Showing posts with label Giuseppe Grazioli. Show all posts
Showing posts with label Giuseppe Grazioli. Show all posts

Monday, April 29, 2019

La Forza del Destino - Teatro Municipal de Santiago, Chile

Fotos crédito: Marcela González Guillén / Patricio Melo.

Joel Poblete

Aunque hubo más de un aspecto que generó divergencias o no convenció por completo, el muy esperado regreso de la ópera La fuerza del destino, inaugurando a mediados de abril la temporada lírica del Municipal de Santiago con dos elencos y tras 60 años de ausencia de escenarios chilenos, ofreció un balance general satisfactorio y memorable. De partida, porque se trata de una obra muy exigente y compleja, tanto por su estructura argumental, como por las demandas musicales que ofrece en especial a sus cantantes. Agréguese a eso que en esta ocasión no sólo casi todos los protagonistas estaban debutando en sus roles, sino además los directores musicales y el director de escena también la asumían por primera vez en sus carreras. Y tampoco hay que olvidar la fama de "mala suerte" que la tradición le atribuye a esta pieza, razón que según muchos la había tenido ausente de Chile por seis décadas. Tomando todo esto en consideración, los resultados en este retorno superaron todas las expectativas. Estrenada en Chile en 1873 (cuatro años después del debut de la versión revisada y definitiva que más se representa hasta hoy de esta obra, que data de 1869 en la Scala de Milán), precisamente en el Municipal de Santiago, en la historia de ese escenario sólo regresó en 16 temporadas, la última en 1959. Este retorno en el Municipal fue bastante completo y evitó cortes que a veces se realizan en esta obra, por lo que el espectáculo total, incluyendo dos intermedios, se extendió a lo largo de tres horas y media. Pero valió absolutamente la pena, de partida por lo musical en el elenco internacional: en su debut en Sudamérica y conduciendo por primera vez la obra, el director de orquesta italiano Giuseppe Grazioli obtuvo una excelente respuesta de la Filarmónica de Santiago, en una lectura energética y conmovedora, capaz de acentuar los momentos más dramáticos con los cómicos, resaltando especialmente el lirismo y la melancolía (por ejemplo, en el bello solo de clarinete que antecede la escena solista de Álvaro al comienzo del acto III). Muy bien también, tanto en lo vocal como actoral, el coro del Municipal que dirige el maestro uruguayo Jorge Klastornik.

