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Thursday, June 22, 2017

Jenufa en el Teatro Municipal de Santiago de Chile

Fotos: Patricio Melo

Joel Poblete


En el marco del importante auge internacional que durante el último medio siglo ha experimentado el repertorio operístico de Leoš Janáček, su emblemática Jenufa recién debutó en Chile en mayo de 1998, inaugurando la temporada lírica de ese año en el Teatro Municipal de Santiago, y convirtiéndose de paso en la primera ópera checa que se interpretaba en ese escenario. Casi dos décadas después, nuevamente inaugurando la temporada de ópera en mayo, pero en una nueva puesta en escena, co-producida con el Teatro Colón de Buenos Aires, la obra está de regreso en el Municipal. Y ahora el público puede apreciarla con un poco más de conocimiento directo en el repertorio checo, pues en el último tiempo han debutado ahí a nivel local otros dos títulos indispensables surgidos de esas latitudes: Katia Kabanova, también de Janáček, y Rusalka, de Dvořák, que tuvieron la misión de inaugurar las temporadas líricas de 2014 y 2015, respectivamente. Sensible y humano, capaz de remecer y emocionar a los espectadores, el argumento cuenta con una maravillosa partitura, llena de matices, detalles y contrastes sonoros, desplegando una gran efectividad teatral, desde el nervioso inicio hasta el catártico final.  Sin duda, un gran desafío para un director de escena, y en esta ocasión el Municipal convocó a una verdadera eminencia: el régisseur argentino Jorge Lavelli, radicado desde hace más de 50 años en Francia y nombre de referencia en el ámbito teatral y operístico europeo durante varias décadas. A sus 85 años, Lavelli debutó al fin con la primera Jenufa de su ilustre carrera (esta es sólo la segunda vez que aborda en escena a Janáček: la primera fue en 1986, con El caso Makropulos, en el Colón de Buenos Aires).  A pesar de su indudable prestigio internacional y si bien la crítica especializada local le brindó muchos elogios, en lo personal Lavelli no me entusiasmó por completo con su puesta en escena, aunque se puede decir que fue de menos a más: el primer acto fue el menos logrado, porque la tensión no fue suficientemente acentuada en los movimientos y actitudes de los protagonistas y faltó más fluidez en los momentos de conjunto; y si bien en el segundo acto aún se notó que faltaba mayor definición y un uso más concreto del espacio escénico, de todos modos logró hacerse presente la tragedia, culminando todo en un muy acertado e intenso acto tercero, que con su buen ritmo y los convincentes desplazamientos de los personajes y el coro, en buena medida terminó por justificar los entusiastas aplausos del público al final del espectáculo. Acentuada por la iluminación que él mismo diseñó junto a Roberto Traferri, Lavelli concibió una producción minimalista, como se hizo notorio en la austera escenografía de Jean Haas, que recurrió a escasos elementos, aunque el muy atractivo y logrado vestuario de Graciela Galán ayudó a configurar un referente estético más definido.  Si a pesar de sus limitaciones dramáticas y una entusiasta, pero irregular dirección orquestal del titular de la Filarmónica de Santiago, el ruso Konstantin Chudovsky (que no siempre equilibró bien las voces de los solistas con el volumen sonoro de la agrupación, y no aprovechó por igual todo el inmenso potencial de tan rica partitura), la producción terminó con un saldo positivo, fue gracias a la buena labor musical y teatral de su elenco de cantantes.
Partiendo por quien merecidamente fue la intérprete más aplaudida, en su debut en Chile: la excelente mezzosoprano alemana Tanja Ariane Baumgartner, quien encarnando a Kostelnicka, la "Sacristana", asumió con contundentes medios un rol que además de su gran exigencia vocal (suele ser cantado por sopranos dramáticas) es un desafío en lo actoral, que ella abordó con una gran entrega dramática, pero sin caer en los desbordes o la caricatura. Como era de esperar, aprovechó muy bien su clímax dramático en el segundo acto, estremeciendo con su monólogo, pero también convenciendo en las bellas líneas vocales de su conversación con Steva. Una cantante de ascendente carrera, que ha actuado en escenarios como el Covent Garden de Londres y el Festival de Salzburgo, y este año debutará en el Festival de Bayreuth, como Fricka en La valquiria. Por su parte, luego de Katia Kabanova y Rusalka, la soprano rusa-estadounidense Dina Kuznetsova volvió a inaugurar la temporada lírica del Municipal en el rol titular de una ópera checa. Por tercera vez la volvimos a ver sufrida y melancólica, demostrando de nuevo que es una actriz convincente, pero también una cantante de atractivo color vocal. Junto a ella regresó quien en 2015 la acompañara en Rusalka, el tenor eslovaco Peter Berger; en esa ocasión encarnó al Príncipe, pero en esta nueva actuación en Chile, el papel de Laca, mucho más interesante y complejo en lo psicológico, le permitió dejar además una mejor impresión como cantante, abordando muy bien las exigencias de registro del personaje. Y debutando en el Municipal, su compatriota, el también tenor Tomáš Juhás, fue un eficaz Steva, algo exagerado en sus movimientos en el acto primero, pero mucho mejor en los dos siguientes. Además de los intérpretes internacionales, hay que resaltar la excelente labor de los cantantes chilenos, tanto en el caso del Coro del teatro que dirige Jorge Klastornik, como en los solistas que encarnaron los otros nueve roles de la ópera, comenzando por la única intérprete que cantó también en el estreno en Chile de Jenufa: la mezzosoprano Lina Escobedo, quien en 1998 fue la tía de la protagonista, y ahora encarnó con calidez a la entrañable y muy presente abuela Buryjovka.  Siempre son ingratas las comparaciones, pero a título personal no puedo dejar de apuntar que en su regreso, esta nueva versión de Jenufa no logró superar a la inolvidable producción de 1998, que gracias a una eficaz puesta en escena de Roberto Oswald, una electrizante dirección musical de Jan Latham-Koenig, y un sólido y notable elenco, quedó por siempre entre mis mejores recuerdos operísticos del Municipal.

