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Thursday, October 26, 2017

Lady Macbeth de Mtsensk en el Teatro Municipal de Santiago

Ensayo elenco estelar de Lady Macbeth
Foto: Teatro Municipal de Santiago

Joel Poblete

En 2009 el estreno en Chile de una de las obras maestras de la ópera del siglo XX, Lady Macbeth de Mtsensk de Dmitri Shostakovich, fue un suceso que merecidamente puede ser calificado de histórico, y los responsables fueron tanto la excelencia musical de un sólido grupo de cantantes y la electrizante lectura musical comandada por Dimitri Jurowski -director ruso en ese entonces de apenas 29 años-, como el notable, cinematográfico y vital montaje del equipo liderado por el director de escena argentino Marcelo Lombardero.  Quienes tuvimos la posibilidad de asistir a esas representaciones las recordamos no sólo como lo mejor de 2009 sino además entre lo más memorable que ha ofrecido el Municipal en las últimas décadas, y por lo mismo era una excelente noticia que ocho años después la temporada lírica 2017 incluyera el regreso de este título, con la misma producción. Y considerando los irregulares resultados teatrales que ha ofrecido este ciclo durante este año en ese escenario, al menos era garantía de un buen espectáculo, teniendo en cuenta que al margen de los puntuales aciertos musicales, las cuatro óperas anteriores de la temporada no han generado consenso en críticos y público: no se salvan del todo ni la curiosa aunque efectiva Jenufa, ni la austera y escuálida propuesta para Las bodas de Fígaro, ni los intentos de modernizar Rigoletto, y aunque La cenerentola funcionó bien y era simpática, no ofreció nada demasiado refrescante o novedoso. Pero a mediados de octubre una huelga legal convocada por el sindicato técnico del teatro -que incluye a 90 trabajadores de áreas como escenografía, vestuario, iluminación y tramoya- luego de no obtener resultados en su negociación colectiva amenazó con impedir las funciones. En el Municipal no se producía una huelga desde 2013, y esta era la primera bajo la actual administración del francés Frédéric Chambert, quien al frente de la dirección del teatro decidió ofrecer una solución alternativa para de todos modos poder ofrecer la obra a su público: según la información oficial, se presentaría una versión "semi escenificada realizada por el director de escena Marcelo Lombardero", aunque después trascendió por la prensa que lo que se ofrecería en verdad no había sido supervisado por él. Y en redes sociales los trabajadores en huelga afirmaban que en realidad lo que se podría ver y escuchar correspondería a una versión de concierto. Por todas estas razones, en el estreno rondaba una particular atmósfera. Afuera del teatro los trabajadores en huelga estaban con sus pancartas y repartían panfletos, y en el interior, en el escenario sólo estaban las sillas rojas donde se ubicarían los cantantes del coro y los solistas. Y previamente al inicio de la función, apareció Chambert con un micrófono, quien de manera segura y serena durante algunos minutos se dirigió en español a los espectadores y pidió disculpas por la situación tanto a éstos como a Marcelo Lombardero, quien trabajó durante cinco semanas con los artistas para tener listo el regreso de esta elogiada producción; Chambert reconoció que la huelga es legal, aunque también afirmó que como teatro estaban en su derecho de buscar una alternativa para de todos modos presentar la obra al público. Y lo que finalmente se pudo apreciar en verdad no fue sólo una ópera en concierto, ya que si bien el coro permanecía en sus lugares ya fuera de pie o sentados, entrando o saliendo, los solistas se desplazaron por el escenario y en la medida de lo posible intentaron representar la acción teatral, por lo que a pesar de no contar con escenografía, vestuario o iluminación, sí puede calificarse a esta versión como "semi escenificada". Por supuesto que quienes no conocen bien el argumento de la obra o la veían por primera vez pueden haberse confundido en más de un momento, incluso a pesar de los sobretítulos; y también algunos pasajes ofrecieron más de un desafío para los solistas que debían simular lo que estaba pasando en escena, como por ejemplo la siempre perturbadora y polémica escena en que un grupo de hombres acosa y abusa de una joven. Pero considerando las circunstancias, el espectáculo fue efectivo y distó de ser un fiasco, aunque por supuesto que se extrañó mucho todo lo escénico, aún más recordando la excelente propuesta teatral que Lombardero estrenó en 2009, uno de los mayores hitos en la contundente serie de aciertos que el artista argentino ha ofrecido en el escenario del Municipal, que incluyen Tristán e Isolda y los estrenos en Chile de otros títulos del siglo XX como El castillo de Barba Azul, Ariadna en Naxos, Billy Budd y el año pasado Auge y caída de la ciudad de Mahagonny.  ¿Y lo musical, que dada la situación se terminó convirtiendo en lo principal? Desde su estreno en 1934, la genial, compleja y ecléctica partitura de Shostakovich no deja de remecer al público con sus contrastes, pero es también un exigente desafío para cualquier director.  