Showing posts with label Carlo Bosi. Show all posts
Showing posts with label Carlo Bosi. Show all posts

Thursday, July 10, 2025

Nabucco en la Arena de Verona

Foto: Enevi Arena di Verona

Athos Tromboni

Que Nabucco de Giuseppe Verdi, bandera del irredentismo italiano, pudiera ser una ópera-ballet, no era algo evidente. Sin embargo, ciento ochenta y tres años después se ha demostrado que es posible: lo logró el director Stefano Poda, con una producción en la Arena de Verona que desafió todas las tradiciones y toda previsión imaginaria, construyendo un espectáculo fuera de lo común... «Yo soy un histrión, pero la genialidad nació junto a mí...» cantaba Charles Aznavour en los míticos años 60 del siglo XX. Aquí, adaptémoslo a Poda, el silogismo. Él, para esta producción que inauguró, la centésima segunda edición del Arena Opera Festival en el teatro al aire libre más grande del mundo en una noche con todo vendido (sold-out, para que lo entiendan los más modernos...), se deshizo de cualquier posible y eventual interferencia técnica, histórica y/o filosófica de terceros, firmando en solitario la dirección, escenografía, vestuario, luces y coreografía... yo soy un histrión y la genialidad nació junto a mí... punto. Construyó un espectáculo de gran gala areniana, dado que transmitiría en mondovisión el sábado 21 de junio para el Día Mundial de la Música. ¿Cuál es la síntesis y las características? Pronto se dice: exuberancia coreográfica, meticulosidad técnica, grandilocuencia escénica, habilidad tecnológica, ritmos de tarantolati (ritmo de tarantela), recursos de coup-de-théâtre, transgresión... y añadamos todo lo que pueda ser en contraposición a la costumbre, la insipiencia, la tradición, la simplicidad, la pertinencia, el descuido, el déjà-vu, e incluso... moda.  En resumen, fue un espectáculo ciertamente original, construido gracias a cuatrocientos empleados entre artistas, figurantes y técnicos, tres mil vestidos de estilos diferentes según las etnias que la dramaturgia ideada por Temístocles Solera para Verdi preveía en escena; luego, las luces en escena, en el cielo, en cada espacio donde pudiera llegar la vista del espectador; luces, luces, luces, aplicadas incluso en los trajes, en una fantasía de gusto ultra barroco, donde por barroco se entiende no el significado musical o artístico, sino el significado extensivo de extravagante y bizarro. Un espectáculo generado precisamente por las omnipresentes coreografías más que por el canto de los protagonistas. En escena pocas cosas: una torre de la "Vanidad" y dos semiesferas luminosas que indicaban los dos mundos étnicamente diferentes y opuestos, el de los Asirios de Babilonia y el de los judíos, prisioneros discriminados y enemigos. Dos semiesferas que al final se unirían en una esfera única, símbolo de la pacificación entre las etnias (es decir, metáfora de la paz alcanzada; y, en la realidad de hoy, mensaje en contracorriente). Luego, a lo largo del espectáculo, algunas estructuras montadas directamente a la vista (es decir, en escena) por los figurantes, como por ejemplo las jaulas-prisión construidas por los asirios para segregar a los judíos a la espera de la decretada aniquilación racial. Es difícil resumir en una crónica musical todo el contenido de esta moderna puesta en escena del Nabucco en la Arena. Pero no sería - aquí - lo esencial describir la escenografía. Así que prefiero escribir —en aras de informar y para si parva licet componere magnis— sobre lo esencial e irrelevante de la velada. He aquí lo irrelevante: los comentarios del público, pero también de una parte de los críticos acreditados, durante el intermedio; comentarios que, en el calor del momento, se manifestaron de la forma más dispar, desde los favorables (¡hermosos! ¡sugerentes! ¡originales!), hasta los cautelosos y los que suspendían el juicio sobre el Nabucco firmado por Poda (¡¿eh?! Esperen... ya veremos...), pasando por los abiertamente burlones o censuradores (¡qué triunfo de la vanidad! ¡qué revoltijo! ¡qué escándalo! ¡qué ridículo!). Fue un juicio sobre Poda, lo expresado en los acalorados comentarios del "pueblo" de la Arena, no un juicio sobre Nabucco, que fue y sigue siendo una obra maestra venerada a lo largo de los siglos. Pero, como sabemos, este director factótum tiene admiradores y detractores en todo el mundo: entre los admiradores, creemos que deberíamos mencionar, primus inter pares, a la sobreintendente Cecilia Gasdia, quien en declaraciones públicas y elecciones ha demostrado la valentía de confiar en él, en Poda, para el espectáculo más esperado e importante del Festival de 2025. Entre los detractores... no nos corresponde nombrarlos, se pueden encontrar en las páginas de revistas y periódicos, tanto impresos como digitales. Leyendo opiniones y reportajes que creemos abundantes, ya que se trata de la Arena de Verona. ¿Y para el reportero de este pequeño, exclusivo e importante medio que lee la voz de los círculos de la ópera y la música? No es difícil de entender: me cuento entre los admiradores, porque el genio no se puede minimizar, ni ridiculizar o ignorar. Opinión favorable, sin esnobismo. Es cierto que hubo cierta exageración en la puesta en escena (el rayo que impacta y enloquece a Nabucco cuando se proclama dios, el cual, al explotar con una estallido repentino, hizo saltar a todos porque era el rugido de una bomba atómica y no un rayo; las luces colocadas en el vestuario de todos —coro, bailarines y figurantes— en el tercero y cuarto acto, que hicieron que todo pareciera un pesebre popular de mal gusto; otras manifestaciones ultra barrocas en las escenas corales...), pero el juicio positivo general no puede considerarse invalidante por un exceso de ideas, en un espectáculo que, precisamente por su programación, apunta a eso. Así pues, como mencione anteriormente, un Nabucco transliterado de ópera lirica a ópera-ballet. Dentro de los efectos altamente sugestivos, cabe destacar la extraordinaria habilidad del cuerpo de ballet, de los extras y del coro (dirigido por Roberto Gabbiani), y elogiar la excelencia estilística de las masas protagonistas sin ningún fallo durante toda la puesta en escena (o en todo caso con algún fallo insignificante, por tanto, un leve rasguño en la perfección, pero no un elemento que pudiera comprometer el disfrute). Última nota de crónica: la velada fue inaugurada con el himno nacional (hoy ya no se llama - según los perfeccionistas de la filología patriota - 'Himno de Mameli' sino que lleva el altisonante título - ¿altisonante? - 'Canto de los italianos'), interpretado por el coro que, como en años anteriores, vestía capas verdes, blancas y rojas. Yendo al fondo de la interpretación musical: el regreso del maestro Pinchas Steinberg al podio de la Orquesta de la Fondazione Arena di Verona tuvo resultados mixtos: a veces sublimes (como en la interpretación de S'appressan gli istanti e Immenso Jehova chi non ti sente?) a veces absolutamente rutinarias (como en la interpretación del Va pensiero recibida tibiamente por el público y por primera vez en mi memoria terminó sin la petición de un bis):  Para expresar mi juicio general, las lapidarias notas de los apuntes de la función relativas al desempeño del director se exponen aquí: "mucho infatuación para camerística", "búsqueda de sonidos extraños a Verdi"; "lentitud exasperante en el stacco de los tiempos"; "sustancialmente aburrido"... En resumen, una conducción no precisamente envolvente. Sobre los cantantes, pensados por la dirección como solistas programáticamente dispersos dentro del frenético dinamismo de los movimientos de las masas, y revelados sustancialmente como protagonistas casi ocultos por el canto y por el protagonismo escénico, nos atrevemos a decir (más allá de los efectos de la discreta amplificación) que Amartuvshin Enkhbat (Nabucco) se confirmó  como un grandísimo barítono verdiano, Anna Pirozzi (Abigaille) hizo lo que pudo, terminando por no brillar en ese bullicio escénico que fue espectáculo pero no realizado para el canto, mientras que Roberto Tagliavini destacó más que sus otros colegas del reparto tanto por la parte esencialmente místico-heroica del personaje como por los indudables méritos de su canto, Francesco Meli (Ismaele) y Vasilisa Berzhanskaya (Fenena) honraron sus papeles sin excesos y sin defectos, pero con una actitud rutinaria confiada en la profesionalidad; Gabriele Sagona (Gran sacerdote de Belo), un joven bajo emergente, ratificó   su talento innato que lo llevará a ser una brillante estrella de la ópera de nuestros tiempos. Completaron dignamente el elenco Carlo Bosi en el papel de Abdallo y Daniela Cappiello en el de Anna. Cito (no por deber de crónica, sino por méritos) también al coordinador del baile Gaetano Bouy Petrosino y al director de los decorados Michele Olcese, sin cuyas valiosas colaboraciones el espectáculo de este Nabucco en un lugar ideado por Stefano Poda no habría sido tan efectivo ni tan bien realizado. El público al final estuvo dividido, entre quienes aplaudieron y quienes silbaron en desacuerdo hacia la producción escénica.




