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Monday, February 10, 2025

Rigoletto en Venecia

Foto: Roberto Moro

Ramón Jacques

Compuesta en 1850 por Giuseppe Verdi, gracias a un encargo del teatro La Fenice de Venecia, Rigoletto fue uno de los títulos más apasionantes de mediados del siglo XIX, a pesar de enfrentar críticas y censura por motivos políticos y estéticos, en su trama, que está ambientada en Mantua donde su personaje principal, el duque, era un gobernante absoluto, libertino y de poca moral; además de que se mostraba un crimen, temas polémicos para el escenario. Rigoletto tuvo su estreno en este majestuoso recinto el 11 de marzo de 1851, el mismo donde dos años después, el 6 de marzo de 1853, se estrenó otro de los grandes éxitos de Verdi como es La Traviata. Desde un inicio, a Rigoletto se le consideró un título exitoso, y desde entonces nunca se ha mantenido alejado de los escenarios operísticos internacionales, y menos de este teatro veneciano que lo repuso nuevamente esta temporada. La reposición de este título, que atrajo una gran cantidad de público, que abarrotó todas las localidades del teatro, dejo sensaciones encontradas, especialmente en lo que se refiere a la parte visual del espectáculo, por la moderna puesta del célebre y joven director Damiano Michieletto, cuya concepción, estrenada aquí en el 2021, y que se originó en el 2017 en la De Nationale Opera de Ámsterdam, trasladó la historia a un tiempo moderno, en el interior de un manicomio donde Rigoletto, aquí un payaso y no el bufón de la corte, se encuentra recluido. La trama y la acción de la ópera son los atormentados recuerdos y alucinaciones de los días anteriores que culminaron con el asesinato de Gilda. El duque, los cortesanos, Sparafucile y Gilda, no son más que vivos recuerdos o fantasmas que salen de su mente y su imaginación. La habitación del hospital psiquiátrico donde se encuentra – de buena manufactura e ideada por Paolo Fantin- así como los vestuarios de los personajes, enfermeras y médicos que cuidan de él, todos en color blanco (ideados por Agostino Cavalca); representan vivas imágenes que solo el personaje tiene en su cabeza, mientras que en algunos momentos en el fondo del escenario se transmitían escenas de Rigoletto, de Gilda y dibujos de su niñez, y otros recuerdos. Las transmisiones fueron realizadas por Alessandro Carletti, y la iluminación de Roland Harvoth, ayudó a crear ese ambiente de zozobra, inquietud y delirio del personaje. La escenografía consistió en un cuarto en dos niveles, con una amplia ventana enjaulada, y una cama que en ciertos momentos volaba en la parte superior del escenario, mientras que en los muros al fondo se abrían boquetes para que ingresaran los cortesanos, el duque, Sparafucile, Maddalena etc. El concepto es indudablemente bueno, el problema radicó en que Michieletto a lo largo de la velada, no logró de manera convincente separar en escena lo real de lo imaginario; como cuando Rigoletto lloraba dirigiéndose a una muñeca que representaba a Gilda, ¿Era necesario que estuviera a un lado la soprano intérprete del papel cuando en otros momentos su voz se escuchaba a lo lejos? La suma de varios detalles que parecieron no ser resueltos en escena, más la sobreactuación de locura del personaje principal, que por llegó a ser exageradamente irritante para el público fue lo que provocó la estruendosa reprobación con abucheos, silbidos y gritos a los responsables del montaje al finalizar la función. Por otro lado, la parte musical del espectáculo valió la pena comenzando con la presencia del barítono Luca Salsi, quien participó en este montaje en Ámsterdam como en su estreno aquí en el 2021, fue un refinado Rigoletto por su tonalidad baritonal segura, colorida y vigorosa. Su despliegue de expresividad y en la emisión fue sobresaliente, con homogeneidad en todos los registros, y su desempeño vocal no estuvo comprometido por las exigencias escénicas impuestas por la dirección escénica. La soprano Maria Grazia Schiavo, mostró en un nivel admirable desplegando un manejo seguro de la voz, agilidad y nitidez en la coloratura. Su voz ha adquirido mayor cuerpo, sin perder la elasticidad que tuvo en sus años como intérprete de música barroca. En escena, personificó un frágil Gilda que vivió y sufrió con pasión. Como el Duque tuvo un buen desempeño el tenor peruano Iván Ayón Rivas, quien agradó por su robusta y lirica voz, de notable coloración y matices, aunque era innecesario darle esa cierta entonación dramática o lastimosa, que parece no corresponder al personaje. La mezzosoprano Marina Comparato, personificando a Maddalena con voz oscura no con mucha expansión, e irradió la sensualidad y la personalidad que requiere el papel. El bajo Mattia Denti, fue un correcto y aterrador Sparafucile, y el resto de los solistas cumplieron en cada una de sus partes de manera adecuada en una lista de buenos interpretes italianos como: Gianfranco Montresor (Monterone), Armando Gabba (Marullo), Carlota Vicchi (Giovanna), Roberto Covatta (Borsa), Matteo Ferrara (Conde de Ceprano), Rosanna Lo Greco (Condesa de Ceprano) y Sabrina Mazzamuto (el paje). Las fortalezas de un teatro de este nivel, como siempre, radican en sus cuerpos estables, como lo fue el Coro, dirigido por el maestro Alfonso Caiani, que demostró temple, homogeneidad; así como la orquesta, en esta ocasión bien dirigida por el pulso del experimentado maestro Daniele Callegari, que mostro brío y entusiasmo, extrayendo de los músicos la brillantez de la partitura que demuestran conocer a profundidad y la interpretan con buen gusto extrayéndole emoción y color.




