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Thursday, October 20, 2016

Carmen en la Ópera de Bellas Artes de México

Foto: Ópera de Bellas Artres / INBA

José Noé Mercado

No debería confundirse el beneplácito, el placer y el motivo celebratorio que representa la asistencia a una de las obras maestras del repertorio operístico de todos los tiempos, con la búsqueda y pretensión del aplauso fácil, automático y efectista de una programación obvia, carente de una verdadera curaduría artística que realmente pueda ubicarse a la altura de esos grandes títulos de melodías inolvidables, líneas vocales virtuosas y, en general, pasajes músico-dramáticos por los que el suspiro del público se sigue contrayendo una y otra vez. Porque no. No es lo mismo. Lo primero —la recurrencia a un repertorio bello pero manido—, no equivale a éxito, ni a logros presumibles. El aplauso no siempre significa triunfo. Puesto que nada despierta más simpatía que el confort de la mediocridad. En ese contexto, la Ópera de Bellas Artes —OBA— reanudó su Temporada 2016 —la correspondiente a la segunda parte del año— con la célebre Carmen (1875) de Georges Bizet (1838-1875) que cuenta con libreto en francés de Ludovic Halévy (1834-1908) y Henri Meilhac (1831-1897), con tres funciones presentadas en el Teatro del Palacio de Bellas Artes los pasados 22, 25 y 27 de septiembre. Para el rol protagónico de la cigarrera y contrabandista gitana se importó a la mezzosoprano Ginger Costa-Jackson, una cantante de bellísima presencia escénica de origen italiano, ciertamente seductora y carismática y no sólo en el teatro —¿cuántos integrantes de la comunidad lírica mexicana la habrán agregado en Facebook arrojados por inocultable entusiasmo y fascinación?—, pero con una voz de coloración desigual, no del todo propicia para cultivar la sinuosa línea lírica y el arrobamiento melódico, que va del opulento y patinado registro grave, hasta un descolorido agudo de tintes sopraniles donde el volumen se pierde, pese a metálicos acentos no libres de guturalidad, y a un estilo que si bien se acerca al delicado y expresivo estilo francés se contamina de diversos manierismos jazzeados. Su aproximación al personaje, energética y entregada, podría estimarse elemental, sin capas de personalidad más que la epidérmica, levantándose la falda y mostrando las enaguas a la menor oportunidad, abriendo las piernas, buscando armar un sándwich con hombres cualquiera en el que ella era el fiambre, como si la complejidad psicológica y temperamental de Carmen fueran más la de una puberta ninfómana no atendida, acomodándose los pechos y moviendo el trasero para agradar hasta la caricatura, que el de una mujer capaz de entregar su vida y destino al ejercicio y defensa de su libertad femenina, incluida la sexual, pero no limitándola a ella. El tenor chihuahuense José Luis Ordóñez ofreció un Don José decidido en su entrega, pero limitado de voz, empujando para subir al agudo, que a veces salía bien y en otras llegaba la estridencia u optaba por el falsettone, todo lo cual sacrificó en innumerables ocasiones la línea de canto. Su actuación fue algo ingenua pese al esfuerzo, pues el empeño quedaba en acciones poco creíbles, como los combates escénicos del segundo y tercer actos exhibieron. El barítono veracruzano Genaro Sulvarán mostró su experiencia no sólo en el rol, sino en general en su desempeño canoro, sin ir más allá de lo que el estado de sus facultades podía aconsejar. No corrió riesgos y cumplió. También para destacarse la Micaela de la soprano Marcela Chacón —de un canto de naturaleza bella y refinada, de frases largas emotivas, pese al agudo que se le descolocó al coronar “Je dis que rien”— y la Mercedes de la mezzosoprano Oralia Castro, en rigor más Carmen que muchas de sus colegas de cuerda. La puesta en escena presentó problemas de raíz, pues la directora contratada originalmente, Iona Weissberg —que en el programa de mano conserva el crédito de concepto teatral, con lo que ello pueda significar—, fue sustituida por Lepoldo Falcón, quien a menos de dos semanas de hacerse cargo de la encomienda no sólo no tuvo tiempo de plantear un concepto propio, sino que tuvo que desandar muchas ocurrencias y pasos escénicos heredados por Weissberg. El trazo desaseado, aún así, no consiguió del todo librarse de torpezas, como estorbarse y cubrirse entre los diferentes grupos —los militares con el coro de niños o con el pueblo—, el descuido de los ejes visuales —en la taberna de Lillas Pastia las bailarinas ofrecen sus artes andaluzas en la derecha del escenario, hacia el público, y en la izquierda los gitanos, también viendo hacia el público, aplauden extasiados el espectáculo como si pudieran verlo—, o un delineado de actuaciones más que laxo. La escenografía de Adrián Martínez Frausto si bien no podría presumirse que buscaba afanes estéticos o conceptuales, sí tuvo la virtud de ser funcional. Algún muro, cierta puerta, un claro entre bastidores y alguna buena luz en el ciclorama simulando la noche en las montañas, dieron un marco a la historia; no muy vistoso aunque seguramente con el agregado de que podría ir a otros teatros de la república sin problemas para integrarse a casi cualquier propuesta, si fuera el caso. La lectura de Srba Dinić al frente de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes fue, como pocas veces, irrelevante. No fue decisiva la música ni para bien, ni para mal, con el denominador común de un montaje en estricto sentido grisáceo. Se extrañó, si acaso, el colorido orquestal de Bizet y el expreso romanticismo de las emociones vivas que llevaran al filósofo del martillo Friedrich Nietzsche a oponer en el discurso, no sin malicia, la dionisíaca, soleada y chispeante Carmen bizetiana al nebuloso y emasculado universo wagneriano. A sus 141 años, la Carmencita cosecha aplausos y sigue dando de qué hablar. La OBA, por otra parte, en su temporada 2016 da para hablar, pero de una imprecisa ablación.