En el rol de Leonora estuvo la soprano rusa Oksana Sekerina, quien ya dejó una grata impresión el año pasado en el Municipal, encarnando a Doña Ana enDon Giovanni y a Adalgisa en Norma; pero Mozart y Bellini son muy distintos a Verdi, compositor que asumía por primera vez en su ascendente carrera. Cauta y correcta en sus escenas iniciales, en un principio su voz no parece aún totalmente idónea al autor, pero en verdad es una cantante con mucho potencial, que deberá continuar estudiando y desarrollando su acercamiento al repertorio verdiano, pero fue ganando fuerza y seguridad a lo largo de la función, hasta culminar en una notable y ovacionada versión de "Pace, pace mio Dio!". Otro conocido del Municipal, el barítono ucraniano Vitaliy Bilyy, ha ido a ese teatro en diversas ocasiones, destacando especialmente en roles de Verdi: Attila (2012), El trovador (2013) y Aida (2017). Ahora debutó ahí su personaje número 16 del compositor, y nuevamente lució un canto recio, noble y sólido, destacando especialmente en su gran escena solista del acto III. También de regreso en ese escenario estuvo el bajo ruso Maxim Kuzmin-Karavaev, quien ya cantara ahí en 2012 en Lucrezia Borgia y fue ahora el Padre Guardiano, encarnado con una voz atractiva y toda la grave solemnidad vocal y de presencia que requiere el personaje. Y debutando en Chile, la mezzosoprano Anna Lapkovskaja se lució como la gitana Preziosilla, personaje breve y episódico, pero muy difícil y exigente en especial en la tesitura, escollos que la cantante rusa supo sortear con inteligencia y buen material, además de verse simpática y desenvuelta en escena. 
Entre tantas voces eslavas, también hubo un lugar importante para los cantantes chilenos. Radicado hace más de una década en Europa, donde se ha presentado en prestigiosos escenarios, el tenor Giancarlo Monsalve hasta ahora sólo había protagonizado en su país natal dos óperas en el Teatro Regional del Maule (en la ciudad de Talca), también de Verdi: Otello en 2016 y El trovador en 2017. Debutando al fin en el Municipal, encarnó ahora a Don Álvaro, papel que ya cantó previamente en la Ópera de Washington; como ya me pareció al oírlo en vivo en ese Trovador de hace dos años, canta con arrojo y un fraseo muy particular, con una voz cuyo registro y proyección, así como la forma de emitir las notas, en especial los agudos, probablemente no sea del gusto de todos los espectadores. En la primera escena no fue muy satisfactorio, pero fue convenciendo más a lo largo de la función y de todos modos fue muy aplaudido al final por el público, aunque lamentablemente fue el cantante más decepcionante entre los protagonistas. Entre los demás cantantes chilenos del reparto, quien sí arrasó con el favor de la audiencia fue el cada vez más sólido bajo-barítono Ricardo Seguel, excelente en canto y comicidad como Fray Melitone. En roles secundarios también estuvieron muy bien el tenor Gonzalo Araya (Trabuco), la soprano Paola Rodríguez (Curra), el bajo Jaime Mondaca (marqués de Calatrava) y el bajo-barítono Matías Moncada en dos papeles, el alcalde y un cirujano.  Lamentablemente, el segundo reparto, el llamado elenco estelar, no estuvo a la misma altura, a pesar que el director residente de la Filarmónica de Santiago, el chileno Pedro-Pablo Prudencio, condujo con entusiasmo y brío la partitura, pero los cantantes decepcionaron bastante, en especial la soprano armenia Lilit Soghomonyan, quien luego de su débil Tosca del año pasado en el Municipal ahora tampoco alcanzó el nivel vocal esperado en Leonora. Dos intérpretes mexicanos debutaron en el Municipal, y ambos partieron algo tímidos, pero fueron ganando fuerza a lo largo de la función: el tenor Héctor Sandoval como Álvaro y en especial el barítono Ricardo López. Quienes sí se lucieron fueron dos chilenos de ya probado talento: la mezzosoprano Evelyn Ramírez como Preziosilla y el barítono Patricio Sabaté como Fray Melitone, mientras la gran revelación de este elenco fue un espléndido bajo ucraniano, Taras Berezhansky, un sonoro Padre Guardiano de bella voz, cómodo en todo el registro. 
En cuanto a lo escénico, el director teatral italiano Stefano Vizioli, que en 1997 debutara en el Municipal con un Rigoletto que volvió a montarse en 2004, regresó con otro Verdi, ahora uno de los más exigentes de este autor para montar a nivel teatral, por su variedad de escenas, movimientos de multitudes, mezcla y contraste entre lo dramático y lo cómico y hasta inclusión de momentos de baile, entre otros obstáculos. Afortunadamente, todos esos aspectos estuvieron muy bien desarrollados en el espectáculo, en una producción que respetó los vericuetos e indicaciones de la historia, pero en un contexto escénico que quizás no convenció a todos por igual, pero en lo personal a mí me parece que fue muy efectivo: de acuerdo al concepto de Vizioli de abordar la obra como un "teatro de la vida", la bella, imponente y corpórea escenografía del argentino Nicolás Boni -quien debutó en el Municipal en 2015 con otro título verdiano, I due Foscari, y el mes anterior había inaugurado la temporada lírica del Colón de Buenos Aires con Rigoletto- reprodujo el interior de un gran teatro clásico de ópera "a la italiana", dañado y a medio derruir, que permanecía a lo largo de la obra y permitió distintas interpretaciones a modo de símbolo y metáfora, además de incluir la figura inclinada de un inmenso Cristo crucificado que recordó a montajes de otro diseñador argentino, el prestigioso régisseur Hugo de Ana, como La favorita de 2008 en el Municipal y precisamente La fuerza del destino de 2012 en el Colón porteño. 
No se puede negar que esta puesta en escena de La fuerza del destino logró impresionar, fue efectiva y tuvo un buen apoyo en el atractivo y elaborado vestuario de la chilena Monse Catalá, inspirado en Goya, y la iluminación de Ricardo Castro; además, no se puede dejar de resaltar las curiosas y tal vez anacrónicas, pero muy llamativas coreografías del italiano Pierluigi Vanelli.  En suma, fue un contundente inicio de temporada. Para los operáticos locales que nunca habíamos visto este título en vivo y hace años lo esperábamos, la emoción fue enorme. Y de paso, se logró derrotar una superstición.

