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Tuesday, April 21, 2015

Aida en concierto con la Orquesta de Santa Cecilia en Roma

Foto: ©Musacchio & Ianniello

Domenico Gatto

El evento más esperado del año en Italia no defraudó las expectativas. La única función de Aida que Antonio Pappano dirigió en Santa Cecilia, como conclusión de la grabación de un nuevo CD fue un triunfo absoluto para el maestro anglo-italiano y para la mezzosoprano Ekaterina Semenchuck. Pappano y Santa Cecilia son ya un binomio indivisible. El maestro y la orquesta son uno, y esta es una de las características del director que logra siempre compactar a la compañía orquestal. A ello va sumada su entusiasta participación cuando dirige; y se ve que se divierte en su incansable trabajo, y esta sensación de contagia al público. Teniendo un elenco estelar como este, el protagonista siempre fue el. La obra fue esperada sobre todo por la dirección, y la ovación más grande de la función explotó al final del segundo acto en la escena del triunfo, sin solistas.  Pappano ha hecho de esta orquesta, y coro, una de las mejores agrupaciones del mundo por la riqueza de su identificable sonido  de estilo típicamente italiano. Aquí ha hecho valer su peculiaridad de apoyar el canto. Gran parte del elenco no era verdiano, y logró sostener a los cantantes y les puso en charola de plata la ocasión de ofrecer lo mejor de sí mismos. La triunfadora de la velada fue Ekaterina Semenchuck, mezzosoprano que canta a Ameneris en los grandes teatros y de todos la única verdadera verdiana. El volumen de su voz, rica de armónicos, resultó ser el doble de la de sus ilustres colegas, a quienes cubría sistemáticamente sin forzar.  Ello con óptima técnica, capacidad de modular y notable dominio de los graves fáciles y timbrados como los agudos. En suma su sapiencia de unir la con la voz con el personaje. Como Aida, Anja Harteros inicio de manera egregia. Convincente desde el inicio y su “Ritorna vincitor’ fue fascinante.  En el segundo acto tuvo filados fáciles, pero en el tercero comenzaron los problemas como el do agudo que debió disminuir al final de ‘Cieli azzurri’ fue una nota que no se escuchó, y al final del cuarto acto pareció estar fatigada recibiendo algunas protestas del público. Debe reconocerse que en la búsqueda de emitir pianísimos, filados y messa in voce, la soprano alemana buscó la manera de sacar adelante un papel que no es para su vocalidad. Seguido y venerado por sus fans en todas partes, Jonas Kauffman, estuvo perfecto en el papel del bel tenebroso, y cantó con admirable sentido musical, pero no es ni será Radames Aun así, sería interesante escucharlo en un teatro donde pudiera demostrar sus cualidades de actor e intérprete.  La baqueta mágica de Pappano contuvo a la orquesta en los límites de lo inalcanzable para no cubrirlo nunca. Si bien es cierto que Verdi previó tres p para el si bemol que concluye ‘Celeste Aida’, el sonido linfático que produjo Kauffman más allá de ser mantenido por un attimo fuggente, pareció débil. Sus presuntos filados, en realidad casi susurros podrían adaptarse al Lied, ya que poco tienen que ver con el canto verdiano que no admite sonidos desapoyados. En el canto aplanado y a plena voz evitó su usual sonido engolado en la zona central. Ludovic Tézier fue un buen Amonasro, optimo en el fraseo y la dicción, con bella y musical voz. Erwin Schrott como Ramfis, ajeno a este repertorio, hizo resaltar su parte. El bajo Marco Spotti fue un rey convincente y Paolo Fanale fue un lujo como el mensajero. 

