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Thursday, September 4, 2025

La Traviata en Bogotá Colombia

Fotos: crédito a Juan Diego Castillo / Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo

 Ramón Jacques

Continúan los eventos con motivo de la decimoquinta temporada del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, actualmente el escenario más importante de Colombia, en el que la lírica siempre ha estado presente en sus ciclos anteriores, y el titulo elegido fue la conocida y muy representada La Traviata, ópera en tres actos con música del compositor romántico italiano Giuseppe Verdi (1813-1901) con libreto en italiano del poeta  Francesco Maria Piave (1810-1876), colaborador, amigo y uno de los libretistas más cercanos al compositor. En realidad, se trata de la reposición de la puesta escénica original, estrenada en este recinto en julio del 2024, y que, gracias al éxito y el beneplácito que suscitó entre el público local, se decidió reprogramarla como un espectáculo significativo para este aniversario. Por fortuna, se pudo contar con la presencia de los mismos solistas que formaron parte del elenco del 2024, y previo a las dos funciones realizadas este año en Bogotá – esta reseña corresponde a la segunda función- la producción se fue de gira a principios de agosto al Teatro Municipal de Lima en Perú, donde el público de aquel país la pudo presenciar en tres ocasiones.  Sobraría reiterar que Traviata es una obra emblemática y popular del repertorio operístico cuya narrativa se centra en la trágica vida y su final, de la cortesana Violetta Valery, algo que es ya conocido y repetitivo para cada melómano, por lo que, a este punto correspondería dar un paso más adelante para  preguntarse ¿en qué radica la popularidad del título?, cuya respuesta más adecuada o quizás más  convincente sea, por su atemporalidad, que no la limita únicamente al periodo que indica el libreto, porque permite hacer una reflexión sobre emociones que van más allá de su contexto original y aborda temas siempre presentes y actuales como serian el amor, el sacrificio o incluso la búsqueda de reconocimiento. ¿vicios o virtudes de los humanos?  A ese respecto cada uno puede darle su propia interpretación.   Es precisamente en esa atemporalidad, en la que Pedro Salazar, director de la compañía de teatro colombiana La Compañía Estable, director escénico de esta puesta y creador del concepto, decidió situar la historia y la trama en una época alrededor de la década de los años veinte o treinta del siglo pasado.  El enfoque de Salazar, fue el de resaltar y excavar la psique de cada personaje, aislándolos por momentos del resto de la escena, así la función dio inicio con el  telón levantándose para encontrarnos con una Violetta, sentada en una sillón junto a una chimenea, mientras al fondo una tenue y transparente cortina blanca la separa de la celebración que se lleva a cabo en su mansión o al final cuando se encuentra sola en su cama, con la misma cortina separándola del mundo exterior, o Alfredo en un jardín, no dentro del salón como se acostumbra en la mayoría de las producciones, reflexionando, porque perdió a Violetta; o la escena final en la que con un resplendente rayo de luz blanca en un escenario completamente oscuro Alfredo carga el cuerpo de Violetta, despojado de cualquier exclamación o sobreactuación. Al final el mérito de Salazar es que su experiencia en teatro le ha ayudado a realizar un buen trabajo de actuación, dándoles a los personajes un toque de humanidad, y que ha sabido amalgamar sirviendo al canto y a la música no obstruyéndolos o entorpeciéndolos. Trasladar la acción a principios del siglo pasado no es una idea de Traviata completamente novedosa, pero aquí funcionó porque su originalidad, y gracias a las escenografías ideadas por Julián Hoyos, cuyas escenografías nos hacían pensar que la obra transcurría como si fuera dentro de un cuento de imágenes, o de escenas creadas por una secuencia de cuadros.  Buen uso de las proyecciones al fondo del escenario donde se veían opulentos cuadros, un bosque lluvioso, o en la escena del tercer acto, que, junto con los brillantes colores rojos y violetas, la iluminación de Jheison Castillo, situaban la escena de la fiesta de Flora, en el interior de un cabaret o burdel, con las exóticas y atrevidas coreografías de las gitanas y los toreros.  Los vistosos vestuarios de época fueron ideados por Sandra Diaz, elegantes los trajes para los hombres y en especial de buena confección y seda los vestidos en tonalidades claras pastel para Violetta.  El mérito que más destacaría yo de esta función de Traviata, fue el trabajo de casting que logró encontrar voces adecuadas para hacerle justicia a cada personaje.  En el papel de Violetta destacó la soprano rusa Julia Muzychenko, quien posee una voz que ante todo se escucha firme, consistente, de buen cuerpo y proyección, que supo manejar dándole sentido, sentimiento y admirable ductilidad en la emisión de gratos y punzantes pero musicales agudos.  Escénicamente mostró personalidad, seguridad y presencia.  Por su parte el Fabián Veloz, sobresalió en su desempeño vocal, con su voz robusta, firme, vigorosa y musical de barítono apto para este repertorio, aquí como Giorgio Germont.  No había escuchado antes cantar en vivo al barítono argentino, pero con su canto me reafirmó las crónicas que los describen como un cantante en un óptimo nivel y por la destacada carrera que está llevando actualmente a nivel internacional.   El papel de Alfredo Germont, fue bien cantado y actuado por el tenor italiano Paolo Fanale, quien cantó con un timbre claro lucido y y viril, elegante en el fraseo, a pesar de que en ciertos pasajes pareció perder el fuelle y la energía en su proyección, sobre todo en el último acto, que, sin embargo, no lo desacredita como un competente y muy capaz tenor. La mezzosoprano venezolana Ana Mora mostró una voz profusa y oscura como Flora; el barítono mexicano Tomás Castellanos fue un notable Baron Dauphol. Completaron el elenco con buenas actuaciones y canto  el resto de los cantantes, todo ellos colombianos, como el tenor Hans Mogollón como Gastón, el barítono Juan David González como el marqués de Obigny, la soprano comprometida en su actuación y canto Alejandra Prada como Annina, el bajo Hyalmar Mitrotti, por la profundidad de su voz y su caracterización de un muy humano doctor Grenvil, y en sus breves pero meritorias aportaciones; el tenor Luis Carlos Danilo Jiménez en su breve aparición como Giuseppe, criado de Violetta, el bajo- barítono Carlos Durán  Rincón y el barítono Julián Usamá Figueroa. El Coro Nacional de Colombia, que dirige Diana Carolina Cifuentes, se mostró participativo y activo en escena, cantando con profesionalismo y de manera uniforme cuando fue requerido.  La Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, regaló una buena ejecución de la partitura de principio a fin, con momentos emocionantes, y la afilada y refinada conjunción, como en las oberturas del primero y el tercer acto, que suele emanar de las orquestas acostumbradas al repertorio sinfónico cuando descienden al foso operístico.  La conducción estuvo a cargo del director local Johann-Sebastián Guzman, joven pero ya con experiencia, quien ofreció una lectura atenta a cada detalle orquestal y a la simbiosis con las voces, elegante y pausado en sus movimientos y seguro en este compromiso.





