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Sunday, March 17, 2019

La Boheme en Chicago


Fotos: Todd Rosenberg

Ramón Jacques

La nueva producción de La Boheme en la ópera lirica de Chicago (coproducida con el Covent Garden de Londres y el Teatro Real de Madrid) bajo la dirección escénica del Robert Jones se diferenció de tantas funciones que en la actualidad se ven de esta obra, particularmente por el desenvolvimiento actoral de los personajes a los cuales despojó de los rutinarios y repetitivos clichés de exagerado dramatismo o innecesaria comicidad que en ocasiones desvirtúan la escena, como los bailables de los bohemios en el cuarto acto, por mencionar alguno. Aquí se vio una actuación bien trabajada, nada acartonada más humana y cercana al público que lo agradeció. Aunque los vestuarios de la producción son elegantes y apegados al tiempo que indica el libreto, las escenografías son austeras, con muy pocos elementos, pero con un diseño simétricamente perfecto en cada cuadro y buen manejo de la iluminación. El concepto visual fue ideado por Stewart Laing.  Sobresaliente fue el desempeño artístico de Maria Agresta como Mimi, la soprano italiana mostró una fascinante voz, por homogeneidad y brillante coloración, y muy determinada y segura en su actuación, alejada del personaje blandengue y frágil que se conoce.  Michael Fabiano fue un correcto y apasionado Rodolfo, bien actuado y cantado, aunque por momentos se le escuchó un timbre ajustado y tirante. La inesperada cancelación de ultimo minuto de Danielle de Niese como Musetta, permitió a la soprano estadounidense Ann Toomey mostrar sus buenos dotes vocales, y la naturalidad y espontaneidad con la que afrontó el papel. El barítono Zachary Nelson agradó personificando un elocuente Marcello con voz oscura, pero cargada de expresividad y calidez. Adrian Sâmpetrean como Colline y Ricardo José Olvera como Schaunard redondearon un elenco uniforme. La solidez del coro y la orquesta de este teatro quedaron de manifiesto una vez más, esta última bajo la dinámica y entusiasta conducción Domingo Hindoyan, que, en su debut local, imprimió matices y equilibrio a su lectura.



Wednesday, July 6, 2016

Carmen en la Ópera de San Francisco

Foto: Cory Weaver / San Francisco Opera

Maria Nockin

La producción de Calixto Bieito de Carmen de Bizet no es, definitivamente, una a la que uno llevaría a su madre. En la función de la Ópera de San Francisco, Bieito y el director de escena Joan Anton Rechi nos ofrecieron su “propuesta” de cruda sexualidad y, como quien dice, “a calzón quitado”, ubicando la acción en la ciudad portuaria de Ceuta, un enclave español en la costa del norte de África, habitado sobre todo por soldados y contrabandistas. Los vestuarios de Mercé Paloma son de la época posfranquista, con vestidos cortos y floreados para Carmen y Frasquita. Mercédès vistió shorts. Las estructuras del escenógrafo Alfons Flores fueron simples pero llamativas: una enorme asta bandera para el acto I; una enorme silueta de toro para el acto III. También empleó seis autos Mercedes Benz de la época, que usaban las gitanas para transportarse. La orquesta tocó la obertura a telón abierto, con Yusef Lambert como el tabernero Lillas Pastia, trastabillando a través de la escena y deteniéndose a ratos para tomar largos tragos de una gran botella de vino. El acto I comienza con el barítono Edward Nelson (como Mórales), dando instrucciones a un grupo de soldados, con un prisionero semidesnudo corriendo a su alrededor. La única mujer en escena, Micaëla, teme por su seguridad: en algún momento vemos a un grupo de soldados izando a una mujer amarrada sobre el asta bandera. La soprano Ellie Dehn cantó su rol con tonos gloriosos y, pese a su temor, en un momento tomó un látigo para mantener a raya al seductor Moralès. Pero en el momento en que aparece la mezzosoprano Irene Roberts en la voz seductora de Carmen, el momento de Micaëla desaparece. Roberts inició las primeras frases de su “Habanera” en una cabina telefónica, y entonó su “Seguidilla” atada al asta bandera. Su sonido acaramelado cortó el acompañamiento de la gran orquesta al mando de Carlo Montanaro. Amina Edris como Frasquita y Renée Rapier como Mercedes cantaron y bailaron una vigorosa Canción gitana en la taberna de Lillas Pastia. Zachary Nelson como Escamillo fue un valiente y carismático torero que encantó a las mujeres, y Brian Jagde cantó una versión perfecta del “aria de la flor” de Don José. Hasta su agudo pianissimo fue tan suave como la seda. Su némesis fue el estentóreo bajo-barítono Brad Walker como Zúñiga.