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Monday, December 1, 2014

Lakme - Teatro Municipale di Santiago, Cile

Foto: Patricio Melo / Teatro Municipal de Santiago

Ramón Jacques

Lakme, il cui argomento si svolge nell’India coloniale, appartiene a quell’esotismo che inondò l’Europa nel XIX secolo, e che fu una corrente che intendeva ricreare luoghi lontani per ideologia e costumi rispetto a quelli prevalenti nel mondo occidentale. Sfortunatamente Delibes, il compositore, è più conosciuto per la sua musica per il balletto, come Coppelia, Sylvia, e le sue più di venti opere e operette rimangono per lo più dimenticate. In realtà sono poche le occasioni nelle quali si è rappresentata Lakme in anni recenti, e nella maggioranza dei casi si tratta di teatri francesi. Semplicemente, in questo 2014, delle quattro produzioni che erano programmate, tre si tenevano in Francia e una in Cile. Meritoria è stata la decisione del Teatro Municipale di Santiago che lasciando in disparte la debole trama dell’amore impossibile che finisce in tragedia ha montato uno spettacolo di buon gusto, come d’abitudine, con un solido cast di cantanti principali. La partitura poggia su splendidi passaggi orchestrali e vocali. Il giovanissimo soprano russo Julia Novikova debuttava in una fragile, femminile e credibile Lakme, evidenziandosi soprattutto per la luminosa e colorita vocalità e accattivanti agilità, con le quali ha sedotto il pubblico nelle sue arie e duetti con il tenore, senza dimenticare il “duo dei fiori” a fianco della Mallika del mezzoprano Nerea Berreondo che nonostante il suo canto duttile e seducente è passato quasi inosservato durante la recita. Gerald beneficiava della presenza del tenore canadese Antonio Figueroa, che ha dispiegato un canto elegante, chiaro, di dizione impeccabile nonostante la sua estenzione ridotta e il poco volume. Aimery Lefèvre ha cantato Frederic con dizione perfetta, calore baritonale e qualità attoriali. Non è stato così nel caso del baritono brasiliano Leonardo Neiva che ha cantato forte e in alcuni momenti rallentando il tempo, il ruolo di Nilakhanta. Corretti furono gli altri interpreti e il cono si è mostrato molto ben preparato. La concezione scenica di Jean Louis Pichon è stata legata al libretto, mantanendo i balletti con decori indù, luminosità brillante e costumi elegantemente confezionati. Solamente la scenografia di Jérôme Bourdin caratterizzzata da cerchi concentrici  in prospettiva limitava la scena rendendola claustrofobica. Fastosa la direzione di Maximiano Valdés che ha saputo estrarre dall’orchestra la musicalità e la sensualità della partitura.

Monday, August 4, 2014

Lakmé de Delibes en Santiago de Chile

Foto: Patricio Melo

Lakmé, cuyo argumento se desarrolla en la India colonial, pertenece a ese exotismo que inundo Europa en el siglo XIX, que fue una corriente que quiso recrear lugares lejanos con ideologías y costumbres distintas a las que prevalecían en el mundo occidental de la época. Lamentablemente Delibes, el compositor, es más conocido por su música para ballets como Coppélia, Sylvia, y sus más de veinte operas y operetas permanecen en el olvido. Son en realidad escasas las ocasiones en las que se ha representado Lakmé en años recientes, y en la  mayoría de los escasos son teatros franceses las que la programan. Simplemente en este 2014, de las cuatro producciones que se tienen programadas tres serán en Francia y una en Chile.  Meritoria fue la elección del Teatro Municipal de Santiago, ya que dejando al lado la débil trama del amor imposible que termina en tragedia, el teatro ha ofrecido un cuidado montaje de muy buen gusto, como es habitual, y un sólido elenco de cantantes principales. La partitura posee además pasajes orquestales y vocales de superlativo esplendor. La muy joven soprano rusa Julia Novikova dibujó una frágil, femenina y creíble Lakmé, destacando además por su luminosa y colorida vocalidad y cautivante agilidad, con la que logro seducir en sus arias y dúos con el tenor, sin olvidar el célebre “Dúo de la flores” al lado de la Mallika de la mezzosoprano Nerea Berreondo quien a pesar de su canto dúctil y seductor, paso desapercibida durante la función. Gérald se benefició de la presencia del tenor canadiense Antonio Figueroa, quien desplegó un canto elegante, claro de impecable dicción a pesar de no ser de mucha extensión y cuerpo. Aimery Lefèvre cantó con impecable dicción, calidez baritonal y desenvolvimiento escénico como Frédéric; no fue asi el caso del barítono brasileño Leonardo Neiva que cantó en forte y por momentos destemplado el papel de Nilakhanta. Correctos estuvieron el resto de los intérpretes y el coro demostró estar muy bien trabajado. El concepto escénico de Jean Louis Pichon fue con apego al libreto, manteniendo los ballets, con decorados hindúes, brillante luminosidad solar y vestuarios de elegante confección. Solo la escenografía Jérôme Bourdin de círculos concéntricos en perspectiva, encerró y limitó la escena haciéndola claustrofóbica. Fastuosa fue la conducción de Maximiano Valdés quien de la orquesta extrajo la musicalidad y la sensualidad de la partitura. RJ 