Tuesday, April 21, 2015

Aida en concierto con la Orquesta de Santa Cecilia en Roma

Foto: ©Musacchio & Ianniello

Domenico Gatto

El evento más esperado del año en Italia no defraudó las expectativas. La única función de Aida que Antonio Pappano dirigió en Santa Cecilia, como conclusión de la grabación de un nuevo CD fue un triunfo absoluto para el maestro anglo-italiano y para la mezzosoprano Ekaterina Semenchuck. Pappano y Santa Cecilia son ya un binomio indivisible. El maestro y la orquesta son uno, y esta es una de las características del director que logra siempre compactar a la compañía orquestal. A ello va sumada su entusiasta participación cuando dirige; y se ve que se divierte en su incansable trabajo, y esta sensación de contagia al público. Teniendo un elenco estelar como este, el protagonista siempre fue el. La obra fue esperada sobre todo por la dirección, y la ovación más grande de la función explotó al final del segundo acto en la escena del triunfo, sin solistas.  Pappano ha hecho de esta orquesta, y coro, una de las mejores agrupaciones del mundo por la riqueza de su identificable sonido  de estilo típicamente italiano. Aquí ha hecho valer su peculiaridad de apoyar el canto. Gran parte del elenco no era verdiano, y logró sostener a los cantantes y les puso en charola de plata la ocasión de ofrecer lo mejor de sí mismos. La triunfadora de la velada fue Ekaterina Semenchuck, mezzosoprano que canta a Ameneris en los grandes teatros y de todos la única verdadera verdiana. El volumen de su voz, rica de armónicos, resultó ser el doble de la de sus ilustres colegas, a quienes cubría sistemáticamente sin forzar.  Ello con óptima técnica, capacidad de modular y notable dominio de los graves fáciles y timbrados como los agudos. En suma su sapiencia de unir la con la voz con el personaje. Como Aida, Anja Harteros inicio de manera egregia. Convincente desde el inicio y su “Ritorna vincitor’ fue fascinante.  En el segundo acto tuvo filados fáciles, pero en el tercero comenzaron los problemas como el do agudo que debió disminuir al final de ‘Cieli azzurri’ fue una nota que no se escuchó, y al final del cuarto acto pareció estar fatigada recibiendo algunas protestas del público. Debe reconocerse que en la búsqueda de emitir pianísimos, filados y messa in voce, la soprano alemana buscó la manera de sacar adelante un papel que no es para su vocalidad. Seguido y venerado por sus fans en todas partes, Jonas Kauffman, estuvo perfecto en el papel del bel tenebroso, y cantó con admirable sentido musical, pero no es ni será Radames Aun así, sería interesante escucharlo en un teatro donde pudiera demostrar sus cualidades de actor e intérprete.  La baqueta mágica de Pappano contuvo a la orquesta en los límites de lo inalcanzable para no cubrirlo nunca. Si bien es cierto que Verdi previó tres p para el si bemol que concluye ‘Celeste Aida’, el sonido linfático que produjo Kauffman más allá de ser mantenido por un attimo fuggente, pareció débil. Sus presuntos filados, en realidad casi susurros podrían adaptarse al Lied, ya que poco tienen que ver con el canto verdiano que no admite sonidos desapoyados. En el canto aplanado y a plena voz evitó su usual sonido engolado en la zona central. Ludovic Tézier fue un buen Amonasro, optimo en el fraseo y la dicción, con bella y musical voz. Erwin Schrott como Ramfis, ajeno a este repertorio, hizo resaltar su parte. El bajo Marco Spotti fue un rey convincente y Paolo Fanale fue un lujo como el mensajero. 

