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Sunday, February 25, 2024

Il Turco in Italia en Rovigo, Italia

Foto: Valentina Zanaga per il Teatro Sociale di Rovigo

Athos Tromboni

Una especie de “exégesis" había precedido a la representación de Il Turco in Italia, libreto de Felice Romani con música de Gioachino Rossini; y el intérprete crítico de la verdad revelada fue el director Roberto Catalano quien había comunicado en una nota de dirección que “la necesidad era interceptar en el papel de Fiorilla el rasgo universal de una humanidad víctima de constantes estímulos, para tratar de darle su carácter no es la excepción del ser humano "roto" que necesita ser reparado, sino el de una víctima perfecta de cuya fragilidad es posible sacar provecho. Es por eso que en este drama el personaje del Poeta (Prosdocimo, ed.) en busca de su historia "explotando" la vida de los demás, asumirá el papel de un creativo sin escrúpulos” ¿Podría el director, en el Teatro Sociale de Rovigo, haber logrado demostrar esta "exégesis" suya? ¿O todo quedó en el papel, como su testimonio personal de intenciones y ya? Hoy, en las llamadas direcciones modernas, la inversión del paradigma es una constante: así el esfuerzo de los "pensadores críticos" se hace realidad en la demostración de que la inversión de todo (todo al revés, para demostrar que la verdad no es un hecho absoluto, pero un hecho relativo que se puede adaptar a las filosofías de los tiempos actuales)... la inversión de todo - se dijo - intenta ser pertinente como una "otra" interpretación de la verdad dramatúrgica, y también como un expansión hacia el más allá del aquí y ahora: un pensamiento aquí y ahora, reflejado y transpirado por un libretista y músico. No, no, a la prueba de hechos, en nuestra opinión, esa "exégesis" anunciada no surgió en absoluto. La actuación de El Turco en Italia fue divertida, los personajes actuaron según el guion... o, mejor dicho, según el libreto; y la commedia dell'arte contenida en esencia en la dramaturgia se ha apoderado de las interpretaciones filosóficas y/o sociológicas de un texto que no necesita ni "exégesis", ni filósofos envueltos en un modernismo forzado y descarado. Y eso va más allá de escenas que imitan los anuncios de las cocinas Salvarani y los vestuarios prácticamente dress-a-porter de la contemporaneidad. Habiendo dicho la "reducción" del drama potencial (¿psicológico? ¿sociológico? ¿político?) a la comedia de esta puesta en concreto de Rovigo, añadimos que hubo un resultado: divertido, lógico, satisfactorio. Pero no en la lógica anunciada por el director, sino en la dramaturgia sencilla y perfecta deseada por Romani y Rossini para esta ópera buffa, que fue acogida con tibio éxito en su momento porque se representó inmediatamente después de aquella obra maestra cómica que es L' italiana in AlgeriAhora, para no desorientar al lector y aclarar el concepto, expliquemos esto: Fiorilla es mujer con todas las bellas (bellisimas) peculiaridades de las mujeres. Le encanta que la cortejen, no es indiferente al encanto que emana de las relaciones exóticas y un tanto misteriosas, intenta escapar un poco de la rutina de la vida matrimonial, ama los regalos y tiende a sobreestimar a quienes le hacen esos regalos, sin embargo, la tranquilidad y seguridad de una relación amorosa y familiar consolidada y válida de aquí a la eternidad (donde la eternidad corresponde a la exhalación del último aliento antes de la muerte) la convence de que es necesario distinguir lo efímero y el lujo. desde lo esencial y lo concreto. Y en consecuencia, muestra actitud al final de la ópera. Además, precisamente para Il Turco in Italia, Romani y Rossini inventaron la novedosa e ingeniosa idea (estamos en 1814), casi pirandelliana, de los dos niveles en los que se desarrolla la acción: por un lado, la historia cómica, compuesta de malentendidos e intrigas; por el otro, el personaje del Poeta que al mismo tiempo participa del relato y se distancia de él, sosteniendo los hilos de la acción. Además, la música de Rossini contribuye enormemente a aumentar el aprecio del público por la ópera, su comedia y el sinsentido de las situaciones. Fue el poeta Prosdocimo, interpretado