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Thursday, July 10, 2025

La Bohème en San Francisco

Fotos: © Matthew Washburn

Ramón Jacques

Con La Bohème, ópera en cuatro actos compuesta por Giacomo Puccini (1858-1924) con libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, inició la parte estival de la temporada 24/25 de la Ópera de San Francisco, que a diferencia de años anteriores redujo su oferta de tres a dos títulos, uno de los cuales fue sustituido por una gala operística, como también se han ido reduciendo la cantidad de funciones y títulos en cada temporada, que hablando de la segunda compañía estadounidense por prestigio y presupuesto, podría significar más tiempos tormentosos para el mundo de la lírica.  La Bohème siempre ha tenido una relación muy estrecha con la historia de este teatro, ya que ha sido escenificada en cuarenta y ocho de sus ciento dos temporadas de existencia, además de haber sido uno de los títulos de la temporada inaugural de la compañía (su estreno fue el 23 de septiembre del 1923), y contando las veces que ha sido escenificada fuera de su sede el  War Memorial Opera House y cuando fue llevada en el pasado de gira por diversas ciudades de California. Los elencos han contado con la presencia de los mejores intérpretes en la historia de la lírica del siglo XX, algo que sería imposible mencionar aquí, pero para darnos una idea bastaría con mencionar nombres como los de de: Renata Tebaldi, Victoria de Los Ángeles, Mirella Freni, Teresa Stratas, Ilona Cotrubas o José Carreras, Placido Domingo, Luciano Pavarotti. La Bohème es sin duda una de las obras más representadas año tras año a nivel internacional, y aunque se suele afirmar continuamente que es uno de los títulos más gustados y solicitados por el público, se escucha ya como un argumento muy trillado utilizado por los teatros. De ninguna manera se menosprecia la maravillosa música de Puccini, pero escénica y actoralmente es un título con el desafortunadamente poco se puede hacer u ofrecer hoy, por lo que mis expectativas al asistir a estas funciones no iban más allá de presenciar un par de funciones de rutina.  Sin embargo, esta producción escénica puede cambiar la visión y observar la historia desde ángulos distintos al que ha condicionado al público cada vez que asiste a ver este título.  Se trata de la reposición del montaje estrenado aquí en el 2014 y visto también en el 2017, ideado por el director inglés John Caird, coproducido entre los teatros de San Francisco, Houston y la Canadian Opera de Toronto, con diseños de David Farley, La producción, está situada en el tiempo que indica el libreto, y la trama se desarrolló dentro de unas escenografías compuestas por un collage de múltiples y diversos lienzos de pinturas, colgados al fondo, con escenas de Paris.  Las escenas cambiaban girando mecánicamente (los collages subían hacia lo alto y a los lados del escenario), ubicando la historia en el ático de los artistas, en el frente del Café Momus, el lugar sombrío en la Barrière d'Enfer y de nuevo en el ático; una ingeniosa y satisfactoria solución, que le dio fluidez a la escena por la rapidez con la que se pasaba de un acto a otro. Sirvió muy bien la iluminación de Michael Clark, quien creó esa sensación lúgubre de angustia, en línea con la concepción del espectáculo. El director de escena inglés John Caird, mejor conocido por su propuesta del musical Les Misérables  en Broadway, impactó con su cruda y violenta, pero convincente visión de Tosca, vista hace algunos años en Los Ángeles; y aunque su premisa para Bohème era el que la vida bohemia imita el arte o viceversa, en conjunto con la directora escénica Katherine M. Carter, dio un paso más adelante para crear una  Bohème inteligente y diferente, en la se eliminaron por completo todas las absurdas bromas, clichés, expresiones, gestos, que parecen estar sacados de un manual en prácticamente todas las puestas de la obra. El enfoque fue en la personalidad de cada y protagonista, que fueron trazados como personas comunes y corrientes, que viven de manera precaria, con carencias, hambre, frio, enfermedades, en suma: humanos que sufren, sin aparentar ficticia felicidad y diversión en su desgracia.  