Sunday, May 4, 2014

El Barbero de Sevilla en el Teatro Colón de Buenos Aires

Fotos: Teatro Colón de Buenos Aires

Dr. Alberto Leal 

Estrenada en 1816, El Barbero de Sevilla es sin dudas la opera bufa por excelencia y siempre es un placer volver a disfrutarla. Mi primera duda es, si el Teatro Colón es el ámbito ideal para que un coreógrafo, en este caso mi admirado Mauricio Wainrot – quien generó coreografías excelente como “Un Tranvía llamado deseo”- realice sus primeros “palotes” en el mundo de la ópera…En realidad me encuentro con tantos puntos objetables que trataré de resumir mi experiencia con esta versión. El Director Miguel Ángel Gómez Martínez, a quien he visto dirigir Tosca y diversos conciertos no parece sentirse cómodo en este repertorio. Con tiempos lentos, sin gracia ni chispa su versión fue sin dudas muy aburrida. Cosa que afectó al espectáculo como un todo. Solo es de reconocer que mantuvo siempre el balance foso y escenario, muy valioso para un elenco en el que las grandes voces no abundaban.  Poco contribuyó la puesta, al brindar en el momento de la obertura un espectáculo digno de Disney, con “Campanita” incluida en forma de Cupido, un numeroso número de bailarines con una pobre coreografía, que fue repetitivo a lo largo de la representación. Espectáculo coreográfico u ópera? La Orquesta respondió de manera correcta, pero el tema de los lánguidos tiempos fue insalvable. Correcto el Coro Estable. Debatiéndose entre ballet y ópera, la puesta de Mauricio Wainrot, aunque en “época” fue en la primera parte un disparate en todo sentido. Procesión, vírgenes, toreros y gitanos por doquier, etc, etc. Que nunca respetaron las arias y las escenas de conjunto bailando y distrayendo el trabajo de los cantantes. Mejoró en la segunda parte, con una más positiva marcación de los cantantes, pero la suerte de la puesta ya estaba echada. Graciela Galán diseño una escenografía interesante y práctica, con frecuente uso del escenario giratorio. Otro tema fue el vestuario, pareció desconocer que no puede poner a todo el elenco vestido de gitanos – inclusive a Rosina. En la época en que transcurre la acción no se puede confundir y vestir a todos los personajes con bailadores de flamenco, incluyendo todo el elenco femenino con bata de cola. El hermoso vestuario de Rosina está más acorde con la siempre recordada “Lola Flores” que con una señorita de la burguesía como era Rosina. Volviendo al abundante trabajo coreográfico, nunca presentó momentos interesantes ni tampoco talento y disciplina en los bailarines. En la función que asistí el día 30 de Abril, mucha gente se retiró luego del primer acto. No tiene sentido explayarse puntualmente en más detalles. Sin dudas los lectores ya tendrán en claro mi posición y poco aportaría un rosario de detalles que considero erróneos. Vamos ahora a los cantantes. 
Con un elenco en general italiano de segundo o tercer nivel, el gran triunfador de la noche y quien se llevó los máximos aplausos fue Carlo Lepore. Cantando con buena voz, sin problemas aparentes, fue el único del elenco en brindar un auténtico personaje cómico como pretendió Rossini. Posee muy buenos recursos actorales y mantuvo siempre un muy buen equilibrio con la orquesta, llevándose los mayores aplausos de la noche. La mezzo Marina Comparato posee un agradable timbre de voz, tiene una considerable habilidad para la coloratura rápida y fue correcta como actriz. Su sector agudo sonó por momentos tirante y su volumen, aunque no importante, se pudo escuchar sin problemas. Más chispa en su actuación y más matices en su canto hubieran mejorado sensiblemente  su prestación. Mario Cassi, mostró un centro opaco y un grave poco audible, contra esto sus agudos son emitidos con gran facilidad y volumen, aunque no mantiene el color del resto de la tesitura. Como personaje no aportó demasiado. Marco Spotti posee una voz de bajo cantante de considerable volumen, pareja en toda la extensión, pero tal vez graves más rotundos son exigidos para el rol. Modesto como actor, gravitó poco en la representación. El esperado debut del tenor argentino Juan Francisco Gatell, de interesante carrera en Europa, tuvo luces y sombras. Posee un timbre agradable, canta con perfecta afinación y no presentan problema alguno las coloraturas. Pero su voz carece, por el momento de un volumen adecuado para un Teatro de las dimensiones del Colón. Lo ideal para el rol del Conde es una voz con más punta y armónicos, que Gatell no posee. Actuó muy suelto y con buena figura, aunque deslucido con una peluca que no le sienta. Muy buena actuación de Fernando Grassi y buena prestación de Patricia González, muy bien actuada, pero con un sector agudo algo tirante. En definitiva, un Barbero para olvidar rápidamente. El Colón tiene un Instituto de Arte donde forma regisseurs hace muchísimos años. ¿No hubiera sido más lógico contratar a alguno de ellos y no a un coreógrafo sin experiencia? Solo las autoridades del Teatro tendrán su explicación.