Thursday, May 14, 2015

Rusalka en el Teatro Municipal de Santiago

Foto: Patricia Melo

Joel Poblete

En un nuevo paso para ampliar su repertorio lírico, el Teatro Municipal de Santiago inauguró el viernes 8 su temporada de ópera con un estreno no sólo en Chile, sino además en Sudamérica: Rusalka, de Dvořák. Los resultados fueron en general muy positivos y bien recibidos por el público, en especial por los aciertos musicales, detalle no menor considerando que la incuestionable belleza de la partitura de esta ópera checa supera con creces las limitaciones teatrales y dramáticas de su argumento. 

Para la puesta en escena el Municipal convocó al experimentado régisseur argentino Marcelo Lombardero, quien ha demostrado a lo largo de la última década sus aciertos en anteriores memorables montajes en Chile para ese escenario, como La vuelta de tuerca, El castillo de Barba Azul, Lady Macbeth deMtsensk, Ariadna en Naxos y Billy Budd.

La producción de Lombardero contó con el mismo talentoso equipo argentino que ha trabajado con él en otras ocasiones, incluyendo a Diego Siliano en escenografía y proyecciones, Luciana Gutman en vestuario y José Luis Fiorruccio en iluminación, incorporando esta vez también al coreógrafo Ignacio González. En lo estrictamente visual, el resultado es muy atractivo y logra resaltar los elementos mágicos y evocadores de la obra, con su mezcla entre lo humano y lo sobrenatural. Particularmente hermosas fueron las proyecciones de Siliano, que apoyadas por la siempre acertada y atmosférica iluminación de Fiorruccio, trasladaron a los personajes y al espectador a fondos acuáticos, frondosos bosques y lujosos palacios.