Dirigida por su titular, el ruso Konstantin Chudovsky, en una vital aunque por momentos estruendosa lectura a la que aún le falta profundizar los volúmenes y balances sonoros, así como el equilibrio entre los músicos y los cantantes, de todos modos la Filarmónica de Santiago tuvo un sólido desempeño, que incluso funcionó mejor en el segundo elenco con la dirección del chileno Pedro-Pablo Prudencio. Y la situación permitió apreciar aún más los detalles orquestales, o la fascinante energía emotiva de los interludios. No se puede dejar de destacar también al grupo de bronces que irrumpió en escena aportando entusiasmo y simpatía en uno de los pasajes más memorables compuestos por Shostakovich en esta obra, acompañando la boda entre Katerina y su amante. Y el coro del Municipal, dirigido por Jorge Klastornik, estuvo excelente, si bien se echó de menos su participación escénica, que siempre es un gran aporte en las producciones del teatro. El elenco internacional estuvo compuesto por 14 solistas, de los cuales 4 eran rusos y 9 chilenos que además interpretaron sus personajes en el segundo reparto, el llamado elenco estelar. Debutando en Chile en el agotador y exigente rol de Katerina Ismailova, la soprano rusa Elena Mikhailenko fue una efectiva protagonista, consiguiendo perfilarla como figura trágica a pesar de la precariedad escénica, con una voz atractiva y un buen desempeño que no empañaron ocasionales veladuras o detalles en la emisión de algunas notas. El más aplaudido en el estreno fue su compatriota, el bajo Alexey Tikhomirov, quien ya ha cantado en el Municipal en Boris Godunov, Don Giovanni, Otello, Turandot y en esta misma temporada como Sparafucile en Rigoletto; acá fue un amenazador Boris Ismailov, de voz rotunda y potente aunque no demasiado grave, y fue uno de los solistas que más se comprometió en lo teatral.  Interpretando al amante de la protagonista, Serguei, regresó el tenor Mikhail Gubsky, quien ya cantara en Chile en Boris Godunov en 2011 y El trovador en 2013; mucho mejor en el repertorio ruso que en Verdi, el cantante estuvo muy bien, con buen volumen y proyección, mientras a su colega, el joven tenor Boris Stepanov, como el marido de Katerina, Zinovi, le falta aún rodaje, pero tiene un material interesante que puede seguir desarrollando. Y el único artista de la producción de 2009 -ocasión en la que debutó en el país- que regresó al elenco del Municipal fue el excelente bajo polaco Alexander Teliga, quien ha cantado en Chile además en Boris Godunov y Katia Kabanova, y acá nuevamente encarnó al viejo convicto, y también al sacerdote; como si no bastara, en el segundo reparto también se lució como Boris Ismailov. El elenco estelar también permitió apreciar de nuevo el desempeño de dos tenores que intervinieran en ese reparto en 2009, en los mismos roles: el argentino Enrique Folger como Serguei y el chileno Pedro Espinoza como Zinovi, ambos excelentes. Menos convincente en lo vocal, pero muy intensa en la interpretación teatral, fue la mezzosoprano argentina Eugenia Fuente como la protagonista de ese reparto: su afinación no siempre fue precisa y gran parte de las notas agudas superaron sus medios, aunque la voz es atractiva especialmente en los tonos medios y graves.  Muy bien estuvieron los solistas chilenos en los roles secundarios: se lucieron especialmente la soprano Paola Rodríguez como Aksinya (¡qué difícil intentar representar a una mujer acosada y violada sin contar con vestuario ni apoyo de escena!) y una mujer convicta, la mezzosoprano Evelyn Ramírez como Sonyetka, y dos bajo-barítonos, Sergio Gallardo como mayordomo y especialmente como sonoro y autoritario jefe de policía, y el ascendente Matías Moncada como portero, policía y centinela. En dos partes y tres horas de duración incluyendo un intermedio, el espectáculo consiguió transmitir la fuerza y desgarro de la obra, pero de todos modos y a pesar de sus logros, nada podrá reemplazar la satisfacción de disfrutar de una presentación completa. Es cierto que las óperas en concierto son una realidad en importantes escenarios líricos del mundo, pero nunca hay que olvidar que gran parte de la magia de la ópera reside en su fusión entre música y teatro. Las huelgas o problemas sindicales han puesto en riesgo espectáculos incluso en los más prestigiosos coliseos, y en el mismo Municipal, en 1999 una huelga de orquesta y coro desembocó en que Così fan tutte se interpretara sólo con solistas acompañados por dos pianos, aunque con toda la producción escénica. Pero una situación como esta, en la que una ópera de la temporada oficial se termina ofreciendo forzadamente sin escenografía, vestuario e iluminación, es inédita en ese escenario chileno. Y en medio de las diferencias de opinión que esta opción provoca, es probable que ambas partes tengan la razón: por un lado, y al margen de sus legítimas demandas sindicales, los huelguistas tienen razón en que no se ofreció el espectáculo completo como debiera ser al público que pagó su entrada, y que su aporte desde sus distintas disciplinas, desde quienes maquillan a los cantantes hasta quienes mueven e iluminan la escenografía, es fundamental en la puesta en escena. Pero la posición del Municipal también podía ser entendible: ¿era mejor cancelar las funciones si sólo se contaba con los elementos musicales, o al menos tratar de cumplir con su audiencia y ofrecer una alternativa a quienes de todos modos querían apreciar la obra? ¿y qué pasaba con quienes habían viajado desde fuera de Santiago para asistir al espectáculo, o los cantantes que durante meses prepararon sus roles, e incluso los solistas internacionales que viajaron especialmente a Chile para esto? Por supuesto que son muchas las interrogantes y cuestionamientos que surgen al respecto, y al margen de los logros artísticos que se apreciaron, es indudable que hubo algo triste en la situación, que debe afectar emocionalmente tanto a quienes estuvieron en el escenario, como a quienes están en huelga y estuvieron preparando durante semanas la producción, y también a quienes durante años hemos sido asiduos espectadores de la temporada lírica. Afortunadamente, justo en la tarde en que se realizaría la última función, el teatro llegó a un acuerdo con el sindicato, y la huelga llegó a su fin. 

