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Sunday, January 31, 2016

Siegfried de Wagner en Toronto – Canadian Opera Company

Foto: Michael Cooper

Giuliana Dal Piaz

Después de presentar Die Walküre en la temporada 2014-2015, está ahora en cartelera, en el Four Seasons Centre de Toronto, del 23 de enero al 14 de febrero, la producción de la Canadian Opera Company del Siegfried, segunda jornada y tercera ópera del ciclo.  Presentar el Ring Des Nibelungen no es una hazaña que pueda improvisarse: la historia de la producción empieza cuando, a principios de los años 2000, la Canadian Opera Company pide al renombrado (y transgresivo) escenógrafo canadiense Michael Levine planear la tetralogía para la inauguración del "Four Seasons Centre for the Performing Arts" en Toronto. Además de hacerse cargo de las escenas, Michael Levine cura personalmente la dirección del Das Rheingold, prólogo del ciclo; luego pide a tres distintos directores canadienses que dirijan las tres siguientes jornadas (guardando de cualquier manera para sí la escenografía): Atom Egoyan para Die Walküre, François Girard para Siegfried y Tim Albery para Götterdämmerung. Presentadas por primera vez entre 2004 y 2006, las óperas están siendo propuestas nuevamente en las tres temporadas del 2013 al 2017.

El enfoque de Levine se caracteriza por el intento de "representar la transición desde el mundo imperialista siglo XIX del Rheingold, a una sociedad dominada por una revolución industrial y su correspondiente corrupción en la Walküre, a una época de introspección froidiana y exploración sicológica en Siegfried, a un medio capitalista contemporáneo en Götterdämmerung. Levine concibió para el escenario un mundo de atmósferas y sugestiones que, con cambios mínimos de luces y escena, permiten trasladarse ágilmente de una casa a una landa devastada por la guerra, a la ladera rocosa de una montaña. La escena cuajada de escorias refleja el momento de crisis descrito en Die Walküre: la disolución de una familia, el caos provocado por la lucha que Wotan libra por el poder personificado en un anillo mágico, la caída de los dioses" (cit. desde la presentación que la misma COC hizo en 2005 de la labor de Levine).

Dejando a un lado las teorías explicativas y claramente elogiativas, en la puesta del Siegfried en Toronto resulta evidente lel altísimo nivel musical de la orquesta estable de la Canadian Opera Company, magistralmente guiada por el jóven y valioso Director alemán Johannes Debus, así como la cualidad de todas las voces. El tenor alemán Stefan Vinke es un Siegfried de voz clara y calibrada, a la altura de la enorme tarea que representa estar casi costantemente en escena por más de 4 horas; el bajo/barítono estadounidense Alan Held le da al Andariego/Wothan la fuerza vocal y la redondez de sonido requeridas, así como el barítono inglés Christopher Purves que interpreta a Alberich. El tenor austriaco Wolfgang Ablinger-Sperrhacke es vocalmente un buen Mime, pero no logra transmitir la gran vis cómica que el personaje tiene. Muy buenas las voces del bajo canadiense Philip Ens (Fafner), de la contralto americana Meredith Arwady (Erda), y la de la soprano canadiense Jacqueline Woodley (el Ave de la Selva). 

En presencia de una tal excelencia musical, que no siempre es alcanzada en una ópera wagneriana, la puesta en escena del Siegfried es cuando menos desconcertante, sobre todo si pensamos en el cuidado que Wagner puso en dar indicaciones para la producción: él escribió personalmente los libretos de sus óperas, imaginó la composición de la orquesta y la posición de cada instrumentista, al punto de querer construir en Bayreuth un teatro expresamente concebido para el ciclo del Anillo, y describió en mucho detalle el escenario de su saga mitológica.

El telón se abre sobre una enorme "nube" de ramas y escorias, con entremezclados unos cuerpos humanos (¿los héroes muertos y los dioses del Valhala?), que domina el primer acto, se cierne opresivamente sobre los personajes – éstos no dejan de vagar por el escenario -, disminuye la fuerza de su presencia y distrae al espectador. Si añadimos el atuendo de todos los personajes - una especie de piyama blanco, que recuerda por un lado la uniforme de los pacientes mentales en los antiguos manicomios y por el otro la vestidura de los peones mexicanos en tiempos de la revolución - la sensación de extrañamiento es más fuerte aún. Desde un principio, el Andariego (Wanderer/Wothan) aparece intencionalmente, a pesar de su voz poderosa, sólo como un pobre anciano recargándose en un largo bastón, ya no en la mágica Lanza de la Ley. El director François Girard afirma abiertamente en sus Notas considerar Siegfried como "la más abstracta de las óperas del Ring" y como obra abstracta la maneja. La escena en la cual el protagonista forja Notung, la mítica espada, pierde mucho de su encanto originario: Sigfried no golpea alegre y rítmicamente sobre un yunque los trozos de acero que está reconstruyendo, no consigue su propia arma con un intenso esfuerzo físico, sino que por todo el tiempo se limita a mover manos y brazos, como un brujo sobre el calderón de una pócima mágica, de rodillas ante un hoyo en el piso del escenario, desde el cual asoman y  ondean sinuosamente manos y brazos femeninos, iluminados de rojo para representar las llamas. Y de repente Notung emerge completa de la maraña.
  
En el segundo acto, la "nube" de ramas y escombros se encuentra un poco más alejada del público, hacia el fondo del escenario, aligerando así el sentido de opresión; pero en cambio el espacio delante de la cueva del dragón Fafner está lleno de cuerpos - siempre en sus blancos piyamas -: ¿a dónde se fue la selva lozana y serena, esa naturaleza que Siegfried habita e interpreta (Wagner era un seguidor de la filosofía de Rousseau y del mito del "buen salvaje"), de la cuali no debería alejarse jamás? De gran efecto teatral la representación de la lucha entre Siegfried y el dragón, con séis acróbatas - el director ha trabajado también con el "Cirque du Soleil" - que, en sus piyamas blancos, simulan hábilmente el perfil frontal y las fauces abiertas del dragón. Banal, en cambio, la representación del pajarillo como una especie de ángel de la guarda...

