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Tuesday, October 10, 2023

Don Giovanni en Los Angeles

Foto: Cory Weaver / LA Opera - Craig T. Mathew - Mathew Imaging

Ramón Jacques

La Ópera de Los Ángeles inauguró con esta función una nueva temporada con el siempre seductor e inquietante Don Giovanni de Mozart, sin duda uno de los títulos más celebres del repertorio operístico. Se trata de una reprogramación más que el teatro ha debido hacer (la obra estaba anunciada en enero y febrero del 2021) debido a las cancelaciones ocasionada por la pandemia. Tres años y medio después, aunque con un elenco diferente, se montó finalmente en el escenario angelino con la versión escénica del director danés Kasper Holten, (coproducida con la Royal Opera de Londres, donde tuvo estrenó en el 2014, la Ópera israelí, el Liceu de Barcelona y la Houston Grand Opera que la estrenó en Estados Unidos en el 2019 y la repondrá en el 2024). Las producciones europeas tienden a ser modernas, imaginativas y sobretodo algo polémicas y atrevidas para el gusto del público estadounidense, que como se sabe, suele ser conservador. El concepto de Holten, luce interesante y atractivo desde el punto de vista del público que lo observa, pero su dirección escénica no es muy convincente ya que llega a exceder algunos límites de la tolerancia y el mal gusto, concretamente en el desempeño actoral del personaje de Don Giovanni, a quien caracterizó con exagerado libido sexual, más vengativo que seductor, cargado y exagerado en el humor, quizás con el objetivo de provocar e irritar al público, y aunque el teatro es al final un reflejo de la vida misma, pero sin la intención de ser moralista, algunas situaciones y actitudes, concretamente hacia las intérpretes femeninas pasaron de intentar ser divertidas a ser  ofensivas. El montaje escénico ideado por Es Devlin, consistió en un enorme muro que ocupaba todo el escenario, era el exterior de un palacio y sobre el cual se proyectaban todo tipo de imágenes, figuras geométricas o abstractas y nombres de los lugares y las conquistas de Don Giovanni, en brillantes tonos color rojo, blanco y negro ideados por Luke Hall. Bruno Poet, se encargó de la iluminación, que complementó muy bien las proyecciones. La parte central del muro en ciertas escenas rotaba sobre el escenario mostrando dos niveles del interior del palacio que se conectaban por dos escaleras, por las que algunos personajes subían mientras otros bajaban cantando, una idea que pretendía ser cómica, pero que incidía en la proyección y volumen de las voces. Al final, Don Giovanni no es llevado por el Comendador ni tragado por la tierra, si no que permanece en la escena, invisible y sin la posibilidad de interactuar con los mortales o seducir a las mujeres.  Los vestuarios de Anja Vang Kragh lucieron vistos, aunque contrastaban con la atemporalidad del concepto de Kasper Holten. Por su parte el coro que dirige el maestro Jeremy Frank se mostró muy activo, profesional y participativo sobre el escenario y en los momentos que cantó fuera de él.  Hablando del elenco de cantantes, el barítono Lucas Meachem en el papel principal mostró personalidad y temperamento en su actuación personificando un arrogante, astuto, desenfrenado y degenerado Don Giovanni. Vocalmente, mostró grato color baritonal, expresividad, adecuada proyección, y un estilo que se adaptaba a las exigencias mozarteanas, cualidades que no exhibió en el mes de febrero de este año cuando interpretó al Conde en Le Nozze di Figaro en este mismo escenario.  La soprano Guanqun Yu agradó por su desempeño actoral y sobre todo por el manejo ágil, virtuoso y musical de su voz con el que dio vida al papel de Donna Anna.  En debut en este teatro, la mezzosoprano Isabel Leonard, mostró consistencia y buenas cualidades como Donna Elvira, aunque careció de sutileza y distinción en escena. Por su parte el tenor Anthony León cantó con elegancia y distinción, especialmente en sus arias y aportó carácter y relevancia al personaje de Don Ottavio. Ya desde sus días en el estudio de cantantes del teatro y cantando papeles menores la temporada pasada, daba a entender que estaba listo para cantar papeles principales. Simpática y afable estuvo la Zerlina de la soprano Meigui Zhang, quien posee una voz ligera, ágil y nítida para este tipo de papeles. Poco convenció el bajo-barítono Craig Colclough como Leporello, que cantó con timbre poco grato, y emisión nasal. Los exagerados gestos y movimientos en escena, y un vestuario poco atractivo tampoco ayudaron a que tampoco tuviera la notoriedad del personaje en la trama. Discretos estuvieron el bajo-barítono Alan Williams como Masetto, quien posee una voz potente, pero que utilizó sin sutileza y sentido, él y bajo Peixin Chan como el Comendador, que mostró una amplia y profunda voz, pero que ofreció muy poco para crear un personaje actoralmente convincente.  Al frente de la orquesta estuvo su director titular desde el 2006, el Maestro James Conlon, quien extrajo sutilezas de la partitura, dirigiendo con su habitual conocimiento y entusiasmo, aunque contrario a como lo he visto dirigir en este teatro, imprimió algunos tiempos más lentos de lo normal que hicieron que algunas escenas y el canto se hicieran letárgicos, pero en términos generales su desempeño fue bueno, incluido el acompañamiento de los recitativos con clavecín. La temporada incluye producciones de óperas conocidas del repertorio como: La Traviata, El Barbero de Servilla y Turandot (estas dos ausentes de este escenario durante varias temporadas) así como el estreno local de El ultimo sueño de Frida y Diego de Gabriela Lena Cruz, la visita anual de The English Concert con Rodelinda de Handel en concierto, entre otros eventos.






