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Friday, June 26, 2026

Carmen en el Teatro alla Scala de Milán

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo 

Carmen, la obra maestra de Georges Bizet (1838-1875) cuyo estreno el 3 de marzo de 1875 en el teatro Opéra- Comique de Paris, fue recibido como un medio fiasco, vuelve al Teatro alla Scala después del gran éxito en la edición que inauguró la temporada 2009/2010 con la conducción de Daniel Barenboim, la dirección escénica de Emma Dante, y los papeles estelares que le fueron confiados a Anita Rachvelishvili, en su debut, a Jonas Kaufmann y a Erwin Schrott, espectáculo que fue repuesto en fechas sucesivas con otro elenco.  El encargado de la nueva producción vista fue Damiano Michieletto (apoyado por sus valiosos colaboradores: Paolo Fantin en las escenografías, Carla Teti en los vestuarios, Alessandro Carletti en la iluminación y Elisa Zaninotto en la dramaturgia) quien concibió un espectáculo de notable inteligencia, dramáticamente envolvente y teatralmente vivo. Debe recordarse que este montaje es una coproducción con The Royal Opera Covent Garden de Londres (donde se estrenó hace dos años) y con el  Teatro Real de Madrid.  Quien esperaba una representación convencional y estereotipada de Carmen quedó  desilusionado, ya que de hecho, el director de escena veneciano omitió deliberadamente los elementos típicos del couleur local minimizando la presencia de referencias folclóricas españolas. Por tanto, no se incluyeron los momentos de danzas españolizadas con el eventual uso de castañuelas o sistros en el escenario, ni los habituales gestos insinuantes o movimientos sensuales más o menos explícitos de la protagonista. Michieletto ambientó  su Carmen en una especie de wild west español, un lugar desolado y soleado en los años 70 del siglo pasado. Le escenografías, concebidas como una plaza (una especie de plaza de toros en la cual se desarrolló la narración de la historia humana de los personajes), presentaba diversos ambientes internos, uno por acto, a fin de facilitar la comprensión inmediata de la trama. Entre los escenarios representados se contaban la comisaría, un local nocturno de provincia no muy lujoso, una choza destinada a las actividades ilícitas de los contrabandistas y, finalmente, el camerino donde el torero se preparaba para la corrida final. Gracias al uso de una plataforma giratoria y muy efectiva, cada escena también sufría transformaciones, permitiendo revelar los interiores y exteriores del ambiente representado. Damiano Michieletto afirmó “que el conflicto principal de Carmen no se debe atribuir a los celos, sino a la incapacidad de Don José de aceptar la autonomía de la protagonista, así como de emanciparse de las dinámicas familiares opresivas” una forma de coerción cultural representada en escena por la presencia tangible de la madre. En esta puesta en escena, y en lo que representó la novedad más significativa, la figura de la madre se mostraba desde el inicio de la obra como una presencia real, silenciosa pero incisiva, que se convirtió en la verdadera antagonista de Carmen. En la visión escénica de Michieletto, Carmen es representada como un individuo solitario, símbolo de libertad, pero también de inevitable aislamiento. En cambio, Don José   se describe como un individuo inmaduro, cuya propensión al homicidio se atribuye a un infantilismo derivado de la incapacidad de emanciparse de modelos patriarcales ancestrales de comportamiento. Micaëla es más compleja de lo habitual, liberada de esa imagen de virgencilla angelical que a menudo se le atribuye, y parece asumir el papel del verdadero instrumento de las manos manipuladoras de la madre de Don José. Por su parte, Escamillo, pareció ser finalmente, casi un recurso externo que ayudó a desencadenar la transgresión y a orientar la tragedia. Toda la historia del libreto pareció estar orientada hacia el abismo final desde el momento en que se escuchó de la orquesta el famoso tema del