Thursday, April 17, 2014

LES TROYENS ALLA SCALA, ovvero l’arte di allestire un CAPOLAVORO.

Foto: Brescia & Amisano

Renzo Bellardone

Il teatro d’opera è sovente crogiolo di esternazione di consensi e dissensi e sovente di contestazioni, ma quando la produzione è inattaccabile e la rappresentazione non ha punti deboli ecco che anche il severo teatro alla Scala di Milano esplode in continui boati di consenso ed apprezzamento: questo è successo alla Prima di “Les Troyens”  di Berlioz, con la direzione di Antonio Pappano vigoroso ed alternativamente delicato e sensibile; l’orchestra ha risposto al bel gesto di Pappano che ha seguito il palcoscenico con la stessa cura e minuziosa attenzione ed i risultati sono stati tangibili. La narrazione è conosciuta fin dai banchi di scuola, ovvero la distruzione di Troia e poi les troyens  a Cartagine e nell’immaginario collettivo un grande cavallo entra di notte in Troia per liberare dal ventre i guerrieri che la distruggeranno. David Mc Vicar  ha dato una lettura fedele e oltre il tempo, mantenendo il simbolismo con efficacia straordinaria ed ecco quindi che entra la grande testa del cavallo costruita con pistoni, ghiere e rotelle metalliche  (come poi il guerriero al finale) ad occupare il palco ed invadere la scenografia di grande impatto e funzionalità espressiva, creata da Es Devlin ed esaltata dall’utilizzo emozionante delle luci disegnate da Wolfgang Gőbbel  e riprese da Pia Virolainen. L’atemporalità è suggellata anche dai costumi di Moritz Junge . Questa Grand Opera racchiude realmente tutti gli elementi che rendono il teatro d’opera la forma più completa di spettacolo, infatti a completare la messa in scena ed a valorizzarla han ben contribuito i danzatori ed acrobati, elementi non integranti, ma coprotagonisti costruttivi di alcune scene chiave, ben  diretti da Lynne Page. Il canto ! Il cast è certamente costituito da voci  tra le migliori del panorama lirico ed attraverso una vibrante tensione è stato raggiunto un diapason meraviglioso e brillante. Gregory Kunde, al massimo del suo splendore vocale ha  interpretato Enea con limpidezza arrotondata ed armoniosa; amplificando così   la drammaticità interpretativa, ha creato un meraviglioso eroe. Cassandra ha ancora una volta trovato in Anna Caterina Antonacci  la sua migliore interprete: solenne e appassionata ha reso la complessa tragicità del personaggio con grandi capacità d’attrice ed espressive timbricità vocali. La regale ed innamorata Didone ha incontrato  un habitat di altissimo livello in Daniela Barcellona che con la semplice naturalezza che la contraddistingue, ha iniziato il suo  personaggio con gioiosità affettuosa , trasformata poi in terribile delusione fino all’estremo sacrificio. Le sfumature della voce hanno possentemente  disegnato amore, sensualità e disperazione. Maria Radner ha intepretato Anna con voce morbida e vellutata, mentre Chorèbe ha trovato vita nei colori bruniti di Fabio Capitanucci . Deciso ed imperioso Giacomo Prestia in Narbal e decisamente poetico e descrittivo Shalva Mukeria in Iopas .Hylas è stato interpretato da un accattivante Paolo Fanale , mentre Paola Gardina ha realizzato un atletico, fresco  e convincente Ascanio. Piacevole reincontrare sul palco Elena Zilio in Hecuba ed un convinto apprezzamento per ogni ruolo, ogni interprete  ed interpretazione. Grande protagonista è stato anche il superbo coro della Scala che sotto la guida di Bruno Casoni ha toccato punte di eccelsa bellezza. La Musica vince sempre.


