Luego de treinta y cuatro años de ausencia volvió al escenario del Teatro Colón La mujer sin sombra de Richard Strauss en una gran versión donde se conjugaron la belleza de la puesta, la calidad musical y el elenco homogéneo. La puesta de Andreas Homoki -realizada con la colaboración del mexicano Arturo Gama- recurre a simbolismos sencillos y de plena efectividad. Con perfectos movimientos actorales, con gestos cargados de significado y con inteligente uso de los interludios se hace absolutamente comprensible la difícil historia narrada. La escenografía de Wolfgang Gussmann es sencilla y funcional: un único dispositivo de dos paredes unidas en un punto de fuga y un plano inclinado. El vestuario del mismo Gussmann utiliza los mismos ideogramas que cubren las paredes del escenario sobre fondo blanco para el vestuario de los espíritus. El tintorero y su familia estarán vestidos de amarillo fuerte al igual que las cajas que simbolizan la casa de Barak. El Emperador usa ropa azul y rojas serán las flechas, los árboles y las vendas que ciegan a los protagonistas en algunos momentos. El diseño de iluminación de Franck Evin es excelente y no se preocupa por esconder sin éxito las sombras. El simbolismo de las sombras humanas será el color de la ropa. Ira Levin al frente de la Orquesta Estable efectuó un muy valioso trabajo sinfónico y logró una excelente respuesta por parte de sus integrantes Se destacó la nodriza de Iris Vermilion. Su extenso registro le permitió superar los escollos de su parte y brillar en el rol. Su línea de canto y su seguridad fueron inobjetables y el plus de maldad en su actuación completó un personaje diabólico. Las otras dos damas no desentonaron. Así Manuela Uhl encarnó una Emperatriz con perfecto decir y exquisita musicalidad y Elena Pankratova como la Tintorera exteriorizó un registro potente y bien colocado. Jukka Rasilainen fue un correcto intérprete de Barak y al muy eficaz tenor Stephen Gould le faltó algo de sutileza al encarar el dificilísimo rol de Emperador. Del extenso cuadro de solistas se destacaron el Espíritu Mensajero de Jochen Kupfer y los hermanos de Barak interpretados por Mario De Salvo, Emiliano Bulacios y Sergio Spina. Los coros cumplieron su parte así como el resto del elenco.
Opera-Musica Foto: Die Feen - Wagner - Théâtre du Châtelet, Paris - 04/2009(c) Marie-Noëlle Robert.
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Thursday, August 8, 2013
Friday, March 15, 2013
Der Flegende Holländer - Teatro alla Scala, Milano
Foto: Marco Brescia & Rudy Amisano
Massimo Viazzo
Der
Flegende Holländer, secondo appuntamento dell’anno wagneriano al Teatro alla Scala di
Milano, dopo il magnifico Lohengrin
inaugurale, ha avuto un esito interlocutorio. Bryn Terfel realizzava
un Holländer carismatico scenicamente, di debordante presenza, ma un po’ troppo
muscolare, con una emissione vocale che pareva a volte forzata ed un fraseggio poco
incline a morbidezze. Per contro la
Senta di Anja Kampe era calda e appassionata. La voce del
soprano tedesco vibrava e sapeva commuovere, e la sua imperiosa e allucinata Ballata restava uno dei migliori momenti
dello spettacolo. Più ordinario ma comunque incisivo il Daland di Ain Anger,
mentre Klaus Florian Vogt tratteggiava un Erik con buone intenzioni interpretative
e musicalità, ma la sua voce suonava timbricamente un po’ sbiancata e perdeva
un po’ di consistenza nel registro più acuto. Completavano il cast lo
Steuermann di Dominik Wortig, un po’ in difficoltà in alto, mentre Rosalind
Plowright vestiva i panni di una Marie un po’ anonima. Hartmut Haenchen
dirigeva in modo un po’ generico, con qualche disequilibrio tra archi e fiati,
e con passo teatrale in po’ smorto, frutto forse di una concertazione non
precisissima. Detto, infine, dell’ottima prova del Coro del Teatro alla Scala
diretto da Bruno Casoni veniamo alla parte più problematica dello spettacolo:
la regia di Andreas Homoki, regia contestata vivacemente dal pubblico. Il
regista tedesco, infatti, con una ambientazione claustrofobica, nella quale il
mare era solo evocato da qualche quadro e da qualche cartina geografica,
ambientava l’azione negli uffici di una compagnia di navigazione. Niente
marinai, e niente filatrici, dunque, ma tutti impiegati alle dipendenze del
manager Daland, che agivano un po’ monotonamente attorno a una pedana girevole
attorno ad un grande parallelepipedo ligneo, per uno spettacolo poco poetico e,
soprattutto, senza magia né mistero.
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