Thursday, October 20, 2016

Macbeth en el Teatro Colón de Buenos Aires


Prensa Teatro Colón /Arnaldo Colombaroli / Máximo Parpagnoli 

Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

Buenos Aires, 27/09/2016. Teatro Colón. Giuseppe Verdi: Macbeth. Ópera en cuatro actos. Libreto de Francesco María Piave con colaboración de Andrea Maffei, basado en la obra homónima de William Skakespeare. Marcelo Lombardero, puesta en escena. Diego Siliano, diseño de escenografía y proyecciones. Luciana Gutman, vestuario. Ignacio González Cano, coreografía. Horacio Efron, iluminación. Fabián Veloz (Macbeth), Chiara Taigi (Lady Macbeth), Alexander Teliga (Banquo), Gustavo López Manzitti (Macduff), Rocío Giordano (Dama de Lady Macbeth), Gastón Oliveira Weckesser (Malcom), Iván Garcia (Doctor), Mariano Fernandez Bustinza, Victoria Gaeta, Dante Lombardi (Apariciones), Juan Pablo Labourdette (Sicario) y Sebastián Sorarrain (un criado) Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director del Coro Estable: Miguel Martínez. Dirección Musical: Stefano Ranzani.

Como parte de las celebraciones del Año Shakespeare el Teatro Colón ofreció, con nueva producción escénica, Macbeth de Giuseppe Verdi en un espectáculo de corrección general que no logró el brillo necesario para entusiasmar. La Orquesta Estable bajo la conducción de Stefano Ranzani redondeó un trabajo de primer orden. La versión tuvo nervio, estilo, claroscuros, adecuada sutileza y bien dosificada fuerza cuando fue necesario. Triunfador absoluto fue Fabián Veloz como Macbeth. Con bello timbre, seguridad, expresividad y excelente fraseo verdiano. La Lady Macbeth de Chiara Taigi fue correcta. Se nota una voz fatigada con tendencia al descontrol que cumplió los requerimientos del rol sin mayor gloria.
Impecable el Macduff de Gustavo López Manzittti, adecuado el Banquo de Alexander Teliga y adecuado el resto del elenco. Párrafo aparte para las diversas secciones del Coro Estable en una noche de pleno lucimiento.  Marcelo Lombardero situó la acción en una contemporaneidad vaga en una evidente guerra civil. Los espacios escénicos lucen monumentales y fríos, hay un omnipresente uso del color negro. De lugares que parecen ser fábricas o depósitos abandonados o bombardeados se pasa al mundo subterráneo de las cloacas donde sitúa a las brujas que aquí no son tales. Hay palacios estatales con tintes grandilocuentes, espacios enormes, escaleras monumentales, una terraza donde se divisan bombardeos, un bosque cerrado con alambres y puestos de vigilancia como si fuese un campo de prisioneros y hasta la perfecta recreación de una estación ferroviaria con llegada de trenes incluida. Como es habitual la escenografía y las proyecciones de Diego Siliano fueron impecables, de perfecto diseño el vestuario de Luciana Gutman y correcta la coreografía de Ignacio González Cano. Con abuso de oscuridad la iluminación de Horacio Efron. No obstante, la impresión general de la versión visual es de un trabajo no logrado plenamente, con cierto estatismo actoral y algunas incoherencias.


Saturday, May 10, 2014

KATIA KABANOVA EN EL TEATRO MUNICIPAL DE SANTIAGO DE CHILE

Foto: Patricio Melo

Joel Poblete

Katia Kabanova, de Leoš Janáček. Teatro Municipal de Santiago (Chile), funciones entre el 02 y el 12 de mayo. Intérpretes: Dina Kuznetsova (Katia Kabanova), Susanne Resmark (Kabanija), Steven Ebel (Boris), Richard Cox (Tijon), Tansel Akzeybek (Kudriash), Evelyn Ramírez (Varvara), Alexander Teliga (Dikoi), Claudia Lepe (Glasha), David Gáez (Kuliguin), Lina Escobedo (Feklusha). Orquesta Filarmónica de Santiago, dirigida por Konstantin Chudovsky. Coro del Teatro Municipal, dirigido por Jorge Klastornik. Director de escena: Pablo Larraín. Escenografía: Pablo Núñez. Iluminación: José Luis Fiorruccio. Dirección de arte y diseño digital: Cristián Jofré. Vestuario: Monserrat Catalá. Coreografía: Jose Vidal.

