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Monday, February 11, 2019

Andrea Chénier en Viena


Fotos: Gentileza Ópera de Viena. Crédito Fotográfico: Michael Pöhn

Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

Viena (Austria), 09/01/2019. Wiener Staatsoper. Umberto Giordano: Andrea Chénier. Ópera en cuatro actos. Libreto de Luigi Illica. Otto Schenk, dirección escénica. Rolf Glittenberg, escenografía. Milena Canonero, vestuario. Thomas Lang, coreografía. Gregory Kunde (Andrea Chénier), Tatiana Serjan (Maddalena di Coigny), Luca Salsi (Carlo Gérard), Virginie Verrez (la mulata Bersi), Lydia Rathkolb (la condesa de Coigny), Zoryana Kushpler (Madelon), Wolfgang Bankl (Mathieu), Boaz Daniel (Roucher), Thomas Ebenstein (Incredibile), Igor Onishchenko (Fleville), Benedikt Kobel (el Abate), Marcus Pelz (Dumas y Mayordomo), Alexandru Moisiuc (Fouquier Tinville), Ryan Speedo Green (Schmidt). Orquesta y Coro Estables de la Ópera de Viena. Dirección Musical: Fréderich Chaslin.

La Ópera de Viena repuso, una vez más, la clásica producción de Otto Schenk de Andrea Chénier de Giordano con un trío protagónico de primer nivel, buenos comprimarios y una muy buena versión musical. Aunque sus orígenes son de 1981 y el concepto general se ve un poco anticuado, la puesta de Schenk funciona aún hoy de modo razonable. La escenografía de Rolf Glittenberg es sencilla y funcional, en el primer acto unos cortinajes emulan palcos y la escena de un teatro barroco mientras que los otros tres tienen una estructura común: una plaza de arcos de medio punto que con algunos cambios se adapta a las situaciones planteadas en el libreto. El vestuario de Milena Canonero se adapta en estilo, texturas y diseños a la época de la acción; mientras que resulta correcta la coreografía de Thomas Lang
En veterano tenor Gregory Kunde cumplió de punta a punta con los requerimientos del protagónico. Apreciable volumen, agudos claramente tenoriles bien colocados y proyectados, intencionalidad, entrega y cierta dosis de arrojo son las claves de una interpretación de Chémier que no pasa desapercibida. Un verdadero prodigio vocal el tenor norteamericano con el agregado que continúa con su tesitura original y no cambió de registro para alargar artificialmente una carrera artística. La soprano rusa Tatiana Serjan fue una Maddalena de perfectos acentos. Todo estuvo en su lugar y pudo pasar de la frivolidad del primer acto al enamoramiento del segundo sin inconvenientes. Dramática cuando hay que serlo y de profundo lirismo allí dónde lo solicita la partitura. Una voz de muy buena proyección, bien timbrada y adecuadamente expresiva. Luca Salsi fue impecable en un rol que para él no tiene secretos: Carlo Gérard. Salsi se lució por su bello color vocal, su perfecta dicción, su adecuada proyección y su línea de canto genuinamente italiana. La mezzosoprano francesa Virginie Verrez fue una Bersi creíble en lo actoral y de muy buen trabajo vocal. Cuidada la interpretación de Zoryana Kushpler de la vieja Madelon, sólidos y profesionales Boaz Daniel (Roucher) y Wolfgang Bankl (Mathieu), y una voz muy interesante la de Thomas Ebenstien (el Incredibile). Adecuado el resto del elenco en sus pequeños roles así como el Coro. El maestro Frédéric Chaslin condujo con mano segura a la Orquesta de la Casa logrando una versión vivaz, de perfecto estilo y adecuado balance sonoro.