Saturday, December 14, 2013

Falstaff en el Metropolitan Opera: Immenso Falstaff! Enorme Falstaff!


Foto: Ambrogio Maestri as Falstaff. (Photo by Catherine Ashmore)

Luis Gutierrez
New York, 06/12/2013.  Metropolitan Opera House. Giuseppe Verdi: Falstaff, ópera cómica en tres actos (1893) con libreto de Arrigo Boito. Robert Carsen, puesta en escena. Paul Steinberg, escenografía. Brigitte Reiffenstuel, vestuario. Robert Carsen y Peter Van Praert, iluminación. Co – producción de la Metropolitan Opera; Royal Opera House, Covent Garden; Teatro alla Scala; Canadian Opera Company, Toronto y De Nederlandse Opera, Amsterdam. Elenco: Ambrogio Maestri (Sir John Falstaff), Franco Vasallo (Ford), Paolo Fanale (Fenton), Carlo Bosi (Dr. Caius), Keith Jameson (Bardolfo), Christian van Horn (Pistola), Angela Meade (Alice Ford), Lisette Oropesa (Nannetta), Stephanie Blythe (Mrs. Quickly), Jennifer Johnson Cano (Meg Page). Coro y Orquesta de la Metropolitan Opera. Director del Coro: Donald Palumbo. Director musical: James Levine.
El MET decidió culminar la celebración del bicentenario del nacimiento de Verdi con una nueva producción de Falstaff. La producción de Robert Carsen mueve la acción del Windsor de Enrique IV en el siglo XV, a un hotel en el Londres de los 1950’s, la cocina de la casa de los Ford y un área abierta que podría acercarse a una representación estilizada del parque de Windsor. He de decir que la actualización es irrelevante, sin que esto quiera decir que la producción atente contra lo indicado por la música de Verdi y el texto de Boito.
De hecho, la producción es muy atractiva, al menos durante los primeros dos actos. La primera parte del primer acto se desarrolla en la habitación de Falstaff, quien aparece en una enorme cama –adecuada al volumen nada despreciable de Ambrogio Maestri– en la habitación de Sir John. Hay que decir que Maestri entonó magistralmente el monólogo “L’onore! Ladri!”, cuando sus sirvientes se niegan a llevar cartas de amor a Alice Ford y Meg Page –“mie Golconde e le mie Coste d’Oro”– con objeto de seducirlas, esencialmente para lograr dinero que le permita pagar la inmensa suma que su estancia ha generado en el hotel. La segunda parte se desarrolla en el comedor del hotel en el que las “comadres” están en una mesa tomando el té, a otra mesa llegan Ford, Caius, Bardolfo y Pistola, en tanto que Fenton es un mesero –esto es un punto a favor de Carsen, porque pone en evidencia los sentimientos de Ford, miembro adinerado de la clase media, respecto al romance de un mesero y su hija. Esta escena es musicalmente maravillosa por su desarrollo simétrico: diálogo de las mujeres– diálogo de los hombres–escarceo  de los enamorados–diálogo de las mujeres– escarceo de los enamorados–diálogo de los hombres–diálogo de las mujeres. Debo decir que la música con la que se cantan los versos de Bocaccio que entonan los jóvenes al final de sus coqueteos –“Bocca baciata non perde ventura. Anzi rinnova come fa la luna”– es de una belleza musical tal que nos hace olvidar su origen de erotismo nada inocente en el Decameron (Jornada 2, cuento 7). Si Fenton y Nannetta no logran ese aire de fresco enamoramiento no son dignos de participar en esta ópera. Habré de decir que Paolo Fanale y Lissette Oropesa lo hicieron estupendamente. La primera parte del segundo acto se desarrolla en la biblioteca del hotel en la que Falstaff se encuentra leyendo el periódico cuando llegan Bardolfo y Pistola a pedir que los recontrate después de haberlos despedido durante el monólogo del primer acto y a anunciarle la llegada de una dama que “solicita su audiencia”. Se trata de Mrs Quickly quien llega a informarle que Alice, y Meg también, está enamorada y lo invita a un rendez–vous –“dalle due alle tre” que es cuando se ausenta su marido. Stephanie Blythe estuvo magnífica, tanto que creo que la Blythe será la Quickly por excelencia por muchos años. En cuanto la mensajera abandona la biblioteca, Bardolfo y Pistola anuncian a Falstaff la llegada del Signor Fontana, que no es otro que Ford. Este fue uno de los momentos más hilarantes de toda la producción, pues el tal Fontana es un americano vestido ridículamente como un millonario petrolero de Texas. Por supuesto llega con un  portafolio inmenso lleno de dólares y varias cajas de buen clarete, substituyendo a la bolsa con monedas y la damajuana de vino de Chipre. Desafortunadamente, Franco Vasallo no mostró una voz suficiente para traspasar la orquesta, por cierto bien contenida por Levine. Diría que desperdició su momento al no brillar durante “È sogno? o realtà?”