Sin dejar de lado los títulos más populares, desde la década pasada las temporadas líricas del Teatro Municipal de Santiago han estado ofreciendo al público la posibilidad de conocer y apreciar aún más el repertorio del siglo XX, a través del estreno en Chile de algunas de las óperas más significativas de la pasada centuria, como la primera versión escénica en ese país de Wozzeck de Berg en 2000, y los estrenos locales de Peter Grimes (2004), Diálogos de carmelitas (2005), La vuelta de tuerca (2006), El castillo de Barba Azul (2008), Lady Macbeth de Mtsensk (2009), Ariadna en Naxos (2011) y el año pasado, en el marco del centenario del nacimiento de Britten, Billy Budd

Y siendo el checo Leoš Janáček uno de los autores más importantes e influyentes del siglo pasado en el terreno operístico, además de ser un compositor cuyo legado ha sido cada vez más valorado mundialmente en las últimas décadas, ya era tiempo de llevar a escena otra obra suya, luego del debut en ese escenario en 1998 de una memorable producción de su drama Jenufa, la primera vez que se montaba una ópera checa en Chile. Por eso había muchas expectativas ante el estreno de Katia Kabanova, partitura que inauguró la temporada lírica 2014 del Municipal. Y la expectación era aún mayor porque en esta ocasión se contaría con el debut como director de escena en ópera del cineasta chileno Pablo Larraín, reconocido a nivel internacional por títulos estrenados mundialmente en el Festival de Cannes, como Tony Manero y el primer film chileno nominado al Oscar, No, y quien además hace pocas semanas debutó también como director teatral, con la obra Acceso.

Basada en la famosa obra teatral rusa de Alexander Ostrovsky, La tormenta, esta ópera tuvo su debut mundial en 1921, y se centra en la soñadora e ingenua joven que encuentra en el adulterio la única forma de huir -al menos temporalmente- de la opresión de un matrimonio infeliz por culpa de su pusilánime esposo y una implacable suegra; este drama podría ser convencional y predecible, pero se hace conmovedor y desgarrador gracias a la expresiva música de Janáček, llena de detalles que exigen una audición concentrada y comprometida a lo largo de sus menos de dos horas de duración. Pudimos asistir al estreno y a otra de las cinco funciones programadas, y juzgando por los efusivos aplausos que brindó el público, los resultados fueron positivos, aunque no se puede dejar de señalar que no todos los elementos de la producción convencieron por completo, en particular lo escénico. 

Ópera exigente e intensa, a menudo tensa y dolorosa y por momentos también lírica y poética, Katia Kabanova es un drama que demanda una estrecha fusión entre lo musical y lo teatral, y ese balance no siempre funcionó del todo en este montaje. Un escenario levantado y que en ocasiones se iluminaba desde abajo (escenografía de Pablo Núñez) fue la plataforma en la que se movían los personajes, bien caracterizados en lo físico -muy logrado el vestuario de Monserrat Catalá- e iluminados por el habitualmente sólido José Luis Fiorruccio, quien consiguió apoyar muy bien la atmósfera de algunas escenas, aunque algunos cambios fueron muy bruscos y abruptos y las tonalidades rojas que al parecer subrayaban la pasión fueron a ratos demasiado literales. En los desplazamientos faltó mayor convicción, así como en la interacción y movimientos de los personajes, en sus entradas y salidas; algunos convencieron más que otros, aunque además del mérito del director de escena, eso dependió también en buena medida de las habilidades y recursos actorales con los que contaba cada cantante.

Hay que reconocer que en su debut en el género operístico, Larraín fue en general muy respetuoso con el argumento y sus motivos (algunas pequeñas licencias no fueron desafortunadas o gratuitas), por lo que si alguien esperaba algo muy rupturista, no fue el caso; el régisseur desarrolló bien el tono de la obra -incluyendo los ocasionales toques de humor-, aprovechando la fluidez y ritmo que tiene, pero le faltó mayor profundidad y manejo teatral para hacer que un drama en apariencia tan tradicional y cliché logre remecer al espectador más allá de la magnífica partitura de Janáček. En especial en la última escena, a la que le faltó aún más potencia emocional. 


Es muy meritorio el aporte de las bellas y elaboradas imágenes que se proyectan permanentemente en cinco de las seis escenas de la obra que transcurren en exteriores, dándole un aspecto cinematográfico al montaje como un paisaje que refleja el conflicto interno de los personajes, en especial con la presencia fundamental del río Volga, cuyas aguas sellarán el desenlace; no era primera vez que se usan proyecciones visuales en el Teatro Municipal, ya que es una tendencia que han estado ocupado cada vez más directores de escena en los últimos años, pero estás imágenes tenían un aspecto muy real y convincente, y gracias a este aporte visual (la dirección de arte y el diseño digital son responsabilidad de Cristián Jofré), la naturaleza está así muy presente en la puesta en escena de Larraín, y en ese sentido el cuadro mejor logrado fue el que transcurre en el exterior de un bosque y dejó en suspenso la acción cuando llegó el intermedio de la función. 

Esta conexión con lo natural también se acentuó con los movimientos coreográficos que Jose Vidal desarrolló con un grupo de bailarines con cabezas y cuernos de ciervo, presentes al inicio y cierre de la obra, y además en los interludios musicales que unían distintas escenas; un recurso atractivo pero cuya eficacia variará según la perspectiva de cada espectador. En general, quedó la sensación de que en lo teatral no se sacó todo el partido a la obra. 