Saturday, April 5, 2025

Tosca en Milán

Foto: Brescia&Amisano

Massimo Viazzo

El Teatro alla Scala de Milán puso en escena la Tosca de Giacomo Puccini (1858-1924) con la que se inauguró la temporada 2019/2020. La dirección escénica de Davide Livermore fue respuesta correctamente en esta ocasión por Alessandro Premoli. De aquella Tosca ya había escrito en estas páginas en su oportunidad, pero hoy se puede tranquilamente confirmar la muy positiva respuesta que despertó desde entonces este espectáculo creado por el director italiano, con su equipo formado por Giò Forma (escenografía), Gianluca Falaschi (vestuario), Antonio Castro (luces) y D-Wok (vídeo). Livermore le dio un corte cinematográfico a su puesta en escena utilizando los medios tecnológicos a los que esta habituado (verdaderamente sugestivos y de gran impacto como la continua elevación y rotación de los elementos arquitectónicos) sin ocasionar alguna distorsión del libreto; y en estos tiempos es un gran mérito, de acuerdo a lo visto que sucede en ciertos escenarios operísticos donde no solo se hacen relecturas sesudas de la trama, sino que incluso se está poniendo de moda cambiar las palabras del texto ¡algo que me parece inaceptable!  Livermore es un musico, un tenor para la precisión, y ello se nota siempre en sus montajes. De hecho, los cantantes son colocados siempre en las condiciones de poderse expresar de la mejor manera en el escenario, sin rarezas insensatas como las de hacerlos cantar equilibrándose sobre una cuerda suspendida o de cabeza.  Por lo tanto, bienvenida es una Tosca hipertecnológica como esta, que mira hacia el cine, pero que observa sobre todo a la música, respetándola y valorizándola. Así, la célebre historia de los dos amantes: Tosca y Cavaradossi como del brutal y lujurioso Scarpia, que se desarrolla en Roma el 17 de junio de 1800, tres días después de la victoria de Marengo (Piamonte) de las tropas de Napoleón contra el ejército austriaco de Melas (¡y el júbilo de Cavaradossi «Vittoria! Vittoria!» durante su interrogatorio en el segundo acto, un gesto retador hacia Scarpia, se refiere justo a ese evento), transcurrió fluida y comprensible, cautivando y convenciendo.  Mientras que la puesta de Livermore nuevamente ocupó el centro, la conducción de Michele Gamba sufrió de cierta carencia de tensión narrativa. Su manera de llevarla, algo aburrida (sobre todo en el primer acto), un tejido orquestal que a veces era un poco tenue, y cierto desapego entre el foso y el escenario, no permitieron una representación teatral completamente eficaz. De debe mencionar también que Gamba utilizó la nueva edición crítica de la ópera (Parker) que hace referencia a la primera representación de la obra que tuvo lugar en el Teatro Costanzi de Roma, el 14 de enero de 1900, edición que ya utilizó Riccardo Chailly en el 2019, donde recuperó páginas eliminadas por Giacomo Puccini después de aquella première. Además, fue posible escuchar una frase adicional en el dueto del primer acto entre Mario y Tosca, como también un brevísimo dialogo a due al termino de Vissi d’Arte, una una parte a capella en él Te Deum, así como algunos compases de más en el final de la ópera.  En el papel de la protagonista Elena Stikhina gustó por la incisividad en su canto. La suya fue una Tosca de carácter fuerte, pero la dicción por momentos poco clara y un canto a menudo de fuerza, privado de flexibilidad y suavidad, le impidieron delinear un personaje refinado. Como también su acento pareció un poco monocorde con dinámicas tendientes con frecuencia al forte.  Por tanto, su Vissi d’arte lució un poco anónimo. No muy polifacético estuvo tampoco el Mario Cavaradossi de Fabio Sartori, que sin embargo es un tenor que en escena no se guarda nada, aunque su línea de canto no parece ser muy variada. De cualquier manera, su prueba fue in crescendo, culminada con un conmovedor E luceven le stelle que mereció el aplauso más largo de la velada. ¡Un verdadero matador! fue Amartuvshin Enkhbat, considerado hoy uno de los mejores barítonos en la escena internacional. Su Scarpia gustó por su timbre redondo, su muy cuidada dicción y movilidad en el fraseo. Enkhbat ofreció un retrato del barón Scarpia de gran intensidad dramática, inteligente, melifluo, lascivo y despiadado. Del barítono mongol llamó la atención, la solidez de la emisión, la suntuosa proyección vocal, la belleza tímbrica y su capacidad para refinar las frases. En resumen, ¡es un triunfador! Carlo Bosi es un maestro en los papeles secundarios para tenor, y su Spoleta estuvo casi perfecto; como también el Sacristán de Marco Filippo Romano. Estos dos artistas hacen de la técnica vocal y de la dicción clara un atout vencedor logrando darles un justo relieve a dos papeles tan importantes y frecuentemente un poco descuidados. Convincentes estuvieron también Huanhong Li en el papel de Angelotti, Costantino Finucci en el de Sciarrone, Xhiedo Hyseni (de la Accademia del Teatro alla Scala) como el carcelero y Valentina Díaz (del Coro de voces blancas del Teatro alla Scala) como el joven pastor; y como siempre, el confiable Coro del Teatro alla Scala que dirige Alberto Malazzi.