Tuesday, November 29, 2011

FIDENZA TEATRO MAGNANI “BOHÈME” IN UNA SOFFITTA DI LUSSO

Foto: Boheme Fidenza

Giosetta Guerra

Varcata la soglia d’ingresso alla platea del Teatro Magnani di Fidenza, ti trovi in un teatro di tradizione elegante e armonioso, ma l’occhio è attratto dal particolare palcoscenico costituito da una sala molto grande magnificamente affrescata. È la stupenda camera acustica le cui pareti sono tele dipinte da Girolamo Magnani, uno dei più grandi scenografi dell’Ottocento, recentemente restaurate e lì poste alla visione del pubblico. Ebbene in questo prezioso ambiente si svolge la vicenda dei bohémiens, che, se non hanno legna da ardere, possono riscaldare l’anima con la vista dell’arte. Ovviamente non ci sono i tetti di Parigi né le insegne del Café Momus né gli sbarramenti della barrière d’enfer, ma solo alcuni elementi che ricordano a chi già lo sa dove sono ambientati i quattro quadri dell’opera. Il regista Riccardo Canessa, per non coprire questa bellissima scenografia naturale, immagina che quella sia la stanza di casa Puccini dove il maestro in persona prova l’allestimento della sua Bohème; qui arrivano i cantanti già in costume fine ottocento ideati da Artemio Cabassi (brutti quelli delle due donne, migliori quelli maschili), qui Puccini, impersonato dallo stesso regista, in piedi o seduto al pianoforte li controlla e qui ha inizio la prova e, ovviamente, l’opera per noi.  I quattro bohémiens si muovono a loro agio, sono giovani, baldanzosi e pieni di speranze. Fra loro si distingue Gianfranco Montresor (Marcello) per un bel mezzo vocale, solido, esteso, timbrato, robusto, pulito, per la rotondità e la morbidezza del suono, per la naturalezza e la fluidità d’emissione senza forzature neanche nel canto a voce piena, per l’accattivante modo di porgere una voce calda e una fascinosa presenza scenica (quando apre le braccia sembra abbracciare il mondo).  Nel ruolo di Rodolfo il giovane tenore Paolo Fanale ha le physique du rôle, squillo robusto e lunghi fiati sostenuti, la voce poco pulita in zona centrale è luminosa in zona acuta, ma gestita quasi sempre sul forte, eludendo la tinta pucciniana, che ritorna quando la voce si adagia nella morbidezza del canto. Pietro Toscano (Colline) deve mettere a fuoco un mezzo vocale di bel colore scuro, l’interpretazione superficiale di “Vecchia zimarra” è aggravata da una dizione incomprensibile. Donato Di Gioia (Schaunard) ha voce baritonale dal suono deciso e sonoro e Romano Franceschetto nel ruolo caricaturale di Benoit esibisce bella voce ferma e di spessore, mentre il regista Riccardo Canessa, registrato nella locandina col cognome materno (Riccardo Carloni), si presenta nei panni di Alcindoro. Non è riportato il nome del tenore chiaro acuto che veste i panni di Parpignol.
E veniamo alle donne. Il soprano lirico Daria Masiero è una Mimì in carne piena di energia, che ride quando cerca la chiave e perfino quando muore. Canta per lo più a voce spiegata, anche “Sì, mi chiamano Mimì” è cantata forte, comunque va apprezzata la sua grande voce che diventa melodiosa quando si alleggerisce e si piega alla dolcezza del canto a fior di labbro (“Fingevo di dormire”). Alla fine comunque è la musica di Puccini che emoziona. Roberta Canzian (Musetta) ha voce melodiosa, duttile, estesa e brillante e canta molto bene “Quando me n’ vo”. Per lo più schierati in palcoscenico, il Coro dell’Opera di Parma e il Coro di Voci Bianche della Corale Verdi, ben preparati e diretti da Emiliano Esposito e da Beniamina Carretta, completano la parte vocale. Non sempre appropriato il disegno luci che restano chiare quando si spengono le candele in soffitta. Il M° Fabrizio Cassi dirige con proprietà l’Orchestra Filarmonica Terre Verdiane, fuori campo la Banda Città di Fidenza "G. Baroni" diretta da Saverio Settembrino. Assistente alla regia P. Luigi Cassano, Maestro preparatore Simone Savina. Organizzato dal Gruppo di Promozione Musicale Tullio Marchetti presieduto da Antonio Delnevo, l’evento si inserisce nelle manifestazioni per il 150° Anniversario del Teatro Magnani e per la mostra al pubblico di queste tele restaurate, ma è anche una lodevole iniziativa per la formazione del pubblico locale.