Cada vez más difundida y conocida fuera de Europa en las últimas décadas, esta ópera cuenta con una música de impresionante hermosura y encanto, en la que Dvořák no sólo escribe muy bien para las voces, sino además estructura un relato orquestal que bebe tanto de elementos folclóricos como de la tradición más lírica y efusivamente romántica de las últimas décadas del siglo XIX, con sus evocaciones nocturnas de la naturaleza. Pero el problema es que sus personajes no exhiben una base dramática muy firme y por momentos parecen arquetipos, y las situaciones no cuentan con un peso o desarrollo sostenido que permita un despliegue teatral más convincente y atractivo más allá de los límites del cuento que narra, lo que incide en que el conjunto se sienta en más de una ocasión más alargado y reiterativo de lo necesario. 

En resumen, lo teatral definitivamente no es una de las fortalezas de Rusalka, y es siempre un desafío para el director de escena lograr que más allá de la belleza de la partitura, el espectador se emocione e interese por lo que pasa en el escenario. Con el indispensable apoyo de las imágenes de Siliano, Lombardero -quien en julio volverá a tener a su cargo en el Municipal otro estreno en Chile, The Rake's Progress, de Stravinsky- intenta dotar de peso y fluidez a la historia y sus personajes a través de muchos cambios de escena y en particular de una personal apuesta que incluye toques de humor: por un lado mantiene la esencia de la trama con su historia de amor imposible, pero incorpora elementos que sorprenden, pero también pueden confundir. Es bella y atractiva la idea de que Rusalka y las ninfas sean criaturas en forma de estatua que cobran vida durante la noche, pero no se entiende muy bien la manera en que presenta a la hechicera Jezibaba y su séquito, y en especial la extraña actitud vulgar y sexista del príncipe durante su aparición en el primer acto, que quizás por un lado pretende mostrar las características negativas de su personalidad que se harán presentes en el segundo acto, pero no calzan muy bien con la hermosa y romántica música que debe interpretar. Por aspectos como éstos, aunque la producción en general funciona, no nos convence ni entusiasma por completo. 

El vestuario de Gutman acentúa los rasgos y características de los personajes, y juega mezclando diversas épocas, lo que no es problema considerando que se trata de un cuento que permite cierta atemporalidad. Por su parte, los movimientos coreográficos ideados por González son un interesante aporte, variando entre lo divertido y lo sorprendente, como los particulares desplazamientos de las criadas que trabajaban bajo las órdenes de la hechicera Jezibaba, o la tradicional danza en el palacio, que se transformaba por momentos en algo alocado y esperpéntico.

En todo caso, el aspecto musical estuvo muy bien cubierto, partiendo con la dirección del titular de la Orquesta Filarmónica de Santiago, el ruso Konstantin Chudovsky, atenta a subrayar toda la belleza y sensibilidad de la partitura, aunque por momentos descuida un poco el balance entre foso y escenario y cubre mucho a algunos de los cantantes. 

El elenco convocado cumplió en buena medida con las expectativas de un estreno como este. El año pasado la soprano rusa Dina Kuznetsova también inauguró la temporada de ópera del Municipal debutando en Chile como protagonista de otro estreno checo en ese país, Katia Kabanova. En el rol titular de Rusalka dio la impresión de estar mucho más cómoda que hace un año en la obra de Janáček: le tocó nuevamente sufrir y mostrarse melancólica, pero en esta ocasión en un personaje que no es humano, y otra vez confirmó que es una actriz convincente, que supo mostrarse frágil y etérea, expresando muy bien sus sentimientos a través del canto, con un material hermoso y de color típicamente eslavo. Y encarnando al príncipe, el tenor eslovaco Peter Berger debutó en Chile luciendo una voz oscura pero que pudo afrontar sin problemas las no pocas demandas del rol, que ofrece algunos de los momentos más bellos de la partitura; por su escaso relieve psicológico y las cambiantes actitudes que el libreto le exige sin mayor profundización, este papel es algo ingrato en lo actoral, por lo que si no convenció mucho dramáticamente no es culpa del cantante o de la producción, aunque los curiosos despliegues escénicos en el primer acto -ya mencionados en este comentario- hicieron que el personaje pareciera incluso más confuso de lo que es habitualmente.

