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Tuesday, June 3, 2025

Tríptico Weill en el Teatro alla Scala de Milán

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

El Tríptico Weill representado en el Teatro alla Scala, supone la evolución natural del Díptico que, en el 2021, durante la pandemia  de Covid-19, fue puesto en escena en el teatro vacío, con solamente la grabación televisa y la transmisión en streaming.  En aquella ocasión se juntaron dos obras de Kurt Weill (1900-1950) el ballet con canto Die sieben Todsünden (Los Siete pecados capitales) (1933) y Mahagonny Songspiel (1927). En esta ocasión, y también con la dirección escénica de Irina Brook (quien curó las escenografías, los vestuarios y el video) se agregó la comedia musical The Songs of Happy End (1933), privándolas de diálogos, para formar un solo espectáculo unitario con textos de Bertold Brecht. Quizás valga la pena recordar que la fructífera asociación entre Weill y Brecht duró solamente seis años, entre 1927 y 1933, pero fueron años de gran empeño, debates y creatividad.  Del espectáculo de la Scala surgió evidentemente una sátira contra una sociedad dedicada al dinero, que es amoral, trivial, y antiambientalista, y que es tan vacua como tristemente actual.  Con ritmos rápidos, canciones pegadizas de cabaret e incluso bailes banales, el compositor alemán le rehúye al realismo, apuntando recto hacia la ironía, el cinismo y la enajenación para obtener una inmediata participación de parte del público. No recurrió a gritos o alaridos expresionistas, si no que utilizó el vehículo de una música falsamente grata, siempre agradable al oído. En este contexto, el espectáculo de Irina Brook fue bastante convincente para lograr involucrar a los actores, a los cantantes y a los bailarines  quienes a través de su arte dan fe, con fuerza, de la voluntad de existir, la voluntad de vivir, a pesar de todo, en un cuadro post apocalíptico de trazos ecologistas, después de haber experimentado las tentaciones del vicio y del pecado en la constante búsqueda de un lugar de ensueño, una ciudad extraordinaria, un fantástico El Dorado, en el que todo es posible, pero que en realidad no existe.  Al final del espectáculo, la inserción del tango-habanera Youkali dejaría en el público con una tenue luz de esperanza. En verdad, el lugar tan añorado por la felicidad, por la paz y por el amor no existe, pero justo por ello es fundamental adquirir sabiduría para vivir el presente a pleno.  “Tuve que concebir una nueva historia que tuviese juntos todos los elementos de modo creíble y lógico” afirmó la directora de escena “y al final imaginé  la historia de una compañía de teatro en el fin del mundo: mientras que ellos se encuentran dentro del teatro, afuera no hay nada”. Una idea interesante, desarrollada con medios limitados, también recurriendo a materiales reciclados, sobre un escenario sustancialmente vacío. Sin embargo, desde el punto de vista teatral, el espectáculo resultó ser monocorde, como también por momentos inconsistente, y sobre todo, en la primera parte, frecuentemente predecible. La segunda parte “Happy End” resultó ser mejor; con los cantantes, todos en vestidos oscuros se mostraron presentando las diversas piezas en una especie de cabaret espectral, más parecido a una pesadilla que a un lugar de placer.  Pero en general se hubiera podido atreverse a más. Si el intento del espectáculo era el de perturbar o escandalizar, el resultado no fue suficientemente eficaz.  Por otra parte, el aspecto musical, se mostró de mayor calidad. Sobre el escenario, un elenco internacional interpretó los múltiples papeles, demostrando una óptima sinergia. Esto permitió apreciar plenamente las exuberantes y extrovertidas canciones de Kurt Weill. Alma Sadé interpretó a Anna I, Bessie y Mary; y Lauren Michelle interpretó a Anna II, a Jessie y a Jane; así como Wallis Giunta quien fue Lilian Holiday y fue la intérprete de Youkali. Por su parte, Markus Werba se vistió como el personaje de Bill Cracker y Elliott Carlton Hines el del Hermano I, el de Bobby y  el de Sam; y Andrew Harris interpretó la Madre (en travesti) y a Jimmy.  Matthäus Schmidlechner fue el Padre, Charlie y un hombre, Michael Smallwood prestó su voz al Hermano II, a Billy y a Hanibal Jackson, y Natascha Petrinsky interpretó a la Mosca y a Geoffrey Carey el actor.  Se debe mencionar especialmente, la actuación desenfadada y expresiva de Alma Sadé, a Lauren Michelle por su timbre aterciopelado y dotada de talento en la danza; al histriónico Bill Cracker interpretado por Markus Werba; a la Madre, sonora y comunicativa, cantada con voz masculina por Andrew Harris.  Wallis Giunta deleitó con una Lilian graciosa pero también intensa, mientras que Elliott Carlton Hines mostró una voz luminosa y extremadamente comunicativa. De cualquier manera, como afirmé anteriormente, el elenco entero se mostró a la altura.  Riccardo Chailly, que en muchas ocasiones ha expresado su por amor por este repertorio, quiso fuertemente que se hiciera esta propuesta. De hecho, dirigió con la justa transparencia, evidenciando precisión y nitidez rítmica, cuidado de los detalles y una extrema atención al justo color tímbrico, pasando con soltura y elegancia de un tango a un blues, y entre un vals y una marcha, en lo que fue ¡Una interpretación magistral!