Mucho mejor se desarrolló lo musical, aunque también con reparos. La dirección del titular de la Orquesta Filarmónica de Santiago, el ruso Konstantin Chudovsky (quien también debutaba en esta obra), estuvo atenta a los muchos cambios de ritmo, atmósfera e intensidad que exige la partitura, pero por momentos el balance entre el foso de la orquesta y las voces de los cantantes no fue el ideal y algunos de los intérpretes no se escucharon bien, algo que puede deberse al volumen y proyección de las voces de cada uno, pero también a la masa orquestal que los tapaba. 

Interpretando a la sufrida protagonista, la soprano rusa Dina Kuznetsova debutó en Chile y en lo actoral consiguió transmitir la alienación y creciente desamparo de su personaje; en el estreno le faltó aún más fuerza y convicción teatral en sus escenas solistas, así como potencia vocal, pero en la otra función que pudimos ver pudo lucir un atractivo y contundente material, una voz bella y bien proyectada. Eso sí, no le ayudó mucho el apenas discreto aporte del tenor estadounidense Steven Ebel como su amante Boris, quien además de escucharse muy poco con su voz de tenor lírico bien timbrada pero de reducido volumen, tuvo una actuación muy débil, simple y rígida. 

Quien sí destacó especialmente fue la Kabanija de la mezzosoprano sueca Susanne Resmark, quien regresó a Chile -tras su sólida Clitemnestra de 2010 en la Elektra de Strauss que el Municipal debió presentar en el Teatro Escuela de Carabineros al trasladar su temporada lírica por el terremoto que sufrió el país ese año- y fue todo lo dominante e inflexible que exige el rol, muy bien cantado e interpretado en lo teatral. Su hijo, Tijon, fue correctamente encarnado por el tenor estadounidense Richard Cox (quien ya cantara en los estrenos en Chile de Lady Macbeth de Mtsensk y Ariadna en Naxos). Y ya sea porque sus personajes son los únicos que aportan un poco de luz y esperanza en medio del drama, o simplemente porque ambos cantaron y actuaron muy bien, se lucieron especialmente el tenor turco Tansel Akzeybek y la mezzosoprano chilena Evelyn Ramírez, encarnando respectivamente a Kudriash y Varvara, la joven y encantadora pareja que sirve de contrapunto al atormentado amor adúltero de Katia y Boris. También fue convincente el tosco y sonoro Dikoi del bajo polaco Alexander Teliga (quien ya ha cantado antes en el Municipal, en Lady Macbeth de Mtsensk y Boris Godunov), y estuvieron bien en sus breves roles secundarios los chilenos David Gáez, Claudia Lepe y Lina Escobedo, así como el Coro del teatro que dirige Jorge Klastornik, en su fugaz intervención. 

Saturday, August 4, 2012

DOBLE PROGRAMA DE OPERAS DE “VANGUARDIA” EN EL TEATRO COLON

Fotos: A. Colombaroli / Teatro Colón

Dr. Alberto Leal

Erwartung de Schönberg director musical :Baldur Brönnimann / Regie, Vestuario e iluminación: Pedro Pablo Garcia Caffi. Intérprete: : Elena Nebera.  Hagith: de Szymanowski  Director musical: Baldur Brönnimann Regie y  Vestuario: Michal Znaniecki. Escenografía y proyecciones: Luigi Scoglio / Director del coro: Peter Burian  Intérpretes: Hans Schöpflin, Enrique Folger, Ewa Biegas, Aleksander Teliga, Luciano Garay, Federico Moore, orquesta y Coro del Colon.