Monday, June 18, 2018

Norma - Houston Grand Opera

Foto: Lynn Lane

Ramón Jacques

Si è conclusa un’altra stagione dell’opera di Houston con Norma, un’opera poco vista su questo palcoscenico, ma sempre interpretata da soprani molto noti al vertice della carriera: Renata Scotto, Ghena Dinitrova e Carol Vaness. Considerando che l’ultima volta che fu allestita qui è stato nell’aprile del 1996, queste recite sono servite come una reintroduzione di questo titolo, un primo incontro per molti partecipanti, soprattutto giovani, con questo capolavoro del belcanto. Oggi, l’attenzione si è incentrata sul soprano Liudmyla Monastyrska, che non ha deluso nella sua interpretazione. La sua voce ha un gradevole colore brunito, omogeneità, proiezione e varietà nei colori, con cui ha saputo dare senso ed intenzioni al suo canto. Anche se è più conosciuta per ruoli drammatici, la Monastyrska ha mostrato flessibilità e sottigliezza adattate al belcanto, riuscendo a commuovere. Nel ruolo di Pollione Chad Shelton si è disimpegnato correttamente vocalmente e come attore; è un tenore molto affidabile, ma in questa recita in certi momenti era fuori stile, privilegiando la spinta alla raffinatezza vocale. E’ piaciuto il mezzosoprano Janie Barton come Adalgisa, un ruolo che ha maturato nel tempo e che canta con maggior rilassatezza, acquisendo corpo e facile coloratura. Come Oroveso il basso Peixin Chan ha mostrato una voce profonda e scura, ma nulla di più; e corretta è stata la Clotilde di Yelena Dyachek. Molto bene il Coro e notevole l’esecuzione dell’orchestra diretta da Patrick Summers, che ha emesso una varietà di colori, sfumature, con dinamismo e vivacità, così come precisione nell’accompagnamento delle voci. La parte scenica ha lasciato dubbi, sebbene la cornice era funzionale, ma sconcerta immaginare relazione tra alcuni simboli utilizzati in relazione alla trama, come il tempo in cui si situa, i costumi poco attraenti, la parrucca rossa della protagonista e l’enorme toro metallico che entra in scena e si utilizza come pira. Nel contesto la regia di Kevin Newbury è parsa essere composta di eventi estemporanei. Se questa è una coproduzione tra teatri importanti (San Francisco, Chicago, Toronto e Barcelona uno si potrebbe chiedere quali siano i criteri per scegliere questo allestimento tra tutti gli altri.  Ricordo che questa è stata l’ultima produzione della compagnia fuori dalla sua sede originaria. Il Wortham Center che subì danni dopo l’uragano Harvey, riaprirà i battenti a metà del mese di ottobre dl presente anno con L’Olandese Volante.