Monday, July 28, 2014

LAKMÉ en el Teatro Municipal de Santiago‏ de Chile

Foto: Patricio Melo / Teatro Municipal de Santiago

Joel Poblete 

La única vez que la ópera de Léo Delibes Lakmé se había presentado en Chile fue en 1904, por lo que su regreso tras 110 años en la actual temporada lírica del Teatro Municipal de Santiago ha tenido casi un carácter de estreno, por lo que había muchas expectativas con la premiere del Elenco Internacional, que se realizó el sábado 05 de julio y contó con la ilustre presencia en el público de Plácido Domingo, quien se encontraba de visita en Chile para un recital masivo y gratuito que ofrecería dos días después junto a la soprano Verónica Villarroel. 

Estrenada en París en 1883, Lakmé es la ópera más famosa que compuso Delibes, quien es más conocido universalmente por la música del ballet Coppélia; pese a que con el tiempo dos de sus números musicales -el "aria de las campanas" y muy especialmente el "dúo de las flores"- han alcanzado una fama más allá de la ópera, y si bien todavía sigue siendo muy habitual en escenarios en países de habla francesa, no es tan frecuente verla en otras latitudes, lo que por lo mismo aumentaba aún más las expectativas. 

Fiel exponente de las obras "orientalistas" que reflejaron en el siglo XIX el interés y fascinación por lo que en esos años era considerado exótico, el argumento es bastante tradicional en su romance prohibido entre una sacerdotisa y un oficial inglés en el período de la dominación británica de la India. Si la ópera aún hoy fascina y encanta al público es especialmente por la hermosa música de Delibes, que a pesar de la ambientación exótica de la trama, es inequívocamente francesa en su mezcla de elegancia y delicadeza, pasión y romanticismo, con su exuberancia y sus irresistibles y encantadoras melodías.

Lamentablemente, decepcionó la puesta en escena del experimentado director de escena francés Jean-Louis Pichon, quien en sus anteriores visitas a Chile había destacado especialmente por su abordaje de los títulos franceses: así lo demostró su debut en Chile con el memorable estreno en el país de Diálogos de carmelitas en 2005, y posteriormente en Los pescadores de perlas y el año pasado con Romeo y Julieta, mientras en obras italianas como Rigoletto en 2010 y Lucrezia Borgia en 2012 los resultados fueron menos convincentes. Su producción de Lakmé, en la que predominaron el azul y el blanco, fue menos inspirada de lo esperado; la dirección teatral fue plana y poco imaginativa, en especial en el uso del coro y los desplazamientos de los protagonistas. En esto sin duda influyó la escenografía minimalista y simbólica de Jérôme Bourdin, un diseño único -que según se desprende del texto explicativo del director teatral en el programa de sala, representaría al aura de la sacerdotisa- que se mantuvo a lo largo de los tres actos en que se divide la obra, lo que hizo aún más monótona y reiterativa la propuesta escénica, además que limitó mucho el uso del espacio, sobre todo para el coro. Sin embargo, gracias a la lograda y atmosférica iluminación de Michel Theuil, de todos modos el diseño escenográfico logró algunas variaciones y momentos muy bellos y sugestivos en lo visual (como en el "aria de las campanas", por ejemplo), y el vestuario del propio Bourdin es en verdad hermoso, llamativo y muy adecuado. Eso sí, teniendo en cuenta que esta obra podría fácilmente prestarse para el desborde visual, lo recargado e incluso el kitsch, puede ser valioso como propuesta haber optado por un enfoque más sobrio y minimalista (como el que Pichon ya desarrollara en 2009 en el Municipal con Los pescadores de perlas), pero de todas formas eso le restó lucimiento dramático a la obra, que si logró destacar fue especialmente por los sólidos logros musicales. 