por el excelente Bruno Taddia, la verdadera e indiscutible piedra angular del gran éxito de la puesta en escena de Rovigo, realizada en coproducción con otros teatros, pero independiente y sola en cuanto a decorados y vestuarios. Una nueva puesta en escena, por tanto, cuya dirección le fue confiada a Catalano, y cuya creación de escenografías y vestuarios -de hecho- estuvo íntegramente a cargo de los talleres de escenografía y sastrería del teatro de Rovigo. Otro milagro de la provincia. Una muestra más de la vitalidad y creatividad de las tierras de la más larga tradición operística. Reiteramos, volviendo a las valoraciones del elenco: Bruno Taddia fue un excelente intérprete de su personaje, el mejor de toda la compañía que actuó. No menos importante estuvo el buen barítono Giulio Mastrototaro en el papel de Don Geronio, el marido de Fiorilla: es un cantante hecho para Rossini, especialmente para el bufón Rossiniano, porque tiene el físico o phisique-du-role del papel adecuado para esos personajes. Pero su vocalidad, suave, potente, afinada, nunca calante, lo sitúa plenamente como un intérprete apto también para las obras del vasto repertorio romántico (Bellini, Donizetti, primeros Verdis); Bien, muy bien estuvo en Rovigo, siendo el más aplaudido del reparto al final de la actuación. Nota de mérito también para Giuliana Gianfaldoni (Fiorilla), una excelente profesional, con gestos escénicos y una vocalidad (incluida la agilidad) de encomiable factura, signo de preparación ligado a la búsqueda del perfeccionismo, ciertamente no un fin en sí mismo sino principalmente dedicado a la dramaturgia, sea lo que sea, divertido o trágico. Buena interpretación también la del bajo Hossein Pishkar (el Selim turco) que sabe actuar y cantar, haciendo gala de una vocalidad profunda y ágil, propia de los papeles de carácter de las óperas cómicas de Rossini y también de Mozart. Bueno fue el debut en su papel para la soprano Francesca Cucuzza (Zaida) a quien auguramos un futuro que irá más allá del registro vocal de la ópera ligera, para instalarse en un futuro próximo en el papel de ópera pura y (según nuestra predicción personal) y luego evolucionará hacia el género lírico-spinto Una nota menos emocionante va para el tenor Francisco Brito (Don Narciso) que demostró destacarse sin excesivas preocupaciones en el registro agudo del repertorio de Rossini (interpreta el re bemol alto con natural soltura) pero poseer las notas extremas no basta para ser un artista completo y lo que necesita es el gesto escénico, la actuación y sobre todo la relación funcional y dramatúrgicamente convincente entre gesto y canto. Francisco Brito madurará, estamos convencidos, porque su vocalidad, hoy un poco desigual, es prometedora, pero deberá adquirir el gesto escénico adecuado para convertirse plenamente en el personaje. Por último, buena actuación tuvo Antonio Garés en el papel secundario de Albazar. El Coro Lirico Veneto preparado por Flavia Bernardi se mostró de manera óptima y las escenas (modernas) de Guido Buganza y el vestuario (moderno) de Ilaria Ariemme son funcionales a la idea del director. Las luces de Fiammetta Baldisseri son impresionantes. ¿Y qué podemos decir del joven director Hossein Pishkar? Nunca abandonó el escenario solo, siempre dispuesto a hacer mimo cantando cada vez que daba la salida y/o invitación a los cantantes y coro. Pishkar, en el podio de la Orquesta Luigi Cherubini (fundada en Rávena por Riccardo Muti), demostró ser una batuta muy entrenada: preciso en los ataques, guía fundamental en las sílabas, convincente en los "crescendos" de Rossini, categorico en la concertación de los ensambles, ya fueran el trío, el cuarteto o el coro de tutti incluidos: confiados y decisivos en todos esos momentos colectivos que abundan en esta partitura. Buen por él. Realmente bueno y merecidamente aplaudido por el público cuando subió al escenario al finalizar el espectáculo.  En definitiva: un resultado excelente de este turco in Italia, gracias a la universalidad de Gioachino Rossini en lo serio y en lo jocoso, más allá de las "exégesis" que, aunque anunciadas con elaborados filosofemos, dejan el tiempo que encuentran. Gracias a Dios.