Continuando con la presente temporada el Teatro Colón presentó un doble programa con dos óperas de “vanguardia”, Erwartung de Arnold Schönberg, que fue estrenada en el mismo coliseo con la dirección del recordado Maestro Roberto Kisnky y la parte vocal a cargo de la soprano Sofía Bandin, y Hagith en estreno argentino. El maestro Schönberg, un adelantado en lo que a música atonal se refiere y creador de la técnica del dodecafonismo, no tiene una gran producción operística y Erwartung fue su primera obra en este género. Tal vez por esa causa su estilo no es muy definido y algo lejano de sus composiciones posteriores. Compuesta en 1909, pero estrenada en 1924, en Praga, es una obra de un solo acto de treinta minutos, concebida como un monólogo para soprano. El segundo título fue también una ópera en un acto de Karol Szymanowski, compuesta en 1912-13, primero en alemán y luego traducida en polaco, ha tenido muy pocas representaciones. Luego de su estreno en Varsovia en 1922 recién fue repuesta en 2006. Musicalmente se puede considerar algo anacrónica dentro de la obra del autor, tal vez para adaptarla al gusto vienés de la época. El maestro Baldur Brönnimann conoce a la perfección el estilo, dirigió en forma férrea y fue muy bien acompañado por la orquesta estable, en un excelente trabajo. Solo es de lamentar por momentos la falta de balance entre el foso y el escenario, forzando en algunos casos al límite de sus posibilidades vocales a algunos de los cantantes. Para Erwartung, el Maestro Garcia Caffi creó una escena simple pero sugerente, con una interesante iluminación. Contó con una muy buena soprano, Elena Nebera, reemplazo a último momento de la anunciada Evelyn Herlitzius. Con buena voz, conocimiento del estilo y notables dotes de actriz supo transmitir todos los estados anímicos por los que pasa su personaje en busca de su amante.
Un gran trabajo. En lo visual no corrió la misma suerte Hagith. La puesta de Michal Znaniecki fue estéticamente poco grata, por momentos sin visión para los que se encontraban en el sector izquierdo del teatro en palcos y pisos superiores. El vestuario diseñado, con personajes en trajes de época y otros con ropa actual, poco ayudaron a ser creíble la trama en lo visual. Tampoco ayudó la escenografía de Luigi Scoglio, de diversos estilos, demasiado contrastantes y con muy poca coherencia aparente. El grupo de cantantes cumplió una muy buena labor en general, aunque por momentos fueron literalmente tapados por la orquesta. Cuesta entender la contratación del tenor alemán anunciado. Como puede verse en su biografía canta habitualmente roles de tenor ligero o lírico ligero y la parte exige una voz de mucho más peso y volumen para dominar una orquestación contundente. Fue reemplazado por el tenor argentino Enrique Folger quien realizó un excelente trabajo. Seguro en lo vocal, con el volumen adecuado, en estilo y muy suelto como actor, en una parte nada fácil. Hans Schöpflin, tenor que asume habitualmente roles característicos, es un excelente actor, cantó con notable fraseo y fue muy expresivo en todo momento. La soprano Ewa Biegas posee una voz tal vez algo liviana para el rol, pero su voz corre sin dificultad por la amplia sala de nuestro coliseo. Posee una gran capacidad para matizar y buenas dotes de actriz. El bajo Aleksander Teliga mostró una voz importante, rica en armónicos y muy buen volumen. Completó con corrección el elenco el barítono Luciano Garay.

Tuesday, July 31, 2012

Erwantung de Schönberg y Hagith de Szymanowski en el Teatro Colón de Buenos Aires

Fotos: Elena Nebera (soprano) Erwartung. A. Colombaroli - Teatro Colon de Buenos Aires

Martín Leopoldo Díaz (Claridge Hotel)

Poner en escena obras de vanguardia o títulos no muy conocidos por el público local requiere audacia y coraje. Por eso es muy meritoria la puesta y el acierto en la elección de estos dos nuevos títulos de la Temporada Lírica 2012 del Teatro Colón. Así, se recibió con calidez a “Erwartung” de Arnold Schönberg y “Hagith” de Karol Szymanowski en una apacible tarde invernal. Schönberg compuso esta breve ópera durante sus vacaciones de verano en 1909. Fue su primera obra para la escena, basada en un libreto de Marie Peppenheim. Este monodrama está considerado como una obra maestra del atonalismo libre. Todo se reduce al monólogo desesperado de una mujer, buscando en el bosque a su amante, a quien luego encuentra muerto. Fue sobresaliente la actuación de la soprano rusa Elena Nebera, quien tuvo que reemplazar a Evelyn Herlitzius a último momento. Nebera cantó con excelente emisión y volumen y pasó por todos los estados de ánimo que requiere la obra: furia, pasión, melancolía y desenfreno. Su mérito es doble, considerando lo extremadamente difícil que es el estudio de estas obras atonales, y el hecho de que salió a escena casi a último momento, logrando el éxito merecido. Muy delicada y sutil fue la puesta en escena y la realización visual, asi como el diseño de iluminación y vestuario de Pedro Pablo García Caffi. Con escasos elementos, pero muy bien pensados, usados y dosificados, García Caffi creó el clima ideal para esta extraordinaria y difícil partitura. 
La ópera de Karol Szymanoswski fue una grata y emocionante sorpresa. Compuesta entre 1912 y 1913, sólo se estrenó en el Gran Teatro de Varsovia en 1922 en idioma polaco. Con gran orquestación, el director Baldur Brönnimann tuvo un desempeño excelente y la Orquesta Estable del Teatro Colón respondió magníficamente, sorteando con bravura las difíciles partituras. Hagith conmovió con sus tintes épicos y el muy buen desempeño del director de escena y vestuario Michal Znaniecki. Tanto la soprano Ewa Biegas, en el rol de Hagith, como Enrique Folger personificando al Joven Rey cantaron excelentemente y se lucieron en sus roles. Hans Schöpflin fue un creíble e histriónico Viejo Rey, aunque su voz no tiene demasiado volumen; en tanto Alexander Teliga y Luciano Garay hicieron un muy buen trabajo. Como es costumbre, la labor del Coro Estable del Teatro Colón dirigido por Peter Burian, fue superlativa.