El maestro chileno Maximiano Valdés, quien fuera director titular de la Orquesta Filarmónica de Santiago entre 2002 y 2006, ha regresado en distintas ocasiones al Municipal, pero no dirigía una ópera en el teatro desde 2005, precisamente cuando estuvo al frente de ese estreno en Chile de Diálogos de carmelitas que contó con el debut local de Pichon. En esta ocasión su batuta atenta y detallista fue un gran apoyo para los cantantes, y supo resaltar toda la belleza y refinado romanticismo de la partitura de Delibes (que se ofreció con algunos cortes, por ejemplo en las escenas de danza), subrayando tanto los momentos de pasión, poesía y lirismo, como aquellos que desarrollan cierto color local para representar la tradición de la India.   

Desde que en 2009 ganara el primer lugar y el premio del público en el concurso de canto de Plácido Domingo, Operalia, la trayectoria de la soprano rusa Julia Novikova ha ido en constante ascenso, llevándola a algunos de los más prestigiosos teatros líricos e incluyendo logrados hitos como su excelente Gilda en elRigoletto de Verdi en 2010, protagonizado por el legendario tenor -en su muy discutible faceta de barítono-, junto a Vittorio Grigolo y filmado en los lugares donde transcurre la historia en Mantua. Afortunadamente, en su debut en Chile y además interpretando por primera vez en su carrera a la protagonista de esta ópera, Novikova no sólo cumplió con las expectativas, sino además se confirmó como una cantante de enorme talento, poseedora de una voz bella y bien timbrada que sabe manejar muy bien; actriz sensible y creíble, supo reflejar la fragilidad y misterio de Lakmé, y triunfó en todas las complejas exigencias vocales del personaje, que incluyen por supuesto la temida "aria de las campanas" con toda la pirotecnia vocal de sus agilidades, agudos y sobreagudos, además de sus otros tres delicados momentos solistas.

Por su parte, como Gérald el tenor canadiense Antonio Figueroa, quien también debutaba en Chile, no sólo posee un físico ideal para un personaje romántico, sino además abordó un rol mucho más exigente en lo musical de lo que parece a primera vista, luciendo un estilo de canto típicamente francés y enfrentando la tesitura aguda y las por momentos arduas notas altas con convicción y seguridad, conformando una pareja ideal junto a Novikova, en especial en sus dúos; eso sí, su voz es de pequeño volumen y no siempre se proyecta lo suficiente en el teatro. Y como el severo brahmán Nilakantha, ese excelente cantante que es el barítono brasileño Leonardo Neiva, quien ha cantado anteriormente personajes principales y secundarios en otras cinco óperas en las temporadas del Municipal, logró resaltar sus indiscutibles cualidades como intérprete (incluso aunque fuera en un papel que habitualmente cantan voces más graves que la suya): una voz atractiva, de buen volumen, muy bien timbrada y cómoda en todo el registro, y una imponente presencia y seguridad en escena.

Los roles secundarios fueron encarnados por cantantes chilenos, salvo dos intérpretes extranjeros cuyo desempeño fue correcto aunque no excepcional: el barítono francés Aimery Lefèvre como Fréderic y la mezzosoprano española Nerea Berraondo como la sirvienta Mallika. Muy sólidos estuvieron los demás personajes que cantaron artistas nacionales, el tenor Rony Ancavil como el sirviente Hadji y el trío de divertidas damas inglesas, las sopranos Madelene Vásquez (Ellen) y Daniela Ezquerra (Rose), así como la mezzosoprano Claudia Godoy (Señora Bentson). Y aunque en esta obra las apariciones del coro no son tantas, de todos modos son importantes, en especial en el segundo acto, y como de costumbre, el Coro del Teatro Municipal, dirigido por Jorge Klastornik, estuvo muy bien, así como los bailarines que se lucieron en la coreografía de Edymar Acevedo.  