Trittico Weill - Teatro alla Scala, Milano

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

Il Trittico Weill, rappresentato al Teatro alla Scala, costituisce la naturale evoluzione del Dittico che nel 2021, durante la pandemia COVID-19, fu messo in scena a teatro vuoto, con la sola ripresa televisiva e la trasmissione in streaming. In quell’occasione, furono abbinati due lavori di Kurt Weill (1900-1950): il balletto con canto Die sieben Todsünden (I sette peccati capitali) (1933) Mahagonny Songspiel (1927). Ora, sempre per la regia di Irina Brook (che ha curato anche scene, costumi e video), è stata aggiunta la commedia musicale The Songs of Happy End (1930), privata dei dialoghi, a formare uno spettacolo unitario su testi di Bertold Brecht. Vale forse la pena ricordare che il fruttuoso sodalizio tra Weill e Brecht durò soltanto 6 anni, tra il 1927 e il 1933, ma furono sei anni di grande impegno, dibattiti e creatività. Dallo spettacolo scaligero emerge con evidenza una satira contro una società dedita al denaro, amorale, triviale, anti-ambientalista, tanto vacua quanto tristemente attuale. Con ritmi incalzanti, canzoni orecchiabili da cabaret e danze anche banali, il compositore tedesco rifugge il realismo, puntando dritto all’ironia, al cinismo e allo straniamento per ottenere una immediata compartecipazione da parte del pubblico. Non ricorre a urla o grida espressioniste, ma utilizza il veicolo di una musica falsamente piacevole, sempre gradevole all’ascolto. In questo contesto, lo spettacolo di Irina Brook è abbastanza convincente nel saper coinvolgere attori, cantanti e danzatori che attraverso la loro arte attestano con forza la volontà di esistere, la volontà di vivere, nonostante tutto, in un quadro post-apocalittico dai tratti ecologisti, dopo aver sperimentato le tentazioni del vizio e del peccato alla costante ricerca di un luogo da sogno, una città straordinaria, un Eldorado fantastico in cui tutto è possibile, ma che in realtà non esiste. Al termine dello spettacolo, l’inserimento del tango-habanera Youkali lascerà nel pubblico un barlume di speranza. Certamente, il luogo tanto agognato della felicità, della pace e dell’amore non esiste, ma proprio per questo è fondamentale acquisire consapevolezza nel vivere appieno il presente. «Ho dovuto concepire una nuova storia che tenesse insieme tutti gli elementi in modo credibile e logico», afferma la regista, «e alla fine ho immaginato la vicenda di una compagnia teatrale alla fine del mondo: mentre loro sono all’interno del teatro, fuori non c’è più nulla». Un’idea interessante, sviluppata con mezzi limitati, anche ricorrendo a material riciclati, su un palcoscenico sostanzialmente vuoto. Tuttavia, dal punto di vista teatrale, lo spettacolo è risultato monocorde, anche talvoltainconsistente, soprattutto nella prima parte, e spesso prevedibile. La seconda parte, Happy End”, è risultata migliore: i cantanti, tutti vestiti in abito scuro, si esibivano presentando i vari brani in una sorta di cabaret spettrale, più simile a un incubo che a un luogo di piacere. In generale, però, si sarebbe potuto osare di più. Se l’intento dello spettacolo era quello di disturbare o scandalizzare, l’esito non è stato sufficientemente efficace. L’aspetto musicale, al contrario, si è rivelato di maggiore qualità. Sul palcoscenico, un cast internazionale ha interpretato molteplici ruoli, dimostrando un’ottima sinergia. Ciò ha consentito di apprezzare appieno le esuberanti ed estroverse canzoni di Kurt Weill. Alma Sadé ha interpretato Anna I, Bessie e Mary, Lauren Michelle ha interpretato Anna II, Jessie e Jane, Wallis Giunta era Lilian Holiday ed è stata l’interprete di Youkali, Markus Werba ha vestito i panni di Bill Cracker, Elliott Carlton Hines quelli di Fratello I, Bobby e Sam, Andrew Harris ha interpretato la Madre (en travesti) e Jimmy, Matthäus Schmidlechner è stato il Padre, Charlie e un uomo, Michael Smallwood ha dato voce a Fratello II, Billy e Hanibal Jackson, Natascha Petrinsky ha interpretato la Mosca e Geoffrey Carey l’attore. Si segnalano in particolare la performance di Alma Sadé, spigliata ed espressiva, Lauren Michelle, dalla timbrica vellutata e dotata anche di talento nella danza, l’istrionico Bill Cracker interpretato da Markus Werba, la Madre, sonora e comunicativa, cantata con voce maschile da Andrew Harris. Wallis Giunta ha deliziato con una Lilian graziosa ma anche intensa, mentre Elliott Carlton Hines ha mostrato una vocalità voluminosa ed estremamente comunicativa. In ogni caso, come ho affermato precedentemente, l’intero cast si è dimostrato all’altezza. Riccardo Chailly, che più volte ha espresso il suo amore per questo repertorio, ha fortemente voluto questa proposta. E infatti ha diretto con la giusta trasparenza, evidenziando precisione e nettezza ritmica, una cura del dettaglio e un’estrema attenzione al giusto colore timbrico, passando con scioltezza ed eleganza tra un tango e un blues, tra un valzer e una marcia. Una interpretazione maiuscola.

