considerada como la magna obra de Giuseppe Verdi, La Traviata será el título  elegido para inaugurar la temporada de este año con tres funciones los próximos días  18, 21 y 24 de mayo. 

Con texto de Francesco Maria Piave, basado en la novela La dama de las camelias, de Alejandro Dumas (hijo), La Traviata es la ópera más representada en los teatros del  mundo en la actualidad. Una obra ubicada por el autor en el París de mediados del siglo  XVIII, que incluye algunos de los fragmentos musicales más sonados dentro del  repertorio operístico, como el célebre Brindis y el aria de gran virtuosismo "Sempre  libera...", interpretada por la protagonista. 

En esta producción, la dirección escénica estará a cargo de Marco Antonio Silva y la  musical bajo la batuta del estadounidense Arthur Fagen. El elenco de solistas contará  con grandes artistas como la soprano georgiana Sophie Gordeladze en el papel  protagónico de Violetta Valéry; el gran tenor mexicano con Jesús León, interpretando  a Alfredo Germont y el también mexicano bajo barítono, Guillermo Ruiz, como Giorgio  Germont; participan además la Orquesta y Coro del Teatro del Bicentenario, así como  otros solistas, actores y bailarines en un gran elenco de más de 100 artistas en escena. 

El siguiente título será Tosca, de Giacomo Puccini, los días 10, 13 y 16 de agosto, la  cual a 113 años de su estreno, es considerada una de las óperas más importantes de  todos los tiempos por su intensidad dramática y por la belleza de su música, mezclando  intensos momentos de amor, pasión y poder. Ópera en tres actos, con música de  Giacomo Puccini y libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, basado en el drama La  Tosca, de Victorien Sardou. Este título, junto a Madama Butterfly y La Bohème, integra  el trío de óperas más populares de Puccini. 

Esta obra maestra de Giacomo Puccini tendrá en el papel protagónico a la soprano  Violeta Dávalos como Floria Tosca, acompañada por el tenor español Andeka Gorrotxategui en el papel de Mario Cavaradossi y al barítono, también español, Rubén  Amoretti, como el Barón Scarpia, bajo la dirección escénica de Enrique Singer y  musical del italiano Marco Boemi. 

Para cerrar la temporada, en conmemoración de los 300 años del nacimiento del  compositor alemán y primer gran reformador de la ópera, Christoph Willibald von  Gluck, el Teatro del Bicentenario se une a las celebraciones mundiales por su natalicio  y presentará los días 7, 9 y 12 de noviembre Orfeo y Eurídice, ópera en tres actos, con  libreto de Raniero di Calzabigi. 

Considerada la obra más importante y limítrofe del repertorio barroco, Orfeo y Eurídice  marca una transición hacia el periodo clásico e influye significativamente en la forma  de composición operística. La presentación de este título marcará un hito en la  historia de nuestro país, ya que nunca antes se ha presentado con instrumentos de  época y músicos especializados en este periodo. A cargo de su realización estarán el  maestro Gabriel Garrido en la dirección musical y Sergio Vela en la escénica. El papel  de Orfeo, será interpretado por el contratenor español Flavio Oliver, y Eurídice, por la  soprano mexicana Anabel de la Mora, participan además bailarines y actores, el Coro  del Teatro del Bicentenario, así como una orquesta multinacional, integrada por  músicos mexicanos especialistas en este repertorio y la orquesta Les Vents Atlantiques,  proveniente de Holanda. 

Los boletos para la ópera La Traviata, de Giuseppe Verdi saldrán a la venta el  próximo martes 8 de abril; para Tosca, de Giacomo Puccini, el martes 27 de mayo; y  para Orfeo y Eurídice, de Christoph Willibald von Gluck el martes 19 de agosto. Las  entradas podrán ser adquiridas tanto en taquillas del Forum Cultural Guanajuato, como  a través del sistema ticketmaster. 

Consulta más información en www.teatrodelbicentenario.com y en las redes sociales  del Teatro del Bicentenario: 

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