El segundo reparto, el llamado Elenco Estelar, tuvo su debut el miércoles 09 con la eficaz dirección musical del chileno José Luis Domínguez -con buenos momentos, en especial los de mayor efusión romántica- al frente de la Filarmónica de Santiago. La protagonista fue una de las figuras más activas y elogiadas de la escena operística chilena, la soprano Patricia Cifuentes, quien este año cumple una década de su debut en el Municipal, escenario en el que ha cantado en más de una decena de títulos líricos, incluyendo las protagonistas de Lucia de Lammermoor La hija del regimiento o roles como Leyla, Gilda y Norina; ahora encarnó por primera vez en su carrera el exigente personaje titular de Lakmé, y sin duda ofreció una de sus mejores interpretaciones. Atractiva y convincente en escena, manejó y proyectó muy bien su material vocal, tanto en las escenas más líricas como en las demandantes coloraturas y notas altas del "aria de las campanas". 

Junto a la soprano en este segundo reparto, en su debut en Chile se lució el excelente tenor francés Christophe Berry como Gérald, quien junto con demostrar tener más rodaje en el rol que su colega del elenco internacional, exhibió una voz hermosa, de adecuado volumen y proyección, agudos seguros y muy bien emitidos, y tal como era de esperar, el mejor estilo de canto francés de la velada, refinado, sutil y apasionado según correspondiera, en especial en los dúos con Lakmé. Como Nilakantha, el siempre sólido barítono chileno Ricardo Seguel destacó una vez más por su canto firme y sonoro, aunque en algunas zonas de su voz convenció menos que en otras ocasiones. Y los roles secundarios estuvieron bien cubiertos por otros intérpretes chilenos, en especial por la mezzosoprano Gloria Rojas como Mallika. 