Thursday, April 11, 2024

La Rondine en Milán

Foto:Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

En este año pucciniano La Rondine volvió a la Scala después de una ausencia de treinta años (en 1994 fue dirigida por Gianandrea Gavazzeni).  De hecho, esta ópera nunca ha estado entre las preferidas de los apasionados, quizás porque por tener un libreto que no cautiva, y que se mezcla con historias bien conocidas como la de Violetta (Traviata) y Mimì (Bohème). Hubo muchos detractores que la definían como una ópera perdida, una ópera que parecía una opereta, o una opereta que hubiese querido ser ópera, y que era una ópera que en definitiva no era ni carne ni pescado.  Pero también hubo importantes defensores de la sofisticada partitura. El gran director de orquesta Victor de Sabata sostenía, por ejemplo, que “La Rondine es la partitura más elegante y refinada de Puccini” La responsabilidad artística de reponer este título en el Teatro alla Scala le fue encomendada al director musical del propio teatro, Riccardo Chailly, profundo conocedor de la producción del compositor de Lucca y siempre interesado en la recuperación filológica de sus partituras.  De hecho, en esta ocasión se escuchó una Rodine con algunas novedades ya que se basa en la edición crítica del 2023 realizada por Ditlev Rindom, preparada por tener a su disposición un precioso autógrafo (que se creía perdido) anterior al estreno ocurrido en Montecarlo en 1917, y que presenta cientos de compases de mas, como también algunas diferencias en la orquestación. Y Chailly no podía más que ser el triunfador de esta producción.  El cincelado fue su máxima interpretativa más evidente: con ligereza, precios timbres y suavidad, espontanea tendencia rítmica, una narración viva y fluida, y una gran pericia para dosificar los pesos orquestales.  ¡De verdad fue una conducción convincente! Como también lo fue el elenco encabezado por Mariangela Sicilia quien prestó su voz lirica a Magda, con un fraseo elegante y una emisión bien sostenida, haciendo creíble las emociones de la protagonista. La soprano calabresa la trazó como una mujer libre y emancipada con buscada de musicalidad y acento. El amado Ruggero fue interpretado por Matteo Lippi, tenor genovés que mostró grata dicción, un timbre cálido y pastoso, así como seguridad en el registro más agudo de su voz, además de hacer muy bien estuvo las medias voces.  La camarera Lisette de Rosalía Cid agradó por su facilidad, agilidad y pureza tímbrica; mientras que Giovanni Sala personificó un simpático (como también cínico) poeta Prunier con extroversión y una cierta seguridad vocal. Pietro Spagnoli, en el papel de Rambaldo, personaje solo esbozado por Puccini, evidenció sus indudables capacidades de dicción y acento en el canto di conversazione típico de su personaje.  También el resto de los papeles de acompañamiento como el Coro del Teatro alla Scala, dirigido por Alberto Malazzi, contribuyeron a un confiable logró musical.  Al final, llegamos a la parte escénica del espectáculo, al que Irina Brook le dio al propio montaje una visión meta teatral, del teatro en el teatro, poniendo sobre la escena el personaje inventado de una directora-coreógrafa, un alter ego de sí misma, que preparaba la puesta escénica de la ópera. Brook sostiene que está más interesada en sondear la mágica del teatro y las relaciones entre personajes reales y ficticios, más que adentrarse solamente en la historia del libreto.  Estas palabras suenan muy bonitas, pero al final el espectáculo pareció inocuo, apuntado hacia cosas ya vistas y vueltas a ver, con una interacción entre el personaje de la directora de escena y los personajes de la ópera bastante minimizada, de manera un poco banal, sin impulso o ideas originales.  En particular, citando un ejemplo, en el primer acto se realizaba en escena el ensayo general de La Rondine, con muchos vestuaristas, utileros, en una brillante ambientación que recordaba los clásicos musicales de Hollywood.  “Estamos en un elegante pabellón estivo como se construían en los muelles de las playas atlánticas de las costas ingles a finales del siglo XIX” recordaba Brook, quien continuó afirmando “en el segundo acto en el lugar del salón de baile de Chez Bullier encontramos la casa de la directora de escena quien se despierta de una pesadilla en la que el ensayo no había salido bien y no funcionaba nada.”  La técnica del teatro en el teatro, de la que hoy se está abusando, en esta producción no convenció.  Si bien es verdad que el espectáculo es reluciente, colorido y lleno de lentejuelas, al final los posibles planos de cambios y reciprocidad entre la realidad y la imaginación, entre la verdad y la ficción fueron apenas referidos, careciendo de ideas teatralmente eficaces y psicológicamente estratificadas.