Tuesday, April 1, 2025

Tosca -Teatro alla Scala, Milano

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

Il Teatro alla Scala ha riproposto la Tosca di Giacomo Puccini (1858-1924) che aveva inaugurato la stagione 2019/2020. La regia di Davide Livermore è stata ripresa correttamente in questa occasione da Alessandra Premoli. Di quella Tosca si era già scritto su queste pagine a suo tempo, e oggi si può tranquillamente confermare il risconto molto positivo suscitato già allora dallo spettacolo creato dal regista italiano con il suo staff costituito da Giò Forma (scene), Gianluca Falaschi (costumi), Antonio Castro (luci) e D-Wok (video). Livermore ha dato un taglio cinematografico alla sua messa in scena utilizzando I mezzi tecnologici che gli sono abituali (davvero suggestivi e di grande impatto i continui sollevamenti e le rotazioni degli elementi architettonici) senza alcun stravolgimento del libretto. E in questi tempi è un grande merito, visto cosa succede su certi palcoscenici operistici dove non solo si fanno riletture cervellotiche della trama, ma sta diventando di moda modificare addirittura le parole del testo. E questo mi pare inaccettabile. Livermore è un musicista, un tenore per la precisione, e questo si nota sempre nei suoi allestimenti. I cantanti, infatti, sono sempre messi nella condizione di potersi esprimere al meglio in palcoscenico, senza bizzarrie insensate come quelle di farli cantare in bilico su una corda sospesa o a testa in giù. Quindi ben venga una Tosca come questa, ipertecnologica, che guarda al cinema, ma che guarda soprattutto alla musica, rispettandola e valorizzandola. E così la celebre vicenda dei due amanti Tosca e Cavaradossi e del brutale e lussurioso Scarpia, vicenda che si svolge a Roma il 17 giugno 1800 tre giorni dopo la vittoria di Marengo (Piemonte) delle truppe di Napoleone contro l’esercito austriaco di Melas (e l’esultanza di Cavaradossi «Vittoria! Vittoria!» durante il suo interrogatorio nel secondo atto, un gesto di sfida nei confronti di Scarpia, si riferisce proprio a questo avvenimento), scorre fluida e comprensibile, avvince e convince. Mentre la regia di Livermore ha nuovamente fatto centro, la direzione di Michele Gamba ha sofferto di una certa mancanza di tensione narrativa. L'incedere un po’ smorto (soprattutto nel primo atto), un tessuto orchestrale a volte un po’ sottotono, qualche scollamento tra buca e palcoscenico non hanno consentito una resa teatrale del tutto efficace. Ricordo anche che Gamba ha adottato la nuova edizione critica dell’opera (Parker) che si rifà alla prima rappresentazione assoluta avvenuta a Roma al Teatro Costanzi il 14 gennaio 1900, edizione già utilizzata da Riccardo Chailly nel 2019 e che recuperavapagine espunte da Giacomo Puccini dopo quella première. È stato possibile ascoltare, tra l'altro, una frase supplementare nel duetto del primo atto tra Mario e Tosca, anche un brevissimo dialogo a due al termine di Vissi d'Arte, pure una parte a cappella nel Te Deum, e qualche battuta in più nel Finale dell'opera. Nel ruolo della protagonista Elena Stikhina è piaciuta per l’incisività del suo canto. Una Tosca volitiva la sua. Ma una dizione a volte poco chiara e un canto spesso di forza, privo di flessuosità e morbidezze, le hanno impedito di tratteggiare un personaggio rifinito. Anche l’accento è parso un po’ monocorde con dinamiche tendenti spesso al forte. Il suo Vissi d’arte è parso quindi un po’ anonimo. Poco sfaccettato anche il Mario Cavaradossi interpretato da Fabio Sartori, un tenore che però vocalmente in scena non si risparmia mai, ma la cui linea di canto non pare molto variegata. La sua è stata comunque una prova in crescendo, culminata con un commosso E lucevan le stelle che ha meritato il più lungo applauso della serata. Vero mattatore è stato Amartuvshin Enkhbat, considerato oggi uno dei migliori baritoni sulla scena internazionale. Il suo Scarpia è piaciuto per rotondità timbrica, dizione curatissima, mobilità di fraseggio. Enkhbat ha offerto un ritratto del barone Scarpia di grande intensità drammatica, intelligente, mellifluo, lascivo e spietato. Del baritono mongolo hanno colpito la saldezza dell’emissione, la sontuosa proiezione vocale, la bellezza timbrica e la sua capacità di rifinire le frasi. Insomma, un fuoriclasse! Carlo Bosi è un maestro nelle parti secondarie di tenore, e il suo Spoletta è stato pressoché perfetto; come pure il Sagrestano di Marco Filippo Romano. Questi due artisti fanno della tecnica vocale e della dizione limpida e scandita un atout vincente riuscendo a dare il giusto rilievo a due ruoli così importanti spesso un po’ trascurati. Convincenti anche Huanhong Li nei panni di Angelotti, Costantino Finucci in quelli di Sciarrone, Xhieldo Hyseni (Accademia del Teatro alla Scala) come Carceriere e Valentina Diaz (Coro di Voci Bianche delTeatro alla Scala) come giovane Pastore. E sempre affidabile il Coro del Teatro alla Scala diretto da Alberto Malazzi.