Wednesday, September 4, 2013

Billy Budd en el Teatro Municipal de Santiago, Chile

Foto:Patricio Melo
Joel Poblete
BILLY BUDD, de Benjamin Britten. Teatro Municipal de Santiago (Chile), funciones entre el 16 y 26 de agosto. Intérpretes: Craig Verm (Billy Budd), Roger Honeywell (Capitán Vere), Andreas Bauer (Claggart), Redburn (Leonardo Neiva), Arttu Kataja (Flint), Homero Pérez-Miranda (Ratcliffe), Alexey Lavrov (Donald), Gonzalo Araya (Squeak), Leonardo Estévez (Dansker), Sam Furness (Novato), Adam Cioffari (Amigo del novato), Pedro Espinoza (Red Whiskers), Carlos Guzmán (Arthur Jones), Patricio Sabaté (Contramaestre), Sergio Gallardo (Primer cabo de mar), Arturo Jiménez (Segundo cabo de mar), Nicolás Fontecilla (Vigía), Pablo Oyanedel (Marinero), Teseu Camps y Santiago Montero (mozos de cabina). Orquesta Filarmónica de Santiago, dirigida por David Syrus. Coro del Teatro Municipal, dirigido por Jorge Klastornik. Coro de Niños del Grange School, dirigido por Claudia Trujillo. Director de escena: Marcelo Lombardero. Escenografía y proyecciones: Diego Siliano. Vestuario: Luciana Gutman. Iluminación: José Luis Fiorruccio. 
Como cuarto título de su temporada de ópera 2013, el Teatro Municipal de Santiago programó en la segunda quincena de agosto uno de los títulos más importantes en el contundente repertorio para la escena compuesto por Benjamin Britten, y desde ya se puede calificar a estas presentaciones como un hito histórico en el principal escenario lírico chileno: no sólo se trataba del debut latinoamericano de Billy Budd, obra estrenada mundialmente en 1951, sino además se ofreció en el marco del centenario del nacimiento del músico, que se está conmemorando en todo el mundo (de hecho, la producción tuvo el apoyo oficial de la Fundación Britten-Pears, que vela mundialmente por el legado del autor). Y por sobre todo, fue un espectáculo lírico memorable, uno de los mejores que el Municipal ha ofrecido en los últimos años. Ambientada en 1797 en el "Indomable", navío británico en la guerra de coalición que enfrentara a Inglaterra y Francia, la historia se inspira en la novela breve del autor de Moby Dick, Herman Melville; sólo cuenta con personajes masculinos, y se centra en los recuerdos del Capitán Vere, quien evoca los hechos ocurridos en la embarcación, cuando permitió que injustamente se ajusticiara al joven, bondadoso e ingenuo marinero que da nombre a la obra.  Como sólo ocurre en aquellas funciones que merecen ser recordadas en los anales artísticos, la conjunción entre lo musical y lo escénico fue fundamental en este montaje, en el que todos parecieron ofrecer lo mejor de sí. La propuesta escénica del equipo de artistas argentinos encabezados por el director teatral Marcelo Lombardero fue verdaderamente magnífica, siguiendo la senda de otros inolvidables estrenos en Chile de piezas del siglo XX que han estado a cargo suyo en ese mismo escenario, como El castillo de Barba Azul, Lady Macbeth de Mtsensk, Ariadna en Naxos y otra partitura de Britten, La vuelta de tuercaSiendo fiel y respetuoso con el argumento original, Lombardero consiguió una puesta en escena fluida, dinámica y convincente, preocupada tanto del desplazamiento y movimiento de las grandes escenas corales como del intimismo, emoción y teatralidad de algunos momentos solistas. Aunque su trama se puede resumir en pocas líneas, en verdad esta es una de las obras más ambiguas y enigmáticas del repertorio lírico del siglo pasado, ya que -como otros trabajos de Britten- admite diversas lecturas en torno al comportamiento, moral y psicología de sus protagonistas, así como a los alcances sociales de la historia, y todo eso quedó patente en la dirección de Lombardero, que consiguió momentos impresionantes y sobrecogedores, y contó con el valioso apoyo de sus habituales colaboradores: Luciana Gutman diseñó un vestuario atractivo y muy adecuado, José Luis Fiorruccio una iluminación sugerente y atmosférica, y una vez más la escenografía y proyecciones visuales de Diego Siliano fascinaron, por el uso y distribución del espacio escénico y especialmente por la maravillosa y muy real presencia del mar, el agua y el cielo.  Llena de detalles y contrastes armónicos y una variedad de timbres y colores que nunca deja de cautivar, la partitura de Billy Budd es exigente y variada en su riqueza sonora, y la inspirada batuta del experimentado David Syrus, Head of Music de la prestigiosa Royal Opera House de Londres, fue uno de los pilares de estas funciones, sacando el máximo partido a la Orquesta Filarmónica de Santiago.  El elenco brilló a gran altura, encabezado por el regreso al Municipal del joven barítono estadounidense Craig Verm (quien el año pasado debutó en Chile como el torero Escamillo en Carmen), un protagonista ideal en lo vocal y escénico, encarnando muy bien el símbolo de bondad, belleza e inocencia que está al centro del enfrentamiento entre el bien y el mal que se establece en la obra. Impecable y meritoria fue además la entrega del tenor canadiense Roger Honeywell como el Capitán Vere, en especial en la comprometedora y difícil misión que le correspondió en el prólogo y epílogo, cuando el Capitán Vere recuerda lo sucedido en el pasado: Lombardero lo hizo cantar en la platea, en el medio del público, de espaldas al director de orquesta, y considerando esa exigencia y la sutileza de esos instantes de reflexión, estuvo verdaderamente espléndido.  Luego de su debut el año pasado en Tannhäuser, el talentoso bajo alemán Andreas Bauer volvió ahora como el malvado Claggart, cuyo carácter consiguió reflejar muy bien en su voz y entonación. Y un excelente equipo de solistas internacionales y chilenos cantó los restantes papeles, entre los cuales debemos destacar especialmente a los tres oficiales que tan bien encarnaron Leonardo Neiva, Arttu Kataja y Homero Pérez-Miranda, el muy logrado Dansker del argentino Leonardo Estevez, el sonoro contramaestre de Patricio Sabaté y el vigía del ascendente tenor Nicolás Fontecilla. Párrafo aparte merecería la formidable labor del Coro del Teatro Municipal que dirige Jorge Klastornik, considerando que el coro es parte indispensable en la obra; aunque el público está habituado a su sólido nivel, de todos modos en lo musical y actoral el desempeño en estas funciones indudablemente quedará como uno más de los grandes hitos en las tres décadas de trayectoria de la formación. Su labor fue fundamental en el momento más excitante y poderoso de estas funciones, cuando todos los tripulantes del "Indomable" se preparan para un combate naval que finalmente nunca se produce. También muy meritoria fue la actuación del Coro de Niños de Grange School, dirigido por Claudia Trujillo, incluyendo a pequeños y creíbles solistas. Definitivamente un espectáculo que pasó desde ya a integrar la galería histórica de grandes logros del Municipal de Santiago.