La Rondine - Teatro alla Scala Milano

Foto: Brescia&Amisano

Massimo Viazzo

In questo anno pucciniano La Rondine è tornata alla Scala dopo un’assenza di trent’anni (nel 1994 fu diretta da Gianandrea Gavazzeni. Quest’opera, in effetti, non è mai stata tra le preferite degli appassionati, forse anche per un libretto che non avvince, mescolando vicende risapute come quelle di Violetta (Traviata) e Mimì (Bohème). Ci furono molti detrattori che la definivano un’opera mancata, un’opera che sembrava un’operetta o un’operetta che avrebbe voluto essere un'opera, un’opera che in definitiva non era né carne né pesce. Ma ci furono anche importanti fautori della sofisticata partitura. Il grande direttore d’orchestra Victor de Sabata sosteneva, ad esempio, che «La Rondine è la più elegante e raffinata partitura di Puccini». La responsabilità artistica di riportare questo titolo al Teatro alla Scala è stata affidata al direttore musicale stesso del teatro, Riccardo Chailly, profondo conoscitore della produzione del compositore di Lucca e da sempre interessato al recupero filologico delle sue partiture. E infatti anche questa volta si è ascoltata una Rondine con alcune novità in quanto basata sull’edizione critica pubblicata nel 2023 a cura di Ditlev Rindom, preparata avendo a disposizione un prezioso autografo (creduto perduto) anteriore alla première avvenuta a Montecarlo nel 1917 che presenta un centinaio di battute in più e anche differenze nell’orchestrazione. E Chailly non poteva che essere lui il trionfatore di questa produzione. Il cesello è stata la sua cifra interpretativa più evidente: lievità, timbrica preziosa e soffice, andamento ritmico spontaneo, narrazione viva e fluida con una grande perizia nel dosaggio dei pesi orchestrali. Davvero una direzione convincente. Come pure il cast capitanato da Mariangela Sicilia che ha donato la sua voce lirica a Magda. Con un fraseggio elegante e una emissione ben sostenuta ha reso credibili le emozioni della protagonista. Il soprano calabrese l’ha tratteggiata come donna libera ed emancipata con musicalità e accento ricercato. L’amato Ruggero era interpretato da Matteo Lippi. Il tenore genovese ha mostrato bella dizione, timbro caldo e pastoso, e sicurezza nel registro più acuto. Bravo anche nelle mezze voci. La cameriera Lisette di Rosalia Cid è piaciuta per spigliatezza, agilità e purezza timbrica, mentre Giovanni Sala ha impersonato un simpatico (ma anche cinico) poeta Prunier con estroversione e con una certa sicurezza vocale. Pietro Spagnoli nel ruolo di Rambaldo, personaggio solo abbozzato da Puccini, ha evidenziato le sue indubbie capacità di dizione e accento nel canto di conversazione tipico del suo personaggio. Ma anche tutte le parti di fianco e il Coro del Teatro alla Scala diretto da Alberto Malazzi hanno contribuito ad una attendibile resa musicale. E veniamo infine alla regia dello spettacolo. Irina Brook dà al proprio allestimento una visione metateatrale, di teatro nel teatro, con in scena il personaggio inventato di una regista-coreografa, alter ego di se stessa, che prepara la messa in scena dell’opera. La Brook sostiene di essere più interessata a scandagliare la magia del teatro e le relazioni tra personaggi reali e fittizi, piuttosto che addentrarsi nella sola vicenda del libretto. Belle parole queste, ma alla fine lo spettacolo è parso innocuo, punteggiato da cose già viste e riviste, e con una interazione tra il personaggio della regista e i personaggi dell’opera abbastanza scontata, un po’ banale, senza guizzi o idee originali. In particolare nel primo atto, ad esempio, andava in scena la prova generale de La Rondine con tanto di costumisti, attrezzisti... in una brillante ambientazione che ricordava i classici del musical hollywoodiano. «Siamo in un elegante padiglione estivo come se ne costruivano sui moli delle spiagge atlantiche o delle coste inglesi alla fine dell’800» - ricorda la Brook, che continua - «nel secondo atto al posto della sala da ballo Chez Bullier troviamo la casa della regista che si sveglia da un incubo in cui la prova non era andata bene, non funzionava nulla». La tecnica del teatro nel teatro, di cui oggi forse se ne sta abusando, in questa produzione non convince. Certo, lo spettacolo è scintillante, colorato, pieno di lustrini, ma alla fine i possibili piani di scambio e reciprocità tra realtà e immaginazione, tra verità e finzione sono stati appena sfiorati, latitando invece idee teatralmente efficaci e psicologicamente stratificate.