destino, tocado por primera vez al final del Prélude, que inicia un rito fatalista trágicamente imparable. La interpretación contemporánea de Michieletto, aunque no es convencional, se distinguió  claramente de cierto Regietheater, que, aunque repetitivo y carente de sustancia, demostró ser totalmente eficaz en el escenario. Esto se debe al hecho de que las connotaciones emocionales y psicológicas de los personajes y sus interacciones no fueron traicionadas, sino ¡todo lo contrario! y esta visión contemporánea le hizo justicia a un libreto que todavía hoy a menudo se utiliza para construir un espectáculo sobre todo folclórico. Michieletto, en cambio, realizó un espectáculo trepidante y atrapante, que recuperó la fuerza arrolladora de Carmen, fuerza arrolladora que se ha perdido con los años y que en su momento sorprendió al público de la época. La dirección musical de Myung-whun Chung recibió un notable reconocimiento durante lo que fue su primera experiencia operística como director musical del teatro, aunque el cargo oficial comenzará con el Otello que inaugurará la próxima temporada. El director coreano destacó por la variedad dinámica y agógica de su enfoque. Los tempi, a menudo tensísimos y rítmicamente irresistibles, se alternaban con momentos de rara poesía realmente seductores, como lo mostró el aplauso a la orquesta por parte del mismo Chung al final de un Prélude del tercer acto extático y soñador. En general, Chung demostró atención a los detalles y a los timbres, captando de la mejor manera, las sutilezas de la partitura, pero siempre logrando imprimir esa fuerte teatralidad que se ajustaba perfectamente a la concepción escénica.  Pasando al reparto vocal, se debe iniciar por Vittorio Grigolo. El tenor toscano ofreció una actuación de notable calidad. Su instrumento vocal se mostró seguro, con cuerpo, y al mismo tiempo dúctil. Además de la habitual pasión y el involucramiento emocional que caracterizan sus interpretaciones, Grigolo supo modular la línea musical con un excelente control de la respiración, asegurando una dicción clara y precisa. Desde el punto de vista estrictamente vocal, el momento culminante de la función fue su impecable ejecución de La fleur que tu m’avais jetée, en la que supo expresar al máximo los tormentos del protagonista sin renunciar a las cualidades intrínsecas de su propio estilo vocal. La voz de Clémentine Margaine destacó por su notable amplitud y sonoridad. Su interpretación de Carmen presentó una menor sensualidad en comparación con las interpretaciones habituales, aunque no le faltó cierta agresividad. La mezzosoprano francesa mostró un hermoso color bruñido, a pesar de que surgieron ocasionales asperezas, prevalentemente en la zona aguda.  Desde el inicio de la ópera, Margaine emanó de su propio canto un aura de fatalidad, subrayando la inevitabilidad de su propio destino. Tal característica podría haber contribuido a una menor participación del juego seductivo. Convincente estuvo Natalia Tanasii en el papel de Micaëla, un papel reinterpretado por Michieletto, como mencioné anteriormente, contra los cánones habituales. La soprano moldava se desenvolvió con musicalidad, destacando una sana voz lírica y un acento voluntarioso, en un papel casi torpe de campesina que quería el director. Mientras que el Escamillo de Giorgi Manoshvili, aunque cantó  con timbre pleno y redondo, y una emisión sólida y viril, pareció algo rígido. Optimas estuvieron los intérpretes de las partes secundarias, empezando por el cuarteto de los contrabandistas, Pierre Doyen como Le Dancaire, Loïc Félix como Le Remendado, Sarah Dufresne como Frasquita y Marine Chagnon en el papel de Mercedes, hasta llegar a Simone Del Savio como Moralès y a Xhieldo Hyseni como Zuniga. Como es habitual, la prueba del Coro del Teatro alla Scala dirigido por Alberto Malazzi fue mayúscula; y un aplauso va para los desbocados y traviesos niños del Coro di voci bianche dell’Accademia del Teatro alla Scala dirigido por Brunella Clerici.