En sus anteriores actuaciones en Chile, la mezzosoprano rusa Elena Manistina ha destacado en tres de los más demandantes papeles verdianos para su cuerda -Ulrica, Amneris y Azucena-, y ahora encarnando a la bruja Jezibaba se mostró muy cómoda en su registro, brillando tanto en los tonos agudos como en los más graves, y en lo escénico, de acuerdo al montaje de Lombardero, más que una hechicera parecía una ama de llaves misteriosa y algo divertida y siniestra a la vez, lo que de todos modos funcionó bien en para el personaje, aunque por momentos fue algo confuso. Lo mismo en parte ocurrió con Vodník, el espíritu de las aguas al que dio vida el bajo Mischa Schelomianski con estupenda y sonora voz y un canto cálido y sentido: fue sin duda tremendamente atractivo y efectivo el recurso de que pudiera cantar tanto dentro y fuera de escena incluyendo una enorme proyección de su imagen cantando simultáneamente, pero cuando tenía que aparecer en escena e interactuar con la protagonista o con otros personajes, no pareció muy convincente o definido como presencia dramática. 

A pesar de que sólo aparece, y no por demasiado tiempo, en el acto II, la princesa extranjera es un rol bastante exigente en lo vocal, y la soprano letona Natalia Kreslina -quien ya cantara en 2009 en el Municipal en otro estreno en Chile, protagonizando el segundo elenco de Lady Macbeth de Mtsensk- estuvo a la altura de las circunstancias, no sólo con sus sólidas notas agudas sino además exhibiendo una actuación tan desenfadada como su canto, en un personaje que la puesta en escena mostró acertadamente como una suerte de femme fatale.  En roles secundarios, tuvieron un excelente desempeño cantantes chilenos, en especial el barítono Javier Weibel como el guardabosques -que en esta puesta en escena parecía más caracterizado como el chef del palacio del príncipe- y la soprano Cecilia Pastawski como su sobrino, el aprendiz de cocina: en sus escenas en los actos segundo y tercero los dos se afiataron fluidamente en lo vocal y escénico, y no sólo cantaron muy bien, sino además lucieron una simpatía y comicidad que fueron muy bien recibidos por el público. Coquetas y juguetonas, las tres ninfas del bosque fueron muy bien interpretadas por las sopranos Andrea Aguilar y Pamela Flores y la mezzosoprano Gloria Rojas, mientras fuera de escena, en su breve intervención el barítono Ramiro Maturana cantó como el cazador con un timbre cálido y hermoso. Por su parte, aunque su participación en esta obra es bastante fugaz y episódica, el Coro del Teatro Municipal, dirigido por Jorge Klastornik, tuvo una labor tan buena como de costumbre. 

Saturday, May 10, 2014

KATIA KABANOVA EN EL TEATRO MUNICIPAL DE SANTIAGO DE CHILE

Foto: Patricio Melo

Joel Poblete

Katia Kabanova, de Leoš Janáček. Teatro Municipal de Santiago (Chile), funciones entre el 02 y el 12 de mayo. Intérpretes: Dina Kuznetsova (Katia Kabanova), Susanne Resmark (Kabanija), Steven Ebel (Boris), Richard Cox (Tijon), Tansel Akzeybek (Kudriash), Evelyn Ramírez (Varvara), Alexander Teliga (Dikoi), Claudia Lepe (Glasha), David Gáez (Kuliguin), Lina Escobedo (Feklusha). Orquesta Filarmónica de Santiago, dirigida por Konstantin Chudovsky. Coro del Teatro Municipal, dirigido por Jorge Klastornik. Director de escena: Pablo Larraín. Escenografía: Pablo Núñez. Iluminación: José Luis Fiorruccio. Dirección de arte y diseño digital: Cristián Jofré. Vestuario: Monserrat Catalá. Coreografía: Jose Vidal.