Sunday, April 3, 2016

Nabucco - Lyric Opera di Chicago

Foto: Cory Weaver

Ramón Jacques

Sebbene la grande storia dell’Opera Lirica di Chicago sia stata legata alla messa in scena delle opere del repertorio italiano, principalmente di Verdi, Nabucco continua ad essere qui un titolo poco conosciuto essendo stato allestito solo due volte, la première del 1963 e la produzione nella stagione 1997. In scena si è vista la rutilante produzione disegnata da Michel Yeargan, che è già da diversi anni in circolazione, vista nei teatri di Los Angeles, Houston e San Francisco, e che non sembra perdere vigore. Situata in un tempo indefinito, ma moderno, le iscrizioni alle pareti della scrittura cuneiforme e ebrea, suggerivano che la trama si svolgeva tra Gerusalemme e Babilonia Un luminoso palazzo blu minimalista, statue di bronzo, figure di cavalli sullo sfondo: e una larga scala che attraversa lo scenario da un lato all’altro con un trono nella parte superiore, sono alcune delle suggestive scene che regalava questo allestimento agli spettatori, senza dimenticare la variegata illuminazione in tonalità blu e rosse di Duane Schuler che hanno dato alla scena un tocco oscuro, lugubre, drammatico;  come i costumi rossi e neri di velluto Prima di questo, il debuttante regista Matthew Ozawa doveva concentrarsi affinchè la scena avesse fluidità e i personaggi fossero credibili e umani, cosa che non è riuscito ad effettuare del tutto incorrendo in alcuni momenti a scene statiche e pompose L’attenzione si è concentrata sul personaggio di Abigaille, personificato dal soprano Tatiana Serjan con una interpretazione preminente. Ha colpito la brillantezza della sua voce che contiene una ampia gamma di colori e la naturalezza con cui proietta e comunica, così come pure la sua travolgente attuazione. Il baritono Zeliko Lucic si è mostrato molto sicuro e risoluto nel ruolo principale, in ugual maniera di Elisabeth DeShong, mezzosoprano statunitense in carriera ascendente che ha mostrato buoni mezzi vocali e profondità nella sua voce. A sua volta è stato molto discreto il tenore Sergei Skorokhodov, poco in scena per mettere in evidenza il suo disimpegno vocale. Il basso Dmitry Belosselskiy ha dato una potente e solida voce a Zaccaria e poco di più. Completavano il cast gli artisti nei ruoli minori. Davanti all’orchestra Carlo Rizzi ha diretto con la sua ampia esperienza, in maniera pratica e con l’intenzione di far risaltare la drammaturgia contenuta nell’opera. Come in tutte le realizzazioni di Nabucco non deve sorprendere l’entusiasta e spontanea esplosione di giubilo da parte del pubblico dopo il “Va Pensiero” cantato qui da un coro solido e professionale.

Wednesday, March 30, 2016

Nabucco en Chicago

Foto: Cory Weaver

Ramón Jacques

A pesar de que en su larga historia la Ópera Lirica de Chicago ha estado vinculada con la escenificación de operas del repertorio italiano, principalmente de Verdi, Nabucco continúa siendo poco conocida en este escenario donde solo se había montado dos veces, en su estreno en 1963 y en la temporada de 1997. En escena se vio la rutilante producción diseñada por Michel Yeargan, que tiene ya varios años en circulación, durante los cuales ha sido vista en los teatros de Los Ángeles, Houston y San Francisco, y que parece no perder su vigencia. Situada en un tiempo indefinido, pero moderno, las inscripciones en las paredes de escritura cuneiforme y hebrea sugieren que la trama transcurre entre Jerusalén y Babilonia. Un brillante palacio azul minimalista, estatuas de bronce, figuras de caballos al fondo; y una larga escalera que atraviesa el escenario de un lado a otro con un trono en la parte superior, son algunas de las sugestivas escenas que regala este montaje al espectador, sin olvidar la abigarrada iluminación en tonalidades azules y rojas de Duane Schuler que dan a la escena un toque oscuro, lúgubre y dramático; ni los elegantes vestuarios rojos y negros de de terciopelo. Ante este marcó el debutante director de escena Matthew Ozawa, debía concentrarse en que la escena tuviera fluidez y los personajes fueran creíbles y humanos, situación que no logro plasmar del todo incurriendo por momentos en escenas estáticas y acartonadas. 
La atención se centró en el personaje de Abigaille, personificado por la soprano Tatiana Serjan con una interpretación preeminente. Sobresalió la brillantez de su voz, que contiene una amplia gama de colores, y la naturalidad con la que proyecta y logra comunicar, así como su sobrecogedora actuación. El barítono Željko Lučić se mostró muy seguro y solvente en el papel principal, al igual que Elizabeth DeShong, mezzosoprano estadounidense en carrera ascendente que mostro buenos recursos vocales y profundidad en su voz.  A su vez, estuvo muy discreto el tenor Sergei Skorokhodov un poco ausente en el escenario y con poco que resaltar en su desempeño vocal. El bajo Dmitry Belosselskiy aportó una potente y solida voz a Zaccaria y muy poco más. Cumplieron el resto de los artistas en los papeles menores. Al frente de la orquesta Carlo Rizzi condujo con su amplia experiencia, de manera práctica y con la intención de resaltar la dramaturgia contenida en la obra.  Como  en toda función de Nabucco, no deja de sorprender la entusiasta y espontanea explosión de júbilo por parte del público después del “Va Pensiero’  cantado aquí por un coro muy sólido y profesional. 