Monday, May 21, 2018

Norma en Houston


Foto: Lynn Lane

Ramón Jacques

Concluyó una temporada más de la ópera de Houston con Norma, una obra poco vista en este escenario, pero que siempre contó con destacadas sopranos en la cúspide de sus carreras como: Renata Scotto, Ghena Dimitrova y Carol Vaness.  Considerando que la última vez que la obra se montó aquí fue en abril de 1996, estas funciones servirían como una reintroducción con el teatro, así como el primer encuentro de muchos asistentes, sobre todo de jóvenes, con esta joya belcantista. Hoy, la atención se centró en la soprano Liudmyla Monastyrska quien no defraudó en su interpretación.  Su voz posee un agradable color oscuro, homogeneidad, proyección y variedad en los colores con los que supo darle sentido e intención a su canto. Aunque es más conocida por papeles dramáticos, Monastyrska mostró flexibilidad y sutileza que adaptó al belcanto, logrando conmover En el papel de Pollione Chad Shelton tuvo un correcto desempeño vocal y actoral; es un tenor muy confiable, pero en esta función cantó por momentos fuera de estilo, privilegiando el empuje sobre el refinamiento vocal.  Gustó la mezzosoprano Jamie Barton en Adalgisa, un papel que ha madurado con el tiempo y que canta con mayor soltura, adquiriendo cuerpo y alegre coloración. Como Oroveso el bajo Peixin Chan mostró una voz profunda y oscura, pero nada más; y correcta estuvo Clotilde de la mano de Yelena Dyacheck.  Muy bien por el coro, y notable la ejecución de la orquesta dirigida por Patrick Summers, que emitió una variedad de colores y matices, con dinamismo y vivacidad, así como precisión en el acompañamiento con las voces.  La parte escénica dejo dudas, si bien el marco es funcional, desconcierta imaginar relación entre algunos símbolos utilizados con la trama, como el tiempo en el que se sitúa, los poco atractivos vestuarios, la peluca rubia de la protagonista o el enorme toro metálico que entra al escenario y que se utiliza como hoguera. En el contexto, la dirección escénica de Kevin Newbury pareció ser una serie de ocurrencias propias sin sentido.  Si esta es una coproducción entre importantes teatros de ópera (San Francisco, Chicago, Toronto y Barcelona) uno se preguntaría ¿Cuáles serían los criterios por los que se llegó a un acuerdo para elegir este montaje sobre otros?  Cabe mencionar que esta fue la última producción de la compañía fuera de su sede original.  El Wortham Center que sufrió daños con el huracán Harvey, reabrirá sus puertas e mediados del mes de octubre del presente año con El Holandés Errante.