Tuesday, September 20, 2022

Il Matrimonio Segreto en el Teatro alla Scala de Milán

Fotos: Brescia&Amisano - Teatro alla Scala, Milano

Massimo Viazzo 

Se sabía que la ópera Il Matrimonio Segreto de Cimarosa era una gran obra maestra desde aquella noche en Viena – en su estreno el 7 de febrero de 1792 o quizás durante la segunda representación – cuando la ópera fue repetida de inicio a fin, que es un caso único en la historia de la ópera lírica.  Mozart había fallecido un par de meses antes y Rossini habría nacido algunas semanas después.  Por tanto, il Matrimonio Segreto se ubicó, no solo temporalmente si no también estilísticamente, a la mitad del camino entre los logros artísticos de dos celebres compositores. Es extraordinario poder gozar sus ecos mozarteanos, en los concertati o en la sinfonía, por ejemplo, como también de las aperturas liricas más italianas o de las estrechas silabas que se convirtieron en el sello de la casa del Cisne de Pesaro. Se trata de una ópera única, clamorosamente competente entre dos estilos, que se ha mantenido también como el mayor resultado operístico de Dominico Cimarosa, uno de los mayores representantes de la Scuola Napolitana. En la Scala, este título estuvo ausente más de cuarenta años y fue una buena idea encomendárselo a los jóvenes cantantes e instrumentistas de la Accademia, una operación que se lleva a cabo cada año para valorizar la alta escuela de formación anexa al teatro.  Alrededor de un cantante de clara fama, en este caso Pietro Spagnoli, se reunió un elenco de jóvenes esperanzas que, con estudio, talento, y con la verve de la edad logran revitalizar también títulos poco comunes. De hecho, en la Scala, il Matrimonio Segreto (en realidad en la “Piccola Scala”, una sala histórica y una verdadera bombonera, que hoy desafortunadamente ya no existe más) fue interpretada en diversas ocasiones en el transcurso del siglo XX, pero su presencia en los carteles del teatro milanés permanecía escondida. Como apuntaba, Pietro Spagnoli que interpretó a Geronimo, en esta realización fue un verdadero y justo jefe del bajo mundo, que cantó con una dicción absolutamente perfecta, de acuerdo a la mejor tradición italiana que comenzó con Sesto Bruscantini. Su Geronimo pareció menos caricaturesco que de costumbre, más como un personaje moderno, aunque también arrogante: como cuando, por ejemplo, quiso convencer al Conde Robinson de casarse con su hija ¡apuntándole con una pistola a la cabeza! En efecto, la idea artística de Irina Brook fue la de hacer actual la trama del libreto, un libreto gigantesco que resaltaba en el fondo del escenario, mientras que en el frente se desarrollaba la acción en un ambiente contemporáneo.  Pero la directora escénica cargó la producción de gags y situaciones que por momentos estuvieron un poco exageradas dejando fuera completamente la estilización del siglo 18, tan peculiar en esta obra. Si bien es verdad que uno se ríe bastante viendo a la escena, se pudo quizás haber obtenido el mismo efecto aligerándola un poco. Frecuentemente, las arias se transformaron en verdaderos y justos duetos con un segundo personaje mudo que hacía de interlocutor, y por momentos sobre el escenario el ir y venir de mimos distraía sin agregar mucho al resultado visual.  Todos los cantantes de la Accademia se desempeñaron de la mejor manera para hacer plausible sus personajes, como Carolina de Greta Doveri, la mejor en el grupo por timbre, proyección vocal y seguridad, y Francesca Pia Vitale, que fue una Elisabetta enfocada, pero por momentos quizás un poco tenue, y después la Fidalma de color bruñido de Mara Gaudenzi. El Paolino de Antonio Nevi se mostró a sus anchas en el canto elegiaco. Para concluir, el Conde Robinson de Sung-Hwan Damien Park se mostró un poco incómodo con la lengua italiana y con un timbre un poco monocorde. En el podio, Ottavio Dantone dirigió con finura, ligereza y un justo brillo a la bien preparada Orchestra della’Accademia, en un éxito bien logrado y acogido por el público.