Monday, August 26, 2013

Macbeth di Verdi 76° Maggio Musicale al Teatro della Pergola, Firenze

Foto: Gianluca Moggi

Massimo Crispi

Ghiottoneria per intenditori, l'atteso Macbeth fiorentino del 76° Maggio Musicale al Teatro della Pergola, nella sua versione originale del 1847, andata in scena proprio alla Pergola, come ricorda una lapide sul muro esterno del teatro, avvia verso il finale il martoriato festival 2013.  Nella visione di Graham Vick, Macbeth è un re contemporaneo, con bodyguard, agi e comfort da autentico dittatore di uno stato bananiero: maniere spicce e rudi, niente di gentile percorre mai la sua mente, l'amore è assolutamente assente, nessun'altra smania se non per il potere. E questo potere che genera potere fino a ottundere un minimo di capacità critica, che invece al contrario porterà la Lady alla pazzia e poi al suicidio per un barlume di coscienza per il male creato e perseguito, è il protagonista dell'opera. La versione del 1847, infatti, con dei brani in più e in meno rispetto a quella successiva, promuove Macbeth come protagonista assoluto e non co-protagonista colla moglie. La moglie è, sì, certamente importante, incita e suggerisce il marito a compiere il misfatto, ma il creatore del male è Macbeth, qui con un'aria in più, che si spinge sempre più oltre fino a tuffarsi in un nichilismo senza precedenti. Le streghe, quindi, non sono le megere barbute che di solito fanno parte del corredo dell'opera ma delle volgarissime puttane intacchettate e ipertruccate, che si muovono tutte insieme come se facessero una danza di gruppo in una festa di periferia (coreografie di Ron Howell). Così si apre questa versione, con uno scenario tutto storto e in pendenza, colle pareti del palcoscenico a vista, dove le puttane vengono illuminate da un'enorme plafoniera di luci al neon, sempre presente nel corso dell'opera, quasi un cielo incombente sulla testa di ognuno. Non ci sono calderoni fumanti né rospi venefici, ma siringhe e lacci emostatici, per mostrare che le visioni sono provocate da droghe artificiali. Peraltro, essendo puttane, si suppone che siano state retribuite per la loro prestazione, anche solo per chiacchierare. Si usa così, in genere. Non v'era traccia di parcella, per di più collettiva, visto che erano parecchie! Vaticini gratis, olé. Non ci spieghiamo però perché le puttane dovrebbero essere considerate delle streghe vaticinanti. In fondo chi crederebbe mai a una puttana? Solo in Italia su ciò che dice Ruby Rubacuori ci si fanno intere trasmissioni televisive spazzatura, ma un re chiederebbe mai un responso o un vaticinio a un puttanone come quelle che erano sul palco della Pergola? Solo un mentecatto lo avrebbe fatto. Io avrei capito meglio se le streghe fossero state delle presentatrici televisive, le pseudo giornaliste che tutto sanno e che tutto si permettono di prevedere, se proprio avessimo voluto trascinare nella contemporaneità l'opera verdiana. Nel cambio di scena è una strega che lascia sul guanciale del letto della Lady la lettera di Macbeth. Anche postina. Passiamo avanti… Il vaticinio si compie e Macbeth diventa all'istante sir di Caudore, con grande eccitazione della Lady, che si riscopre regina tutt'a un tratto. E non le basta. Vuol diventare la regina di tutti, un po' la regina di cuori di Alice. Spinge il marito all'assassinio, col classico pugnale, che poi maneggia pure lei. Oggi però non lo userebbe più nessuno, un pugnale, e nessuno, soprattutto, compirebbe un regicidio di mano propria. Assolderebbe una banda di albanesi o di mediorientali e bon alé: Al Qaeda ha ucciso il re di Scozia! Magari mostrandolo colle telecamere a tutto il mondo come lo fu l'abbattimento del WTC. Questi regicidi fatti in casa reggono poco, nella contemporaneità, soprattutto in uno stato pseudoeuropeo come quello mostrato in scena, è più da staterello africano o asiatico. Per ricordarci che siamo nell'oggi e che esiste il rilevamento delle impronte digitali, la Lady cerca di cancellare le sue e quelle del marito da maniglie, poltrone, muri, collo stesso fazzoletto insanguinato che però potrebbe lasciare tracce di dna, di profumo, di cipria… al giorno d'oggi la cosa è assai sofisticata! Insomma la Lady passa per una dilettante dell'omicidio. Però, nonostante tutto, si riesce a far passare Malcolm, il figlio di Duncano, per parricida. Sicuramente di impronte del figliolo nella stanza da letto del padre ce n'erano a bizzeffe. "Il futuro della Scozia" è un megaposter, in puro stile berlusconiano, dove il faccione sorridente di Macbeth/Silvio accanto a una famiglia con bambini sorridenti e biondi ammonisce che il futuro lo può assicurare solamente lui col suo regno.  Questo è lo sfondo di un giardino con piscina recintato da rete e filo spinato (ma quando mai… un re, oggi, avrebbe un giardino con un muro alto 10 metri e le torrette d'avvistamento) dove ai congiurati che devono uccidere Banco basta cambiare la giacca da nera in bianca (perfetti gelatai) per mimetizzarsi. E in quattro e quattr'otto Banco viene pugnalato e messo sotto il tavolo del buffet, coperto da un tovaglione che non fa trasparire alcunché, lo ritroveranno certamente quelli delle pulizie. Il figliolo, invece, sebbene avvertito dal babbo, che aveva un sentore di mala parata e quindi lo aveva equipaggiato per un'eventuale lunga fuga con uno zainone in spalla, riesce a fuggire, nonostante il peso dello zaino e nonostante un sicario agilissimo e svelto lo inseguisse… nemmeno Speedy Gonzales era rapido come questo infante. Segue una festa supercafonal con dame e cavalieri abbigliati come di dovere per una cena “elegante” (ricordiamo che le scene e i costumi sono di Stuart Nunn). Brindisi e visioni imbarazzanti (che vede solo Macbeth) insaporiscono il party, facendo fare al re una figuraccia dopo l'altra.  Le puttane ritornano nell'atto successivo, fattissime, sdraiate, in convulsioni, in ciò che era stato il giardino con fenicotteri rosa (statue in sintetico, ovviamente, e prato/tappeto ripiegato assai male dove immagino che spostarsi coi tacchi alti fosse un ostacolo non da poco) dove il piccolo Fleanzio giocava senza tema alcuna prima di scappare.
 