Así, el desmayó de Mimì en el primer acto pareció tan convincente, como le hubiera ocurrido a una persona enferma; al igual que las velas que se les apagan a Rodolfo y a Mimì, son a causa del helado viento que sopla; ni Rodolfo se guarda la llave y le toca la mano en la oscuridad, de manera ocurrente o burlona para conquistarla. Musetta es una mujer que se mueve de acuerdo con sus intereses, prescindiendo de los caprichos.  Sobre todo, debe agradecerse que, en el tercer acto, la dirección escénica omitió los gritos e insultos entre ella y Marcello; y especialmente, en el último acto se hiciera con mesura la cargada escena de los bohemios bailando de manera excesivamente ridícula. Por ello, va un reconocimiento a la dirección escénica, que consciente de que un título tan conocido y popular puede cansar al público, buscó alternativas actorales para demostrar que la Bohème, y la vida de sus personajes, tiene más en común con el sufrimiento y las carencias, que, con el amor y la alegría, y con esta visión de la obra, que yo no había visto antes así, estoy de acuerdo. La función del 13 de junio correspondió al estreno del mal llamado “elenco alternativo” Si uno se pregunta si era necesario tener dos elencos, yo francamente diría que no, en vista del disparejo nivel mostrado por los cantantes.  Así, descolló la notable la soprano australiana Nicole Car, que supo plasmar a conciencia la idea escénica, personificando una Mimì convincente y creíble, humana, enferma, adolorida, con una actuación plena de cordura y sensatez. Vocalmente su canto fue brillante, nítido, colorido, y sus notas casi susurradas y pianos fueron conmovedores. Por su parte el tenor Evan Leroy Johnson, hizo lo propio con el papel de Rodolfo, ofreciendo una actuación puntual, directa y sin sobreactuación. Vocalmente desplegó una voz robusta, cálida, de timbre musical y adecuada proyección. El barítono Will Liverman, que debía cantar el papel de Marcello, canceló de último minuto, y fue sustituido por el barítono Lucas Meacham, quien cantó todas las funciones, con un notable instrumento vocal de adecuado color para su tesitura y buena actuación.  Agradó la soprano Britanny Renee, por su expresividad vocal, y se agradeció la cordura con la que dio vida al personaje.  En la función del 15 de junio, función del elenco principal, el papel de Rodolfo le correspondió al tenor samoano Pene Pati, quien recurrió a ciertos movimientos y actitudes escénicas en línea opuesta con la dirección actoral, y su voz, aunque amplia, posee una cierta cualidad nasal que no agradó totalmente. Por su parte, la soprano Karen Chia-Ling Ho, creó una delicada Mimì, con buenos recursos vocales, pero la rigidez y pasividad con la que actuó hicieron que su personaje pasara un poco inadvertido. Misma situación con la soprano Andrea Carroll, buenas cualidades, pero volvió a la manera habitual de en la que se hace a Musetta en todas las puestas ya vistas de la obra; y repitió Meacham, como Marcello. En ambos elencos el papel de Colline fue bien cantado con la profundidad en la voz y el desenvolvimiento escénico del bajo rumano Bogdan Talos; y correcto estuvo en ambas funciones el barítono Samuel Kidd, como Schaunard, quizás uno de los personajes más irrelevantes en la ópera; y el bajo-barítono Dale Travis, actuó y prestó su voz a los personajes de Benoit y Alcindoro. Participativo, profesional y uniforme se escuchó el coro San Francisco Opera Chorus, que dirige el maestro John Keene, y una mención para el coro de niños pertenecientes a los coros San Francisco Girls and Boys Choruses. La parte musical del espectáculo fue realizada con exuberancia, elegancia y el buen gusto que le imprimió a su lectura el maestro valenciano Ramón Tebar, quien sabe además conducir con delicadeza, intimidad y complejidad, que hace apreciar el brillante libreto y el verismo de Puccini. Tanto la dirección musical, como el desempeño de la soprano de Nicole Car, y la visión actoral de Caird y Carter fueron los puntos más sobresalientes y memorables de esta producción.  