Friday, March 25, 2011

Bajo las aguas, Rusalka en Bellas Artes

Foto: INBA
José Noé Mercado
Entre Bedrich Smetana, autor de tintes oficialistas que ocupa un lugar destacado en la historia lírica con La novia vendida, y Leos Janácek, primero compositor rechazado por el stablishment, luego altamente reconocido, referencial e imprescindible por su capacidad musical, su lenguaje contemporáneo y la fuerza expresiva de obras como Jenufa, Katya Kabanova o Desde la casa de los muertos, Antonín Dvorák sobresalió internacionalmente con su sinfonía Desde el nuevo mundo y por su ópera Rusalka, de bella construcción y continuidad melódica con base en el leitmotiv wagneriano, a la que suma una historia que pone en escena parte de la mitología eslava. Estrenada en 1901, Rusalka cuenta con libreto de Jaroslav Kvapil, y se presentó por primera vez en nuestro país los pasados 10, 13, 17 y 20 de marzo, en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, en coproducción del 27 Festival de México y la Compañía Nacional de Ópera (CNO). Jorge Ballina diseñó una escenografía dinámica y contemporánea, arropada espléndidamente por la iluminación de Víctor Zapatero y el magnífico vestuario de Eloise Kazan. En esta ocasión, sin embargo, la propuesta de Ballina mostró una mirada reiterativa y nostálgica de su propio trabajo, sin la concreción plástica de belleza que alcanzó, por ejemplo, en El anillo del nibelungo, pero sí de su problemática con plataformas hiperquinéticas que dificultan ya no se diga el canto, sino el tránsito y acceso a ellas, como lo demostraron las torceduras de tobillo de al menos un par de participantes.

Por lo demás, la escena dispuesta para contar la historia como un cuento infantil no logró recrear del todo lo que pretendía. Una serpentina telar difícilmente logró el efecto acuífero y durante la mayor parte del tiempo parecía más un canasto de mimbre teñido de azul y no el marco de un lago. La dirección escénica de Enrique Singer presentó con coherencia y lógica la trama y las acciones, aunque naufragó en las escenas largas que componen la obra, ya que la monotonía de movimientos y la falta de una expresión nacida más del interior de los personajes cayó en un estatismo colindante con la aburrición. Si por algo los pasajes más lucidores fueron aquellas citas sergiovelianas de las ondinas del Rin y no sin estorbosos cables y arneses y dobles visibles. El rol protagónico fue encomendado a la soprano sueca Elisabet Strid, quien se desempeñó como una gran Rusalka, con voz cálida, bella y resistente, de técnica notable. Actoralmente no demostró nada especial, pero se convirtió en una de las mejores importaciones de los últimos años considerando esa tendencia oficial y algo malinchista de traer tantos cantantes equis del extranjero a nuestros escenarios. El tenor eslovaco Ludovit Ludha interpretó el papel del Príncipe y cumplió, pero poco más. Con una voz sin demasiado cuerpo ante el color orquestal de esta partitura, con mayor énfasis en la colocación del sonido que en su belleza o en la ortodoxia de su emisión, no estuvo a la altura de su ninfa acuática. Con mejores cualidades y un canto de mayor envergadura participó el bajo ruso Alexander Teliga como el Espíritu de las aguas. Las voces nacionales de Lucía Salas, Nieves Navarro y Edurne Goyarzu (Ninfas del bosque); Celia Gómez (Princesa extranjera), Antonio Duque (Guardabosques), Sandra Malika (Cocinero), Néstor López (Cazador) y Belem Rodríguez (la bruja Jezibaba), complementaron el elenco con participaciones en general muy destacadas.

La dirección concertadora de Ivan Anguélov, al frente de la Orquesta y el Coro del Teatro de Bellas Artes (esta última agrupación de inocultable mejoría sonora bajo la preparación de Xavier Ribes de los últimos meses), si bien mostró conocimiento y cercanía de la partitura y cuidó el ritmo vocal de los solistas, no se transformó en una lectura particularmente vital. Con tiempos poco emotivos y una batuta refrigerante, quizás faltó calor a la música, al conflicto, al drama, a su desapasionada versión. Tristemente donde no falta calor al drama es en la CNO, ya que después del fiasco de su pretendido Comité Artístico que nunca se concretó sigue sobre las olas, nadando de a muertito, con una temporada 2011 incierta, en la que buena parte de los títulos programados ya se cancelaron o pospusieron. Aunque quizás por ello mismo la realidad de esta institución operística ya ni siquiera esté a flote sino, como Rusalka y sus desnudos encantos de sirena que no vimos, completamente bajo las aguas. O, dicho sin poesía alguna, hundida. Tal vez ahogada.