Sunday, July 10, 2011

Ariadne auf Naxos de Strauss en el Teatro Municipal de Santiago

Foto: Teatro Municipal de Santiago

Joel Poblete

Continuando con los valiosos y necesarios estrenos de títulos que hace mucho deberían formar parte de su repertorio, como segunda obra de su temporada lírica 2011 el Teatro Municipal de Santiago programó para mediados de junio el debut, casi un siglo después de su creación, de Ariadna en Naxos, la fascinante y divertida ópera que marca uno de los puntos más altos en la genial colaboración entre Richard Strauss y su libretista Hugo von Hofmannsthal. El principal escenario lírico chileno se había preocupado especialmente de reunir a un cast de primer nivel, encabezado por una experta en Strauss como la soprano finlandesa Soile Isokoski, y con una puesta en escena a cargo del equipo argentino encabezado por Marcelo Lombardero, quienes ya han dejado una sólida impresión en otros memorables estrenos locales, como La vuelta de tuerca de Britten, El castillo de Barba Azul de Bartok y Lady Macbeth de Mtsensk de Shostakovich, aunque menos convincente fue su apuesta escénica para el debut local de Alcina de Handel, el año pasado.  Si bien algunos se desilusionaron cuando meses antes del estreno se supo que ya no vendrían la Isokoski -quien sería reemplazada por Christine Goerke- ni la mezzo originalmente contratada para encarnar al Compositor, Michèle Losier, de todos modos había enormes expectativas por este estreno. Y afortunadamente, el espectáculo fue muy logrado en casi todos sus aspectos, y aunque algunos puntos admiten divergencia de opiniones, en general estuvo al nivel de un título tan exigente e indispensable. Lombardero y sus colaboradores (Diego Siliano en la escenografía, Luciana Gutman en el vestuario y José Luis Fiorruccio en la iluminación) supieron perfilar muy bien la dualidad y el contraste que proponen Strauss y Hofmannsthal, al contraponer la ópera seria clásica con la comedia buffa, obligándolas incluso a compartir un mismo escenario y aprovechando de reflexionar con humor y toques de sátira sobre las circunstancias que implica el montaje de una ópera.  Lombardero optó una vez más por ambientar la historia en un entorno evidentemente contemporáneo, esta vez en un elegante y amplio penthouse que podría estar en Europa o incluso en algún balneario latinoamericano (muy bueno el trabajo de Siliano, tanto aquí como en el pequeño escenario de época que se montó en la representación de la ópera dentro de la ópera). Pero al margen de esto y de los infaltables guiños a la modernidad (Zerbinetta y su grupo son ahora una suerte de figura pop acompañada por cuatro rockeros), el artista respetó el desarrollo de la trama, conformando una puesta en escena ágil y atenta a los detalles y gestos, por lo que el juego teatral que propone el delicioso libreto de Hofmannsthal estuvo muy bien servido y lleno de logrados momentos, en especial en los aspectos cómicos. En el prólogo todo fluyó de manera dinámica, mientras en la ópera misma, Lombardero se esforzó por mantener el ritmo, algo siempre muy difícil considerando que se mezclan e intercalan los pasajes líricos y contemplativos con la comedia de Zerbinetta y su troupe. Muchos críticos y operáticos han cuestionado que hacia el final las puestas en escena suelen olvidar que se trata de una representación (mal que mal, son una soprano y un tenor encarnando a una soprano y un tenor, quienes a la vez interpretan a dos personajes de la mitología clásica) y todo se cierra de manera demasiado abierta y mágica, por lo que fue interesante que en esta ocasión el régisseur optara por mostrar cómo se empieza a desarmar el teatrito barroco mientras soprano y tenor aún cantan su arrebatador dúo, dando paso al espectáculo de fuegos artificiales que puede contemplarse a través del ventanal; posteriormente llegará el mayordomo, quien procederá a pagar a todos los artistas sus honorarios por la función realizada. Fue una opción interesante y que en verdad no parece descabellada, aunque más de algún operático se lamentara en los pasillos porque en cierta medida despojó de su belleza y apasionado lirismo el extático momento final, para hacerlo más terrenal y práctico.  