 

Friday, November 7, 2025

La Fille du Régiment en el Teatro alla Scala de Milán

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

La fille du régiment volvió a la Scala después de casi veinte años, aunque, en cualquier caso, nunca ha sido un título considerado de casa para el teatro milanés. La opéra-comique en dos actos de Gaetano Donizetti (1797-1848), con libreto en lengua francesa, que alterna diálogos hablados con el canto (peculiaridad de la opéra-comique) de Jules-Henri Vernoy de Saint-Georges y de Jean-François Bayard, fue representada por primera vez en el teatro de la Opéra-Comique de Paris en 1840. La historia está ambientada en los Alpes durante las guerras napoleónicas, y narra la historia de Marie, una huérfana criada por un regimiento francés, que considera a los soldados como sus padres.  Marie se enamora de Tonio, un joven tirolés, quien, para para poder casarse con ella, decide enrolarse. Las complicaciones surgen cuando se descubre que Marie es en realidad la sobrina de la Marquesa de Berkenfield, la cual decide llevársela con ella para ofrecerla en matrimonio a un noble. Después de momentos de comicidad y virtuosismo vocal, como la célebre aria de Tonio: “Ah! mes amis, quel jour de fête!” con sus nueve dos agudos – la ópera concluye con un alegre final: la Marquesa, que en realidad se descubre como la madre de Marie, permite el matrimonio entre Marie y Tonio. Hay que recordar que la Fille es celebre por su brillante espíritu cómico, las dificultades virtuosísticas que se le exigen al tenor y a la soprano, y por la fusión entre el estilo italiano y la tradición francesa.  El histórico espectáculo visto en Milán llegó casi a su veintésimo aniversario, ya que fue estrenado en el Covent Garden de Londres en el 2007 con Nathalie Dessay y Juan Diego Flórez, y posteriormente llegó a escenarios como el de la Staatsoper de Viena, al del Metropolitan de Nueva York, al de San Francisco (con el propio Flórez) y al de la Ópera de Paris. Aquí, en el Teatro alla Scala se dio el regreso del tenor peruano, en uno de sus papeles más representativos. Debe recordarse que la producción escénica original fue reconstruida por el Gran Teatre del Liceu de Barcelona.  El director de escena Laurent Pelly optó por ambientar la narración durante la primera guerra mundial, en lugar del periodo de las guerras napoleónicas, como está previsto en el libreto original.  Tal elección, de acuerdo con el director escénico, fue motivada por la necesidad de una ambientación más cercana al público contemporáneo, y, en consecuencia, de ser mas envolvente.  La ópera se distingue por una ironía punzante y una marcada critica antimilitarista. Así, los gags, que mantienen su vivacidad, resultaron ser siempre refinados y nunca vulgares. Una contribución adicional al éxito de un montaje de este género provino de la notable habilidad actoral de los cantantes, los cuales, como corresponde en una opéra-comique, deben saber sobresalir también en la actuación teatral.  Además, quedó en evidencia la contribución de Agathe Mélinard, quien reelaboró los diálogos a fin de hacerlos más dinámicos y envolventes para un público contemporáneo. Sobre el escenario se colocaron los elementos esenciales para la compresión de la obra, con los cantantes que movían sobre un enorme mapa geográfico extendido sobre el escenario, una clara alegoría de la naturaleza generalizada del conflicto bélico, tema que desafortunadamente, pertenece aun a la trágica actualidad.  La Fille du régiment, ópera construida enteramente con elementos cómicos y sentimentales, encontró en la lectura de Evelino Pidò una figura estilísticamente apropiada. El director turinés, experto frecuentador de este repertorio, guio a la orquesta del Teatro alla Scala con vigor y dinamismo, sin buscar particulares refinamientos.  Aun así, mantuvo un constante dialogo con los cantantes, respirando con ellos, y concentrándose en hacer una narración linear y comunicativa que hizo resaltar la potencialidad expresiva de la partitura. El elenco presentado por el Teatro alla Scala ofreció un desempeño de alto nivel. Los protagonistas Julie Fuchs (Marie) y Juan Diego Flórez (Tonio) interpretaron con bravura los papeles de los dos jóvenes enamorados, desde el punto de vista vocal como en el actoral.  Julie Fuchs evidenció una extraordinaria capacidad en las coloraturas, empleándolas con eficacia, también con fines expresivos, a través de un asombroso virtuosismo y acrobacias vocales de todo género.  Pero también la soprano francesa supo conquistar al público en las dimensiones más íntimas y sentimentales, de gracia a intensidad y lirismo. Su interpretación de “Il faut partir” suscitó una emoción palpable. Por su parte, Juan Diego Flórez, en uno de los papeles que han contribuido a su fama, mostró su refinada musicalidad, la capacidad de frasear con expresión, de pulir las frases musicales y de controlar con precisión el fiato.  De rara intensidad, y muy elegante, fue su interpretación de “Pour me rapprocher de Marie”. Asimismo, Flórez confirmó su habitual desenvoltura en el registro agudo, tanto así que en la celebérrima aria de los nueve dos (Ah! mes amis… pourmon âme) recibió el más fragoroso aplauso de la velada. El Sulpice de Pietro Spagnoli huraño y expansivo conquistó al público con su timbre franco y viril, y con una sincera carga de humanidad. Géraldine Chauvet prestó su voz a una Marquesa de Berkenfield, espontánea y de pastosa voz. Hay que destacar el hecho que, durante la escena de la lección, la propia Chauvet tocó personalmente el piano. Un aplauso también para Barbara Frittoli, que se vistió perfectamente en el papel de la Duquesa de Crakentorp, personaje solo actuado, así como a todos los papeles acompañantes entre los que estuvo el divertido Pierre Doyen (Hortensius), así como Emilio Guidotti (Caporal), Aldo Sartori (un campesino) y Federico Vazzola (el notario). Finalmente, el Coro del Teatro alla Scala, dirigido por Alberto Malazzi, confirmó una vez más su bravura.