Monday, August 26, 2013

Macbeth di Verdi 76° Maggio Musicale al Teatro della Pergola, Firenze

Foto: Gianluca Moggi

Massimo Crispi

Ghiottoneria per intenditori, l'atteso Macbeth fiorentino del 76° Maggio Musicale al Teatro della Pergola, nella sua versione originale del 1847, andata in scena proprio alla Pergola, come ricorda una lapide sul muro esterno del teatro, avvia verso il finale il martoriato festival 2013.  Nella visione di Graham Vick, Macbeth è un re contemporaneo, con bodyguard, agi e comfort da autentico dittatore di uno stato bananiero: maniere spicce e rudi, niente di gentile percorre mai la sua mente, l'amore è assolutamente assente, nessun'altra smania se non per il potere. E questo potere che genera potere fino a ottundere un minimo di capacità critica, che invece al contrario porterà la Lady alla pazzia e poi al suicidio per un barlume di coscienza per il male creato e perseguito, è il protagonista dell'opera. La versione del 1847, infatti, con dei brani in più e in meno rispetto a quella successiva, promuove Macbeth come protagonista assoluto e non co-protagonista colla moglie. La moglie è, sì, certamente importante, incita e suggerisce il marito a compiere il misfatto, ma il creatore del male è Macbeth, qui con un'aria in più, che si spinge sempre più oltre fino a tuffarsi in un nichilismo senza precedenti. Le streghe, quindi, non sono le megere barbute che di solito fanno parte del corredo dell'opera ma delle volgarissime puttane intacchettate e ipertruccate, che si muovono tutte insieme come se facessero una danza di gruppo in una festa di periferia (coreografie di Ron Howell). Così si apre questa versione, con uno scenario tutto storto e in pendenza, colle pareti del palcoscenico a vista, dove le puttane vengono illuminate da un'enorme plafoniera di luci al neon, sempre presente nel corso dell'opera, quasi un cielo incombente sulla testa di ognuno. Non ci sono calderoni fumanti né rospi venefici, ma siringhe e lacci emostatici, per mostrare che le visioni sono provocate da droghe artificiali. Peraltro, essendo puttane, si suppone che siano state retribuite per la loro prestazione, anche solo per chiacchierare. Si usa così, in genere. Non v'era traccia di parcella, per di più collettiva, visto che erano parecchie! Vaticini gratis, olé. Non ci spieghiamo però perché le puttane dovrebbero essere considerate delle streghe vaticinanti. In fondo chi crederebbe mai a una puttana? Solo in Italia su ciò che dice Ruby Rubacuori ci si fanno intere trasmissioni televisive spazzatura, ma un re chiederebbe mai un responso o un vaticinio a un puttanone come quelle che erano sul palco della Pergola? Solo un mentecatto lo avrebbe fatto. Io avrei capito meglio se le streghe fossero state delle presentatrici televisive, le pseudo giornaliste che tutto sanno e che tutto si permettono di prevedere, se proprio avessimo voluto trascinare nella contemporaneità l'opera verdiana. Nel cambio di scena è una strega che lascia sul guanciale del letto della Lady la lettera di Macbeth. Anche postina. Passiamo avanti… Il vaticinio si compie e Macbeth diventa all'istante sir di Caudore, con grande eccitazione della Lady, che si riscopre regina tutt'a un tratto. E non le basta. Vuol diventare la regina di tutti, un po' la regina di cuori di Alice. Spinge il marito all'assassinio, col classico pugnale, che poi maneggia pure lei. Oggi però non lo userebbe più nessuno, un pugnale, e nessuno, soprattutto, compirebbe un regicidio di mano propria. Assolderebbe una banda di albanesi o di mediorientali e bon alé: Al Qaeda ha ucciso il re di Scozia! Magari mostrandolo colle telecamere a tutto il mondo come lo fu l'abbattimento del WTC. Questi regicidi fatti in casa reggono poco, nella contemporaneità, soprattutto in uno stato pseudoeuropeo come quello mostrato in scena, è più da staterello africano o asiatico. Per ricordarci che siamo nell'oggi e che esiste il rilevamento delle impronte digitali, la Lady cerca di cancellare le sue e quelle del marito da maniglie, poltrone, muri, collo stesso fazzoletto insanguinato che però potrebbe lasciare tracce di dna, di profumo, di cipria… al giorno d'oggi la cosa è assai sofisticata! Insomma la Lady passa per una dilettante dell'omicidio. Però, nonostante tutto, si riesce a far passare Malcolm, il figlio di Duncano, per parricida. Sicuramente di impronte del figliolo nella stanza da letto del padre ce n'erano a bizzeffe. "Il futuro della Scozia" è un megaposter, in puro stile berlusconiano, dove il faccione sorridente di Macbeth/Silvio accanto a una famiglia con bambini sorridenti e biondi ammonisce che il futuro lo può assicurare solamente lui col suo regno.  Questo è lo sfondo di un giardino con piscina recintato da rete e filo spinato (ma quando mai… un re, oggi, avrebbe un giardino con un muro alto 10 metri e le torrette d'avvistamento) dove ai congiurati che devono uccidere Banco basta cambiare la giacca da nera in bianca (perfetti gelatai) per mimetizzarsi. E in quattro e quattr'otto Banco viene pugnalato e messo sotto il tavolo del buffet, coperto da un tovaglione che non fa trasparire alcunché, lo ritroveranno certamente quelli delle pulizie. Il figliolo, invece, sebbene avvertito dal babbo, che aveva un sentore di mala parata e quindi lo aveva equipaggiato per un'eventuale lunga fuga con uno zainone in spalla, riesce a fuggire, nonostante il peso dello zaino e nonostante un sicario agilissimo e svelto lo inseguisse… nemmeno Speedy Gonzales era rapido come questo infante. Segue una festa supercafonal con dame e cavalieri abbigliati come di dovere per una cena “elegante” (ricordiamo che le scene e i costumi sono di Stuart Nunn). Brindisi e visioni imbarazzanti (che vede solo Macbeth) insaporiscono il party, facendo fare al re una figuraccia dopo l'altra.  Le puttane ritornano nell'atto successivo, fattissime, sdraiate, in convulsioni, in ciò che era stato il giardino con fenicotteri rosa (statue in sintetico, ovviamente, e prato/tappeto ripiegato assai male dove immagino che spostarsi coi tacchi alti fosse un ostacolo non da poco) dove il piccolo Fleanzio giocava senza tema alcuna prima di scappare.
 