Sunday, May 29, 2016

La ópera de los tres centavos en Milán

Foto: Masiar Pasquali

Massimo Viazzo

Volvió al “Piccolo” de Milán La ópera de los tres centavos de Kurt Weill, un titulo histórico para este teatro milanés, ya que fue una obra montada en escena por Giorgio Strehler exactamente hace sesenta años y con la presencia en persona de Berthold Brecht el autor del texto.  Por lo tanto, se trato de la conmemoración de un espectáculo revelevante. En esta ocasión, la dirección escénica le fue confiada Damiano Michieletto, quien es uno de los mejores directores italianos en la actualidad. Michieletto transformó la historia de Peachum, Mackie Messer, Polly y Jenny en una larga retrospectiva revivida por todos los personajes la celda de un tribunal, donde todos están en el banco de los acusados, ninguno excluido, pero que al final “todo está bien y todo termina bien” en el nombre del dios dinero.  La parte musical fue coordinada con precisión rítmica por Giuseppe Grazioli guiando un pequeño ensamble de la Orquesta Giuseppe Verdi de Milán. El elenco fue compuesto por un puñado de actores-cantantes verdaderamente buenos sobre la escena, aunque no siempre a sus anchas con el espíritu de esta música. La mejor en tal sentido fue Rossy De Palma, la dama Picasso de Almodóvar, que encarnó una exuberante Jenny de los ladrones cantando sus inolvidables melodías con voz “obscena” verdaderamente idiomática para este repertorio. Convincentes más en la actuación que vocalmente estuvieron todos los demás interpretes, comenzado por un muy bueno Marco Foschi en el papel de Mackie Messer y por Peppe Servillo como Peachum en un espectáculo muy bien puesto, que sin embargo dejo la sensación de no quedar completamente resuelto.

L’opera da tre soldi di Kurt Weill

Foto: Masiar Pasquali

Massimo Viazzo

Torna al “Piccolo” di Milano L’opera da tre soldi di Kurt Weill, un titolo storico per il teatro milanese, un titolo che fu messo in scena da Giorgio Strehler esattamente sessan’anni davanti a Bertold Brecht in persona, l’autore del testo. Una commemorazione, quindi, di uno spettacolo storico. Questa volta la regia è stata affidata ad uno dei migliori registi italiani di oggi, Damiano Michieletto. Michieletto trasforma la storia di Peachum, Mackie Messer, Polly e Jenny in un lungo flashback rivissuto da tutti i personaggi in un aula carceraria di un tribunale: tutti sono sul banco degli imputati, nessuno escluso, ma alla fine “tutto è bene ciò che finisce bene” nel nome del  Dio Denaro. La parte musicale è stata coordinata con precisione ritmica da Giuseppe Grazioli alla guida di un piccolo ensemble dell’Orchestra Sinfonica Giuseppe Verdi di Milano. Il cast è stato affidato ad un manipolo di attori-cantanti davvero bravi sulla scena ma non sempre a proprio agio con  lo spirito di questa musica. La migliore in tal senso, è stata Rossy De Palma, la Dama Picasso di Amodovar, che ha incarnato una esuberante Jenny dei Pirati cantando le sue indimenticabili melodie con voce “sporca”, davvero idiomatica in questo repertorio. Convincenti più sulla scena che vocalmente tutti gli altri interpreti, a cominciare da un bravissimo Marco Foschi  nei panni di Mackie Messee e da Peppe Servillo in quelli di Peachum, per uno spettacolo molto ben allestito, ma che ha lasciato il senso di non essere completamente risolto.