Thursday, September 1, 2016

Ópera Payasos en México D.F.

Sabado 03 Septiembre 2016, 19hrs
Concierto Gratuito
Macro Plaza Delegación Iztapalapa
Barrio San Lucas Colonia Delegación Política Iztapalapa, Código postal 09009, Delegación Iztapalapa, Ciudad de México

Con el objetivo de promover la cultura de la Ópera en México, por medio de del montaje y producción de una ópera itinerante, surge el proyecto Ópera para Todos, por quinta ocasión presentamos exitosamente la Ópera Payasos, en coproducción con la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México. Ópera para Todos, involucra a figuras consagradas de la Ópera como Fernando de la Mora, Paola Antonucci, Genaro Sulvarán, Carlos Sánchez y Evanivaldo Correa. El director de escena es el prestigiado maestro José Medina. El maestro Rodrigo Macías dirige la Orquesta Sinfónica Mexicana y el maestro Manuel Flores Palacios dirige el Coro Sinfónico Mexicano.

Wednesday, December 16, 2015

Tosca en el Palacio de Bellas Artes de México

Foto: ©Ana Lourdes Herrera/Ópera de Bellas Artes

Iván Martínez / Confabulario – El Universal 

El año operístico concluyó hace unos días con las funciones que, en el Palacio de Bellas Artes, se ofrecieron de la ópera Tosca, de Giacomo Puccini, en la producción rediseñada del director escénico Luis Miguel Lombana. Este título marca a su vez el inicio de una nueva dirección artística en la Ópera de Bellas Artes, en manos hoy de la soprano Lourdes Ambriz, quien ha tomado la estafeta tras los dos años y medio de la cuestionada y enconada administración del tenor Ramón Vargas. Ambriz ha recibido este título ya programado sin limitarse a administrarlo, sino que ha dejado sentir, antes de anunciar los planes que hubiera para los meses futuros, el cambio de dirección. Lo ha hecho tomando decisiones rumbo al estreno de esta ópera el pasado 26 de noviembre, que han confundido a una comunidad que solo parece aceptar los extremos posibles: los cambios de elenco se ven como un nuevo control de rigor en la elección de repartos o como el ánimo de establecer una dirección autoritaria destinada a continuar basada en el capricho personal; lo que, hay que decir, a estas alturas de nuestra historia reciente no es novedad. Importaría el resultado artístico. Y no ha habido en él nada, o muy poco de, cuestionable. Asistí a una sola de las funciones, la del martes primero de diciembre. Todo el peso recae en el extraordinario Barón Scarpia que interpreta el barítono Genaro Sulvarán, quien tiene una voz grande y un timbre adecuado para este villano, que musicalmente conoce el papel y el estilo; uno de esos cantantes mexicanos que son ya memorables por su compromiso escénico con un rol que en él no hace falta dirigir en escena y que, desde el foso, solo hay que seguir con naturalidad. Lo que ha hecho bien la batuta de Srba Dinic guiando a la Orquesta del Teatro de Bellas Artes. Difícil imaginar otro Scarpia mexicano que lo pueda reemplazar. La orquesta ha estado atenta y ha brindado un acompañamiento correcto, atento de los cantantes. Sin haber estado en su mejor momento de ejecución, con pifias obvias y reprobables en los violonchelos y los cornos o en la articulación siempre grotesca de su arpista, brindó algunos pasajes con belleza; algunos tan destacables en el transcurso de los tres actos en la fila de flautas, que está estrenando en su nómina a la piccolista Nadia Guenet, o el icónico solo del aria “E lucevan le stelle”, tocado con delicadeza y precioso sonido por el clarinetista Jahaziel Becerril. Musicalmente, el protagónico encargado a la soprano Svetla Vassileva ha pecado de una voz chillona, abierta, con problemas de dicción, muy al nivel del tenor Héctor Sandoval como Mario Cavaradossi, cuya voz oscila entre sonoridades metálicas y engolamiento. En la escena, poco pudo hacer con ellos Luis Miguel Lombana, quien ha mejorado su propuesta, imponiendo un trazo más eficiente, un mejor vestido a la escenografía de Laura Rode, poéticamente iluminada por Víctor Zapatero, y ha sabido mover con eficacia, en momentos como el final del primer acto, a la masa coral. 