Saturday, August 4, 2012

Arabella, Rey Roger y Maometto II en la Ópera de Santa Fe, Nuevo México

Fotos: Ken Howard / Santa Fe Opera

Sebastian Spreng - Miami Clasica

No es un secreto, bajo el cielo inmortalizado por Georgia O’Keeffe, la ópera florece cada verano en el desierto de Nuevo México. Esta hazaña, que debe acreditarse al visionario John Crosby (1926-2002), ocurre puntual y afortunadamente desde hace cincuenta y seis años. La infalible combinación de títulos infrecuentes y estrenos mundiales con clásicos del repertorio, la calidad de las producciones y el concurso de consagradas o ascendentes figuras de la lírica mundial hacen del Santa Fe Summer Opera Festival una meca donde convergen públicos de todas latitudes. El entorno – las montañas Sangre de Cristo – rivaliza en espectacularidad con el soberbio teatro al aire libre con capacidad para dos mil espectadores; las representaciones comienzan a la puesta de sol, previo picnic en las inmediaciones, y la astuta programación permite ver tres óperas en un fin de semana o las cinco del festival en una, saciando así al operómano más empedernido.Este verano del 2012, a Tosca y Los pescadores de perlas, se sumaron tres novedades de particular interés: el estreno de la flamante edición crítica de Maometto II de Rossini por el venerable Phillip Gossett y Hans Schellevis, la puesta en escena de Rey Roger de Karol Szymanowski y la de la vienesa Arabella, que marcó el bienvenido retorno de la compañía a las óperas de Richard Strauss de las que ha sido baluarte americano desde su fundación. Y si en algo Viena y Santa Fe podrían parecerse es en la importancia del teatro de ópera para sus habitantes, un auténtico fenómeno para una ciudad de apenas sesenta mil en pleno desierto y a siete mil pies de altura, detalle no precisamente favorable para el cantante lírico. Sexta y última colaboración del genial binomio Strauss-Hofmannsthal, Arabella (1933) no puede ocultar cierta vetustez; las inconsistencias de su trama sólo se justifican gracias a la partitura straussiana y sus intermitentes picos de arrobador lirismo que la ubican junto a sus hermanas mayores. En este caso, como es arduo (e innecesario) acudir al revisionismo, Tim Albery optó por trazar una puesta detallada pero con visos glaciales, donde los austeros escenarios grises de Tobías Hoheisel sugirieron un imperio irremediablemente marchito y contribuyeron a la distante sensación general del espectáculo. Quizás porque la mayoría debutaba en sus papeles, la sutil e imperativa graduación del gris plata a la dorada pátina vienesa también pareció eludir al excelente equipo de cantantes. Con los medios adecuados pero aún sin acercarse a celebradas intérpretes del rol (léase Della Casa, Janowitz, Varady, Te Kanawa, Mattila, Fleming), Erin Wall fue una correctísima protagonista bien acompañada por Mark Delavan, un Mandryka rural y desenvuelto que enfatizó la tosquedad del personaje. El ingrato rol de la hermana Zdenka ubicó a Heidi Stober entre lo mejor de la velada y Kiri Deonarine defendió la coloratura de Fiakermili. Brillaron los tenores Zach Borichevsky (Matteo) y Brian Jadge (Elemer) y las contribuciones de los veteranos Victoria Livengood y Dale Travis, los arruinados padres de las damas en cuestión, redondearon prestaciones eficaces. En el mismo tono y aunque irreprochable, la dirección de Sir Andrew Davis no terminó de concitar la obligada magia straussiana capaz de dejar una impronta indeleble.

Estrenada en Varsovia en 1926, resulta paradójico que esta recién sea la segunda producción del Rey Roger en Estados Unidos (la anterior fue en 1988 y su première continental se remonta a 1981 en el Teatro Colón de Buenos Aires). Hermética, exótica, tortuosa, fascinante; con su multifacética carga de ambigüedad y misticismo actúa como ritual purificador al plantear el enfrentamiento del protagonista consigo mismo, un terremoto que hace tambalear su reino. Por una vez, la Sicilia medieval se oscurece eclipsada por una angustia kafkiana que fluye entre los entramados musicales de Szymanoswki y sus lejanos ecos de Schreker, Debussy, Korngold y Scriabin. La perturbadora aparición de un dionisíaco pastor en la corte del atormentado rey siciliano, no muy lejos del Teorema de Pier Paolo Pasolini, desatarán acontecimientos y preguntas sin respuestas que llevarán a su eventual iluminación. Paladín de la obra y motivo de la puesta, el barítono polaco Mariusz Kwiecien revivió su referencial Roger, encarnándolo con absoluta naturalidad actoral y vocal, aunque en este renglón el constante uso del forte quitó matices y una mayor dimensión expresiva al rol. A su caudal sonoro se acoplaron Erin Morley (Roxana, su esposa) y Dennis Petersen (Edrisi, su consejero) y en destacado pendant, el tenor miamense William Burden (pastor) demostró una feliz evolución vocal, su instrumento evidencia un bienvenido esmalte heroico. Consciente de la responsabilidad que implicó la literal presentación de la ópera al público americano, Stephen Wadsworth no se dejó tentar con cruzar la línea como Warlikowski en Paris, Alden en Long Beach y en menor medida, David Pountney en Barcelona; prefirió explorar e iluminar la complejidad de los personajes resultante del oscuro tapiz polifónico del compositor polaco. Sagazmente unió los tres actos en uno y bocetó una suerte de tríptico bizantino (I), oriental(II) y grecorromano(III) que a manera de largometraje, permitió apreciar en noventa minutos la evolución de la figura central. Broche de oro fue el coro y la orquesta de la ópera bajo la notable dirección del joven Evan Rogister, un nombre para tener muy en cuenta.