Ma non è Macbeth che torna nell'antro delle streghe, sono loro che vengono invitate a corte, non certamente per una cena “elegante”. Le avrà pagate, almeno stavolta, per i loro deliri? Addirittura una trans, con vocione da basso, una superstregona orrenda, si approfitta della situazione e simula un accoppiamento col re. Mah… Forse è troppo anche per Macbeth che viene stordito da tutte le visioni dei re che gli succederanno, seguiti dallo spettro di Banco. Macbeth, in preda a chissà quali fumi di droga e di disgusto, imbraccia una mitraglietta e decide quindi di sterminare tutti, puttane comprese, che cercano di fuggire dal suo squilibrio mentale. Bang Bang. Ultimo atto. L'autostazione di Birna, dove un popolo che ha ancora addosso l'abito da sera ma una valigia con l'essenziale e dove un distributore automatico d'acqua e bevande è forse l'unica cosa che funziona, aspetta un autobus che li porti lontano dalla Scozia insanguinata. Arrivano i nostri, invece, e liberitutti. Macduff canta la sua aria da eroe e insieme a Malcolm si avvia alla reggia per far fuori il tiranno. La Lady si aggira sola per la sua casa, accendendo tutte le luci. In realtà avrebbe dovuto avere una lanternina, una candela da comò, simbolo peraltro di come poca luce ci sia nella sua mente e di quanta meno ce ne sia intorno a lei. La notte e il buio, con tutti gli spettri, le incertezze, i dubbi, i sicari nascosti, gli agguati, erano i grandi assenti da quest'opera gotica nella versione di Vick. La lanterna era però quel lumicino che le mostra il male che ha commesso, una minima presa di coscienza. Particolare simbolico annientato da un'inutile luce fredda al neon. La signora canta la sua aria e se ne va per prepararsi al suicidio, che viene annunciato dalla sua dama di compagnia a Macbeth, il quale per tutta risposta spara alla dama, stendendola sul colpo. Bang, un colpo solo, centro. Un capriccio. Sparatorie, vecchie storie di rivalità rivangate, un corpo a corpo tra Macbeth e Macduff e fine di Macbeth e di tutto. La patria tradita è liberata dalla tirannide. Cinematografico senza cinema. Effetto manicomio. Questa, in sintesi, la drammaturgia di Graham Vick. Molti altri particolari ci sarebbero, ma forse è meglio lasciarli nel dimenticatoio. Stavolta ci è parso che Vick abbia preso un grosso abbaglio.  Tutto ciò succede, ne deduciamo, quando non si conosce a fondo il libretto e, soprattutto, i libretti romantici italiani col loro linguaggio contortissimo (Piave era uno dei più contorti, insieme a Solera e Cammarano, per non parlare del successivo Ghislanzoni…) e lontano anni luce dalla lingua attuale. Il gap linguistico è davvero incolmabile e vedere dei personaggi vestiti in moderno parlare e agire come dei mentecatti in una lingua inconsueta e compiendo atti che oggi nessuno compirebbe in quel modo fa l'effetto manicomio. Probabilmente Vick ha in mente Shakespeare (che è una cosa assai diversa dalla riduzione di Piave) e la splendida lingua del bardo, pur cronologicamente assai lontana, è molto meno distante dall'inglese corrente di quanto non lo sia l'idioma di Piave dall'italiano odierno. Però, si sa, il re nudo lo vedono tutti ma non lo dice nessuno, applausissimi scrosciantissimi. Musicalmente la lettura di James Conlon ci ha offerto un Verdi elegantissimo, senza effetti da balera padana, con delle belle sonorità in piano e mai delle bande sguaiate. Il lavoro fatto coi cantanti, rispettando le indicazioni verdiane, cupo, sottovoce, soffocato, è stato preso alla lettera e gli artisti hanno risposto bene. Primo di tutti eccelleva il Macbeth di Luca Salsi, dalla voce assai pregiata, dotata di eleganza timbrica e sempre pertinente nell'accento, insinuante nei piani, tonante nei forti, cattivo quanto basta per essere credibile anche in quest'incredibile messa in scena.  La Lady, Tatiana Serjan, ahimé, mostrava buona voce ma diseguale e disordinata, impreparata per le complesse acrobazie e i salti di registro improvvisi di cui il ruolo è disseminato. La micidiale cabaletta della versione 1847, "Trionfai! Securi alfine", ne mostrava i limiti, così come mostrava i suoi limiti di confidenza cogli italici fonemi nella lettura della lettera del primo atto e nel canto in generale. A sua discolpa possiamo però dire che non c'è quasi un'esecuzione che si avvicini alla perfezione di quest'impossibile brano. Ma, ma, ma! "Una macchia è qui tuttora" è stata eseguita con un'intensità e accento davvero degni d'encomio. Le consigliamo di aprire meglio gli acuti notevoli che possiede, lasciando spazio alla tanta voce che ha, e di studiare maggiormente il rapporto del canto colla parola, almeno quella italiana. Bella e slanciata figura, la Serjan si mostrava sicura e disinvolta scenicamente. Saimir Pirgu, Macduff prestante e atletico, ha spalmato la sua generosa voce tenorile sul pubblico della Pergola, riscuotendo grande successo alla fine della sua aria. Bravo. Antonio Corianò è stato un discreto Malcolm dal piglio eroico. Marco Spotti era un Banco un po' spento, con qualche intubamento vocale, non era il basso nobile che forse ci sarebbe voluto. Bene gli altri, come si dice sempre, e discreto il coro di Lorenzo Carrieri, "Patria oppressa" assai struggente, e streghe scatenate nella compagine femminile. In conclusione: operazione riuscita a metà, però, almeno, si è osato. Anche qui si sarebbe fatta miglior figura, viste le esigenze di pareggio della Fondazione, a eseguire l'opera in forma oratoriale per risparmiare, e parecchio! O no?