Il Matrimonio Secreto - Teatro alla Scala, Milano

Foto: Brescia&Amisano

Massimo Viazzo 

Che Il Matrimonio Segreto di Cimarosa fosse un grande capolavoro l’avevano ben capito quella sera a Vienna - alla première del 7 febbraio 1792 o forse alla seconda rappresentazione - quando l’opera fu ripetuta dall’inizio alla fine, unico caso nella storia dell'opera lirica. Mozart era morto da un paio di mesi e Rossini sarebbe nato poche settimane dopo. Il Matrimonio Segreto si pone non solo temporalmente ma anche stilisticamente a metà strada tra la vicenda artistica dei due celebri compositori. È straordinario godere ancora degli echi mozartiani, nei concertati o nella sinfonia ad esempio, ma anche delle aperture liriche più italiane o dei sillabati stretti che diventeranno il marchio di fabbrica del Cigno di Pesaro. Un’opera unica, clamorosamente in bilico tra due stili, che resterà anche il maggior risultato operistico di Domenico Cimarosa, uno dei maggiori rappresentanti della Scuola Napoletana. Alla Scala questo titolo mancava da più di quarant’anni ed è stata una buona idea affidarlo ai giovani cantanti e strumentisti dell’Accademia, un’operazione che viene effettuata ogni anno per valorizzare l’alta scuola di formazione annessa al teatro. Attorno ad un cantante di chiara fama, in questo caso Pietro Spagnoli, viene radunato un cast di giovani speranze che con studio, talento, e con la verve dell’età sanno rivitalizzare anche titoli meno consueti. Il Matrimonio Segreto in effetti alla Scala (in realtà alla “Piccola Scala”, una sala storica, una vera bomboniera, che ormai purtroppo non esiste più) è stato eseguito diverse volte nel corso del XX secolo ma la sua presenza nel cartellone del teatro milanese ormai latitava. Come dicevo, Pietro Spagnoli ha interpretato Geronimo, in questa realizzazione un vero e proprio capo malavitoso, cantando con una dizione assolutamente perfetta, secondo la miglior tradizione italiana che comincia da Sesto Bruscantini. Il suo Geronimo è parso meno macchiettistico del solito, più personaggio moderno, anche arrogante: quando ad esempio vuole convincere il Conte Robinson a sposare la figlia gli punta addirittura una pistola alla tempia! In effetti l’idea registica di Irina Brook è proprio quella di rendere attuale la vicenda del libretto, libretto gigantesco che campeggia sul fondale del palcoscenico mentre sul davanti si svolge l’azione in un ambiente contemporaneo. La regista però carica un po’ l’allestimento di gag e situazioni a volte un po' esagerate tralasciando completamente la stilizzazione settecentesca così peculiare di questo lavoro. È vero, si ride abbastanza guardando la scena, ma forse si sarebbe potuto ottenere lo stesso effetto alleggerendola un po'. Spesso le Arie si sono trasformate in veri e propri Duetti con un secondo personaggio muto a fare da interlocutore, e a volte sul palco un andirivieni di mimi distraeva non aggiungendo molto alla resa visiva.Tutti i cantanti dell’Accademia si sono impegnati al meglio per rendere plausibili i loro personaggi, dalla Carolina di Greta Doveri, la migliore in campo per timbrica, proiezione vocale e sicurezza, a Francesca Pia Vitale, una Elisetta puntuta ma a volte forse un po’ tenue, e poi la Fidalma di colore brunito di Mara Gaudenzi, il Paolino di Paolo Antonio Nevi più a suo agio nel canto elegiaco, per finire con il Conte Robinson di Sung-Hwan Damien Park un po’  a disagio con la lingua italiana e dalla timbrica un po’ monocorde. Ottavio Dantone ha diretto con finezza, leggerezza e giusto brio la preparata Orchestra dell’Accademia per un buon successo di pubblico. 

