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Sunday, December 1, 2013

Attila conquista Liège

 
(foto ©croisier)
Ramón  Jacques
LIÈGE, – La nuova stagione del Théâtre Royal de la Opera Royal de Wallonie a Liegi, in Belgio, restaurato di recente e nuovamente inaugurato, ha celebrato il duecentesimo anniversario della nascita di Verdi conun suo titolo giovanile, Attila. La messa in scena dell’opera, rappresentata per l’ultima volta in questa città nel 2002, è stata affidata al leggendario Ruggero Raimondi, già rinomato interprete del ruolo del titolo, che ha scelto una lettura classica e conservatrice del dramma, con movimenti precisi e calcolati, senza mostrare fervida immaginazione. La cornice scenica di Daniel Bianco ha mostrato, invece, soluzioni di forte impatto, sfarzose e accattivanti, con enormi colonne colorate a rilievo, ispirate alle pitture di Veronese, con cieli ora oscuri ora luminosi, un bosco tenebroso e dei costumi all’altezza della situazione. Buona la scelta delle luci di Albert Faura. l cast assortito per quest’occasione si è dimostrato abbastanza solido e su tutti ha primeggiato per calore timbrico e raffinatezza vocale il basso Michele Pertusi nel ruolo del titolo. Il soprano georgiano Makvala Aspanidze, gradevole scoperta, con voce corposa e timbricamente omogenea ha dispiegato un canto appassionato, rendendo Odabella assai credibile. Il personaggio di Ezio, sebbene mancasse di maestosità nell’azione scenica di Giovanni Meoni, è stato musicalmente convincente per la sua eleganza vocale. Il tenore albanese Giuseppe Gipali ha sfoggiato una voce chiara con occasionali forzature e, con una discreta resa scenica, ha dato vita a un Foresto corretto e accettabile. Notevole l’impegno del coro e dell’orchestra, guidati con impeto e sicurezza dalla bacchetta esperta di Renato Palumbo. Il risultato musicale ha emozionato il pubblico, che ha risposto con grandi applausi agli interpreti.

Tuesday, November 19, 2013

Attila de Verdi en la Ópera de Lieja, Bélgica



Fotos: « Attila ». (©croisier)
 
Ramón Jacques

Con esta opera compuesta por Verdi durante su juventud y en conmemoración del bicentenario de su nacimiento, se inauguró una nueva temporada lírica en el recientemente renovado y reinaugurado Théâtre Royal de la Opera Royal de Wallonie de Lieja en Bélgica. La dirección escénica de la obra, que fue representada por última vez en esta ciudad en el 2002, fue encomendada al legendario Ruggero Raimondi, reconocido interprete del papel principal quien optó por darle un enfoque clásico y conservador a la obra, con movimientos precisos y pausados, al que por momentos le faltó mayor imaginación. Vistoso y atractivo fue el marco escénico de Daniel Bianco con enormes columnas decoradas con relieves inspiradas en las pinturas de Veronese con un colorido y por momentos oscuro cielo, un tenebroso bosque en el fondo y adecuados vestuarios. Este marco estuvo servido por un buen trabajo en la iluminación de Albert Faura. Para la ocasión se conformó un elenco sólido sobresaliendo por desempeño vocal por la calidez en su timbre y refinamiento se el bajo Michele Pertusi, interpretando al personaje de Attila.  La soprano georgiana  Makvala Aspanidze, que fue un grato descubrimiento, con una voz potente desplegó homogeneidad y colorido en su apasionado canto e hizo creíble a Odabella. El personaje de Ezio careció de majestuosidad en la actuación y los movimientos de Giovanni Meoni quien sin embargo convenció  con su musicalidad y elegancia vocal.  El tenor albano Giuseppe Gipali exhibió  una voz clara que por momentos forzó, y con una discreta actuación no dio vida mas que a un correcto y discreto Foresto.  Destacable fue el desempeño del coro así como el de la orquesta, que fue guiada con ímpetu y seguridad por la experta mano de Renato Palumbo. Musicalmente el resultado musical emocionó al público que premio efusivamente a los intérpretes. 