Tuesday, June 6, 2023

Andrea Chenier en Milán

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

Volvió a la Scala, pero con otro elenco, el Andrea Chenier que había inaugurado con éxito la temporada 2017-2018 del teatro.  El espectáculo firmado por Mario Martone mostró una vez más su eficacia dramática con una escenografía respetuosa del libreto y de los ambientes – el salón de fiestas de castillo de Coigny, la estancia de Gerard, el tribunal y el patio de la prisión- que destacaban sobre un luctuoso y atemporal fondo lúgubre negro, heraldo de tristes presagios, y con la presencia de inquietantes espejos deformantes que subrayaban la vacuidad y la hipocresía. Ideal lucio la plataforma giratoria diseñada por Margherita Palli, que permitía pasar de un escenario a otro de manera inmediata y natural, haciendo que la historia avanzara de modo apremiante. La baqueta confiada a Riccardo Chailly en el 2017, fue esta vez empuñada por Marco Armiliato quien concertó apuntando hacia la teatralidad del paso orquestal sin particulares retoques ni sutilezas cromáticas, por el contrario, matizado en ocasiones una cierta pesadez con una dinámica que tendía hacia el forte y el fortissimo. El esperado Chenier de Jonas Kauffmann desilusionó en parte las expectativas. Para entender mejor, el artista es notable desde el punto de vista actoral como vocal, y con una presencia potente en escena que se hizo apreciar por la pericia de los movimientos escénicos y por la verdad interpretativa que salía de un personaje siempre vivido en su entusiasta exaltación. Su línea de canto se benefició de un fraseo siempre acertado y muy móvil: cada palabra, cada frase sonaba casi nueva ante ciertas interpretaciones que se centraban sobre todo en un acento más estentóreo. Pero el tenor alemán se mostró un tanto cauteloso en algunos momentos por lo que al final a su canto le faltó esa electricidad que sabe inflamar al público. Algo que en cambio sí estuvo presente en gran nivel en el canto de Amartuvshin Enkhbat, un Gerard suntuoso, viril, de voz de acero sólidamente proyectada y un acento comunicativo. Su «Nemico della patria» fue justamente aclamado con una ovación de varios minutos, aplausos del público a escena abierta, que abarrotó la sala de Piermarini en el momento más emocionante de la velada. Sonya Yoncheva en el papel de Maddalena convenció sobre todo por su capacidad para delinear un personaje que de ser puro y frágil a su ingreso al escenario evolucionó hacia la madurez y la determinación al final de la obra. Agradó su canto apasionado y exuberante, si bien en el registro agudo cuando fue requerido se notaba cierto esfuerzo en mantener la redondez de la emisión. Óptimos estuvieron los personajes de acompañamiento comenzando con Carlo Bosi,un maestro del canto sul fiato, que personificó un increíble astuto y malicioso. Francesca di Sauro fue una desenvuelta Bersi, muy bien cantada y de timbre muy agradable, Elena Zilio fue una Madelon emocionada y emocionante, y Giulio Mastrototaro fue un Mathieu extrovertido y sonoro.  El Corpo di Ballo y el Coro del Teatro alla Scala estuvieron perfectamente a sus anchas al interno del espectáculo.

Andrea Chenier - Teatro alla Scala, Milano

Foto: Brescia&Amisano

Massimo Viazzo

Torna alla Scala con un altro cast l’Andrea Chenier che aveva aperto con successo la stagione 2017/18. Lo spettacolo firmato da Mario Martone mostra ancora la sua efficacia drammatica con una scenografia rispettosa del libretto e con gli ambienti - salone delle feste del castello dei Coigny, stanza di Gerard, il tribunale e il cortile delle prigioni - che si stagliavano su un luttuoso e atemporale fondale nero foriero di tristi presagi, e con la presenza di inquietanti specchi deformanti che sottolineavano vacuità ed ipocrisia. Ideale la piattaforma rotante preparata da Margherita Palli che permetteva di passare da una scena all’altra in maniera immediata e naturale consentendo alla vicenda di progredire in modo incalzante. La bacchetta, affidata a Riccardo Chailly nel 2017, questa volta l’ha impugnata Marco Armiliato che ha concertato puntando sulla teatralità del passo orchestrale senza particolari rifiniture o finezze coloristiche, anzi mostrando a volte una certa pesantezza con una dinamica tendente al forte e al fortissimo. L’atteso Chenier di Jonas Kaufmann ha in parte deluso le aspettative. Intendiamoci, l’artista è notevole sia dal punto di vista attoriale che vocale, una presenza potente in palco che si è fatta apprezzare per la perizia dei movimenti scenici e per la verità interpretativa che scaturiva da un personaggio sempre vissuto nella sua entusiastica esaltazione. La sua linea di canto ha tratto giovamento da un fraseggio sempre curato e mobilissimo: ogni parola, ogni frase suonava quasi nuova a fronte di certe interpretazioni che hanno puntato soprattutto su un accento più stentoreo. Ma il tenore tedesco è parso in alcuni momenti un po’ prudente così che alla fine nel suo canto è mancata quell’elettricità che sa infiammare il pubblico. Cosa che invece era presente a un gran livello nel canto di Amartuvshin Enkhbat, un Gerard sontuoso, virile, con voce d’acciaio saldamente proiettata e un’accento comunicativo. Il suo «Nemico della patria» è stato acclamato giustamente con una ovazione di diversi minuti, applausi a scena aperta da parte del pubblico che gremiva la sala del Piermarini: il momento più entusiasmante della serata. Sonya Yoncheva nei panni di Maddalena ha convinto soprattutto per la sua capacità di tratteggiare un personaggio che dall’essere puro e fragile al suo ingresso in scena si evolve verso maturità e risolutezza alla fine dell’opera. Il suo canto appassionato ed esuberante è piaciuto anche se nel registro acuto quando sollecitato si è notato un certo sforzo nel mantenere rotondità di emissione. Ottime le parti di fianco a cominciare da Carlo Bosi, un maestro del canto sul fiato, che ha impersonato un Incredibile subdolo e maligno. Francesca di Sauro è stata una Bersi disinvolta, molto ben cantata e timbricamente gradevole, Elena Zilio una Madelon emozionata ed emozionante, e Giulio Mastrototaro un Mathieu estroverso e sonoro. Corpo di Ballo e Coro del Teatro alla Scala perfettamente a proprio agio all’interno dello spettacolo.