Friday, March 19, 2021

Kurt Weill en el Tetro alla Scala de Milán

 Foto: Brescia & Amisano

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo 

Como tercera producción de esta anómala temporada operística alterada por la pandemia (con una ópera al mes in streaming, después de Così fan tutte en enero y Salome en febrero, transmitidas en la plataforma en línea de la red televisiva nacional italiana RAI) el Teatro alla Scala propuso un díptico constituido por dos títulos de Kurt Weill:  Los Siete Pecados Capitales y la Mahagonny Song, este último título una especie de bosquejo preparatorio de su futura obra maestra Ascenso y Caída de la ciudad de Mahagonny, ambas obras fruto de la colaboración entre el compositor alemán, naturalizado estadounidense, con Bertold Brecht, que fueron creadas en los años 30 como una metáfora del declive de los valores de la sociedad burguesa.  Se puede decir inmediatamente que se trató en general de un inocente, inocuo.  La provocativa fuerza contenida en la música y en el texto se perdió sobre un escenario amueblado con objetos reutilizados, algunas referencias a la contaminación ambiental, proyecciones en blanco y negro en el fondo, y una actuación correcta, pero nada incisiva, carente de verdaderos momentos mordaces o picantes como era legítimo esperar de las dos obras que basan su razón de ser en la sátira y el sarcasmo. Por lo tanto, la directora de escena franco-británica Irina Brook confeccionó un espectáculo, que no fue ni sarcástico ni mordaz.  Las dos protagonistas Kate Lindsey y Laureen Michelle llevaron sus personajes de manera adecuada, pero con voces no muy voluminosas y un fraseo sin variaciones. Estuvo mejor la parte orquestal confiada a la baqueta de Riccardo Chailly, correctamente alienada de la realidad, pero quizás demasiado cuidada en cuanto a la belleza del sonido. La sorpresa al final del espectáculo fue el homenaje a Jim Morrison con su canción ‘Alabama Song’ la pieza más notable de Mahagonny. 

Die sieben Todsünden - Mahagonny Singspiel - Teatro alla Scala, Milano

Foto: Bresia&Amisano

Massimo Viazzo

Come terza produzione di questa anomala stagione operistica compromessa dalla pandemia (un'opera al mese in streaming, dopo Così fan tutte a gennaio e Salome a febbraio, diffusa sulla piattaforma on line della rete televisiva nazionale italiana RAI), il Teatro alla Scala propone un dittico costituito da due titoli di Kurt Weill: I Sette Peccati Capitali, e Mahagonny Song, quest'ultimo una sorta di cartone preparatorio del futuro capolavoro Ascesa e Caduta della città di Mahagonny, entrambi frutto della collaborazione del compositore tedesco naturalizzato statunitense con Bertold Brecht. Furono creati negli anni '30 come metafora del crollo dei valori della società borghese.  Diciamo subito che si è trattato di uno spettacolo tutto sommato innocuo. La forza provocante contenuta in musica e testo si perdeva su un palcoscenico arredato con oggetti di recupero, alcuni riferimenti all'inquinamento ambientale, proiezioni in bianco e nero sul fondale, e una recitazione corretta ma non incisiva, senza reali momenti graffianti e pungenti come invece era lecito aspettarsi da due lavori che fondano la loro ragion d'essere su satira e sarcasmo. La regista franco-britannica Irina Brook ha confezionato, quindi, uno spettacolo che non morde, che non graffia. Le due protagoniste Kate Lindsey e Laureen Michelle hanno reso i loro personaggi in modo adeguato, con voce non molto voluminosa e un fraseggio non molto vario. Meglio la parte orchestrale affidata alla bacchetta di Riccardo Chailly, spesso straniante ma anche forse troppo levigata. Finale a sorpresa con l'omaggio a Irina Brook e il suo Alabama Song, il brano più noto di Mahagonny.