Tuesday, March 15, 2011

Rušalka. di Antonín Dvorák - Opera de Bellas Artes, Città del Messico

Foto: INBA
Ramón Jacques

Città del Messico, Opera de Bellas Artes - L’opera Rusalka del compositore ceco Antonín Dvořák,, la variante folclorica dell’antica leggenda della sirena che si innamora di un principe umano, adattata dalla favola di Hans Christian Anderson, La Sirenetta e che fu rappresentata a Praga nel 1901, arriva per la prima volta al Palacio de Bellas Artes di Città del Messico in una co-produzione (Opera de Bellas Artes) con il fmx-Festival del Messico (festival annuale che raduna diverse manifestazioni artistiche) nella sua ventisettesima edizione. Sulla scena risaltava il lavoro molto dettagliato del disegnatore Jorge Ballina che ha ideato delle scene come in un vero racconto magico nel quale incorporava elementi naturali riferiti alla storia come: il bosco con gli alberi, la luna, e il lago in cui abitavano Rusalka, le ninfe e lo Spirito dell’acqua, e la sala del castello (nel secondo atto). Con reti intrecciate che si agitavano, alzandosi e abbassandosi continuamente, ricreava in maniera ingegnosa e visualmente suggestiva l’effetto del costante movimento dell’acqua. Il lavoro scenico veniva perfezionato grazie agli eleganti costumi di Eloise Kazan, ispirati a racconti di principi e sirene; e per il brillante gioco di luci, di tonalità risplendenti e multicolori curate da Víctor Zapatero. La regia di Enrique Singer, con esperienza teatrale ma alla sua prima incursione nel mondo operistico, ha consentito agli interpreti di agire con libertà e gestualità precisa. Il cast vocale è stato dominato dal soprano svedese Elisabet Strid, una espressiva ninfa acquatica, che ha cantato con trasparenza e sfumature con una voce di smalto interessante e varietà d’accento. L’interpretazione commovente della celebre “canzone alla luna” era carica di esuberanza e malinconia. Da parte sua il tenore slovacco Ľudovít Ludha dava presenza scenica al personaggio del Principe, ma nonostante l’esibizione di una timbrica calda e raffinata, l’emissione pareva appesantirsi compromettendo la linea di canto. Il basso Alexander Teliga nel ruolo di Vodník, lo Spirito delle acque, ha mostrato sicurezza nella sua prova, ma ha basato parte della sua interpretazione su un piano muscolare con la sua voce robusta e stentorea. La tonalità scura della voce del mezzosoprano Belem Rodríguez si adattava bene alle esigenze espressive del ruolo di Ježibaba, ruolo attuato con temperamento e carattere. Il soprano Celia Gómez è piaciuta per le sue qualità vocali dando vita alla Principessa straniera. Corretto il resto del cast e il Coro che cantava dai palchi laterali del teatro, il cui livello sembra elevarsi sempre più sotto la guida del direttore titolare catalano Xavier Ribes. Dall’orchestra diretta dal bulgaro Ivan Anguélov fluiva con naturalezza la magia lirica e la sensualità di molte pagine della partitura. La sua lettura è stata sostanzialmente corretta nonostante passaggi troppo suonati troppo forti e qualche sfasatura negli ottini. Ma le composizione di Dvořák sono fatte per perdersi e per sognare.

Rusalka de Antonín Dvořák en el Palacio de Bellas Artes de México

Fotos cortesía: fmx Festival de México
Ramón Jacques
La opera Rusalka del compositor checo Antonín Dvořák, la variación folclorista de la vieja historia de la sirena que se enamora de un príncipe humano, adaptada del cuento La Sirenita de Hans Christian Anderson y que se estrenó en Praga en 1901, llegó por primera vez al escenario del Palacio de Bellas Artes de México en una co-producción entre la Opera de Bellas Artes y el fmx Festival de México (festival anual que reúne diversas expresiones artísticas) en su edición numero 27. En escena resaltó el detallado trabajo del creador Jorge Ballina, quien ideó las escenografias como un verdadero cuento o comic mágico, al que incorporó los elementos naturales referidos en la historia como: el bosque con árboles, la luna, y el lago donde habitaban Rusalka, las ninfas y el espíritu del agua, y el salón de un castillo (en el segundo acto). Con unas como redes entrelazadas que se agitaban, subían y bajaban continuamente, recreó de manera ingeniosa y visualmente sugestiva, el efecto del constante movimiento del agua. La labor escénica fue perfeccionada gracias a los elegantes vestuarios de Eloise Kazan, extraídos de imágenes de historias de princesas y sirenas; y por el brillante juego de luces, de resplandecientes tonalidades de todos colores de Víctor Zapatero. La dirección escénica de Enrique Singer, con experiencia teatral y en su primera incursión en la opera, permitió que los artistas se desplazaran por la escena con libertad y precisa gestualidad. El elenco vocal, fue liderado por la soprano sueca Elisabet Strid, una expresiva ninfa acuática, que ofreció claridad y matices con su voz de interesante esmalte y variedad en el acento. Su conmovedora interpretación de la celebre la ‘Canción de la luna’ estuvo cargada de exuberancia y melancolía. Por su parte, el tenor eslovaco Ľudovít Ludha dio presencia escénica al personaje del Príncipe, pero a pesar de exhibir un refinado y elegante timbre calido, su voz se siento pesada, por momentos comprometiendo su emisión. El bajo Alexander Teliga, mostró seguridad en su actuación, pero basó parte de su interpretación en un plano muscular con su robusta y estentórea voz como Vodník, el Espíritu de las Aguas. La tonalidad oscura en la voz de la mezzosoprano Belem Rodríguez, pareció adaptarse muy bien a las exigencias del papel de Ježibaba, papel que actuó con temperamento y carácter. La soprano Celia Gómez agrado por sus buenas cualidades vocales dando vida a la princesa extranjera. Correctos estuvieron el resto de los personajes, y el coro, que desde los palcos laterales del teatro tuvo su aporte a la función, con un nivel que parece ir en ascenso bajo la guía de su titular el catalán Xavier Ribes. De la orquesta dirigida por el búlgaro Ivan Anguélov fluyó naturalmente la magia lírica y sensualidad que derrama en muchas de sus páginas esta partitura. Su lectura fue en términos generales correcta, y a pesar de algunos pasajes fuertes y de algunos desajustes en los metales, la de Dvořák, continua siendo una música para perderse y sónar.