Friday, January 11, 2013

Nino Rota’s “Il Cappello Di Paglia Di Firenze” at Angers Nantes Opéra

Suzanne Daumann

It’s Christmas time, it’s goodie time, and this production is a goodie indeed. As seen and heard recently in another production by Angers Nantes Opéra, Smetana’s “Two Widows”, a foreign composer takes over a French comedy, adds his own national flavor, and the result is deliciously sweet and spicy. The work is in itself quite challenging: Nino Rota’s (1911 – 1979) entertaining and spiritual music belongs equally to the 20th century and to Italian opera. Its bel canto is ironically charming and it gallops through the comedy at breakneck tempo. The Orchestre Natinonal des Pays de la Loire, conducted by Giuseppe Grazioli, keeps this tempo and still manages to highlight the many funny and charming details of the score, and the singers are more than up to it as well.The stage direction (Patrice Caurier and Moshe Leiser) situates the action at its time of origin, in the 1850s. These days, one has to loudly applaud a stage and costume design that has no other pretensions than to serve the music. Christian Fenouillat has that kind of courage: totally biedermeier interiors, a Paris street that looks more Parisian than Paris itself, a hatter’s workshop full of shelves and boxes, like a doll’s house – all of this is really beautiful and that is quite enough. As to Agostino Cavalca’s costumes, they take up the 19th century theme, with crinolines, top hats and cork screw locks, but his characters are not so very dignified: they all wear a little upturned nose, absurd and quite touching, and the gentlemen are literally stuffed into importance.  Along with absurd costumes and noses, the whole cast are full of musical and dramatic energy. Philippe Talbot, tenor, is an admirable Fadinard: he has a clear, ample, generous voice, made for this kind of repertoire, one imagines him in Rossini or Offenbach as well, and he has a great sense of comedy, he gets hit, rolls on the ground, gets up, sings a love duet in passing and is off again on his quest for a straw hat… So Fadinard is going to get married. The bride’s uncle, Vézinet (Beau Palmer, so funny that his warm baritone goes almost unnoticed), turns up at his place, with a present for the young lady.  He has brought a straw hat, which Fadinard’s servant takes away at once – and thus sets the story in motion: Fadinard comes home and tells his uncle how his horse just ate up a lady’s straw hat. Enter the lady in question, Anaide, and her lover, Emilio. The two of them are in a state, because without her straw hat, Anaide cannot go home, her suspicious husband would ask uncomfortable questions. Fadinard sends his servant to buy a new hat, and the lovers hide, because now the wedding guests arrive, and first of all Fadinard’s bride, Elena, Hendrickje van Kerckhove, silvery soprano innocence, very much the Italian opera heroine. Her father, the terrible Nonancourt who declares every five minutes that everything is finished, accompanies her. Peter Kalman, baritone both smooth and strong, interprets him with authority and ridicule. On their heels arrive the marriage party, who will make sure of a generous level of confusion wherever they go. When Fadinard’s manservant returns empty-handed, Emilio menaces Fadinard with terrible things like a duel or sacking his apartment. So Fadinard decides to hunt up an Italian straw-hat himself.He runs first to the hatter’s shop where he learns that the last Italian straw-hat has been sold to the Baroness of Champigny. Fadinard goes to see this lady.
 
The Baroness is just preparing a dinner in honour of the famous Italian violinist Minardi. Elena Zilio, mezzo-soprano and grand lady with a deep rich voice, incarnates this groupie of Italy and her artists with verve and a hint of compassion. We sigh with her “Ah yes, Florence, her sunshine, her hats…” and we state laughingly that already Labiche made fun of the housewife between 45 and 55, but there is no time for further reflection, because here is the wedding party again, and confusion is everywhere, while Fadinard runs to Beaupertuis’s place. The old man (Claudio Otelli) is bathing his feet and complaining about his wife’s lateness. She left in the morning to go and see her cousin and still isn’t back. Fadinard doesn’t care. Beaupertuis has a straw hat, or at least his wife has, the Baroness said so, and Fadinard wants this hat right now and begins to turn the house upside down. Meanwhile, Nonancourt and the wedding party have caught up with Fadinard. They are under the influence of the Baroness’s champagne, and, mistaking Beaupertuis’ bedroom for Fadinard’s, undertake to put the bride to bed. We laugh at Noncancourt and Beaupertuis who are fooling around with their shoes, and we feel for the little virgin’s trouble as she comes face to face with the reality of the marital bed. But now Beaupertuis has realized that this hat, which Fadinard is so keen on, is his wife’s and that his wife is none other than the lady who is keeping Fadinard out of his own marital bed. That’s too much and he runs off, murder on his face, and Fadinard after him. In Act 4, everything seems lost:  the wedding party have gotten lost in Paris, and get arrested as thieves, Beaupertuis still wants to kill his wife, Nonancourt once again wants to cancel the marriage and take Elena home… But now, hey presto, uncle Vézinet finds the hat and Fadinard puts it on Elena’s hat. A hat? A hat! You see she has a hat! Beaupertuis sees and has grudgingly to admit that his wife must be innocent since she has a hat, and so he takes her home. She waves goodbye to Emilio and is swept back into the tedium of her daily life and we wonder fleetingly what will become of her, if she will ultimately run of with Emilio or some other officer, but already Fadinard has freed the wedding party from goal, bidden them goodbye and good night, and now the real happy end is here: Fadinard and Elena enter his house and as the curtain falls, we see them as silhouettes in a lighted window (lights: Christophe Forey), and we hope their bed will be just as warm and soft as that light and the slow waltz that ends the opera!" It has been a delightful evening again and delighted high school students cross our way out. To be sure, with such a multi-layered work they are bound to have found some amusement, too. Programming such entertaining pieces is certainly a good way to attract tomorrow’s public. Again, bravo all around!