Sin dejar de lado los títulos más populares, desde la década pasada las temporadas líricas del Teatro Municipal de Santiago han estado ofreciendo al público la posibilidad de conocer y apreciar aún más el repertorio del siglo XX, a través del estreno en Chile de algunas de las óperas más significativas de la pasada centuria, como la primera versión escénica en ese país de Wozzeck de Berg en 2000, y los estrenos locales de Peter Grimes (2004), Diálogos de carmelitas (2005), La vuelta de tuerca (2006), El castillo de Barba Azul (2008), Lady Macbeth de Mtsensk (2009), Ariadna en Naxos (2011) y el año pasado, en el marco del centenario del nacimiento de Britten, Billy Budd. 

Y siendo el checo Leoš Janáček uno de los autores más importantes e influyentes del siglo pasado en el terreno operístico, además de ser un compositor cuyo legado ha sido cada vez más valorado mundialmente en las últimas décadas, ya era tiempo de llevar a escena otra obra suya, luego del debut en ese escenario en 1998 de una memorable producción de su drama Jenufa, la primera vez que se montaba una ópera checa en Chile. Por eso había muchas expectativas ante el estreno de Katia Kabanova, partitura que inauguró la temporada lírica 2014 del Municipal. Y la expectación era aún mayor porque en esta ocasión se contaría con el debut como director de escena en ópera del cineasta chileno Pablo Larraín, reconocido a nivel internacional por títulos estrenados mundialmente en el Festival de Cannes, como Tony Manero y el primer film chileno nominado al Oscar, No, y quien además hace pocas semanas debutó también como director teatral, con la obra Acceso.

Basada en la famosa obra teatral rusa de Alexander Ostrovsky, La tormenta, esta ópera tuvo su debut mundial en 1921, y se centra en la soñadora e ingenua joven que encuentra en el adulterio la única forma de huir -al menos temporalmente- de la opresión de un matrimonio infeliz por culpa de su pusilánime esposo y una implacable suegra; este drama podría ser convencional y predecible, pero se hace conmovedor y desgarrador gracias a la expresiva música de Janáček, llena de detalles que exigen una audición concentrada y comprometida a lo largo de sus menos de dos horas de duración. Pudimos asistir al estreno y a otra de las cinco funciones programadas, y juzgando por los efusivos aplausos que brindó el público, los resultados fueron positivos, aunque no se puede dejar de señalar que no todos los elementos de la producción convencieron por completo, en particular lo escénico. 

Ópera exigente e intensa, a menudo tensa y dolorosa y por momentos también lírica y poética, Katia Kabanova es un drama que demanda una estrecha fusión entre lo musical y lo teatral, y ese balance no siempre funcionó del todo en este montaje. Un escenario levantado y que en ocasiones se iluminaba desde abajo (escenografía de Pablo Núñez) fue la plataforma en la que se movían los personajes, bien caracterizados en lo físico -muy logrado el vestuario de Monserrat Catalá- e iluminados por el habitualmente sólido José Luis Fiorruccio, quien consiguió apoyar muy bien la atmósfera de algunas escenas, aunque algunos cambios fueron muy bruscos y abruptos y las tonalidades rojas que al parecer subrayaban la pasión fueron a ratos demasiado literales. En los desplazamientos faltó mayor convicción, así como en la interacción y movimientos de los personajes, en sus entradas y salidas; algunos convencieron más que otros, aunque además del mérito del director de escena, eso dependió también en buena medida de las habilidades y recursos actorales con los que contaba cada cantante.

Hay que reconocer que en su debut en el género operístico, Larraín fue en general muy respetuoso con el argumento y sus motivos (algunas pequeñas licencias no fueron desafortunadas o gratuitas), por lo que si alguien esperaba algo muy rupturista, no fue el caso; el régisseur desarrolló bien el tono de la obra -incluyendo los ocasionales toques de humor-, aprovechando la fluidez y ritmo que tiene, pero le faltó mayor profundidad y manejo teatral para hacer que un drama en apariencia tan tradicional y cliché logre remecer al espectador más allá de la magnífica partitura de Janáček. En especial en la última escena, a la que le faltó aún más potencia emocional. 