Ma non è Macbeth che torna nell'antro delle streghe, sono loro che vengono invitate a corte, non certamente per una cena “elegante”. Le avrà pagate, almeno stavolta, per i loro deliri? Addirittura una trans, con vocione da basso, una superstregona orrenda, si approfitta della situazione e simula un accoppiamento col re. Mah… Forse è troppo anche per Macbeth che viene stordito da tutte le visioni dei re che gli succederanno, seguiti dallo spettro di Banco. Macbeth, in preda a chissà quali fumi di droga e di disgusto, imbraccia una mitraglietta e decide quindi di sterminare tutti, puttane comprese, che cercano di fuggire dal suo squilibrio mentale. Bang Bang. Ultimo atto. L'autostazione di Birna, dove un popolo che ha ancora addosso l'abito da sera ma una valigia con l'essenziale e dove un distributore automatico d'acqua e bevande è forse l'unica cosa che funziona, aspetta un autobus che li porti lontano dalla Scozia insanguinata. Arrivano i nostri, invece, e liberitutti. Macduff canta la sua aria da eroe e insieme a Malcolm si avvia alla reggia per far fuori il tiranno. La Lady si aggira sola per la sua casa, accendendo tutte le luci. In realtà avrebbe dovuto avere una lanternina, una candela da comò, simbolo peraltro di come poca luce ci sia nella sua mente e di quanta meno ce ne sia intorno a lei. La notte e il buio, con tutti gli spettri, le incertezze, i dubbi, i sicari nascosti, gli agguati, erano i grandi assenti da quest'opera gotica nella versione di Vick. La lanterna era però quel lumicino che le mostra il male che ha commesso, una minima presa di coscienza. Particolare simbolico annientato da un'inutile luce fredda al neon. La signora canta la sua aria e se ne va per prepararsi al suicidio, che viene annunciato dalla sua dama di compagnia a Macbeth, il quale per tutta risposta spara alla dama, stendendola sul colpo. Bang, un colpo solo, centro. Un capriccio. Sparatorie, vecchie storie di rivalità rivangate, un corpo a corpo tra Macbeth e Macduff e fine di Macbeth e di tutto. La patria tradita è liberata dalla tirannide. Cinematografico senza cinema. Effetto manicomio. Questa, in sintesi, la drammaturgia di Graham Vick. Molti altri particolari ci sarebbero, ma forse è meglio lasciarli nel dimenticatoio. Stavolta ci è parso che Vick abbia preso un grosso abbaglio.  Tutto ciò succede, ne deduciamo, quando non si conosce a fondo il libretto e, soprattutto, i libretti romantici italiani col loro linguaggio contortissimo (Piave era uno dei più contorti, insieme a Solera e Cammarano, per non parlare del successivo Ghislanzoni…) e lontano anni luce dalla lingua attuale. Il gap linguistico è davvero incolmabile e vedere dei personaggi vestiti in moderno parlare e agire come dei mentecatti in una lingua inconsueta e compiendo atti che oggi nessuno compirebbe in quel modo fa l'effetto manicomio. Probabilmente Vick ha in mente Shakespeare (che è una cosa assai diversa dalla riduzione di Piave) e la splendida lingua del bardo, pur cronologicamente assai lontana, è molto meno distante dall'inglese corrente di quanto non lo sia l'idioma di Piave dall'italiano odierno. Però, si sa, il re nudo lo vedono tutti ma non lo dice nessuno, applausissimi scrosciantissimi. Musicalmente la lettura di James Conlon ci ha offerto un Verdi elegantissimo, senza effetti da balera padana, con delle belle sonorità in piano e mai delle bande sguaiate. Il lavoro fatto coi cantanti, rispettando le indicazioni verdiane, cupo, sottovoce, soffocato, è stato preso alla lettera e gli artisti hanno risposto bene. Primo di tutti eccelleva il Macbeth di Luca Salsi, dalla voce assai pregiata, dotata di eleganza timbrica e sempre pertinente nell'accento, insinuante nei piani, tonante nei forti, cattivo quanto basta per essere credibile anche in quest'incredibile messa in scena.  La Lady, Tatiana Serjan, ahimé, mostrava buona voce ma diseguale e disordinata, impreparata per le complesse acrobazie e i salti di registro improvvisi di cui il ruolo è disseminato. La micidiale cabaletta della versione 1847, "Trionfai! Securi alfine", ne mostrava i limiti, così come mostrava i suoi limiti di confidenza cogli italici fonemi nella lettura della lettera del primo atto e nel canto in generale. A sua discolpa possiamo però dire che non c'è quasi un'esecuzione che si avvicini alla perfezione di quest'impossibile brano. Ma, ma, ma! "Una macchia è qui tuttora" è stata eseguita con un'intensità e accento davvero degni d'encomio. Le consigliamo di aprire meglio gli acuti notevoli che possiede, lasciando spazio alla tanta voce che ha, e di studiare maggiormente il rapporto del canto colla parola, almeno quella italiana. Bella e slanciata figura, la Serjan si mostrava sicura e disinvolta scenicamente. Saimir Pirgu, Macduff prestante e atletico, ha spalmato la sua generosa voce tenorile sul pubblico della Pergola, riscuotendo grande successo alla fine della sua aria. Bravo. Antonio Corianò è stato un discreto Malcolm dal piglio eroico. Marco Spotti era un Banco un po' spento, con qualche intubamento vocale, non era il basso nobile che forse ci sarebbe voluto. Bene gli altri, come si dice sempre, e discreto il coro di Lorenzo Carrieri, "Patria oppressa" assai struggente, e streghe scatenate nella compagine femminile. In conclusione: operazione riuscita a metà, però, almeno, si è osato. Anche qui si sarebbe fatta miglior figura, viste le esigenze di pareggio della Fondazione, a eseguire l'opera in forma oratoriale per risparmiare, e parecchio! O no?