Sunday, March 20, 2022

Il signor Bruschino en Bolonia

Foto Andrea Ranzi/ Studio Casaluci

Roberta Pedrotti

Aunque se ofreció con las disposiciones rituales impuestas por el covid, Il signor Bruschino fue considerado el verano pasado como el espectáculo más equilibrado y globalmente exitoso del Festival de Ópera Rossini 2021. Ahora, volviendo al uso antiguo, cuando la orquesta boloñesa aún veraneaba en Pesaro, después de unos meses la producción llegó al Comunale de Bolonia y por fin se sintió cómoda con los instrumentos en el foso y el público en la platea. La puesta en escena de Barbe & Doucet aquí repuesta por Luca Baracchini, con Michele Spotti que se mantuvo en el podio, y del elenco repitiron: Giorgio Caoduro como Gaudenzio, Manuel Amati como el hijo de Bruschino, Gianluca Margheri como Filiberto y Enrico Iviglia como el comisario. Las expectativas se cumplieron, aunque no se puede hablar de una reposición exactamente igual porque, a pesar de los diferentes espacios, esa es la naturaleza del teatro: nunca se puede repetir lo mismo. El trabajo de los directores, escenógrafos y figurinistas franco-canadienses sigue siendo ágil, claro, bien pensado, aunque esta reposición, comparada con la edición original fue un poco mecánica, menos minuciosa y espontánea en las caracterizaciones. Por su parte, y por primera ocasión frente a las agrupaciones del Comunale, Michele Spotti, reafirmó no solo su talento, sino también su madurez, la confianza en conducir la obra con una actitud agradable y fluida, con momentos alegres, no frenéticos o extasiados, y nunca sdilinquiti, y una minuciosa búsqueda de contrastes dinámicos. Giorgio Caoduro volvió a ser un excelente Gaudenzio, no el estereotipo del guardián un poco brusco, pero de buen corazón, sino un hombre honesto, cariñoso, sujeto también al mismo orgullo y tacañería que le reprocha a su vecino.  Gianluca Margheri continuó desempeñándose en el papel del posadero, y Enrico Iviglia personificó bien su papel, mientras que Manuel Amati labró un cameo cada vez más refinado como un temerario más borracho que arrepentido. Entre los nuevos llegados destacó Simone Alberghini, quien en el papel principal estuvo muy acertada,y fue la otra cara de la moneda de Gaudenzio: el impagable cascarrabias umarell (observador de construcciones jubilado) quien una vez que había entendido el engaño, logró convertirse en un ayudante benéfico para los amantes. Hasmik Torosyan tuvo mucho éxito como Sofía, que afrontó con la confianza de quienes se formaron en la Academia Rossini de Pesaro, aunque se tiene la sensación de que el desarrollo de la voz la esta llevando, con un centro más lleno y matizado, hacia otros puertos. Menos enfocado estuvo el Florville de Pierluigi D'Aloia, todavía con una vocalidad un poco inmadura y no siempre controlada en el vibrato, y Francesca Cucuzza fue una Marianna de voz penetrante. Parece increíble, pero Il signor Bruschino no se había visto en el Comunale desde hace veintiséis años (aunque se trató de una colaboración con el conservatorio: así que hay que remontarse hasta 1988 para recordar algunas funciones, coproducidas con Pesaro, de cierta relevancia). Por supuesto, que una farsa de noventa minutos lucha por "hacer una verdadera velada", como se dice, pero Rossini nunca debe faltar, y en la sala se respiró una atmósfera de descubrimiento: la de un público atento que se fue metiendo poco a poco, hasta que finalmente se escucharon aplausos muy cálidos.

Reseña en italiano en el sitio L’Apemusicale.

https://www.apemusicale.it/joomla/it/recensioni/70-opera/opera-2022/12910-bologna-il-signor-bruschino-18-02-2022?highlight=WyJhbGJlcmdoaW5pIl0=

 