Il Cappello di Paglia di Firenze (Le Chapeau de Paille d’Italie) de Nino Rota à Angers Nantes Opéra

Suzanne Daumann
 
C’est la saison de Noël, c’est la saison des gourmandises : cette nouvelle production est un délice. Un peu comme on a pu le voir récemment dans « Les Deux Veuves » de Smetana (production de Anger Nantes Opéra également), un compositeur étranger s’empare d’une comédie française, y ajoute ses arômes nationaux et le résultat est délicieux : croustillant, piquant et doux à la fois. Les défis sont nombreux dans cette œuvre : la musique de Nino Rota (1911 – 1979), pleine d’entrain, très divertissante, appartient en même temps au XXème siècle et aux traditions de l’opéra italien. Elle utilise un bel canto auto ironique, qui ne perd rien de son charme pour autant.  Pour qu’une comédie fonctionne, le tempo est essentiel, et cette musique avance à un tempo à perdre l’haleine. L’Orchestre National des Pays de la Loire, sous la baguette de Giuseppe Grazioli, tient ce tempo tout en mettant en relief  les détails charmants et drôles de la partition, et les chanteurs tiennent parfaitement sur la corde raide entre ironie et sentiment. La mise en scène (Patrice Caurier et Moshe Leiser) situe l’action dans l’époque de son origine, les années 1850 donc. De nos jours, il faut saluer le courage de présenter une mise en scène, des décors et costumes qui n’ont d’autre prétention que de servir l’œuvre. Christian Fenouillat a ce courage: intérieurs bourgeois tout biedermeier, une place de Paris plus parisienne que Paris, et un atelier de chapelier plein de boîtes différentes, on dirait une maison de poupée, c’est très beau et cela suffit. Quant aux costumes, maquillages et coiffures d’Agostino Cavalca, ils sont dans la même veine :  crinolines, chapeaux haut de forme, redingotes… Mais, mais, mais – ses personnages ne sont pas tout à fait dignifiés. Chacun porte un petit faux nez retroussé, un peu absurde, un peu touchant, et ces messieurs doublent d’importance à force de coussins et faux culs.  En plus de costumes et nez absurdes, toute la distribution dispose d’un dynamisme dramatique et musical à toute épreuve.  Philippe Talbot, ténor, campe un Fadinard admirable. En plus d’un timbre clair, généreux et ample, que l’on voudrait aussi entendre dans Rossini, Donizetti ou Offenbach, il dispose du sens de la comédie, il prend des coups, s’étale par terre, se relève, chante vite fait un duo d’amour et continue sa quête du chapeau de paille…  Fadinard, donc, est sur le point de se marier. L’oncle de la mariée, Vézinet (Beau Palmer, dont le comique fait presque oublier sa chaude voix de baryton) apporte en cadeau pour celle-ci un chapeau de paille d’Italie. Le domestique le range dans la chambre, et de ce petit geste met la mécanique en route. Fadinard rentre et raconte à l’oncle comment son cheval a mangé le chapeau d’une dame, ce qui lui a attiré les ires de ladite dame et son cavalier. Arrivent justement ces deux-là, très en colère, car, sans son chapeau, elle ne peut pas retourner chez elle, son mari la soupçonnerait d’avoir un amant. Fandinard envoie son domestique acheter un nouveau chapeau. Les amants se cachent, car maintenant arrive la mariée, Elena, interprétée par Hendrickje van Kerckhove, soprano au timbre argentin et innocent, véritable héroïne d’opéra italien. Elle est suspendue au bras de son père, le redoutable Nonancourt, qui déclare toutes les cinq minutes que tout est fini. Peter Kalman, baryton lisse et puissant, le chante avec autorité et un peu de ridicule. Ils sont suivis du cortège d’invités qui va semer la pagaille tout au long de l’histoire.  Lorsque le domestique revient bredouille, l’irascible Emilio, l’amant de la dame au chapeau, menace Fadinard de l’appeler au duel, et/ou de saccager l’appartement. Fadinard part alors lui-même à la poursuite de ce maudit chapeau.  Chez la modiste, il apprend qu’elle vient d’un vendre un semblable à la Baronne de Champigny.  