Macbeth en el Maggio Musicale de Florencia


Fotos: Gianluca Moggi

Massimo Crispi

Golosina para expertos fue ese Macbeth que el 76° Maggio Musicale ofreció en el Teatro della Pergola, en su versión original de 1847, puesta en escena en la misma Pergola, como recuerda una lápida en el muro exterior del teatro. Graham Vick imagina Macbeth como un rey contemporáneo, con guardaespaldas, comodidades y comforts como verdadero dictador de un país bananero en la Europa: estilo expedido y rudo, nada de gentileza, amor totalmente ausente, nada mas que afán de poder. Es este poder generando poder el verdadero protagonista de la opera, un poder que reduce al mínimo la conciencia critica que, de todas formas, al contrario de Macbeth, llevará a la Lady a la locura y al sucesivo suicidio por un parpadeo de conciencia del mal que ella misma hizo. La versión 1847, en efecto, con unos fragmentos mas y otros menos de la sucesiva, hace Macbeth el personaje principal de la opera y no su mujer, como en la siguiente. La Lady sí es importante, sin duda, es ella que incita e sugiere a su marido de cometer homicidios, pues el creador del mal es sin embargo Macbeth, aquí con una aria mas, es él que se empuja hasta un nihilismo sin precedentes.
Las brujas, entonces, no son los seres barbudos que usualmente son parte de la decoración de la opera pues son unas putas de las mas vulgares, con tajones lejanos, maquillaje grave, que siempre se mueven juntas como si danzaran en grupo en un baile de barrio periférico (coreografías de Ron Howell). Así se abre el escenario de esa versión, con una pedana torcida y pendiente, las paredes del escenario del teatro visibles, donde las putas aparecen aclaradas por una enorme lámpara de techo translucida como un cielo de tubos de neón, siempre estando en toda la opera. Ni hay calderones humando ni sapos venenosos pues sí hay jeringas y torniquetes para mostrar que las visiones de las brujas son causadas por drogas artificiales. No es claro, siendo putas, si estas visiones son pagadas, porque una puta siempre se paga aun para charlar. No parecían haber parcelas y las brujas eran muchas! Hoy se dan vaticinios libres, olé.  No es claro tampoco porque las putas deberían ser consideradas como brujas que dicen el futuro. Al fondo ¿quien creyera en lo que diría una puta? Solo en Italia lo que dice la Ruby Rubacuori, la amante de menor edad de Berlusconi, lo utilizan para interminables telebasuras, pues ¿pidiera un rey un oráculo a un putón como los que estaban en el escenario de la Pergola? Solo un idiota lo hubiera hecho. Todo uno podía inventarse… que las brujas fueran conductoras televisivas, esas “periodistas” que todo saben y que todo se permiten de prever, si solo quisiéramos llevar a la contemporaneidad esa opera verdiana. En el cambio de la escena una bruja/puta deja el correo de Macbeth sobre la cama de la Lady. Aun cartera.   Pero vamos adelante. El oráculo se cumple y Macbeth se vuelve en Sir de Caudore, con mucha animación de la Lady, que se encuentra reina de repente. Pues no le basta. Ella quiere ser reina de Escocia, como a su marido le dijeron las brujas. Quizás quisiera ser la reina de corazones de Alicia. Así empuja su marido a asesinar Duncano con un puñal, y después también ella lo toma. Pequeño detalle: hoy ninguno haría un homicidio con puñal, ni además un regicidio. Reclutaría una gang de albaneses o de arabos y olè: ¡Al Qaeda mató al rey de Escocia! Y porque no, enseñándolo a todas cámaras del mundo como fue por el WTC. Los regicidios caseros no van tan lejos, en el mundo contemporáneo, sobre todo en un estado de Europa como lo que Vick propone, sale mas de una dictadura africana o de Asia… Para señalarnos que estamos en un hoy y que existe la posibilidad de relevar huellas digitales, la Lady intenta borrar suyas y las del marido de los tiradores, muros, asientos, por el mismo pañuelo empapado de sangre que pero, quizás, pudiera dejar, sin que ella se diera cuenta, trazas de adn, perfume, polvos… ¡hoy en día las cosas son mas sofisticadas! Al final la Lady se pasa como una aficionada del homicidio. Pues, a pesar de todo, todos van creer que el asesino sea Malcolm, ¿quizás porque en el cuarto de su padre está lleno de huellas digitales de su hijo?  "Il futuro della Scozia" es un megacartel, en puro estilo Berlusconi, donde campea la cara de sonrisa de Macbeth/Silvio cerca de una familia con los niños sonriendo felices y rubios, casi diciendo que el futuro solo lo puede asegurar él mismo reinando. Ese cartel es el fondo de un jardín con piscina, con recinto de red e hijo dientudo (¡pues! Hoy un rey tendría un jardín con un muro de diez metros y torres de guardia), donde unos conjurados que tienen que matar a Banco solo se cambian la chaqueta de negro en blanco (como fuesen vendedores de helados) para camuflarse. De repente Banco lo matan y su cuerpo lo ponen bajo la mesa del buffet, cubierta con un mantel blanco que ni deja pasar nada, quizás lo encontrarán los de la limpieza mas tarde. El hijo, aun avisado por su padre Banco, que olía una mala idea de peligro y dotó al niño de mochila bien llena en su espalda, consigue huir. A pesar de la mochila llena y a pesar de la persecución de un sicario conjurado muy ágil y rápido.
 