Del muy talentoso elenco convocado, la más aplaudida, como suele ocurrir con esta ópera en todos los teatros donde se presenta, fue la soprano que interpreta a la coqueta y chispeante Zerbinetta: ya sea por su personalidad exuberante y extrovertida, o simplemente porque su escena llena de pirotecnia siempre deslumbra al público y es el único momento que de verdad parece un aria tradicional que puede ser ovacionada como dicta la tradición, la rusa Ekaterina Lekhina volvió a cautivar a los espectadores del Municipal, que ya la convirtió en una de sus favoritas tras cantar aquí la Musetta pucciniana y la Gilda de Rigoletto y sin embargo, a este redactor, aun reconociendo que realizó una labor convincente y entregada (en especial en lo actoral) y cumplió con la difícil aria en cuestión, no termina de entusiasmarle su voz dúctil pero de pequeño volumen, ni menos el exceso de vibrato.  Al margen de que los aplausos se los robara Lekhina, sin dudas si hay que destacar a alguien, es necesario referirse especialmente a dos nombres. En el rol titular y debutando en Chile, Christine Goerke fue excelente como actriz y cantante, convincente como divertida prima donna (su gestualidad facial y sus movimientos revelaron a una excelente comediante) y a la vez exhibiendo un material contundente y voluminoso, sin complicaciones de registro y resolviendo sin dificultades las extensas líneas de canto que exige su rol; por su parte, en el papel del Profesor de música, aunque su aparición es breve y está restringida al prólogo de la obra, Leonardo Neiva reafirmó la estupenda impresión que ha dejado en sus anteriores incursiones en el Municipal (con Los pescadores de perlas, I pagliacci y Thais), a pesar de su juventud poniendo su bella y bien timbrada voz al servicio de un personaje que habitualmente suelen abordar colegas maduros o incluso al borde del retiro. Del resto del elenco, es necesario reconocer que la mezzosoprano alemana Gundula Schneider realizó una entregada labor interpretando al Compositor, pero de todos modos lamentablemente le faltó volumen y fuerza para hacerle total justicia a este rol intenso y bello a pesar de lo poco que aparece en escena. Y en otro rol exigente e incluso ingrato si consideramos que no interviene demasiado en la obra, el tenor Richard Cox -quien debutara hace dos años en el Municipal cantando en Lady Macbeth de Mtsensk- abordó la inclemente tesitura de Baco con valentía y convicción, sin brillar pero de todos modos cumpliendo con las demandas del personaje. El extenso elenco de secundarios estuvo muy bien, destacando las ninfas (Pamela Flores, Evelyn Ramírez, Andrea Aguilar) y muy particularmente los comediantes italianos que interpretaron Patricio Sabaté (Arlequín), Gonzalo Araya (Scaramuccio), David Gáez (Truffaldino) y Leonardo Pohl (en un doble cometido, como Brighella y el amanerado maestro de baile del prólogo), quienes incluso debieron realizar hilarantes coreografías de evidentes guiños a ritmos contemporáneos.  El actor Romanus Fuhrmann fue un divertido y muy adecuado mayordomo de mayor protagonismo que lo habitual (incluso era el encargado de correr el telón al final de la obra), mientras al frente de la Orquesta Filarmónica su titular Rani Calderón volvió a mostrarse tan eficiente como siempre, pero aunque la agrupación (reducida a sólo 37 músicos, como exige la partitura) sonó muy bien, como ya le ha ocurrido en otras ocasiones una vez más el director no consiguió profundizar demasiado en la belleza y trascendencia de esta música, limitándose a una lectura correcta y superficial, que de todos modos tuvo hermosos momentos, pero en la que se extrañó un mayor balance sonoro entre el foso y los cantantes. De todos modos, sin dudas esta Ariadna en Naxos fue un atractivo espectáculo, y una excelente manera de presentar al público chileno esta obra que sigue fascinando y divirtiendo a los espectadores contemporáneos.

Sunday, July 3, 2011

Ariadna en Naxos en el Teatro Municipal de Santiago de Chile.

Fotos: Teatro Municipal de Santiago.