 

Friday, January 9, 2015

A Joyous Pijama Party: Offenbach’s Barbe-Bleue at the Opéra de Rennes

Photo: Jef Rabillon

Suzanne Daumann

New Year’s days are party days: Angers Nantes Opéra and the Opéra de Rennes celebrate with an Opera Zuid (Holland) production of Offenbach’s Barbe-Bleue. Offenbach’s Bluebeard is something of a Don Juan whose methods are a bit radical, and his story, all in all, is about home and family. Waut Koeken’s staging, accordingly, takes place in a very domestic environment. Yannick Larrivée has designed a set that consists mainly of an inclined plan, which first is an enormous bed, with flowered bedclothes hinting at shepherd idylls; later it becomes a sofa, and then a kitchen table, complete with red and white chequered tablecloth. Many colourful and slightly crazy details add their charm to the staging: a golden picture-frame, hanging askance on the back wall, houses all kinds of people and situations, umbrellas with pompoms serve as “baldaquin du palanquin”, people come and go through a TV set... The whole ambiance is totally Offenbach: light without being facile or cheap. The costumes are as many variations on the theme of nightclothes – this is some kind of pyjama party! Elsa Baumann’s wonderfully crazy choreographies are doing the rest and everything becomes an irresistible vortex of song, dance, gags and surprises.  The excellent cast are totally up to the challenge: they run and dance and jump and ride on pillows and sing the demanding parts with seeming effortlessness, they caricature and parody with incredible energy and abandon. Mathias Vidal, tenor, is an energetic, lively, charming, human Barbe-Bleue. With his lovely clear and natural timbre he is totally credible and it is obvious that he masters perfectly the belcanto and baroque repertoire. Just as admirable, energetic and sparkling, is Carine Séchaye in the role of Boulotte. Boulotte is a young country girl with country manners and talk, who finds herself accidentally married to the nobleman Barbe-Bleue. She used to be in love with the prince Saphir, disguised as a shepherd and who is in love with the shepherdess Fleurette, who, in her turn, is really Hermia, the daughter of King Bobêche. As Fleurette’s true identity is found out and she is taken to her father’s castle, enters Popolani, Barbe-Bleue’s alchemist, who is supposed to find a new wife for his master. He organises a lottery, and Boulotte wins it. Meanwhile, the king Bobêche, interpreted as a real music hall king by the tenor Raphaël Brémard, is jealous of count Alvarez whom he suspects of being his wife’s lover. He orders count Oscar to execute him. Flannan Obé, tenor, plays the part with brio con fuoco. Barbe-Bleue has presented his wife Boulotte at court: like Eliza Doolittle at Ascot, she let her tongue run away with her, the court is shocked and Barbe-Bleue decides that the needs a new new wife, and he wants her to be the kings daughter whom he has fallen in love with at first sight. Gabrielle Philiponet, soprano, sings that part full of youthful innocence and charm. Barbe-Bleue orders Popolani to send off Boulotte after his other wives. Pierre Doyen, baritone, is Popolani, a crazy professor. Crazy but not inhuman: Popolani, after all, did not kill his master’s wives, but only put them into some kind of sleep. In furious finale, it turns out that the count Oscar also spared his king’s victims, the supposed lovers of the queen. And so we see a fivefold arranged marriage, the wedding of Princess Hermia and Prince Saphir (very funny Loïc Félix, hysterical in turquoise pyjamas in Act 1), and the reconciliation between Barbe-Bleue and Boulotte. Laurent Campellone conducts the Orchestre Symphonique de Bretagne with just the right amounts of verve and tenderness, and shows his acting talents in a spirited intermezzo with Gordon Wilson, the narrator of the story. A delicious party, a glass of musical champagne for this New Year to begin in style: bravi tutti. The performance can be seen at Angers Grand Théâtre on January 11, 13 and 15. 