Wednesday, November 17, 2010

La Fanciulla del West en la Opera de Zurich

Foto: Emily Magee - copyright Suzanne Schwiertz

Massimo Viazzo

¡Esta producción de Fanciulla del West tiene más de diez años de antigüedad y no lo demuestra! David Poutney, en un espectáculo despojado del habitual y caligráfico estilo western americano, pero respetuoso de la trama, supo captar y exaltar las fuertes pasiones que dañan a los personajes, apostando por una recitación cerrada, de clara impronta cinematográfica y hundida en un ambiente sombrío en un escenario dividido en dos niveles (con el superior de ellos torcido) comunicados por una escalera lateral y encerrados por una cortina, no invasiva, al fondo de la cual corrían proyecciones d’antan. La introducción orquestal evidenció inmediatamente las dotes narrativas de Massimo Zanetti, un director muy atento también a las delicadezas tímbricas de la rica partitura y a sus armonios cambios de colores, como en el final del primer acto que fue un verdadero encanto. Modelando un fraseo refinado y muy movible Zanetti supo ser así ligero y etéreo, pero a la vez encendido y electrizante en la realización de las irresistibles suplicas puccinianas. Calados perfectamente en sus partes, los tres protagonistas ofrecieron escénicamente una prestación que mantuvo a todos con la respiración contenida. Indudablemente la mejor en su campo, desde el punto de vista vocal fue Emily Magee, una determinada Minnie quien no estuvo muy variada en cuanto a la línea musical pero si segura y bien timbrada. José Cura realizó un retrato creíble del bandido Dick Johnson, impulsivo y apasionado, cantando indudablemente con el corazón en la mano por lo que fue muy apreciada su generosidad a pesar de una técnica de emisión «trasera» que lo obligo constantemente a forzar en el registro superior; mientras tanto, el carisma del barítono boloñés de sesenta y nueva años de edad, Ruggero Raimondi, un sheriff con rasgos de Scarpia, estuvo ahí tangible sobre la escena, pero su canto tendió en ocasiones al parlato y el timbre pareció estar secado. Ejemplar estuvo la compañía de papeles menores y el Coro, que es un elemento fundamental para el éxito de la Fanciulla del West, una obra maestra que no siempre es reconocida como tal.

Tuesday, November 16, 2010

La Fanciulla del West - Opernhaus Zurich

Foto: copyright Suzanne Schwiertz
Massimo Viazzo
Ha più di dieci anni questa Fanciulla del West, ma non li dimostra. David Pountney, in uno spettacolo spogliato del consueto calligrafismo stile western, ma comunque rispettoso dell’intrigo, ha saputo cogliere ed esaltare le forti passioni che lacerano i personaggi scommettendo su una recitazione serrata, di chiara impronta cinematografica, calata in un ambiente cupo e un po’ opprimente, con il palcoscenico frazionato su due livelli (quello superiore sghembo) messi in comunicazione da una scaletta laterale e chiuso da un fondale sul quale scorrevano proiezioni d’antan (non invasive). L’introduzione orchestrale evidenziava immediatamente le doti narrative di Massimo Zanetti, un direttore attentissimo anche alle finezze timbriche della ricca partitura e al loro trascolorare armonico (che incanto il finale del primo atto!). Modellando un fraseggio raffinato e mobilissimo Zanetti sapeva così essere lieve, vaporoso, ma anche acceso ed elettrizzante nella resa delle irresistibili perorazioni pucciniane. Calati perfettamente nella parte i tre protagonisti offrivano scenicamente una prestazione che ha tenuto tutti con il fiato sospeso. Indubbiamente la migliore in campo dal punto di vista strettamente vocale era Emily Magee, una Minnie determinata, non variegatissima in quanto a linea musicale, ma sicura e ben timbrata. Josè Cura realizzava un ritratto credibile del bandito Dick Johnson, impulsivo ed appassionato, cantando innegabilmente col cuore in mano - molto apprezzata la sua generosità a dispetto di una tecnica d’emissione «indietro» che lo obbligava spesso a forzare nel registro superiore-, mentre il carisma del sessantanovenne baritono bolognese Ruggero Raimondi, uno sceriffo dai tratti scarpieschi, era ancora lì, tangibile sulla scena, ma il suo canto tendeva a volte al parlato ed il timbro pareva come prosciugato. Esemplare la compagnia dei minatori ed il Coro, elementi fondamentali per il buon esito della Fanciulla del West, un capolavoro forse non sempre riconosciuto come tale.


Wednesday, October 7, 2009

L'Elisir d'Amore - Los Angeles Opera

Foto: Giuseppe Filianoti (Nemorino), Nathan Gunn (Belcore), Nino Machaidze (Adina)
Crédito: Robert Millard