Monday, March 7, 2022

Adriana Lecouvreur en el Teatro alla Scala de Milán, Italia.

Foto: Brescia & Amisani


Massimo Viazzo


Vuelve a Milán después de 15 años Adriana Lecouvreur de Francesco Cillea. La producción de escena es la conocida y firmada por David McVicar, que ha sido vista en Londres, París, Barcelona, Viena y San Francisco (además de que existe en DVD). Se puede discutir como el director escoces ilustró la trama con perfecta adhesión a la historia narrada, con escenas y vestuarios que parecen salidos del libreto mismo. Por ello, deben estar contentos los amantes de las llamadas puestas tradicionales, y un poco menos los demás, que se habrán agobiado de frente a esta reposición que es bastante estática y un poco monótona. Sin embargo, y por fortuna, se pensó en un elenco que electrizó esta producción, comenzando con Maria Agresta, en el papel principal de Adriana, la actriz de la comédie victima del bien conocido y mortal triángulo amoroso. Agresta mostró un timbre pastoso y rico, sobretodo en su registro medio agudo, con el que evidenció una capacidad de cantar sul fiato y de refinar de lo mejor las frases musicales. Sus dos célebres arias Io son l’umille ancella y Poveri fiori fueron cinceladas con técnica muy solida y gran musicalidad hasta llevar al público en el teatro al delirio. Por su parte, Yusif Eyvazov en el arduo papel de Maurizio mostró solidez en la impostación, pero sobretodo extrema seguridad para afrontar la zona más áspera de la partitura, cantando no solo con fuerza si no sabiendo frasear con expresividad y modulando la emisión. Aunque en realidad no se le vio escénicamente a sus anchas en el personaje, el tenor azerbaiyano convenció de cualquier manera, por sus óptimos dotes vocales. Carisma escénico, que de hecho no le faltó, mostró Alessandro Corbelli, un Michonnet de antología, memorable, cantado con mil matices, mil detalles y sobre todo con una dicción extraordinaria y explosiva comunicación. Frecuentemente Michonnet parece ser un personaje casi menor en la ópera, sin embargo, Corbelli lo ha llevado a un nivel principal difícil de imaginar.  Judit Kutasi, quien sustituyó de último momento a la indispuesta Anita Rachvelishvili, creó su princesa de Bouillon como una mujer pasional y vengativa, mostrando una voz homogénea en cada registro, con un timbre bruñido y de fuerte impacto sonoro. Un aplauso también para Carlo Bosi, cuyo abate de Chazeuil, tan meloso y malicioso, estuvo bien cantado; y a Caterina Sala (Jouvet) y a Svetlina Stoyanova (Dangeville) que representan hoy en día una seguridad para el teatro. La conducción de Giampaolo Bisanti, apasionada y concisa, pareció por momentos un poco pesada en la dinámica. Al final, el Coro del Teatro alla Scala, dirigido por Alberto Malazzi representa siempre una seguridad. 




 

Adriana Lecouvreur - Teatro alla Scala

Foto: Brescia & Amisano - Teatro alla Scala


Massimo Viazzo


Torna a Milano dopo 15 anni Adriana Lecouvreur di Francesco Cilea. E l'allestimento è quello ormai molto noto firmato da David McVicar già visto a Londra, Parigi, Barcellona, Vienna e San Francisco (oltre che in DVD). Si può ribadire come il regista scozzese abbia illustrato il plot con perfetta aderenza alla vicenda narrata, con scene e costumi che sembrano usciti dal libretto stesso. Tutti contenti gli amanti delle regie cosiddette tradizionali quindi, un po' meno gli altri che un po' si saranno annoiati di fronte ad questa ripresa abbastanza statica e un po' monotona. Ma per fortuna ci ha pensato il cast a elettrizzare questa produzione. A cominciare da Maria Agresta nel ruolo principale di Adriana, l'attrice della Comédie vittima del ben noto e mortale triangolo amoroso. La Agresta ha mostrato una timbrica pastosa e ricca soprattutto nel registro medio acuto evidenziando una capacità di cantare sul fiato e di rifinire al meglio le frasi musicali. Le due celebri arie Io son l'umile ancella e Poveri fiori sono state cesellate con tecnica ferratissima e grande musicalità tanto da portare il pubblico in sala all'entusiasmo. Da parte sua Yusif Eyvazov nell'arduo ruolo di Maurizio ha mostrato solidità di impostazione, ma soprattutto estrema sicurezza nell'affrontare le zone più impervie della partitura, cantando non solo di forza ma sapendo fraseggiare con espressività modulando l'emissione. Certo, il personaggio non è parso scenicamente a suo agio, ma il tenore azero ha convinto comunque per le sue ottime doti vocali. Carisma scenico che di certo non difettava, invece, ad Alessandro Corbelli, un Michonnet da antologia, memorabile, cantato con mille sfumature, mille dettagli, e soprattutto con una dizione straordinaria e una comunicativa dirompente. Spesso Michonnet sembra quasi un personaggio minore dell'opera. Ebbene, Corbelli l'ha portato ad un livello primario come è difficile da immaginare. Judit Kutasi, che ha sostituito all'ultimo momento una indisposta Anita Rachvelishvili, ha impostato la sua Principessa di Bouillon come donna passionale e vendicativa, mostrando una voce omogenea in ogni registro, di timbrica brunita e di forte impatto sonoro. Un plauso anche a Carlo Bosi, il cui Abate di Chazeuil, così mellifluo, malizioso era soprattutto molto ben cantato; e a Caterina Sala (Jouvenot) e Svetlina Stoyanova (Dangeville), che rappresentano ormai una sicurezza per il teatro. La direzione di Giampaolo Bisanti, appassionata e stringata, è parsa a volte un po' pesantuccia nelle dinamiche. Infine, il Coro del Teatro alla Scala diretto da Alberto Malazzi rappresenta sempre una sicurezza.