. El acto lo cierran magníficamente los dos caballeros al abandonar  la biblioteca obsequiándose cortesías mutuamente para finalmente chocar en la puerta al decidir salir juntos “Ebben…Passiamo insieme!”  La segunda parte se desarrolla en la cocina de los Ford. El vestuario es típico de los 50’s –destacan los pantalones de pescador de Nannetta– los colores son muy vivos, y hay una multitud de pequeños cajones y estantes en los que se ven latas y paquetes de comida. Al fondo se ven una ventana y una canasta de ropa sucia. No hay biombo, pero los enamorados se esconderán en su momento bajo el mantel que cubre una mesa en la cocina. Además, un radio de transistores substituye muy adecuadamente al laúd con el que Alice recibirá a Falstaff. La escena inicia con Alice diciendo que habría que pedir al parlamento que los gordos pagasen un impuesto especial –esto fue una ironía involuntaria pues de lograrlo, Angela Meade sería una causante importante de tal impuesto. Toda la escena se desarrolla muy graciosamente, destacando la búsqueda del enorme caballero en cada cajón de la cocina, así como en cada una de las latas en los estantes – en este punto Carsen sigue al pie de la letra los deseos de Verdi– ridiculizando la ira y los celos de Ford al máximo. Finalmente observamos como arrojan a Falstaff al Támesis, salpicando a Ford quien imprudentemente se había asomado excesivamente en la ventana. La primera parte del tercer acto se desarrolla en el establo del hotel al lado del Támesis. Sir John aparece en un montón de heno y pide su vino caliente. Regresa Quickly quien vuelve a embaucarlo para que asista a una cita con Alice y Meg esa medianoche en el roble de Herne pero vestido del Cazador Negro que ha embrujado el árbol. El disfraz es simplemente una enorme cornamenta de venado. En este punto sentí que Angela Meade tiene una voz hermosa, pero demasiado pesada para Alice, lo que contraviene los deseos de Verdi quien dice a Ricordi, que prefiere a una Alice que tenga el “diablo en el cuerpo” más que a una que quiera sobresalir por su canto. La segunda parte del acto debe ser, en mi opinión, nocturnal y con brisa como la que mueve el velo de Nannetta muy apropiadamente; el soneto de Fenton tuvo una gran belleza con un gran remate en la repetición de “Bocca baciata…” La entrada de la reina de las hadas fue muy hermosa, pero no me gustó la introducción de las mesas que convertirán el parque en un salón de banquetes, aunque fue bien coreografiada; sólo en este momento el concepto de Carsen no me convenció, pues aunque inicia en un área que simula ser al aire libre, poco a poco se va convirtiendo en el salón de banquetes donde se celebrará la boda de Fenton y Nannetta, que es un motivo totalmente subsidiario de la comedia en la que lo principal son las travesuras de las comadres al bruto y engreído Sir, y que culmina en el coro final “Tutto nel mondo è burla”, interpretado por Sir John Falstaff y toda la compañía en el parque de Windsor, terminando así la carrera de uno de los más grandes compositores de ópera que han existido. Como he mencionado, el nivel vocal tuvo un altísimo nivel, especialmente el de Ambrogio Maestri, quien es en mi opinión el Falstaff de nuestra época. Stephanie Blythe fue una formidable Mrs Quickly, Angela Meade una Alice Ford con una voz pesada pero bella, Jennifer Johnson una Meg Page adecuada y Lissette Oropesa tiene una hermosa voz cristalina que nos regaló una bella Nannetta. Los debutantes Paolo Fanale, Carlo Bosi y Christian van Horn, así como Jameson dieron una muy buena función. El eslabón musicalmente débil del ensamble fue Franco Vasallo, aunque hay que mencionar que su actuación fue impecable.   He de decir que le oído mejores Falstaffs a James Levine pues sentí momentos muy atropellados rítmicamente. Por otra parte, aunque sé que está reapareciendo después de una larga convalecencia, lo noté muy debilitado físicamente. Ojalá mejore, tanto en las funciones de Falstaff como en el resto de su carrera. El equipo creativo –esta vez sí fue creativo– tuvo un desempeño brillante en toda la línea, lo que aunado a una excelente interpretación musical y actoral, me hicieron terminar mi año Verdi con una gran sonrisa.