Ramón Jacques

La Opera de Los Ángeles presentó el siempre ameno y divertido Elixir de Amor, opera del genero belcantista, que a excepción de la memorable representación de Lucia di Lamermoor con Anna Netrebko en el 2003, había sido olvidado y relegado casi en su totalidad de las temporadas del teatro durante las gestiones de Kent Nagano y James Conlon, en la dirección musical de la compañía. Debido a la austeridad económica por la que atraviesan los teatros líricos en esta región operística del mundo, se repuso la realización escénica de Stephen Lawless y John Engels, coproducida con el Grand Théâtre de Genève, que fue vista por primera ocasión en este escenario en 1996 y posteriormente en 1999. La escenografía dentro de la cual transcurre la acción es de una granja, de buena manufactura y atractiva, pero que con el paso del tiempo ya comienza a lucir obsoleta y rígida, por los altos muros y paredes de madera a la mitad del escenario, que reducen el espacio escénico, limitando el libre movimiento de la amplia compañía de canto, y que obstruyen la brillante luz que proviene del fondo del escenario del fondo haciendo que la parte visual hacia el espectador fuera oscura. En ese sentido la iluminación poco ayudo. Los vestuarios, sin embargo, fueron elegantes y óptimos de acuerdo al ambiente campirano en el que se situó la obra. La dirección escénica de Lawless requirió de movimientos precisos de habilidad y pericia de los personajes, y sin exagerar los momentos cómicos que permite la obra. El personaje de Nemorino fue encomendado al tenor Giuseppe Filianoti, quien le hizo justicia, exhibiendo una voz de grata y refinada tonalidad en el timbre, elegante en el fraseo, claro en la emisión, y correcto en la dicción. Escénicamente actúo cada palabra con la justa medida de jocosidad e inocencia. En su debut americano, la soprano georgiana Nino Machaidze dejó una grata impresión, mostrando encomiables virtudes vocales, como un colorido timbre, agilidad casi pirotecnia en el manejo de la coloratura y en la emisión de agudos. Su juvenil y delicada apariencia la hace una idónea intérprete de Adina, expresiva y caprichosa en su desempeño. Una rotura en el talón de Aquiles dos semanas antes del inicio de la producción evitó el esperado debut local del legendario Ruggero Raimondi en el papel de Dulcamara, pero su sustituto ideal fue el barítono Giorgio Caoduro que cantó con personalidad vocal, ofreciendo un timbre profundo y uniforme y un carácter burlesco y jovial. A su vez, el barítono Nathan Gunn fue solo un discreto Belcore por carencia de autoridad y sustancia en la parte vocal y una rígida actuación. La soprano Valerie Vinzant, dio relevancia vocal y escénica al minúsculo papel de Gianetta. Poco habituado a dirigir este tipo de repertorio James Conlon sorprendió por la lectura que emanó de su batuta, extrayendo de la orquesta la alegre musicalidad y armonía contenida en la partitura, y con alta consideración por las voces. El del coro estuvo muy participativo y tuvo un desempeñó ampliamente satisfactorio en sus intervenciones cantadas.
VERSIONE IN ITALIANO
La Los Angeles Opera ha presentato il sempre divertente e spassoso Elisir d’Amore, un’opera del Belcanto che, ad eccezione della memorabile Lucia con Anna Netrebko, è stato dimenticato quasi totalmente dal teatro californiano durante le stagioni gestite da Kent Nagano prima e da James Conlon poi. A causa dell’austerità economica di cui soffrono oggi i teatri lirici di tutto il mondo si è pensato di recuperare l’allestimento curato da Stephen Lawless e John Engels, coprodotto con il Grand Théâtre de Genève, e visto qui per la prima volta nel 1996. L’azione si svolge in una fattoria, esteticamente piacevole, però il passare del tempo ha reso il tutto un po’ obsoleto con quelle alte pareti di legno, a metà della scena, che riducono lo spazio per i movimenti ed impediscono alla luce di pentrare dallo sfondo rendendo così buia la scena stessa. Costumi, invece, eleganti ed adeguati all’ambientazione agricola. La direzione scenica di Lawless ha richiesto ai cantanti precisione e perizia nei movimenti, senza caricare mai gli aspetti comici. Giuseppe Filianoti, nei panni di Nemorino, ha esibito una bella vocalità di timbrica raffinata, elegante nel fraseggio, limpida nell’emissione e corretta nella dizione. Ha saputo dare ad ogni parola il giusto tono di giocondità e innocenza. Nel suo debutto americano il soprano georgiano Nino Machaidze ha destato grande impressione mostrando indubbie qualità vocali come il colore timbrico, e le agilità quasi pirotecniche con una perfetta gestione della coloratura e sucirazze nell’emissione degli acuti. La figura giovanile e aggraziata la fa apparire come una Adina ideale, espressiva e capricciosa. Una rottura del tendine di Achille occorsa una settimana prima ha impedito a Ruggiero Raimondi (Dulcamara) di debuttare qui a Los Angeles, ma Giorgio Caoduro non lo ha fatto rimpiangere cantando con personalità, timbro omogeneo e carattere burlesco e gioviale. Nathan Gunn è stato un Belcore solo discreto per mancanza di sostanza vocale e un po’ rigido scenicamente. Valerie Vinzant ha, invece, dato una giusta rilevanza al piccolo ruolo di Giannetta. Poco abituato a dirigere questo repertorio James Conlon ha sorpreso per il piglio molto divertito e divertente della sua direzione e soprattutto per la scrupolosa attenzione nei confronti delle voci. Anche il Coro ha saputo ben disimpegnarsi.