Fadinard se rend chez celle-ci. La Baronne de Champigny prépare un dîner pour honorer le célèbre violoniste Minardi. Elena Zilio, mezzo-soprano et grande dame à la voix profonde et riche, incarne cette groupie de l’Italie et ses artistes avec verve et un zeste de compassion. On soupire avec elle « ah oui, Florence, son soleil, ses chapeaux », et l’on se dit en riant « tiens, on se moquait de la ménagère de 45 à 55 ans déjà du temps de Labiche », mais avant de pouvoir y réfléchir, le joyeux cortège de Fadinard, mené par Nonancourt, est arrivé chez la Baronne, et y sème la confusion, tandis que Fadinard court chez Beaupertuis. Le vieux bonhomme (Claudio Otelli)  prend un bain de pieds et se lamente de l’absence de sa femme. Celle-ci est sortie ce matin, pour aller chez sa cousine, et n’est toujours pas de retour. Fadinard n’a rien à faire de la femme de Beaupertuis, il a besoin d’un chapeau de paille, et il le veut maintenant, et que ça saute ! Pas de chapeau chez Beaupertuis non plus, en revanche une joyeuse compagnie de noces, qui, sous l’influence du champagne de la Baronne de Champigny, prend la maison de Beaupertuis pour celle de Fadinard, et entreprend de mettre la mariée dans son lit nuptial. Et l’on s’amuse des frasques de Nonancourt et Beaupertuis, qui s’échangent leurs chaussures, et l’on plaint un peu la petite vierge  dans son trouble face aux devoirs conjugaux (tiens, encore une histoire de pied ?). Cependant Beaupertuis vient de comprendre que la femme sans chapeau dont lui parle Fadinard, n’est autre que sa propre épouse. Il jure de la tuer et part en courant, Fadinard à ses trousses qui veut empêcher le pire.  La noce se perd dans les rues de Paris, se fait arrêter par la police, Beaupertuis est sur le point de tuer sa femme, tout semble perdu… Mais abracadabra : l’oncle Vézinet retrouve son chapeau, Fadinard en coiffe la femme de Beaupertuis, celui-ci doit comprendre qu’elle lui a été toujours fidèle. Et tout rentre dans l’ordre : Beaupertuis emmène sa femme, qui fait un dernier adieu à son amant et l’on se demande en passant ce qui va en advenir de ceux-là. Et voici le vrai happy-end :  Fadinard remercie et congédie la compagnie de noces, lui et Elena peuvent enfin goûter aux plaisirs de l’amour. Le rideau descend sur une jolie silhouette : on voit les amoureux dans une fenêtre éclairée, et on leur souhaite leur lit aussi chaud et doux que cette lumière (lumières : Christophe Forey) et que la valse lente qui conclut l’opéra. Délectable soirée donc et en sortant, l’on se réjouit de la présence des nombreux collégiens, visiblement excités et enthousiastes. Mais oui, cette pièce a tant de niveaux de lecture, ils auront certainement trouvé le leur. On a le sens du partage, ici à Angers !