Tuesday, November 29, 2011

FIDENZA TEATRO MAGNANI “BOHÈME” IN UNA SOFFITTA DI LUSSO

Foto: Boheme Fidenza

Giosetta Guerra

Varcata la soglia d’ingresso alla platea del Teatro Magnani di Fidenza, ti trovi in un teatro di tradizione elegante e armonioso, ma l’occhio è attratto dal particolare palcoscenico costituito da una sala molto grande magnificamente affrescata. È la stupenda camera acustica le cui pareti sono tele dipinte da Girolamo Magnani, uno dei più grandi scenografi dell’Ottocento, recentemente restaurate e lì poste alla visione del pubblico. Ebbene in questo prezioso ambiente si svolge la vicenda dei bohémiens, che, se non hanno legna da ardere, possono riscaldare l’anima con la vista dell’arte. Ovviamente non ci sono i tetti di Parigi né le insegne del Café Momus né gli sbarramenti della barrière d’enfer, ma solo alcuni elementi che ricordano a chi già lo sa dove sono ambientati i quattro quadri dell’opera. Il regista Riccardo Canessa, per non coprire questa bellissima scenografia naturale, immagina che quella sia la stanza di casa Puccini dove il maestro in persona prova l’allestimento della sua Bohème; qui arrivano i cantanti già in costume fine ottocento ideati da Artemio Cabassi (brutti quelli delle due donne, migliori quelli maschili), qui Puccini, impersonato dallo stesso regista, in piedi o seduto al pianoforte li controlla e qui ha inizio la prova e, ovviamente, l’opera per noi.  I quattro bohémiens si muovono a loro agio, sono giovani, baldanzosi e pieni di speranze. Fra loro si distingue Gianfranco Montresor (Marcello) per un bel mezzo vocale, solido, esteso, timbrato, robusto, pulito, per la rotondità e la morbidezza del suono, per la naturalezza e la fluidità d’emissione senza forzature neanche nel canto a voce piena, per l’accattivante modo di porgere una voce calda e una fascinosa presenza scenica (quando apre le braccia sembra abbracciare il mondo).  Nel ruolo di Rodolfo il giovane tenore Paolo Fanale ha le physique du rôle, squillo robusto e lunghi fiati sostenuti, la voce poco pulita in zona centrale è luminosa in zona acuta, ma gestita quasi sempre sul forte, eludendo la tinta pucciniana, che ritorna quando la voce si adagia nella morbidezza del canto. Pietro Toscano (Colline) deve mettere a fuoco un mezzo vocale di bel colore scuro, l’interpretazione superficiale di “Vecchia zimarra” è aggravata da una dizione incomprensibile. Donato Di Gioia (Schaunard) ha voce baritonale dal suono deciso e sonoro e Romano Franceschetto nel ruolo caricaturale di Benoit esibisce bella voce ferma e di spessore, mentre il regista Riccardo Canessa, registrato nella locandina col cognome materno (Riccardo Carloni), si presenta nei panni di Alcindoro. Non è riportato il nome del tenore chiaro acuto che veste i panni di Parpignol.
E veniamo alle donne. Il soprano lirico Daria Masiero è una Mimì in carne piena di energia, che ride quando cerca la chiave e perfino quando muore. Canta per lo più a voce spiegata, anche “Sì, mi chiamano Mimì” è cantata forte, comunque va apprezzata la sua grande voce che diventa melodiosa quando si alleggerisce e si piega alla dolcezza del canto a fior di labbro (“Fingevo di dormire”). Alla fine comunque è la musica di Puccini che emoziona. Roberta Canzian (Musetta) ha voce melodiosa, duttile, estesa e brillante e canta molto bene “Quando me n’ vo”. Per lo più schierati in palcoscenico, il Coro dell’Opera di Parma e il Coro di Voci Bianche della Corale Verdi, ben preparati e diretti da Emiliano Esposito e da Beniamina Carretta, completano la parte vocale. Non sempre appropriato il disegno luci che restano chiare quando si spengono le candele in soffitta. Il M° Fabrizio Cassi dirige con proprietà l’Orchestra Filarmonica Terre Verdiane, fuori campo la Banda Città di Fidenza "G. Baroni" diretta da Saverio Settembrino. Assistente alla regia P. Luigi Cassano, Maestro preparatore Simone Savina. Organizzato dal Gruppo di Promozione Musicale Tullio Marchetti presieduto da Antonio Delnevo, l’evento si inserisce nelle manifestazioni per il 150° Anniversario del Teatro Magnani e per la mostra al pubblico di queste tele restaurate, ma è anche una lodevole iniziativa per la formazione del pubblico locale.

Saturday, February 5, 2011

Cosí Fan Tutte - Teatro delle Muse di Ancona

Foto: Teatro delle Muse di Ancona
(domenica 23 gennaio 2011)

Nuovo allestimento Fondazione Teatro delle Muse in coproduzione con Sferisterio Opera Festival, che la proporrà la prossima estate. Tutto sospeso in un’atmosfera di poesia e d’eterea bellezza.