Macbeth en el Maggio Musicale de Florencia


Fotos: Gianluca Moggi

Massimo Crispi

Golosina para expertos fue ese Macbeth que el 76° Maggio Musicale ofreció en el Teatro della Pergola, en su versión original de 1847, puesta en escena en la misma Pergola, como recuerda una lápida en el muro exterior del teatro. Graham Vick imagina Macbeth como un rey contemporáneo, con guardaespaldas, comodidades y comforts como verdadero dictador de un país bananero en la Europa: estilo expedido y rudo, nada de gentileza, amor totalmente ausente, nada mas que afán de poder. Es este poder generando poder el verdadero protagonista de la opera, un poder que reduce al mínimo la conciencia critica que, de todas formas, al contrario de Macbeth, llevará a la Lady a la locura y al sucesivo suicidio por un parpadeo de conciencia del mal que ella misma hizo. La versión 1847, en efecto, con unos fragmentos mas y otros menos de la sucesiva, hace Macbeth el personaje principal de la opera y no su mujer, como en la siguiente. La Lady sí es importante, sin duda, es ella que incita e sugiere a su marido de cometer homicidios, pues el creador del mal es sin embargo Macbeth, aquí con una aria mas, es él que se empuja hasta un nihilismo sin precedentes.
Las brujas, entonces, no son los seres barbudos que usualmente son parte de la decoración de la opera pues son unas putas de las mas vulgares, con tajones lejanos, maquillaje grave, que siempre se mueven juntas como si danzaran en grupo en un baile de barrio periférico (coreografías de Ron Howell). Así se abre el escenario de esa versión, con una pedana torcida y pendiente, las paredes del escenario del teatro visibles, donde las putas aparecen aclaradas por una enorme lámpara de techo translucida como un cielo de tubos de neón, siempre estando en toda la opera. Ni hay calderones humando ni sapos venenosos pues sí hay jeringas y torniquetes para mostrar que las visiones de las brujas son causadas por drogas artificiales. No es claro, siendo putas, si estas visiones son pagadas, porque una puta siempre se paga aun para charlar. No parecían haber parcelas y las brujas eran muchas! Hoy se dan vaticinios libres, olé.  No es claro tampoco porque las putas deberían ser consideradas como brujas que dicen el futuro. Al fondo ¿quien creyera en lo que diría una puta? Solo en Italia lo que dice la Ruby Rubacuori, la amante de menor edad de Berlusconi, lo utilizan para interminables telebasuras, pues ¿pidiera un rey un oráculo a un putón como los que estaban en el escenario de la Pergola? Solo un idiota lo hubiera hecho. Todo uno podía inventarse… que las brujas fueran conductoras televisivas, esas “periodistas” que todo saben y que todo se permiten de prever, si solo quisiéramos llevar a la contemporaneidad esa opera verdiana. En el cambio de la escena una bruja/puta deja el correo de Macbeth sobre la cama de la Lady. Aun cartera.   Pero vamos adelante. El oráculo se cumple y Macbeth se vuelve en Sir de Caudore, con mucha animación de la Lady, que se encuentra reina de repente. Pues no le basta. Ella quiere ser reina de Escocia, como a su marido le dijeron las brujas. Quizás quisiera ser la reina de corazones de Alicia. Así empuja su marido a asesinar Duncano con un puñal, y después también ella lo toma. Pequeño detalle: hoy ninguno haría un homicidio con puñal, ni además un regicidio. Reclutaría una gang de albaneses o de arabos y olè: ¡Al Qaeda mató al rey de Escocia! Y porque no, enseñándolo a todas cámaras del mundo como fue por el WTC. Los regicidios caseros no van tan lejos, en el mundo contemporáneo, sobre todo en un estado de Europa como lo que Vick propone, sale mas de una dictadura africana o de Asia… Para señalarnos que estamos en un hoy y que existe la posibilidad de relevar huellas digitales, la Lady intenta borrar suyas y las del marido de los tiradores, muros, asientos, por el mismo pañuelo empapado de sangre que pero, quizás, pudiera dejar, sin que ella se diera cuenta, trazas de adn, perfume, polvos… ¡hoy en día las cosas son mas sofisticadas! Al final la Lady se pasa como una aficionada del homicidio. Pues, a pesar de todo, todos van creer que el asesino sea Malcolm, ¿quizás porque en el cuarto de su padre está lleno de huellas digitales de su hijo?  "Il futuro della Scozia" es un megacartel, en puro estilo Berlusconi, donde campea la cara de sonrisa de Macbeth/Silvio cerca de una familia con los niños sonriendo felices y rubios, casi diciendo que el futuro solo lo puede asegurar él mismo reinando. Ese cartel es el fondo de un jardín con piscina, con recinto de red e hijo dientudo (¡pues! Hoy un rey tendría un jardín con un muro de diez metros y torres de guardia), donde unos conjurados que tienen que matar a Banco solo se cambian la chaqueta de negro en blanco (como fuesen vendedores de helados) para camuflarse. De repente Banco lo matan y su cuerpo lo ponen bajo la mesa del buffet, cubierta con un mantel blanco que ni deja pasar nada, quizás lo encontrarán los de la limpieza mas tarde. El hijo, aun avisado por su padre Banco, que olía una mala idea de peligro y dotó al niño de mochila bien llena en su espalda, consigue huir. A pesar de la mochila llena y a pesar de la persecución de un sicario conjurado muy ágil y rápido.
 