La partitura original del Maometto II napolitano de 1820 (suerte de Romeo y Julieta donde Rossini parecería trastocar la mordaz definición de Bernard Shaw “Ópera es soprano ama a tenor y barítono se opone” por “Bajo ama a soprano y tenor se opone”) es un fresco arriesgado, experimental y atípico que posteriormente revisará para Venecia y luego adaptará al francés como El sitio de Corinto. Liderada por un formidable cuarteto de solistas, es una monumental pieza de conjunto donde el cisne de Pesaro se deleita planteando una ininterrumpida sucesión de concertantes de impecable factura, y como a propósito, sin dejar lugar al incontenible aplauso del públicEsta virtual batalla donde “Montescos y Capuletos” son reemplazados por “Oriente versus Occidente” está dominada por la compleja figura del sultán Maometto II, feroz conquistador y vocalmente poco menos que inconquistable. Rol emblemático de Samuel Ramey en la década del 80, ha sido el sueño de Luca Pisaroni cuando adolescente admiró al americano en las funciones escalígeras. Más lírico que Ramey, el completísimo joven italo-venezolano no sólo salió airoso desde el aterrador Sorgete, sorgete inicial – y la seguidilla subsiguiente de endiabladas coloraturas-, triunfó en todos los aspectos del papel, equiparó a su ídolo y demostró las ventajas de un ascenso cuidadoso y ejemplar que como extra, incluyó un Liederabend Schubert de rara calidad en el festival de cámara santafesino. A su lado, la joven Leah Crocetto probó ser una estrella naciente de medios privilegiados que debe cuidar a toda costa. Espléndida en el registro agudo, fue ganando terreno con el transcurso de la representación, especialmente a partir de la sublime plegaria Giusto ciel in tal periglio. Otra excelente sorpresa fue el tenor Bruce Sledge, voz importante, robusta y con el brillo requerido. Quizás en una mala noche, el eslabón más débil fue Patricia Bardon cuya destemplada coloratura no se ajustó a las exigencias del veneciano Calbo pero lograron la adesión del público con el impactante Non temer d’un basso affetto. Bajo la atenta batuta del francés Frédéric Chaslin, nuevo director musical del festival, y la ajustada participación del coro dirigido por Susanne Sheston, la puesta de David Alden fue otro puntal de la versión. A menudo cuestionado por extragavante o excesivo, Alden entregó un trabajo sensacional y sin dudas contenido, auxiliado por la ecléctica escenografía, vestuario y luces frontales de Jon Morrell y Duane Schuler. Monocromático y elegante, no dejó de recurrir al certero efecto de color o al efecto mismo para deslumbrar a la audiencia (la aparición del sultán al mando de una cuádriga tirada por gigantescos corceles azabaches de piedra) y legitimar esta incontestable Grand-Opera donde Rossini insinúa al Verdi temprano. Tres noches de óperas muy diferentes: un ansiado regreso y dos bienvenidas rarezas que debieran incorporarse al repertorio internacional, en este caso vertidas con altísimo nivel y realzadas por los memorables trabajos de Kwiecien y Pisaroni. Si se añade la solidez de equipo y cuerpos estables que evidencian dedicación y confianza en el presente y futuro del género lírico, resulta obvio que otra vez el Festival de Santa Fe mereció ser el destino ineludible para el amante de la ópera en el tórrido verano americano.