Giosetta Guerra

Un fluttuante telo bianco, al posto del classico sipario, cade tirato giù da Don Alfonso e la scena s’illumina d’immenso. Un’erma spiaggia sospesa tra cielo e mar, sopra un alto scoglio “che da tanta parte dell'ultimo orizzonte il guardo esclude” e lascia pensare a “interminati spazi di là da quello”, è pervasa da un’esplosione di biancore. Da un lato una casa bianca con scala e grande terrazza e un solarium al piano superiore, dall’altro un moscone di legno bianco. “Mirando” la suggestiva scena, “sovrumani silenzi e profondissima quïete io nel pensier mi fingo, ove per poco il cor non si spaura” e “naufragar m'è dolce in questo mare” di luce. (Leopardi: L’Infinito). Sulla morbida coltre sabbiosa due giovani baldanzosi, Guglielmo (amante di Fiordiligi) e Ferrando (amante di Dorabella), corrono, saltano, si denudano, si distendono, fanno ginnastica, leggono il giornale, agilmente si arrampicano sugli scogli e sulla ringhiera nera del terrazzo. Compostamente si fa avanti Don Alfonso con un ombrello rosso in mano. Gli uomini hanno il codino, abiti d’epoca chiari e un cappello a tre punte. Le tre grandi porte-finestre si spalancano sulla terrazza e ne escono le due sorelle Dorabella e Fiodiligi (asciugandosi con l’asciugamano i lunghi capelli neri), con leggeri abiti bianchi lunghi stile impero e la cameriera Despina con un grembiule grigio sopra un vestito color sabbia. I quattro amanti sprizzano freschezza e trasgressione da tutti i pori: si baciano per le scale, sulla spiaggia, simulano amplessi, si abbracciano e, quando lo fanno a coppie ravvicinate, spesso le mani di ognuno diventano troppo lunghe per toccatine furtive dell’altra amante. Dopo la partenza (finta) dei due maschietti per la guerra, le due donne si vestono a lutto (bellissimi abiti neri lunghi della stessa foggia, con corpetto rifinito in vita con grandi becchi a centine, profilato in bianco quello di Dorabella) e si coprono capo e viso con grandi veli neri. Ma poi indossano bellissimi abiti da sposa bianchi per andare a nozze coi nuovi amori. I giovani sono scalzi, il vecchio no. Niente servitori in scena e anche il coro non è fisicamente presente. Per aumentare la quasi immaterialità di questo allestimento (tutto è morbido, la sabbia annulla i rumori, i piedi scalzi), il flusso sonoro del bravo Coro Bellini, preparato da David Crescenzi, giunge da fuori campo. Pier Luigi Pizzi, ideatore di regia, scene, costumi, gioca di finezza nella cura dei dettagli e accentua con estremo garbo la comicità (Dorabella in nero si butta dietro le spalle il ciondolo di Ferrando per far posto a quello del nuovo amante, poi si rintana con lui e riesce in abito bianco-il lutto è finito; Fiordiligi pure si rintana col nuovo arrivato, torna fuori scarmigliata ma ancora in nero perché è andata in bianco); Pizzi rispetta la geometria musicale con la simmetria a volte speculare delle coppie nelle scene d’insieme. Regia squisita, scenografia originale e luminosissima, costumi di un’eleganza sobria e raffinata: una delicatezza sublime pervade la scena, anche nei quadretti spiritosi. Bravo Pizzi.