El coro, por su parte, sigue siendo el aparato más inestable de la Compañía; lo que ya es decir. Dirigidos en esta ocasión por John Daly Goodwin, parece haberse separado en dos divisiones, una destemplada y sin orden durante el inicio y una ordenada, mejor trabajada vocalmente, hasta sensible, para el final del primer acto. ¿Dónde estará la naturaleza de los infortunios y dónde la receta para que toda la maquinaria de la Ópera de Bellas Artes trabaje en armonía? Esta producción, que pudo pasar con recibimiento decoroso, queda en el registro de la historia operística como la del inicio de una nueva gestión cuestionada desde el día cero. Pudo hablarse de su mediano éxito artístico, pero en su lugar acarrea problemas de imagen que serán difíciles de sortear en el futuro inmediato: la autoprogramación y los cambios de elenco no serían mayor problema si no trajeran consigo la falta de credibilidad por la contradicciones con las que se justifican las decisiones, sean oficiales o de pasillo. ¿Era de vital importancia la aparición de la ahora directora de la Ópera de Bellas Artes en la Gala en honor a Arturo Chacón Cruz, incluso si ésta significaba sospechosismos de todo tipo? ¿Pudo más la necesidad de aparecer en ella, aún sin ser con él pareja artística frecuente, que el pudor de la investidura de funcionaria pública? En el caso de esta Tosca, bien por los cambios de elenco –primera acción de autoridad que público y crítica han exigido siempre– si un cantante no está a la altura, pero ¿no debió hacer lo mismo con el tenor que sustituyó a Dante Alcalá, con el director huésped del coro o con la misma soprano encargada del protagónico? Duele decirlo así, pero hay que comparar y conociendo cualidades y deficiencias de ambos, ¿alguien cree que éste lo iba a hacer peor que quien entró al quite?
Es una lástima que la imagen intachable de artista que sigue teniendo Lourdes Ambriz empañe su gestión de esa manera cuando tenía la mesa puesta para inaugurarse artísticamente con éxito en su nueva labor de funcionaria. Un traspié que no merecía su trayectoria.