Tampoco Speedy Gonzales hubiera sido tan rápido como ese niño.  Sigue una fiesta muy palurda con damas y caballeros vestidos como se debe para una cena “elegante” como se dice que Berlusconi organizaba suyas (las escenas y el vestuario son de Stuart Nunn). Brindis y visiones empachadas (vistas solo por Macbeth) saborizan el party, dando un retrato del rey bastante escuálido. Vuelven las putas en el acto siguiente, tumbadas, drogadísimas, con convulsiones, estando en lo que fue el jardín con flamencos rosas (estatuas sintéticas, claro, como sintética también era la alfombra-prado muy mal plegada, y pensamos como fuera difícil andar con los tacones de las putas…) del acto pasado. Pues no es Macbeth volviendo a las brujas, al contrario las invita en el palacio real, pues no para una cena elegante… ¿Las pagó, por los menos esa vez, para sus delirios? Nada menos que una transexual, con voz de bajo, una superbruja horrible, se aprovecha de la situación y simula un amplexo con el rey. Uhm… Quizás eso es demasiado también para Macbeth, todo confundido por las visiones de los reyes que vendrán, el espectro de Banco siguiéndolos. Macbeth, victima de las drogas y de quien sabe que, toma una metralleta y decide de exterminar a todos, putas incluidas, que huyen de su descontrol. Bang Bang. Ultimo acto. No lo creerán pues estamos en la estación de buses de Birna, donde un pueblo que todavía tiene el traje de la fiesta pues con una maleta con lo esencial, y donde la única cosa que funciona es un distribuidor automático de agua y bebidas, espera un bus que los aleje de una Escocia sangrienta. Pues llegan los héroes y los liberan a todos. Macduff canta su aria heroica y con Malcolm se acercan al palacio real para matar al tirano.  La Lady merodea sola por su casa, encendiendo todas luces. La tradición querría que la única luz fuera una pequeña linterna, una de cómoda, blanda, símbolo de la poca luz estando en su mente y de cuanta menos luz estaba a su alrededor. La noche y la oscuridad, con todo espectros, las incertidumbres, las dudas, los sicarios escondidos, los acechos, eran los grandes ausentes en esa opera gótica en la versión de Vick. La blanda linterna era aquel claror que muestra el mal que la Lady hizo, lo muestra a la conciencia de si misma, una conciencia mínima. Detalle ese aniquilado por una inútil y fría luz de neón de todas partes. La señora canta su aria y se va para prepararse al suicidio. Su dama de compañia le anuncia a Macbeth que su mujer se fue y él, como respuesta, le mata a la dama. Bang, solo un golpe, en el corazón. ¿Un capricho? Tiroteos, viejos asuntos de rivalidades, un de mano a mano entre Macbeth y Macduff y el final de Macbeth y de todo. La patria traicionada ahora es liberada de la tiranía. Cinematográfico sin cinema. Efecto manicomio. Esta es, sintéticamente, la dramaturgia de Graham Vick. Hay muchos otros detalles pues quizás mejor dejarlos con los olvidados. Esa vez nos pareció que Vick se equivoco. Todo eso ocurre, deducimos, cuando no se conoce bien en el fondo el libretto y, sobre todo, los librettos románticos italianos con su idioma muy torcido (y Piave era uno