Wednesday, October 13, 2010

Carmen y el temperamento de Rinat Shaham en el Teatro Sociale de Rovigo, Italia

Fotos: Nicola Boschetti

Athos Tromboni


Rovigo (Italia) 195 es el numero de temporadas de opera realizadas desde su apertura al día de hoy, en el Teatro Sociale de Rovigo. Quizás nunca como en este 2010 el inicio de la temporada estuvo tan critico, en duda, y en una disyuntiva entre si y no, por el precipicio sine die de del omnipresente dinero y de los limitados recursos monetarios para el ciento noventa y cinco. Pero después se dio un milagro, ya que a la voluntad de resolver la incertidumbre se unió la decisión de abrir de todas formas. Carmen, la obra maestra de Bizet se representó en el Sociale durante ocho temporadas (1891, 1920, 1933, 1946, 1954, 1971, 1995 y en el 2002) y su fascinación ha permanecido inalterada, así el teatro se llenó de publico en todas las butacas para esta producción del 2010, la cual después de Rovigo, será llevada a los teatros cívicos de Padua, Bassano del Grappa, Rimini, Trento, Savona y Pisa. Un gran titulo para la apertura de la temporada y una grande interprete en el papel protagonista, que fue Rinat Shaham. La mezzosoprano israelí no desilusionó y se hizo apreciar por como se metió en el personaje de la cigarrera Sevillana. Arrancó aplausos por una interpretación vocal afianzada con seguridad en la sensibilidad de los melómanos de largo curso, y fue admirada por como supo seguir las indicaciones del regista Ivan Stefanutti quien la quiso caracterizar mas ninfomanía que pasional, mas víctima inmolada a su propia autodeterminación que chivo expiatorio de la “libertad” transgresora de índole feminista.