Tampoco Speedy Gonzales hubiera sido tan rápido como ese niño.  Sigue una fiesta muy palurda con damas y caballeros vestidos como se debe para una cena “elegante” como se dice que Berlusconi organizaba suyas (las escenas y el vestuario son de Stuart Nunn). Brindis y visiones empachadas (vistas solo por Macbeth) saborizan el party, dando un retrato del rey bastante escuálido. Vuelven las putas en el acto siguiente, tumbadas, drogadísimas, con convulsiones, estando en lo que fue el jardín con flamencos rosas (estatuas sintéticas, claro, como sintética también era la alfombra-prado muy mal plegada, y pensamos como fuera difícil andar con los tacones de las putas…) del acto pasado. Pues no es Macbeth volviendo a las brujas, al contrario las invita en el palacio real, pues no para una cena elegante… ¿Las pagó, por los menos esa vez, para sus delirios? Nada menos que una transexual, con voz de bajo, una superbruja horrible, se aprovecha de la situación y simula un amplexo con el rey. Uhm… Quizás eso es demasiado también para Macbeth, todo confundido por las visiones de los reyes que vendrán, el espectro de Banco siguiéndolos. Macbeth, victima de las drogas y de quien sabe que, toma una metralleta y decide de exterminar a todos, putas incluidas, que huyen de su descontrol. Bang Bang. Ultimo acto. No lo creerán pues estamos en la estación de buses de Birna, donde un pueblo que todavía tiene el traje de la fiesta pues con una maleta con lo esencial, y donde la única cosa que funciona es un distribuidor automático de agua y bebidas, espera un bus que los aleje de una Escocia sangrienta. Pues llegan los héroes y los liberan a todos. Macduff canta su aria heroica y con Malcolm se acercan al palacio real para matar al tirano.  La Lady merodea sola por su casa, encendiendo todas luces. La tradición querría que la única luz fuera una pequeña linterna, una de cómoda, blanda, símbolo de la poca luz estando en su mente y de cuanta menos luz estaba a su alrededor. La noche y la oscuridad, con todo espectros, las incertidumbres, las dudas, los sicarios escondidos, los acechos, eran los grandes ausentes en esa opera gótica en la versión de Vick. La blanda linterna era aquel claror que muestra el mal que la Lady hizo, lo muestra a la conciencia de si misma, una conciencia mínima. Detalle ese aniquilado por una inútil y fría luz de neón de todas partes. La señora canta su aria y se va para prepararse al suicidio. Su dama de compañia le anuncia a Macbeth que su mujer se fue y él, como respuesta, le mata a la dama. Bang, solo un golpe, en el corazón. ¿Un capricho? Tiroteos, viejos asuntos de rivalidades, un de mano a mano entre Macbeth y Macduff y el final de Macbeth y de todo. La patria traicionada ahora es liberada de la tiranía. Cinematográfico sin cinema. Efecto manicomio. Esta es, sintéticamente, la dramaturgia de Graham Vick. Hay muchos otros detalles pues quizás mejor dejarlos con los olvidados. Esa vez nos pareció que Vick se equivoco. Todo eso ocurre, deducimos, cuando no se conoce bien en el fondo el libretto y, sobre todo, los librettos románticos italianos con su idioma muy torcido (y Piave era uno de los autores mas torcidos, junto con Cammarano y Solera y, mas tarde, con Ghislanzoni…) y lejano años-luz del idioma actual. El gap idiomático es de verdad muy raro y ver actuar y cantar en ese idioma inusitado a unos personajes vestidos de modernos, haciendo cosas que ninguno hoy hubiera hecho de esa forma provoca el efecto manicomio. Quizás Vick pensaba en Shakespeare (que es algo muy distinto de la reducción de Piave) y la esplendida poesía del bardo, aun cronológicamente distante, lo es menos de cuanto puedan serlo los versos de Piave del italiano moderno. Pues, se sabe, que el rey sea desnudo ninguno lo dice aun si lo ven todos, así que fueron aplausos ruidosísimos. Del punto de vista musical la interpretación de James Conlon nos ofreció un Verdi muy fino, sin efectos de dancing de barrio, con buenas sonoridades en los pianos y nunca efectos de banda grosera. El trabajo hecho con los cantantes, en el respecto de las indicaciones de Verdi (cupo, sottovoce, soffocato), lo tomaron literalmente y los artistas respondieron muy bien. Primero a mencionar el Macbeth de Luca Salsi, de voz excelente y de lujo, dotada de elegancia tímbrica y con acentos siempre pertinentes, insinuante en los pianos, tonante en los fortes, detestable cuanto basta para ser creíble aun en esa increíble puesta en escena.  La Lady, Tatiana Serjan, ¡ay!, tenía buena voz de calidad pues desigual y desordenada, no preparada para las complejas acrobacias aéreas y los balzos de registro repentinos que el papel entero presenta. La mortal cabaletta de la versión 1847, "Trionfai! Securi alfine", enseñaba sus limites así como habían limites de costumbre con los itálicos fonemas en la lectura de la letra del primer acto y en su canto en general. Para disculparla parcialmente hay que decir que no existe una ejecución de ese fragmento que sea apreciable enteramente, está muy mal escrito, y no es un caso que desapareció en la versión sucesiva. Pero, ¡pero, pero! "Una macchia è qui tuttora" Serjan la cantó con intensidad y acento dignos de elogios. Le aconsejamos a esta valiosa cantante de abrir mas los agudos que ya tiene, dejando espacio a la tanta voz que posee, y de estudiar mas la relación del canto con la palabra, por los menos la italiana. Con su bonita y delgada figura, la Serjan se mostró desenvuelta y segura en el escenario.  Saimir Pirgu, Macduff prestante y atlético, distribuyó su voz generosa de tenor al público de la Pergola, con buen éxito al final de su aria. Bravo. Antonio Corianò fue un discreto Malcolm con actitud heroica. Marco Spotti cantó un Banco de vez en cuando un poco empañado vocalmente, no era el basso nobile que puede ser necesitaba. Bien el resto del reparto, como se usa decir, y elogios al coro de Lorenzo Carrieri, "Patria oppressa" muy atormentado, y a las brujas desencadenadas en la parte femenina.  Concluyendo: una operación conseguida por mitad, aun hay que decir que ¡por los menos se osó! Aquí también, como en el caso de Farnace, hubiera sido mejor, considerando además las necesidades de balance de la Fundación, de realizar la opera en forma de concierto aun para ahorrar, ¡y mucho! O no?

Tuesday, May 10, 2011

Turandot di Puccini - Teatro alla Scala, Milano.