Thursday, December 1, 2016

Un Trovatore tutto fuoco: Ferrara, Italia


Claudia Marchi - Azucena

Foto: Silvia Grillanda


Athos Tromboni


FERRARA - Basta il cortile del Castello Estense per fare scenografia: così la regista Maria Cristina Osti ha pensato di non allestire nulla se non il palco di fronte all'orchestra e una passerella perimetrale con un giro a tornante intorno al grande pozzo rinascimentale, per la messa in scena di Il trovatore di Giuseppe Verdi, opera che ha completato (con La traviata della settimna precedente)  il dittico "Lirica in Castello 2016". La Osti ha adoperato come luogo della recita (favorita dalle stupende luci gestite dai tecnici del Teatro Comunale Abbado) anche lo scalone a spirale che sale dal cortile alla Sala degli Stemmi e il loggiato del cortile sulla cui parete di fondo venivano proiettate le ombre cinesi dei protagonisti in azione fuori scena, quando la scena chiamava a cantare o il solista o il duetto. Anche la piazza d'armi, dove sedeva un pubblico strabocchevole, 450 spettatori, è servita alla regista per animare la messinscena, in modo che l'opera verdiana potrebbe parafrasarsi come Il trovatore tra la gente. «Terra aria acqua e fuoco - ha scritto la Osti nel programma di sala - sono i quattro elementi che caratterizzano la struttura dell'opera di Giuseppe Verdi. Ma è sul fuoco che è luce, energia che penetra e anima, che si è voluta incentrare l'attenzione dello spettacolo.» E siccome Azucena compare in scena cantando Stride la vampa e Manrico nella famosa cabaletta del Do di petto esclama a tutti polmoni Di quella pira l'orrendo foco empi spegnetela l'intuizione registica è coerente con le aspettative di Verdi e del suo librettista Salvatore Cammarano. Non a caso Azucena vien sempre affiancata o comunque doppiata e mimata, durante la recita, dalla sua anima-ombra, la stupenda ballerina Michela Franceschini, vestita di vaporose sete rosse, agitate al vento come una lingua di fuoco "che s'alza, che s'alza al ciel!". Poi vi è un elemento scenico fondamentale, dove tutti i protagonisti vanno a cantare le loro arie: il pozzo grande, diventato epicentro del dramma, con la sua balaustra di marmo e la griglia che copre l'invaso, una scenografia naturale fra catene a carrucole che scendono dallo stangone ad arco, certamente un luogo deputato a suscitare suggestione al pari della musica e del canto. I costumi quattro-cinquecenteschi e i figuranti della Contrada di San Paolo con il loro gonfalone, nonché lo staff del maestro d'armi Cristian Corso con i duelli svolti nel cortile o sul palco, hanno contribuito a rendere effettivamente credibile la messinscena, un quasi "nelle ore e nei luoghi" (per dirla con uno slogan reso famoso dalle produzioni filmiche di Andrea Anderman) In buca suonava l'Orchestra Città di Ferrara sotto la guida di Aldo Salvagno. Una bella prestazione dell'Ocf, che si avvia sempre più alla specializzazione nel repertorio operistico, senza trascurare il sinfonismo per il quale era essenzialmente nata come Associazione Sympàtheia nel 1992. In particolare Salvagno è riuscito a infondere i colori verdiani all'esecuzione, ritmi sostenuti ma non chiassoni, levità delle atmosfere liriche soprattutto nei momenti più estatici (esempio, durante l'aria del baritono Il balen del suo sorriso) o più celestiali (esempio, il Miserere eseguito benissimo dal Coro Giuseppe Verdi preparato da Mirko Banzato). Il cast non ha deluso: Sara Daldoss Rossi è stata una brava Leonora, sicura di sé, emissione rotonda, un soprano lirico dalla voce corposa e - seppur non estesissima in acuto - ha bel timbro, fraseggio sicuro e credibile vis drammatica. Il tenore era Francesco Medda (Manrico) onorevolmente impegnato nella parte; non ha "spopolato" nella romanza che si conclude con la cabaletta della Pira tanto che gli applausi tributati ci sono sembrati più di stima che di ammirazione. Il mezzosoprano Claudia Marchi (Azucena) è stata il vero "fuoco" vitalizzante della serata: ottima attrice, la sua voce è brunita e intonata, ed è potente quanto basta per la parte, qualità che le hanno fruttato il consenso convinto e caloroso del pubblico. Andrea Zese (Conte di Luna) se l'è cavata con il mestiere di lungo corso e la professionalità; ma non ci ha particolarmente coinvolti; prodigo comunque il folto pubblico di applausi al suo apparire sul proscenio a fine recita. Molto brava Francesca Cucuzza nel ruolo di Ines e grande prestazione del basso Cesare Lana nelle vesti di Ferrando. Completavano il cast Matteo Roma (Ruiz), Luca Marcheselli (un vecchio zingaro) e Stefano Nardo (Un messo). Serata estiva piacevole, senza canicola, giustamente suggellata dall'entusiamo del pubblico per la "Lirica in Castello".

Sara Daldoss Rossi (Leonora) Andrea Zese (Conte di Luna)