Monday, January 6, 2020

Tosca en el Teatro alla Scala de Milán


Foto: Brescia&Amisano - Teatro alla Scala

Massimo Viazzo

Después de la apreciada inauguración de la temporada pasada con Attila de Verdi, Davide Livermore fue nuevamente el centro de la apertura de este nuevo curso del 2019/20, con una Tosca de gran impacto visual y emotivo. Sin embargo, esto es lo que se esperaba del reconocido director escénico italiano que conoce perfectamente la música y que conoce como pocos la categoría teatral de la “maravilla”. En esta Tosca aparece todo lo que está previsto en el libreto, con ninguna lectura innovadora o irreverente.  Lo que sobrecoge es la capacidad de contar una reconocida historia con un despliegue de imponentes medios tecnológicos, como lo hace regularmente Livermore, con verdaderas y muy eficaces maquinas teatrales que permanecen siempre perfectamente al servicio de la partitura. Todo sobre el escenario de movía (capillas que giraban, cuadros que de repente cobraban vida a color, ángeles que acechaban desde diversas perspectivas) todo en armonía con la historia contada también con la amplificación de los significados con un uso virtuoso de la iluminación.  En ese sentido, fue memorable la entrada a la iglesia de Scarpia en el primer acto, con una cegadora luz que deslumbró y aturdió al público.  Riccardo Chailly concertó con habitual pericia, recuperando, como lo está haciendo regularmente en estos años en la Scala con las obras de Puccini, paginas borradas por el propio compositor después de las primeras representaciones absolutas.  Por ello, fue posible escuchar, entre lo demás, una frase suplementaria en el dueto del primer acto entre Mario y Tosca, un breve dialogo entre los dos al final de Vissi d’Arte, como también una parte a cappella en el Te Deum, y algunos compases de más al final de la ópera. Todo siempre muy interesante, y ejecutado con gran pasión y competencia por el director milanés que ya cuanta al propio Puccini como uno de sus compositores de eleccion.
El transporto teatral fue siempre ejemplar, como también la búsqueda de los timbres que no ha ido a menos (por ejemplo, escuchar el cincelado final en el pasaje sinfónico del tercer acto inmediatamente después de la intervención del joven pastor con las campanas romanas matutinas sirviendo de corolario).  Con un trio de solistas de canto tan preparados, la mesa estaba más que servida. Saioa Hernández, que remplazo a una indispuesta Anna Netrebko, personificó a la protagonista con impulso y abnegación.  Su voz lució solida en cada registro y el acento apropiado para una Tosca de carácter fuerte y entusiasta.  Francesco Meli personifico a Mario Cavaradossi con gran finura, alejado de los modos de los tenores que cantan la parte del pintor en un constante tutto forte. Meli supo modular su voz buscando la expresividad en cada frase, restituyendo así un Cavaradossi multifacético, un hombre creíble y enamorado, no solo un soberbio opositor político. Scarpia encontró en Luca Salsi una personificación ideal.  El barítono Emiliano, con su canto solido y arrogante, como también suave e insinuante, supo despertar emociones fuertes. Su presencia en escena fue verdaderamente carismática.  Un aplauso también para el temeroso Sacristan, cantado con voz consistente por Alfonso Antoniozzi, y al rufianesco Spoletta de Carlo Bosi. Finalmente, estuvo extraordinario el Coro del Teatro alla Scala dirigido por Bruno Casoni.

Tosca - Teatro alla Scala, Milano


Foto: Brescia&Amisano- Teatro alla Scala, Milano.

Massimo Viazzo

Davide Livermore, dopo l'apprezzata inaugurazione della scorsa stagione scaligera con Attila di Verdi, fa nuovamente centro all'apertura della nuova, 2019/20, con una Tosca di grande impatto visivo ed emotivo. D'altronde è questo che ci si aspetta dall'affermato regista italiano, che conosce perfettamente la musica e che conosce come pochi la categoria teatrale della “maraviglia”. In questa Tosca c'è tutto ciò che è previsto dal libretto, niente letture innovative o dissacranti. Quello che colpisce è la capacità di raccontare una storia arcinota con un dispiegamento di mezzi tecnologici imponente, come fa spesso Livermore, vere macchine teatrali efficacissime che però restano sempre perfettamente al servizio della partitura. Tutto sul palco si muove (cappelle che ruotano, quadri che improvvisamente prendono vita colorandosi, angeli che incombono da prospettive nuove...)  in armonia con la vicenda raccontata amplificandone i significati anche con un uso virtuosistico delle luci.  In tal senso memorabile l'entrata in chiesa di Scarpia alla fine del primo atto, con una luce accecante che abbaglia e stordisce il pubblico. Riccardo Chailly ha concertato con la solita perizia recuperando, come sta regolarmente facendo in questi anni alla Scala con i lavori pucciniani, pagine espunte dallo stesso Puccini dopo la prima rappresentazione assoluta. Quindi è stato possibile ascoltare, tra l'altro, una frase supplementare nel duetto del primo atto tra Mario e Tosca, anche un brevissimo dialogo a due al termine di Vissi d'Arte, pure una parte a cappella nel Te Deum, e qualche battuta in più nel Finale dell'opera. Tutto sempre molto interessante, eseguito con grande passione e competenza dal direttore d'orchestra milanese che annovera proprio Puccini tra i suoi compositori d'elezione. Il trasporto teatrale è stato esemplare, ma anche la ricerca timbrica non è venuta meno (sentire il fine cesello, ad esempio, nel brano sinfonico del terzo atto, subito dopo l'intervento del giovane pastorello, con le campane mattutine romane a far da corollario!). E con un trio di solisti di canto così preparati il gioco è fatto: Saioa Hernandez, subentrata ad una indisposta Anna Netrebko, ha impersonato la protagonista con slancio e abnegazione. La sua voce è parsa solida in ogni registro e l'accento appropriato per unaTosca volitiva e sanguigna. Francesco Meli ha impersonato Mario Cavaradossi con grande finezza. Lontano dai modi dei tenori che cantano la parte del pittore in un costante tutto forte, Meli ha saputo modulare la sua voce cercando espressività in ogni frase, restituendo così un Cavaradossi sfaccettato, credibile uomo innamorato e non solo fiero oppositore politico. Scarpia ha trovato in Luca Salsi una personificazione ideale. Il baritono emiliano con un canto solidissimo e spavaldo, ma anche mellifluo e insinuante, ha saputo destare emozioni forti. La sua presenza in scena è stata veramente carismatica. Un plauso anche al pavido Sagrestano cantato con voce corposa da Alfonso Antoniozzi e allo Spoletta ruffianesco di Carlo Bosi. Straordinario, infine, il Coro del Teatro alla Scala diretto da Bruno Casoni