Une affaire domestique : Barbe-Bleue d’Offenbach à l’Opéra de Rennes


Foto: Jef Rabillon

Suzanne Daumann

C’est la période des fêtes : entre fin d’année et carnaval, Angers Nantes Opéra et l’Opéra de Rennes font la fête avec Barbe-Bleue et Jacques Offenbach, avec une production d’Opera Zuid, co-produit aussi avec l’Opéra National de Lorraine. Chez Offenbach, Barbe-Bleue est une espèce de Don Juan aux méthodes quelque peu radicales, son histoire, tout compte fait, tourne autour du mariage et des affaires domestiques. Par conséquent, Waut Koeken la met en scène dans des décors domestiques. Dans la scénographie de Yannick Larrivée, un plan incliné couvre la scène presque en entier et fait tour à tour office de lit dont la literie fleurie évoque champs et prairies, de canapé rouge et de table de cuisine nappée aux carreaux rouges et blancs gigantesque. S’y ajoutent maints détails loufoques et colorés, que ce soit un cadre doré de travers sur le mur de fond, habité par les personnages et situations les plus diverses, des parapluies à pompons qui font office de « palanquin à baldaquin », une télévision d’où sortent et où disparaissent des personnages…L’ambiance est parfaitement offenbachienne : légère sans être facile, encore moins vulgaire. Les costumes sont autant de variations multicolores du thème du linge de nuit, donnant à l’ensemble des allures de pyjama-party. Avec les chorégraphies d’Elsa Baumann, tout part dans un tourbillon irrésistible de chants, danses, gags et rebondissements. L’excellente distribution n’est pas en reste : on court, danse, saute, chevauche des coussins et chante, mine de rien, apparemment sans effort, ces parties difficiles, on caricature et parodie en se donnant à cœur joie sans jamais en faire de trop. Mathias Vidal, ténor, campe un Barbe-Bleue bien vivant, humain, attachant. Son beau timbre clair et naturel le rend parfaitement crédible, et il est évident qu’il maîtrise le bel canto tout autant que les partitions baroques. Tout aussi admirable, pétillante et énergique, la mezzo-soprano au timbre argentin Carine Séchaye dans le rôle de Boulotte.  Boulotte est une jeune paysanne, aux mœurs et au patois bien campagnards, qui se trouve par hasard mariée à Barbe-Bleue. Précédemment, elle était amoureuse du prince Saphir, déguisé en berger, qui aime, de son côté, la bergère Fleurette qui est en réalité la princesse Hermia, fille du roi Bobêche. Au moment où la vraie identité de Fleurette est connue et elle est transportée au château du roi, surgit Popolani, l’alchimiste de Barbe-Bleue, chargé de trouver une nouvelle épouse pour son maître. Il organise alors un tirage au sort : c’est Boulotte qui sera la femme de Barbe-Bleue. Pendant ce temps, le roi Bobèche, interprété en vrai roi d’opérette par le ténor Raphaël Brémard, est jaloux du comte Alvarez qu’il soupçonne d‘être l’amant de la reine Clémentine, et ordonne au comte Oscar de l’exécuter. Flannan Obé, ténor, interprète ce courtisan avec brio con fuoco.  Pour le mariage de la princesse Hermia et le prince Saphir, Barbe-Bleue avait présenté sa nouvelle femme au roi. Or, Boulotte à la cour, c’est un peu Eliza Doolittle à Ascot, patois et mœurs rurales détonnent dans ce cadre guindé et Barbe-Bleue décide qu’il a besoin d’une nouvelle nouvelle épouse sur-le-champ. D’autant plus qu’il est tombé raide amoureux de la fille du roi, Hermia, interprétée tout en charme et innocence, par la soprano Gabrielle Philiponet.  Il charge alors Popolani d’envoyer Boulotte rejoindre ses autres femmes. Pierre Doyen, baryton, est Popolani, et lui donne des airs de savant fou. Fou mais point furieux : Popolani n’a pas tué les femmes de son maître, il leur a donné une potion magique pour les endormir. Dans une finale déchaînée, il s’avère que le comte Oscar a fait de même avec les victimes du roi Bobêche, les amants supposés de son épouse. On assiste alors à un quintuple mariage arrangé, aux noces de la princesse Hermia et du prince Saphir (très comique également Loïc Félix, hystérique en pyjama turquoise) et à la réconciliation de Barbe-Bleue et Boulotte. Laurent Campellone dirige l’Orchestre Symphonique de Bretagne avec tout ce qu’il faut de verve et de tendresse, et fait preuve de son talent d’acteur dans un intermezzo arrosé lors du changement de décor pour le final. Une fête réussie, une coupe de Champagne musical pour ce début d’année : bravi tutti ! À voir au Grand Théâtre d’Angers les 11, 13 et 15 janvier.