Foto: Marco Brescia & Rudy Amisano

Roberta Pedrotti


Il teatro è un luogo profondamente giusto: quali che siano i motivi, di merito o meno, che portano gli artisti ad esibirsi sarà sempre e solo l'effettiva qualità e capacità a parlare sul palcoscenico. Non è un luogo egualmente democratico, poiché le gerarchie sono rigorose e perché in genere si riconosce sempre una personalità intorno alla quale verte l'intera produzione. Questa dovrebbe coincidere con la sintonia fra regista e concertatore, cui spetta d'imprimano unità d'intenti e coerenza d'intenzioni a tutta la compagnia. Più raro, e a rischio di un assieme sbilanciato, il protagonismo assoluto di un divo, che comunque dovrebbe sempre rientrare in un disegno comune secondo sotto la guida dei responsabili e coordinatori della lettura scenica e musicale anche in considerazione delle caratteristiche dei singoli artisti. Nel caso di questa Turandot scaligera, purtroppo, è proprio una guida forte e sicura che è venuta a mancare a causa dell'alternanza sul podio fra Valery Gergiev e Daniele Callegari, l'uno responsabile delle otto recite di aprile, sostenute dopo aver presenziato a pochissime prove, l'altro in cartellone per le quattro date di maggio. Ascoltando proprio la seconda rappresentazione affidata al direttore milanese l'impressione nettissima è stata proprio quella di una Turandot senza personalità, una Turandot che in realtà non appartiene a nessun concertatore, forse proprio perché ne ha avuti troppi. L'impronta più tardoromantica che novecentesca ci fa riconoscere la predilezione di Callegari per il repertorio italiano verdiano e postverdiano, ma purtroppo l'idea è solo abbozzata e la sensazione resta quella di una produzione di routine nella quale la principale preoccupazione resta quella di arrivare al termine senza troppi problemi. Qualche incidente di percorso si verifica (per esempio in “Non piangere Liù” orchestra e tenore prendono strade diverse), ma soprattutto una partitura di tale ricchezza e complessità è risolta in un tono di generale uniformità dove non spiccano gli interventi delle maschere, privi della necessaria verve ficcante, né altrove si effonde il necessario abbandono espressivo. Così una pagina forse non abbastanza apprezzata, ma in realtà splendido esempio della nostra cultura operistica nei primi decenni del XX secolo, il duettone finale di Alfano, risulta la più penalizzata: “O fiore mattutino” è staccato con un tempo rapido piuttosto sbrigativo e intonata con eguale indifferenza e mancanza di sensualità da Stuart Neill; affidato a Lise Lindstrom il Primo pianto è tutto spigoli e asprezza. Lo sciogliersi all'amore della Principessa di gelo dovrebbe essere il nodo fondamentale dell'opera, quello stesso che Puccini non riuscì a risolvere – e chissà se l'avrebbe fatto se fosse vissuto qualche anno in più; purtroppo invece vengono qui al pettine tutti i problemi di questa produzione e il duetto scivola nella totale assenza di emozioni. La Lindstrom, che peraltro ha bella presenza scenica ed è visivamente una Turandot ideale, assai convincente anche come attrice, vanta una buona facilità in acuto, per natura sicuro e penetrante, d'un metallo la cui freddezza ben s'attaglia al ruolo, ma non è altrettanto solida nel centro e nel grave, dove ricorre facilmente al parlato (“La speranza che delude sempre”, che dovrebbe invece esser icastico e terribile), e soprattutto incontra difficoltà con ogni frase legata, vuoi nel citato Primo pianto, vuoi in “Principi che a lunghe carovane”, risolvendo in una linea dura e frastagliata una parte concepita per una cantante di solidissime basi belcantistiche come la grande Rosa Raisa e affidata nei primi tempi soprattutto a grandi voci di scuola e di stile italiano.
Allo stesso modo Calaf esigerebbe maggiore morbidezza, maggiore varietà espressiva e dinamica di quelle esibite da Stuart Neill, tenore robusto che affronta ogni nota con forza (giusto gli acuti estremi della parte risultano un po' stretti e spinta proprio a causa di quest'emissione): lo fa con sicurezza, ma pensiamo che cantare significhi anche legare e fraseggiare, la voce inoltre ha corpo ma poca punta e poco squillo. La migliore in campo risulta così la giovane Maija Kovalevska, buon timbro e buona emissione nei centri, cui si consiglia soprattutto di lavorare sulle dinamiche e sulla mezzavoce per evitare che le arie di Liù scivolino nella monotonia di un unico mezzoforte. Ci delude invece il terzetto delle maschere, che pure allinea nomi che dovrebbero esser di garanzia (Angelo Veccia Ping, Luca Casalin Pang e Carlo Bosi Pong), ma nei fatti passa piuttosto inosservato senza rivelare né la brillantezza né la maliosa nostalgia di cui i Ministri sono portatori. Completano il cast il Timur di Marco Spotti, l'Altoum di Antonello Ceron, le ancelle di Maria Blasi e Barbara Lavarian, il principe di Persia di Jaeheui Kwon. Per tutti vale poi l'osservazione della scarsa proiezione delle voci, spesso sovrastate dall'orchestra o comunque in difficoltà a correre in sala, cui facevano eccezione praticamente solo la Kovalevska e gli acuti della Lindstrom. Purtroppo della Scala dopo il restauro non si è potuta apprezzare troppo l'acustica, l'orchestra, già naturalmente privilegiata, era spesso sovrastante e in molti casi abbiamo riscontrato limiti tecnici negli interpreti in palcoscenico. Non aiutava nemmeno l'allestimento di Giorgio Barberio Corsetti (coadiuvato da Cristian Taraborrelli per le scene e i costumi), sia perché dal punto di vista acustico il palcoscenico aperto con quinte parallele al boccascena risulta decisamente dispersivo (senza inconvenienti estetici sarebbe bastato cercare di inclinare le quinte per avere almeno un abbozzo di cassa di risonanza), sia perché sotto il profilo drammaturgico non era retto da un'idea forte che desse allo spettacolo quell'identità che il podio non è riuscito a dargli. L'opera è un sogno di Calaf, che troviamo accoccolato in proscenio al levar del sipario e lì lasciamo al suo calare. Oltre questo il nulla.
Un nulla popolato da abili funamboli, da tre mimi servi e doppi di Ping Pong e Pang (presenza ingombranti e stucchevoli, a dire il vero, per la coreografia di Ricky Sim), da proiezioni in chroma key (ormai marchio di fabbrica di Barberio Corsetti in collaborazione con Pierrick Sorin, anche a rischio di ripetitività) che hanno un effetto surreale da cartone animato o da technicolor anni '50 poco intonato con l'impianto ligneo di una scena piuttosto sobria, cui avrebbe giovato un più attento disegno luci (qui firmate da Frabrice Kebour). Soprattutto nel terzo atto, quando il palcoscenico resta praticamente sempre nudo sarebbe stato necessario pensare a qualche effetto luminoso per dare un'anima a questa azione. Invece, una volta riconosciuto, nei primi due atti, un abile uso dello spazio, con il continuo saliscendi di ponti mobili a creare e dissolvere gli ambienti, non resta nulla da dire della recitazione, decisamente trascurata, con cadute risibili come la scena degli enigmi, dove i commenti dei dignitari e le strette di mano di Calaf al popolo che lo sostiene ricordano immagini da reality show. Allora però si abbia il coraggio di fare una Turandot decisamente, ironicamente “televisiva” e postmoderna, non una Turandot tradizionale nell'impianto (alcuni costumi son davvero belli) senza però sapere alla fine che strada imboccare. Un dato però è confortante e dovrebbe far riflettere: il teatro è pieno all'inverosimile, il pubblico assai eterogeneo con molte presenze giovani. È una recita dedicata alle famiglie e agli under 30, è una pomeridiana domenicale, prova significante che non solo la politica di promozione funziona, ma anche che la Scala dovrebbe venire incontro al pubblico e programmare regolarmente, come tutti gli altri grandi teatri, recite pomeridiane nei fine settimana.