Thursday, December 28, 2017

Andrea Chenier de Giordano en el Teatro Alla Scala de Milán


Foto: Brescia&Amisano - Teatro alla Scala

Massimo Viazzo

Fueron dos los triunfadores de la función inaugural de la nueva temporada scaligera con Andrea Chénier di Umberto Giordano, una ópera que no se hacía en el teatro milanés desde hace treinta años.  Sobre todo es Ricardo Chailly quien amerita el aplauso general por el análisis capilar de la partitura, por la profusa pasión en su concertación, por la dedicación al cuidado del fraseo de la línea de canto y por la determinación de proponer el repertorio verista italiano, cuya presencia no esta tan descartada en los cartelones de los teatros liricos (otros títulos mas o menos conocidos de este periodo serán representados en las próximas temporadas con el apoyo del convencido superintendente Pereira).  Chailly supo imprimir a la partitura un paso teatral seguro y siempre fluido. La idea de realizar la obra combinando los dos primeros actos sin pausa, como también los últimos dos, resultó exitosa, como también la voluntad de evitar las interrupciones internas en los actos mismos al termino de las arias, donde en efecto no había espacio para el aplauso de tradición, si no que las mismas estaban incrustadas en el tejido de la ópera sin solución de continuidad, y no como cuerpos extraños, en un fondo que apuntaba directo a la continuidad narrativa y al sostén sinfónico de la partitura.  La orquesta del Teatro alla Scala ha respondido magníficamente a los requerimientos del director de orquesta milanés.  Extraordinaria por intensidad, belleza del timbre, opulencia vocal tout court fue la prueba de Anna Netrebko, en su debut en el papel de Maddalena de Coigny. Netrebko emocionó con su canto suave siempre en el fiato, extraordinariamente homogéneo en el registro y de noble acento. Imposible resistir a su interpretación tan intensa y conmovedora de La mamma morta. 
El tenor azerbaiyano Yusif Eyvazov, marido en vida de Netrebko, era esperado por los loggionisti en un papel que fue dominado en el pasado por dos monstruos sagrados como Mario del Monaco y Franco Corelli.  Eyvazov quedó mal parado desde el punto de vista puramente vocal. Su fraseo no fue rígido,y s uso del legato, dicción clara y variada dinámica caracterizaron una prueba en general convincente.  Es verdad que su timbre no es seductor, y es un artista un poco limitado, pero sus dotes canoros le permitieron dominar un papel tan arduo, con cierta seguridad. Luca Salsi, personificó al atormentado Carlo Gerard con dominio y precisión vocal. Quizás hubiera agradado algún matiz más en su línea de canto, pero su voluminosa voz pareció sana y bien timbrada.  Muy bien estuvieron todos los comprimarios, sobre todo con una nota de reconocimiento para la atractiva Bersi de Annalisa Stroppa, el melifluo Increíble de Carlo Bosi, la conmovedora Madelon de Judit Kutasi y el caluroso Roucher de Gabriele Sagona. Como siempre, estuvo optimo el coro del Teatro alla Scala dirigido por Bruno Casoni. La dirección escénica del espectáculo le fue confiada a, una dirección escrupulosamente respetuosa del libreto que no fue particularmente envolvente. 

Wednesday, December 27, 2017

Andrea Chenier - Teatro alla Scala, Milano

Foto: Brescia&Amisano - Teatro alla Scala

Massimo Viazzo

Due sono stati i trionfatori della serata che ha inaugurato la nuova stagione scaligera con Andrea Chénier di Umberto Giordano, un’opera che mancava dal teatro milanese da più di trent’anni. Innanzitutto è stato Riccardo Chailly a meritare il plauso generale per la capillare analisi della partitura, per la passione profusa nella concertazione, per la dedizione nella cura del fraseggio della linea di canto e per la caparbietà nel riproporre un repertorio, quello del verismo italiano, la cui presenza non è proprio così scontata nei cartelloni dei teatri lirici (altri titoli più o meno noti di questo periodo saranno messi in scena nelle prossime stagioni anche con l’appoggio convinto del sovrintendente Pereira). Chailly ha saputo imprimere alla partitura un passo teatrale sicuro e sempre fluente. L’idea di eseguire il lavoro accorpando i primi due atti senza cesure, come pure gli ultimi due, è risultata vincente, così anche la volontà di evitare le interruzioni interne agli atti stessi al termine delle Arie, dove in effetti non c’era spazio per l’applauso di tradizione ma le stesse venivano incastonate nel tessuto dell’opera senza soluzione di continuità e non come corpi estranei, in una idea di fondo che puntava dritta alla continuità narrativa e alla tenuta sinfonica della partitura. E l’Orchestra del Teatro alla Scala ha risposto magnificamente alle sollecitazioni del direttore d’orchestra milanese.  Straordinaria per intensità, bellezza timbrica, opulenza vocale tout court è stata poi la prova di Anna Netrebko, al suo debutto nel ruolo di Maddalena di Coigny. 
La Netrebko ha emozionato con il suo canto morbidissimo sempre sul fiato, straordinariamente omogeneo nei registri e di accento nobile. Impossibile resistere alla sua interpretazione così intensa, toccante di La mamma morta, Il tenore azero Yusif Eyvazov, marito nella vita della Netrebko, era aspettato al varco dai loggionisti in un ruolo che era stato appannaggio in passato di due mostri sacri come Mario Del Monaco e Franco Corelli. Eyvazov non ha sfigurato dal punto di vista prettamente vocale. Fraseggio non rigido, uso del legato, dizione chiara e dinamica varia hanno caratterizzato una prova del tutto convincente. Certo, la sua timbrica non era seducente, l’attore era un po’ impacciato, ma le sue doti canore gli hanno permesso di dominare un ruolo così arduo con una certa sicurezza. Luca Salsi ha impersonato il tormentato Carlo Gerard con padronanza e autorevolezza vocale. Forse sarebbe stata gradita qualche sfumatura in più nella sua linea di canto, ma la sue voce voluminosa è parsa sana, e ben timbrata. Bravissimi tutti i comprimari con una nota di merito soprattutto per l’attraente Bersi di Annalisa Stroppa, il mellifluo Incredibile di Carlo Bosi, la commovente Madelon di Judit Kutasi e il caloroso Roucher di Gabriele Sagona. Sempre ottimo il Coro del Teatro alla Scala diretto da Bruno Casoni. La regia dello spettacolo è stata affidata a Mario Martone, una regia scrupolosamente rispettosa del libretto ma non particolarmente coinvolgente.