Bravo anche Vincenzo Ramponi, autore delle luci. Così fan tutte, l’opera mozartiana destinata ai palati più fini, presenta una nutrita tavolozza di colori, per delineare un groviglio indistinto di sentimenti contrastanti provati dai personaggi nell’arco di un sola giornata ricca di imprevisti. Il libretto scritto con accuratezza da Da Ponte punta il dito contro le donne, ma oggi ci fa sorridere, la musica di Mozart è raffinata e di assoluta bellezza, a volte impalpabile, a volte sottilmente ironica o burlesca (caratteri determinati dalle voci degli strumenti), è ricca di melodie ben strutturate, incantevoli concertati, duetti, terzetti, quartetti, quintetti, sestetti, con una linea musicale dolcissima a sostegno della lunghezza e della lentezza della narrazione. Con garbo e discrezione, l’Orchestra Filarmonica Marchigiana, vanto della nostra Regione per l’alto livello raggiunto, riesce a mantenere costante quell’aura leggera e amorosa della musica mozartiana, che non sfugge all’attenzione del bravo direttore Daniel Kawka, il quale, oltre a rispettare la leggera filigrana del tessuto strumentale, dà rilievo ai differenti timbri strumentali per caratterizzare i personaggi: l’oboe, dal timbro nasale, per il vecchio e cinico Don Alfonso, i clarinetti sensuali e voluttuosi per le due donne disposte all’avventura, i violini e le viole per i sospiri e i singhiozzi (penetrante la lievissima brezza dei violini nel canto dell’addio agli amanti delle due donne), i flauti e i fagotti per le pene e gli affanni e i corni (bravissimi) per i richiami scherzosi. Le convenzioni dell’opera buffa e quelle dell’opera seria si ritrovano nel carattere dei protagonisti: Fiordiligi e Ferrando sono figli dell’opera seria, agli altri è riservato un linguaggio musicale più vicino alla tradizione comica. Le difficili e arcinote arie solistiche, parodie del grande stile tragico, assolutamente scoperte, richiedono doti vocali e stile ineccepibili. Comunque l’opera, imbastita più sui pezzi d’insieme che sui pezzi chiusi, va considerata globalmente. Nell’allestimento anconetano le voci sono affiatatissime e melodiose, restituiscono un’atmosfera costantemente sospesa, tuttavia le voci femminili prevalgono per qualità su quelle maschili. Le due sorelle agiscono e cantano quasi sempre in tandem incantevoli duetti o si sostengono psicologicamente nei preziosi quartetti coi due giovani amanti o negli intriganti sestetti, ma hanno anche delle arie di rara bellezza. I quattro cantano spesso distesi. Il soprano Carmela Remigio è una Fiordiligi fresca e sentimentale. La voce è bella, il suono rotondo, la dizione corretta, l’emissione accurata nei giochi chiaroscurali, nelle ascensioni fiorite, nel canto sfumato e di coloratura, incisiva nell’accento, agile e timbrata negli sbalzi, presenta estensione del registro vocale, melodiosa linea di canto e facilità a piegare la sua splendida voce di soprano alle leggiadrie del canto mozartiano. Nell’aria del primo atto “Come scoglio” affronta molto bene gli affondi morbidi, gli squilli, la varietà delle dinamiche, anche se la voce non ha il peso e la duttilità di quella di Margaret Price, che sto ascoltando ora alla Barcaccia nella commemorazione della sua scomparsa. Nel duetto con Ferrando dell’atto secondo “Fra gli amplessi”, lei è luminosa e pulita, lui canta molto bene con fantastici piegamenti della voce ma con un suono piuttosto schiacciato.

Nell’aria del secondo atto “Ei parte”, accompagnato dalla voce calda del corno, esprime i tormenti della sua situazione con un intenso canto a mezza voce, acuti luminosi, lunghi trilli con messa di voce, suoni armoniosi, emissione fluida. Brava. Il mezzosoprano georgiano Katevan Kemoklidze, molto musicale nella parte della spigliata e volubile Dorabella, sfoggia un consistente corpo vocale con giusti appoggi nella zona grave, bel colore, emissione sicura ed accento incisivo. Nell’allegro agitato dell’aria del 1° atto “Smanie implacabili” la voce è vibrante e presenta sonorità ricche. Nell’aria del 2° atto “È amore un ladroncello” il suono si fa morbido e sensuale, la voce piena e screziata, molto mozartiana, si arricchisce di colori e di armonici. Il soprano napoletano Giacinta Nicotra delinea una Despina sfiziosa, come la musica stessa richiede, un personaggio multiforme e attratto dall’ “idea di quel metallo”. Ha una bella voce di soprano brillante, limpida ed acuta, fresca e scintillante, corretta messa di voce ed appropriata verve scenica. Il tenore palermitano Paolo Fanale affronta con buona tecnica l’ardua tessitura del sentimentale Ferrando, fraseggia con delicatezza e conosce l’uso delle mezze voci, sa accentare con vigore, alleggerire e sfumare il suono in soavi filati. Affronta l’aria “Un’aura amorosa” con le dovute morbidezze e graduali espansioni acute e discese alle note basse e la cavatina “Tradito, schernito” con bella cavata e buona tenuta del suono, ma la voce appare sempre stranamente impastata e con risonanze nasali poco piacevoli. Nel ruolo del pratico e baldanzoso Guglielmo, l’austriaco Markus Werba esibisce una voce di baritono chiaro, ma di buon peso e intonazione non sempre perfetta. Affronta l’aria “Donne mie la fate a tanti” (A. II sc. VIII) (ricorda l’aria di Leporello “Voglio fare il gentiluomo”) con dinamismo vocale e gestuale, timbro non bellissimo ma buona tecnica. Don Alfonso è interpretato con precisione nel canto e nel gesto dal baritono inglese William Shimell, che vanta un bel colore brunito e un notevole peso vocale da perfezionale nella gestione e nello stile che è poco rifinito, da perfezionare anche la dizione. Uno spettacolo ben fatto.