Monday, March 26, 2018

El Barbero de Sevilla en Houston


Foto: Lynn Lane

Lorena. P Rosas

No importa cómo, cuándo o donde se presente, El Barbero de Sevilla es y será un clásico cómico que agradará y divertirá siempre al público.  Bastó solo con voltear a ver los rostros de las personas sentadas a mi alrededor durante la función para comprobar lo que ya se sabe.  Obras como esta, además de atraer público dejan la sensación de querer escucharla nuevamente, aunque lamentablemente por la manera que operan y programan los teatros estadounidenses es difícil escucharlas en temporadas consecutivas.  El barbero es también un guiño del teatro de Houston al compositor Rossini, de quien se celebra en el 150 aniversario de su muerte.  Se recurrió nuevamente al montaje del director Joan Font, con diseños de Joan Guillén del grupo catalán de teatro Els Comediants, quienes debutaron en este escenario hace algunos años con La Cenerentola. Su Barbero es colorido, ágil, dinámico, directo, moderno y muy divertido; se trata una especie de secuencia de escenas extraídas de una caricatura, con personajes vestidos como payasos, algunos simpáticos elementos como una enorme guitarra y un clavecín rojo.  Lo mejor es que Font, hace las cosas fáciles sin exagerar la comicidad, en una dosis perfecta que permite apreciar lo que sucede en escena y disfrutar la burbujeante orquestación. 
En recientes temporadas, el teatro ha buscado la mezcla adecuada entre experiencia y juventud, y para sus elencos contrata artistas experimentados y buenos artistas forman parte del ensamble del teatro.  Parece ser que los días en los que los consagrados pasaban hoy no es más que un recuerdo.  Si bien se descubren voces interesantes, queda ese dejo de nostalgia de que este fue uno en su momento uno de los teatros norteamericanos más importantes. Quizás aun lo sea, pero con otro modelo de trabajo. Aun así, poco se le puede escatimar a la mezzosoprano Sofia Selowsky, una Rosina simpática, astuta, de voz muy atractiva, elástica y musical; o al tenor David Portillo de grato timbre, canto fluido y fácil, aunque algo rígido en escena.  Eric Owens fue un autoritario Don Basilio, de voz potente y profunda y Peixin Chan un correcto Dr Bartolo.  La experiencia la aportó el barítono Lucas Meachem, ya con mucho recorrido con Fígaro, quien mostró seguridad y tablas. Su temperamento y su voz se adaptan al personaje, a pesar de algunas dificultades, poca claridad, en su dicción.  Coro y orquesta respondieron a las exigencias, bajo la conducción de Emily Senturia, una joven y atrevida directora de orquesta, surgida de las entrañas del teatro, quien aportó matices y colores interesantes a la ya de por si colorida orquestación.

Monday, March 6, 2017

El Réquiem de Verdi en la Gran Ópera de Houston

Fotos: Lynn Lane

Lorena J. Rosas

Después de las representaciones de Nixon in China, ópera que le fuera comisionada al compositor estadounidense John Adamas por la Gran Ópera de Houston, donde fue estrenada hace treinta años (el 22 de octubre de 1987) y que se ha convertido en una pieza fundamental del repertorio operístico moderno, la actual temporada de este importante teatro texano continuó con el Réquiem de Verdi.  Tal parece que con el paso del tiempo, esta obra maestra se asocia más al ámbito de las orquestas sinfónicas y las salas de concierto que al de los teatros de ópera. Lo sorprendente es que esta vez su elección no haya venido a redondear la temporada, sino a sustituir el segundo montaje escénico del año, que históricamente se programa siempre en estas fechas. Una incógnita que solo la dirección del teatro podría responder. Sea cual fuere la razón, el Réquiem es una obra anhelada y bienvenida por cualquier amante de la música. Lo que hizo diferente esta versión sobre otras, es que la compañía involucró a todas sus fuerzas artísticas, con más de180 miembros del coro y la orquesta, doce trompetas en lo más alto del teatro, y una cuidada selección de cuatro solistas, todos bajo la batuta del maestro Patrick Summers. 
Con coro y solistas colocados sobre el escenario y la orquesta en el foso, la sala del Wortham Theater se inundó de los vigorosos ritmos y las sublimes melodías que contiene la partitura, hasta alcanzar los profundos contrastes dramáticos de los sentimientos de pérdida y miedo con los esperanza y alegría;  y si se logra tocar fibras y conmover al público, como sucedió en esta vela, la compañía debe anotarse como un éxito rotundo. Los solistas llenaron los requisitos para estar presentes aquí, como Angela Meade, soprano de colorido y brillante voz, muy delicada en los pianos hasta su culminante y admirable Libera me. La mezzosoprano Sasha Cooke se caracterizó más por su color oscuro, refinamiento y expresividad que por fuerza, y el tenor Alexey Dolgov exhibió suavidad en su canto y el brío para atravesar la masa musical, así como firmes agudos  en el Ingemisco.  El bajo Peixin Chen, hasta hace poco perteneciente al estudio del teatro, mostró una voz con profundidad y fibra, aunque un poco contenida en comparación con los otros solistas y por momentos carente de efusividad. Patrick Summers, logró encontrar conjunción y balance entre todo el conjunto artístico con adecuados tiempos, pero mencionar que en los breves pasajes en los que pareció descarrilarse acelerando  las velocidades, parecería una nimiedad dentro del contexto general. Al final, el resultado que más importó fue la sensación de satisfacción que quedo flotando en el aire.