Wednesday, January 4, 2017

Madama Butterfly en el Teatro alla Scala de Milán

Foto: Brescia & Amisano - Teatro alla Scala

Massimo Viazzo

En esta ocasión Riccardo Chailly  propuso una opera pucciniana en la Scala,  teatro del cual es el director principal, y su elección fue una versión no esperada. La ópera que inauguró la nueva temporada fue Madama Butterfly, y la versión fue la de su estreno mundial en 1904, versión que el propio Puccini reelaboró inmediatamente después de haber visto el  funesto resultado de su première scaligera.  La reconstrucción filológica fue curada por Julian Smith para la Casa Ricordi de Milán después de trabajar minuciosamente sobre las fuentes.  No es este el momento para juzgar cual es la mejor Butterfly posible, si precisamente aquella de 1904 silbada en la Scala o la que retocó inmediatamente el compositor para los teatros de Brescia, Turín, Londres y Paris (las modificaciones principales tienen que ver principalmente con cambios en algunas partes melódicas, algunos cortes para hacer más agiles algunas escenas, el aumento de la celebérrima aria del tenor del último acto“Addio fiorito asil”, como también la subdivisión en tres y no más en dos actos); lo cierto es que la dirección artística  del Teatro alla Scala le dio a los apasionados, la rarísima posibilidad de escuchar la primera composición de una de las más aclamadas obras maestras del compositor toscano. Esta es sin duda, una operación meritoria.  Chailly quiso enérgicamente esta Ur-Butterfly, y ha fue justo él, el protagonista absoluto de la velada.  La suya fue una dirección nada fingida o sentimental, siempre muy atenta al detalle sin perder nunca de vista la visión del conjunto.  La Orquesta del Teatro alla Scala sonó de manera magnifica, con transparencia y extrema claridad restituyendo la trama musical y con un buen paso teatral.  Lamentablemente desde el punto de vista visual pareció demasiado disminuido. Alvis Hermanis ilustró más que hacer dirección escénica, diseñando un Japón de cartulina, sin cuidar de manera profunda los movimientos escénicos de los cantantes  a quienes dejó un poco a la deriva.  El debut en el papel principal de María José Siri pareció convincente en general. Su canto seguro y de timbre homogéneo quizás no suscitó el entusiasmo de otros tiempos, pero la soprano sudamericana verdaderamente supo captar de manera eficaz los trazos del carácter de la protagonista yendo vocalmente in crescendo durante el transcurso de la función. Por su parte, fue desilusionante la prueba de Bryan Hymel, cuyo Pinkerton tuvo un peso vocal muy limitado como para electrizar al público, y un timbre que no fue particularmente cautivante.  Al inicio de la ópera, fue despiadada su confrontación con el Goro bien cantado por Carlo Bosi.  Bosi mostró un grato timbre, optima proyección vocal, dicción perfecta, cualidades que desafortunadamente cubrieron el canto de Hymel.  Carlos Álvarez dotó de extrema nobleza al papel de Sharpless, que cantó con envidiable rotundidad de timbre y acento casi perfecto. También la intensa y expresiva Suzuki de Annalisa Stroppa gustó mucho.  También los papeles menores dieron su buena contribución al éxito de un espectáculo que mostró buenas flechas al propio arco.


Madama Butterfly Teatro alla Scala Milano

Foto: Brescia & Amisano - Teatro alla Scala

Massimo Viazzo

Anche questa volta Riccardo Chailly nel proporre un’opera pucciniana alla Scala, di cui è il direttore principale, ha preferito scegliere una versione non scontata. L’opera che ha inaugurato la nuova stagione è stata Madama Butterfly, e la versione scelta quella della prima mondiale del 1904, versione che Puccini stesso rielaborò subito dopo visto l’esito funesto della première scaligera. La  ricostruzione filologica è stata curata da Julian Smith per la Casa Ricordi di Milano dopo un minuzioso lavoro sulle fonti. Non è questa la sede per giudicare quale sia la miglior Butterly possibile, se quella appunto del 1904 fischiata alla Scala o quella ritoccata in seguito dall’autore per i teatri di Brescia, Torino, Londra e Parigi (le modifiche principali riguardarono principalmente cambiamenti in alcune parti melodiche, vari tagli per rendere più agili alcune scene, con l’aggiunta anche della celeberrima aria del tenore nell’ultimo atto “Addio fiorito asil”, nonché la suddivisione in tre e non più in due atti); certo è che la direzione artistica del Teatro alla Scala ha dato agli appassionati la rarissima possibilità di ascoltare la prima stesura di uno dei più acclamati capolavori del compositore toscano. E questa resta senz’altro un’operazione meritevole. Chailly ha fortemente voluto questa Ur-Butterfly, ed è stato proprio lui il protagonista assoluto della serata. Una direzione mai leziosa o sentimentale la sua, sempre attentissima al particolare senza perdere mai di vista la visione di insieme. L’Orchestra del Teatro alla Scala ha suonato magnificamente, con trasparenza ed estrema chiarezza restituendo la trama musicale anche con bel passo teatrale. Purtroppo lo spettacolo dal punto di vista visivo è parso parecchio scontato. Alvis Hermanis ha più illustrato che fatto regia, disegnando un Giappone da cartolina, senza curare in modo approfondito i movimenti scenici dei cantanti, lasciati un po’ troppo a loro stessi. Il debutto nel ruolo del titolo di Maria José Siri è parso convincente nel complesso. Il suo canto sicuro e timbricamente omogeneo forse non ha suscitato entusiasmi d’altri tempi, ma il soprano sudamericano ha certamente saputo cogliere in modo efficace i tratti caratteriali della protagonista andando anche vocalmente in crescendo nel corso della recita. Deludente invece la prova di Bryan Hymel. Il suo Pinkerton aveva un peso vocale troppo limitato per elettrizzare il pubblico e un timbro non particolarmente accattivante. All’inizio dell’opera, impietoso è stato il confronto con il Goro ben cantato da Carlo Bosi. Bosi mostrava bel timbro, proiezione vocale ottimale, dizione perfetta, tutte qualità che latitavano purtroppo nel canto Hymel. Carlos Alvarez ha donato estrema nobiltà al ruolo di Sharpless  cantato con invidiabile rotondità timbrica ed accento pressoché perfetto. Anche l’intensa ed espressiva Suzuki di Annalisa Stroppa è piaciuta molto. Come pure i ruoli minori hanno tutti dato un bel contributo alla riuscita di uno spettacolo che ha palesato diverse buone frecce al proprio arco.