Es muy meritorio el aporte de las bellas y elaboradas imágenes que se proyectan permanentemente en cinco de las seis escenas de la obra que transcurren en exteriores, dándole un aspecto cinematográfico al montaje como un paisaje que refleja el conflicto interno de los personajes, en especial con la presencia fundamental del río Volga, cuyas aguas sellarán el desenlace; no era primera vez que se usan proyecciones visuales en el Teatro Municipal, ya que es una tendencia que han estado ocupado cada vez más directores de escena en los últimos años, pero estás imágenes tenían un aspecto muy real y convincente, y gracias a este aporte visual (la dirección de arte y el diseño digital son responsabilidad de Cristián Jofré), la naturaleza está así muy presente en la puesta en escena de Larraín, y en ese sentido el cuadro mejor logrado fue el que transcurre en el exterior de un bosque y dejó en suspenso la acción cuando llegó el intermedio de la función. 

Esta conexión con lo natural también se acentuó con los movimientos coreográficos que Jose Vidal desarrolló con un grupo de bailarines con cabezas y cuernos de ciervo, presentes al inicio y cierre de la obra, y además en los interludios musicales que unían distintas escenas; un recurso atractivo pero cuya eficacia variará según la perspectiva de cada espectador. En general, quedó la sensación de que en lo teatral no se sacó todo el partido a la obra. 

Mucho mejor se desarrolló lo musical, aunque también con reparos. La dirección del titular de la Orquesta Filarmónica de Santiago, el ruso Konstantin Chudovsky (quien también debutaba en esta obra), estuvo atenta a los muchos cambios de ritmo, atmósfera e intensidad que exige la partitura, pero por momentos el balance entre el foso de la orquesta y las voces de los cantantes no fue el ideal y algunos de los intérpretes no se escucharon bien, algo que puede deberse al volumen y proyección de las voces de cada uno, pero también a la masa orquestal que los tapaba. 

Interpretando a la sufrida protagonista, la soprano rusa Dina Kuznetsova debutó en Chile y en lo actoral consiguió transmitir la alienación y creciente desamparo de su personaje; en el estreno le faltó aún más fuerza y convicción teatral en sus escenas solistas, así como potencia vocal, pero en la otra función que pudimos ver pudo lucir un atractivo y contundente material, una voz bella y bien proyectada. Eso sí, no le ayudó mucho el apenas discreto aporte del tenor estadounidense Steven Ebel como su amante Boris, quien además de escucharse muy poco con su voz de tenor lírico bien timbrada pero de reducido volumen, tuvo una actuación muy débil, simple y rígida. 

Quien sí destacó especialmente fue la Kabanija de la mezzosoprano sueca Susanne Resmark, quien regresó a Chile -tras su sólida Clitemnestra de 2010 en la Elektra de Strauss que el Municipal debió presentar en el Teatro Escuela de Carabineros al trasladar su temporada lírica por el terremoto que sufrió el país ese año- y fue todo lo dominante e inflexible que exige el rol, muy bien cantado e interpretado en lo teatral. Su hijo, Tijon, fue correctamente encarnado por el tenor estadounidense Richard Cox (quien ya cantara en los estrenos en Chile de Lady Macbeth de Mtsensk y Ariadna en Naxos). Y ya sea porque sus personajes son los únicos que aportan un poco de luz y esperanza en medio del drama, o simplemente porque ambos cantaron y actuaron muy bien, se lucieron especialmente el tenor turco Tansel Akzeybek y la mezzosoprano chilena Evelyn Ramírez, encarnando respectivamente a Kudriash y Varvara, la joven y encantadora pareja que sirve de contrapunto al atormentado amor adúltero de Katia y Boris. También fue convincente el tosco y sonoro Dikoi del bajo polaco Alexander Teliga (quien ya ha cantado antes en el Municipal, en Lady Macbeth de Mtsensk y Boris Godunov), y estuvieron bien en sus breves roles secundarios los chilenos David Gáez, Claudia Lepe y Lina Escobedo, así como el Coro del teatro que dirige Jorge Klastornik, en su fugaz intervención.