Monday, April 18, 2011

Turandot de Puccini dirigida por Valery Gergiev en el Teatro alla Scala de Milán

Foto: Marco Brescia & Rudy Amisano

Massimo Viazzo

La Turandot según Valery Gergiev fue una Turandot telúrica, barbárica y primitiva, pero en esta velada en la Scala no todo funcionó de la mejor manera.  De hecho, la conducción del maestro ruso pareció estar privada de tensión narrativa, fue poco refinada en los timbres (con demasiado metales y  percusiones siempre en primer plano y constantemente fuera de control) además de que estuvo carente de equilibrio entre las secciones orquestales, las cuales evidenciaron problemas de conjunción desde el inicio de una opera rítmicamente incierta. El espectáculo firmado por Giorgio Barberio Corsetti, con algunos apreciables descubrimientos tecnológicos (por ejemplo: la proyección "a la vista” del segundo acto, fue efectuada sobre el escenario con objetos que se engrandecían sobre el fondo creando imagines ilusorias) no se movió mucho de la tradición iconográfica de la obra maestra pucciniana.  A la vez, fue interesante la idea de hacer aparecer toda la obra como si esta ocurriera en un sueño, el sueño/pesadilla del príncipe Calaf.  Sólida vocalmente, como segura en los agudos, pero glacial en el acento y en el fraseo estuvo la Turandot de Lise Lindstrom que sin embargo fue apreciada por el público scaligero.  Por el contrario, mas lírico y conmovedor estuvo el canto de Ekaterina Scherbachenko que hizo una Liù frágil y expresiva.  Monocorde, por su parte, estuvo el Calaf de Stuart Neill, cuya prestación pareció ir en crescendo durante el curso de la función.  Bien cantado estuvo el Timur de Marco Spotti, y sustancialmente correctos estuvieron las tres mascaras, que fueron interpretadas por Angelo Veccia, Luca Casalin y Carlo Bosi, el emperador Altoum de Antonello Ceron y el Mandarín de Ernesto Panariello. Pero el verdadero triunfador en esta velada fue el impecable Coro del Teatro alla Scala dirigido por Bruno Casoni.  En suma: se trato de una Turandot con algunos puntos de interés, que no estuvo perfectamente lograda.

Monday, February 1, 2010

Rigoletto - Teatro alla Scala, Milano

Foto: Marco Brescia, Archivio Fotografico del Teatro alla Scala

Leo Nucci, ovvero Rigoletto!

Massimo Viazzo

E’ Leo Nucci il vero trionfatore di questo Rigoletto scaligero. Il sessantaseienne baritono bolognese, che ha fatto di questo ruolo uno dei cavalli di battaglia della sua lunghissima carriera, si è immedesimato ancora una volta nelle ansie, nelle passioni, nelle tenerezze, ma anche nel cinismo e nel desiderio di vendetta del buffone di corte mostrando consumata abilità teatrale e grande spirito di sacrificio. Sì, perché Nucci non si risparmia mai, e anche se il timbro pare un po’ prosciugato, ha ancora molto da insegnare come senso del fraseggio e della “parola scenica”. Il pubblico lo ha festeggiato con un tripudio di applausi dopo un “Cortigiani, vil razza dannata” cantato col cuore in mano. E quel la bemolle che chiude la cabaletta “Sì, vendetta, tremenda vendetta” suonava fermissimo, come una stilettata. Il resto del cast, in questa che era la ripresa del classico, suggestivo (sontuose le scene di Ezio Frigerio) e ben rodato allestimento di Gilbert Deflo, era formato dalla giovane polacca Aleksandra Kurzak (Gilda), un soprano leggero dalla voce fresca, non sempre in grado di controllare gli acuti però, e ancora un po’ acerbo dal punto di vista interpretativo. Stefano Secco (Duca di Mantova), invece, ha sfoggiato un timbro gradevole, un accento convincente, ma la voce si assottigliava troppo nella regione acuta così che il suo “Ella mi fu rapita” è parso un po’ evanescente. Adeguati Marco Spotti (Sparafucile) e Mariana Pentcheva (Maddalena) specialisti nei propri ruoli, tonante e nerissimo il Monterone di Ernesto Panariello e generalmente non più che funzionali le parti di fianco. Infine eccoci a James Conlon. Dico subito che del direttore americano non ha convinto il lavoro di depurazione della partitura: è vero, non si sono sentiti i tanto vituperati zumpappà, ma se a Verdi togli anche carne e sangue… La sua è stata una concertazione poco incisiva (si sono notati anche alcuni sbandamenti ritmici tra buca e palcoscenico) e non molto coinvolgente.