Johnny A. Teperman

Con un estreno absoluto para Chile, "Ariadna en Naxos", de Richard Strauss, se presentó como toda una novedad de la temporada lírica 2011 del Teatro Municipal. Esta obra, segundo título del ciclo, pretende ser uno de los puntos cúlmine del año, al ofrecer un argumento muy original, que representa la magia del teatro dentro del teatro, con situaciones tragicómicas, y roles que presentan grandes desafíos para sus intérpretes.  Una vez más, se encargó la puesta en escena al artista argentino Marcelo Lombardero, cuyo trabajo ha sido satisfactorio, al ofrecer un espectáculo que en líneas generales, agradó al público que asistió a las cinco funciones de la obra. El año pasado, el regisseur trasandino también dio que hablar con la muy moderna puesta en escena de la ópera Alcina, en la temporada lírica nacional. La ópera contó con muy buenos cantantes, incluyendo protagonistas de excepción. Destacaron, la soprano estadounidense Christine Goerke (Prima Donna / Ariadne), el tenor estadounidense Richard Cox (El Tenor / Baco), la soprano rusa Ekaterina Lekhina (Zerbineta) – quien tenía como antecedente una brillante interpretación de Gilda en el "Rigoletto" del año pasado - y la mezzosoprano alemana Gundula Schneider (El Compositor). Christine Goerke cantando a “Ariadna” y la “Prima Donna”, exhibió un podeoso caudal de voz y en especial en su rol de Ariadna de la segunda parte (único acto de la obra) sostiene el peso argumental con su dolido canto, extenso y convincente para culminar en un atractivo duo con un Richard Cox que sin estar a la altura de ella, hizo lo posible por equiparársele. El trío de ninfas que la acompañaron, fueron tres cantantes chilenas de primer nivel, incluso de trayectoria: Pamela Flores, Evelyn Ramírez y Andrea Aguilar. Las tres con notas de excelencia. Ekaterina Lekhina, brindó una Zerbinetta exquisita por todo concepto. Una voz probada de calidad como soprano de coloratura en un personaje divertido y que en el Prólogo brindó una ária de gran jerarquía. En cuanto al Compositor, rol masculino que encarnó Gundula Schneider, basta señalar que ella fue el mayor sostén del Prólogo, en el cual a poco andar y en medio de tanto diálogo (cantado y hablado) impuso su presencia lírica y una técnica vocal de primer nivel.  El barítono brasileño Leonardo Neiva, que siempre se luce en Chile, calzó muy bien en su papel de “Profesor de Música”, tanto en lo vocal como en lo actoral. Los demás peronajes fueron encarnados en forma satisfactoria aunque el argumento y los diálogos del Prólogo fueron enredados y al público le costó compenetrarse de lo que sucedía hasta la correctísima aparición e intervención del Compositor.
 
La parte musical estuvo a cargo del titular de la Orquesta Filarmónica de Santiago, Rani Calderón, quien cumplió satisfactoriamente al frente de la Orquesta Filarmónica de Santiago, de la cual es el titular.  La escenografía de Diego Siliano, el vestuario, de Luciana Gutman, y la iluminación, de José Luis Fiorruccio, los tres argentinos, excelentes, para brindar una idea adecuada de la obra.  "Ariadna en Naxos" está considerada como la obra lírica más exquisita de Richard Strauss, en la cual éste propone un diálogo entre la tragedia clásica (la historia de Ariadna) y la “ópera buffa”, vinculada a los argumentos más ligeros de la "commedia dell'arte" italiana (con Zerbinetta y sus compañeros).  La escenografía del Prólogo, nos pareció moderna, elegante y funcional. En el segundo esta impresión cambió: la encontramos algo pobre, con un escenario de pocas dimensiones en donde estuvieron, la mayor parte del tiempo, la entristecida Ariadna junto a sus tres ninfas.  La acción transcurre en la mansión de un magnate (Prólogo) y en un escenario que representa la isla de Naxos (único acto). El dueño de casa propone hacer la ópera “Ariadna en Naxos”, después de la cual se presentará una ópera buffa, “La infiel Zerbinetta” y sus cuatro amantes.  Cuando el joven compositor se entera, se enfurece porque considera indigno juntar ambos espectáculos en la misma velada. Ante la disyuntiva, el dueño de casa corta por lo sano: mezclará los dos espectáculos.