Cuando Shaham se movió en escena fue un catalizador, la propiedad del gesto, la armonía de la postura, la nonchalance respecto a las audacias escénicas y vocales, la naturaleza de los actitudes, el ojo siempre puesto en la acción y no en el director de orquesta, estos fueron los trazos distintivos de su recitar cantando. La personalidad de Shaham se notó inmediatamente y desde la primera silaba, y se reforzó con la ejecución de la habanera, después su temperamento explotó en la Seguidilla. Se balancea, y mostró las piernas sentándose de modo que se le veían bien, infló el pecho en actitud de desafío, y supo como ser bella. Shaham y no solo Carmen, fue presa de la visión de otros, principalmente de la masculina. Se mostró, de acuerdo al juego que el regista predispuso pero con la naturaleza de quien esta en el fondo soltando su juego preferido. Si se ve la foto que acompañan este escrito, montando a Don José, el fotógrafo de escena eligio al personaje y a la artista a la vez, una síntesis perfecta para la opera prefecta que es Carmen. Su vocalidad fue convincente, la voz fue terminante y la entonación fue óptima. En dueto con el tenor y con el barítono permaneció el centro atractivo, en el gesto y en el canto. Andrea Carè fue un Don José que gravitó en torno a ella, y tuvo partes vocalmente muy importantes como para haber pasado a segundo plano, cuando canto las arias de solista se confirmó como un artista de talento y cuando cantó con Shaham la impresión fue que su fuerza expresiva se benefició en su encuentro con la mezzo soprano.

Diferente fue cuando cantó al lado de Valentina Corradetti (Micaela), una soprano lírica a quien le faltó aun la suavidad colora del canto confiado a la novia de Don José. Corradetti es una soprano lírica de fuerte personalidad y de grato e importante timbre, adaptado, parecería, para papeles menos belcantistas y más románticos o tardío románticos, respecto al repertorio que hasta hoy a interpretado. Alternando con la soprano, Caré mostró un peso vocal no equilibrado con el de su compañera, y si no hay nada que resaltar por entonación o pericia técnica (uso los falsettones en vez del falseto, pero lo hizo con garbo) la dicotomía ponderada se convirtió en imperceptible para el oído y el color ligeramente nasal de su timbre se acentuó. Imperioso fue después el barítono Nmon Ford quien plegó a Escamillo a sus propios deseos escénicos y vocales, confirmando un physique-du-role importante para el personaje. Muy bien lograda fue la prestación del confiable Gianfranco Montresor (Zúñiga) llamado de ultimo momento para sustituir al anunciado Marek Kalbus. Buenas las otras dos interpretes femeninas Natalia Roman (Frasquita) y Annalisa Stroppa (Mercedes), inoxidable Max René Cosotti (Remendado) en el personaje de carácter que le es justo, y reconocimientos para Gabriele Nani (Dancairo) y para Donato Di Gioia (Morales). Para completar el juicio sobre el elenco, agregaría que el coro preparado por Giorgio Mazzucato (el lírico veneto de la Li.Ve. y el de voces de niños, Piccoli Cantori di San Bartolomeo) desarrollaron un optimo trabajo.

Un poco menos de entusiasmo suscitó en nosotros la Orchestra Regionale Filarmonia Veneta, no muy precisa y no siempre atenta a la exigencias del director Francesco Rosa; este último concertó con una línea interpretativa lista para respetar y ayudar a los cantantes, buscando tener bajo control la dinámica y los colores del sonido; pero cuando se trato de valorizar el solo orquestal (como las oberturas de la opera) optó por la imperiosa vehemencia del estilo de la grand-opéra mas que la de la opéra-comique en las notas dedicadas a la uniformidad musical de los toreros y las gitanas (en la misma manera en la que lo propusieron, haciendo que fuera apreciada, también por grandes directores contemporáneos como Barenboim y Levine); y ha influido en los tiempos de lirismo expresionista y sobre un color profundo y desesperado, aun mahleriano, en las notas dedicadas a la tragedia de Carmen. Pero, el trabajo más bello e importante lo realizó Ivan Stefanutti: su puesta escénica fue ambientada entre las montañas de un pueblo fronterizo, con única escena, cambiable solo por las hermosas luces creadas por el propio Stefanutti. Todos los protagonistas, desde los protagonistas hasta el coro, estuvieron desesperados en el desbarajuste, porque el regista quiso hacer de Carmen una “historia de riña y degradación”. “Hubo traición, obsesión, desesperación, locura, el desprecio y la oscuridad”. Una lectura a-romántica más que anti-romántica, y en conjugación empática con el lirismo expresionista sobre el que Rosa condujo la orquesta. Caluroso el recibimiento del público con ovaciones reservadas para Corradetti y no para la Shaham. Ipse dixit populo como cuando elije Barrabas, haciéndole así –de Cristo- el motor de la opera.