En el tercer acto, por fin desaparecida la "nuvola" de ramas secas y escombros, resulta más aceptable la representación de la roca de Brunhilde con la masa circular de blancos cuerpos acostados que sucesivamente se enderezan formando un círculo, se iluminan de rojo y terminan dando vueltas vorticosamente sobre sí mismos: las llamas. Cuando Siegfried penetra al interior del círculo, los cuerpos blancos se retiran lentamente hacia el fondo del escenario. Claramente estudiado el contraste entre los blancos piyamas y el rico vestido victoriano de Brunhilde: ¿un vestido de finales del siglo 19º, tul y encajes negros para la valquiria Brunhilde? ¿Quiere Levine indicar con ello la transición desde semidiosa guerrera a simple mujer? Musicalmente, sin embargo, Brunhilde no decepciona: la voz de la óptima soprano estadounidense Christine Goerke es fuerte, llena y dramática.

Wednesday, January 21, 2015

Salomé en San Antonio Texas

Foto: Karen Almond

Carlos Rosas

Salomé, primera ópera que se escenifica en teatro Tobin Center, se ofreció  como uno de los eventos más sobresalientes del festival dedicado a Strauss, organizado por la Sinfónica de San Antonio. Con su director artístico, el compositor estadounidense Tobias Picker, y en su temporada inaugural, la Opera San Antonio ya comenzó a llamar la atención en el medio operístico norteamericano por su temporada poco convencional y osada con títulos, como el ya mencionado, además de Fantastic Mr. Fox de Picker, Il Segreto di Susanna de Wolf-Ferrari y La Voix Humaine de Pouenc. Así es como el nuevo director pretende darle una identidad única y diferente a la compañía, además del ofrecimiento de invitar artistas reconocidos para las producciones, situación que se recibe con beneplácito de un teatro que recién comienza. Salome se presentó  con una nueva escenografía y vestuarios que ubicaban la historia en la Belle Époque y no en la antigüedad histórica de Galilea. Sin embargo, la terraza y el comedor del palacio de Herodes de un diseño modernista y vestuarios de diversos estilos, dieron la sensación de ir en un camino opuesto al que marcaban el libreto y la música, llegando incluso mostrar una visión caricaturesca de la obra. No se intenta ser purista aquí, sino puntualizar una idea escénica que no funcionó. 
Patricia Racette, considerada la musa de Tobias Picker ya que ha dado vida a papeles principales de sus operas, encarnó por primera vez en escena el exigente papel de Salome, que ya había cantado en concierto en Chicago. De inicio su elección abría una incógnita ya que Racette ha destacado como soprano lirica, pero aquí utilizó sus recursos para proyectar y atravesar a la orquesta con capacidad sin perder el brillo y el color dramático en la voz, necesarios para transmitir el carácter siniestro del personaje. En escena actuó con mucha gestualidad y a su ‘danza de los siete velos’ le faltó un poco más desenvoltura y seducción. El director Candance Evans se encargo de la dirección escénica y de la coreografía. Alan Held fue un autoritario y resonante Jochanaan; Michelle De Young cantó con timbre oscuro y dio poca malicia a Herodías, y el tenor Allan Glassman mostró su dominio vocal y experiencia como Herodes. Discretos Brian Jadge como Narraboth y Renée Rapier como el paje. Sebastian Lang-Lessing dirigió a la orquesta (Sinfónica de San Antonio) con una aproximación casi sinfónica de la partitura, que fue detallada, libre y expresiva. 

Tuesday, June 3, 2014

Salome de Strauss en Filadelfia

Foto: Dominic M. Mercier

Carlos Rosas

La representación en forma  semi escénica de la provocativa Salome de Strauss, realizada en la sala de conciertos Kimmel Center Verizon Hall de esta ciudad, marcó la primera colaboración entre la Orquesta de Filadelfia con la Ópera de Filadelfia para un proyecto operístico. La dinámica ejecución orquestal, teniendo a una de las cinco mejores orquestas estadounidenses, fue dirigida con entusiasmo y vigor por su titular Yannick Nézet-Séguin quien con su amplia experiencia dirigiendo ópera logró extraer la exuberante orquestación encontrando un balance entre los instrumentistas con la escena sabiendo acompañar a las voces con detallada consideración, aunque la posición detrás de la orquesta pareció incidir en el desempeño y emision de las voces en general. La sala de conciertos no cuenta con foso, pero la actuación se llevó a cabo en una plataforma elevada al fondo del escenario, con la orquesta al frente, adaptada a la sala, y en un espacio reducido se creó un ambiente teatral íntimo bajo la dirección escénica de Kevin Newbury, de mucho movimiento, con diseños y vestuarios inspirados en el tarot, correspondientes un tiempo indeterminado ideados por Victoria Tzykun, en los que recurrió a los símbolos como la misterioso deposito, los velos, y la colorida luna.  El papel principal fue encomendado a la soprano finlandesa Camilla Nylund quien mostró el tamaño y la optima belleza y claridad vocal para hacerle justicia al exigente papel. Con las coreografías de Sean Curran, su baile de los siete velos resultó creíble.  El bajo barítono Alan Held fue un imponente Juan Bautista; John MacMaster cumplió como Herodes y Birgitt Remmert como Herodias tuvo una discreta interpretación con cierta rigidez.