de los autores mas torcidos, junto con Cammarano y Solera y, mas tarde, con Ghislanzoni…) y lejano años-luz del idioma actual. El gap idiomático es de verdad muy raro y ver actuar y cantar en ese idioma inusitado a unos personajes vestidos de modernos, haciendo cosas que ninguno hoy hubiera hecho de esa forma provoca el efecto manicomio. Quizás Vick pensaba en Shakespeare (que es algo muy distinto de la reducción de Piave) y la esplendida poesía del bardo, aun cronológicamente distante, lo es menos de cuanto puedan serlo los versos de Piave del italiano moderno. Pues, se sabe, que el rey sea desnudo ninguno lo dice aun si lo ven todos, así que fueron aplausos ruidosísimos. Del punto de vista musical la interpretación de James Conlon nos ofreció un Verdi muy fino, sin efectos de dancing de barrio, con buenas sonoridades en los pianos y nunca efectos de banda grosera. El trabajo hecho con los cantantes, en el respecto de las indicaciones de Verdi (cupo, sottovoce, soffocato), lo tomaron literalmente y los artistas respondieron muy bien. Primero a mencionar el Macbeth de Luca Salsi, de voz excelente y de lujo, dotada de elegancia tímbrica y con acentos siempre pertinentes, insinuante en los pianos, tonante en los fortes, detestable cuanto basta para ser creíble aun en esa increíble puesta en escena.  La Lady, Tatiana Serjan, ¡ay!, tenía buena voz de calidad pues desigual y desordenada, no preparada para las complejas acrobacias aéreas y los balzos de registro repentinos que el papel entero presenta. La mortal cabaletta de la versión 1847, "Trionfai! Securi alfine", enseñaba sus limites así como habían limites de costumbre con los itálicos fonemas en la lectura de la letra del primer acto y en su canto en general. Para disculparla parcialmente hay que decir que no existe una ejecución de ese fragmento que sea apreciable enteramente, está muy mal escrito, y no es un caso que desapareció en la versión sucesiva. Pero, ¡pero, pero! "Una macchia è qui tuttora" Serjan la cantó con intensidad y acento dignos de elogios. Le aconsejamos a esta valiosa cantante de abrir mas los agudos que ya tiene, dejando espacio a la tanta voz que posee, y de estudiar mas la relación del canto con la palabra, por los menos la italiana. Con su bonita y delgada figura, la Serjan se mostró desenvuelta y segura en el escenario.  Saimir Pirgu, Macduff prestante y atlético, distribuyó su voz generosa de tenor al público de la Pergola, con buen éxito al final de su aria. Bravo. Antonio Corianò fue un discreto Malcolm con actitud heroica. Marco Spotti cantó un Banco de vez en cuando un poco empañado vocalmente, no era el basso nobile que puede ser necesitaba. Bien el resto del reparto, como se usa decir, y elogios al coro de Lorenzo Carrieri, "Patria oppressa" muy atormentado, y a las brujas desencadenadas en la parte femenina.  Concluyendo: una operación conseguida por mitad, aun hay que decir que ¡por los menos se osó! Aquí también, como en el caso de Farnace, hubiera sido mejor, considerando además las necesidades de balance de la Fundación, de realizar la opera en forma de concierto aun para ahorrar, ¡y mucho! O no?