Monday, May 30, 2011

Tosquísima la Tosca de Puccini en Bellas Artes de México

Fotos cortesía: INBA

José Noe Mercado

Saber que Wolfgang Amadeus Mozart y Giacomo Puccini son los compositores operísticos que más se programan en el mundo, según estadísticas de Operabase, puede suponer el equívoco de que no hay nada más sencillo y exitoso que presentar obras de sus respectivos catálogos. Puesto que el arrastre que generan dichos títulos en un público casi siempre conservador no exenta la necesaria capacidad para llevar a la escena una reinterpretación fresca, propositiva y que aporte como versión al ser reproducida. Ejemplo de ello es la Tosca de Puccini con la que la Compañía Nacional de Ópera (CNO) continúa su temporada 2011, pues no sólo la falta de una programación imaginativa y que guste del riesgo de la propuesta innovadora es evidente, sino también el escaso talento para cocinar un refrito. Con funciones 15, 17, 19, 22, 24 y 26 de mayo en el Teatro del Palacio de Bellas Artes y alternando dos elencos, la CNO recurrió de nuevo a la producción de Tosca concebida por el Festival de San Luis Potosí en 2007, repuesta ya en Bellas Artes en 2008. Esta vez, sin embargo, el esplendor original ciertamente sobrevalorado en su momento de este montaje que cuenta con escenografía de Ricardo Legorreta, fue ensombrecido por modificaciones innecesarias y fallidas. En el estreno, la función fue condenada por dos factores principales. Primero por la dirección escénica de Raúl Falcó, plagada de movimientos clichés, incapaz de configurar una lectura rica o consecuente de los personajes, caricaturizándolos incluso como en el caso del Barón Scarpia, malo, malísimo desde que sale a escena, conectándole combos a Cavaradossi, practicándoles el bullying a sus esbirros o interrumpiendo el clímax del “Vissi d’arte” al volver de colocarse una suerte de bata o negligé. Lo bueno para Falcó es que si como ex director de la CNO es tristemente célebre, ahora como regista difícilmente alguien se acordará de él.  Descontando la iluminación ordinaria y brusca de César Guerra, el segundo aspecto que condicionó esta Tosca fue la apresurada lectura musical del croata Niksa Bareza, ya que dificultó las respiraciones canoras de los solistas, indispensables para la construcción dramática del fraseo y de los mismos personajes y su estado emocional.
Su ejecución plana y sin matices al frente del Coro y la Orquesta del Teatro de Bellas Artes tuvo menos puntuación que la de un adolescente en Twitter y se quedó a años luz de recrear las sensuales atmósferas puccinianas llevadas al paroxismo por directores como Victor de Sabata en cuya imagen sonora puede incluso respirarse el exquisito y embriagante perfume de Floria Tosca. El rol protagónico fue encarnado por la soprano Bertha Granados, con un instrumento de gran peso dramático, pero de una frialdad histriónica que no transmitió la carga de sentimientos que debería ir desplegando su personaje.  Por su parte, en la función de estreno del segundo elenco, mucho más solvente y apasionada se mostró en este rol Eugenia Garza, quien exhibió un dominio pleno de sus recursos vocales y aderezó de un temperamento adecuadamente divo a Tosca. Este tipo de papeles le sienta muy bien a su voz y a su misma personalidad. El Cavaradossi del tenor Diego Torre contó con una voz oscura, potente, aunque proyectada más a semejanza de un rayo láser y no como una luz expansiva que bañara al público. Su fraseo no es particularmente refinado ni hábil para convencer de las transiciones anímicas de su personaje, pero aún así es preferible en ese aspecto a su alternante José Luis Duval, ya que si bien suele tener reconocimiento de seguridad en el rubro vocal, lo que nadie pone en tela de juicio, poco más aporta a una interpretación gélida e histriónicamente exangüe que canta indistintamente su amor por Tosca que su odio por Scarpia.  El barítono Juan Orozco interpretó a Scarpia sin buscar contrastes en su poderosa voz. Emite siempre a todo volumen, lo que le lleva a perder afinación y color: a construir un canto monótono, estridente y sin gusto. Muy distinto fue el desempeño de Genaro Sulvarán, cuyo instrumento es usado con mayor control, de la misma manera en que busca mayor intención expresiva en su parado escénico. El bajo Charles Oppenheim, quien en 2006 fuera criticado por no tener suficiente carrera o estudios musicales como para debutar en este recinto, para sorpresa de muchos regresó esta vez convertido en uno de los cantantes más activos de México para interpretar el personaje del Sacristán. En buena parte del primer acto fue inaudible y sólo hacia el final logró rebotar la voz en la escenografía. Ahora se le escucha más seguro respecto de aquel 2006, aunque su voz sigue presentando pobreza de brillo sobre todo en su registro alto. Su desempeño actoral es resuelto, pero empañado por manierismos y bufonerías fetiches que le imprime a todo personaje que interpreta, y que no presentó en su turno Arturo López Castillo, quien sufrió iguales problemas para hacerse escuchar. Es rescatable la oportunidad de que cantantes jóvenes como los barítonos Óscar Velázquez, Roberto Aznar y Ricardo López o el tenor Víctor Campos puedan subir a escena para acumular experiencia a través de partiquinos. No obstante, el resultado integral de esta Tosca es sin duda superlativo: por sus fallas de hilvanado sobre todo con la cúpula omnipresente ya en total descuadre en el tercer acto y la general carencia de refinamiento interpretativo, por su nula propuesta y lo pegoteada de la producción, simplemente fue tosquísima.