Saturday, November 14, 2009

I Due Foscari - Teatro Comunale di Modena

Foto: Leo Nucci Rolando (Francesco Foscari) - Paolo Guerzoni /Fondazione Teatro Comunale di Modena.
Massimo Crispi
Prima opera del Festival Verdi di Parma 2009, I due Foscari ha occupato tutto il mese di ottobre insieme a Nabucco. Noi abbiamo assistito alla recita nella sua trasferta modenese, ossia al Teatro Pavarotti, che ha coprodotto lo spettacolo insieme al Regio di Parma. L’allestimento era del Teatro Verdi di Trieste e del ABAO di Bilbao, a firma di William Orlandi per scene e costumi, Joseph Franconi Lee per la regia e Valerio Alfieri per le luci. I due Foscari è un’opera molto cupa di Francesco Maria Piave e parte da un ancor più cupo dramma di Byron, dove gli intrighi di corte, la ragion di stato e gli affetti familiari sono legati a filo doppio. Non è certamente una delle opere verdiane più popolari, né una delle più riuscite, ma già prelude, musicalmente soprattutto, a quello che sarà il Verdi successivo, quello di Rigoletto, Trovatore, Traviata. L’opera in sé dal punto di vista drammaturgico è un po’ noiosa, tutto è già accaduto e si gira e si rigira intorno alla sorte di Jacopo e dei suoi cari, ma già si sa che sarà condannato, che la moglie soffrirà etc etc. L’allestimento di Orlandi era elegante, con un enorme contenitore cilindrico dalle pareti scorrevoli che diventava ora Palazzo Ducale, ora carcere, ora tribunale, ora spazi non meglio definiti, ma che ben dava il senso della claustrofobia e dell’inviolabilità della sala del consiglio dei Dieci o delle prigioni; quando era necessaria più ariosità, come nella scena della festa, si aprivano vasti cieli pittorici o ampie vedute sulla laguna. Elegantissimi erano anche i costumi, pur se di epoche indefinite, un po’ ottocenteschi un po’ quattrocenteschi, e intesecantisi, chissà perché. Le luci di Alfieri davano ulteriore profondità agli spazi, che per il palcoscenico del teatro di Modena erano forse un po’ arrischiati nel proscenio, e riuscivano a inquadrare il carattere dei personaggi e le loro interazioni. La regia di Franconi Lee ha ottenuto un bel risultato soprattutto a livello attoriale, ma anche le scene di massa col coro erano ben gestite e i coristi hanno risposto con coerenza e diligenza, mostrandosi inoltre musicalmente preparatissimi (maestro del coro Martino Faggiani). Unica cosa forse superflua era, in un palcoscenico già affollato, fare muovere dei danzatori che, seppure pregevoli, non aggiungevano nulla all’atmosfera della festa in maschera. La parte del leone l’ha fatta naturalmente Leo Nucci, il doge Francesco Foscari, che ha reso il ruolo con una forza e una potenza anche solo stando immobile o muovendo solo un sopracciglio: è il carisma che sempre gli è appartenuto ma che in età avanzata e in ruoli come questo diventa sempre più intenso. Vocalmente superbo, doloroso come solo un padre che è costretto dalla ragion di stato a mandare a morte il figlio può essere, con mille lacerazioni, la sua partecipazione era sempre presente e la sua figura dominava ogni cosa. Un particolare per tutti: quando Lucrezia porta i figli suoi e di Jacopo al cospetto del suocero, per spingerlo a far qualcosa, il doge, seduto in trono cerca di accarezzarli sulla testa come farebbe un tenero nonno, ma subito ritrae la mano per un pudore repentino, perché si rende conto che in quel momento sta togliendo loro il padre, che poi è anche suo figlio... Come Nucci ha espresso con due gesti quasi impercettibili questo contrasto di sentimenti ci ha commossi. Immenso artista. Lucrezia Contarini era Tatiana Serjan, bella donna e grintosissima, che ha dato una carnale interpretazione, in ogni momento, della moglie, della madre e della nuora disperata che non sa cosa fare per salvare il marito, con una presenza vocale notevole ed educata. Purtroppo la declamazione risentiva di una non completa sicurezza della lingua italiana e non erano infrequenti fonemi poco chiari e vocali un po’ generiche, oltre a un vibrato molto stretto che ogni tanto confondeva le colorature. Ma il personaggio c’era, eccome! Jacopo Foscari, Roberto De Biasio, la cui voce ha un interessante registro centrale, è risultato discontinuo. Vocalmente, a parte qualche appannamento occasionale nel registro acuto, e dei falsetti un po’ dubbi anziché degli autentici piano, non era indegno, ma ciò che disturbava un po’ era la sua perpetua assenza tra una frase e l’altra. Era come se riemergesse nel suo ruolo di tanto in tanto, dopo le pause, più intento alle note che alla continuità del personaggio e questo soprattutto si notava, talvolta, nelle relazioni cogli altri personaggi nei brani d’insieme. Musicalmente ha fatto cose di pregio nelle due arie, sostenuto anche dalla buona orchestra del Regio diretta da Donato Renzetti, che ha diretto discretamente tutta l’opera, con due magnifici concertati. Discreto il Loredano di Roberto Tagliavini. Unica perplessità, nella scenografia. Nell’ultimo atto si vede il panorama dal Palazzo Ducale sulla laguna e sull’isola di San Giorgio, che sarebbe quello a cui tutti siamo abituati. Peccato che nel 1457, anno in cui si svolgerebbe la vicenda, la facciata del Palladio della chiesa di San Giorgio non esistesse... la realizzazione del progetto fu iniziata nel 1597 e fu terminata dopo poco più di dieci anni. È stato come mettere la Tour Eiffel nell’Andrea Chenier. Grande successo di pubblico.