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Sunday, March 6, 2022

Thaïs de Jules Massenet en el Teatro alla Scala de Milán

Foto: Brescia&Amisano

Massimo Viazzo


Es cierto que, a la Scala, Thais llegó esta temporada por primera ocasión en su lengua original (una producción en italiano fue puesta en escena en el lejano 1942 bajo la conducción de Gino Marinuzzi) como es también cierto que para esta ocasión ha hecho las cosas en grande.  Pero yendo en orden, Thais es una obra maestra de Jules Massenet que nunca ha podido afianzarse con regularidad en el repertorio, cuyo libreto está inspirado en la novela de Anatole France que narra la trama terrenal (y ultraterrenal) de la “prostituta santa” aquella Taide que Dante había ya incluido entre los ‘aduladores’ del infierno en su Divina Comedia.  Thais es un símbolo de depravación, de lascivia, de lujuria, que al término de su místico e íntimo recorrido de conocimiento y sabiduría se convierte también en un emblema de redención y salvación, en una relación siempre ambigua y perturbadora entre el goce carnal y la gloria del espíritu, entre deseo y sacrificio, eros y ágape, en una palabra, En la Alejandría paleocristiana Thais hace estragos, difundiendo el verbo del placer y la inmoralidad.  El joven cenobita Athanel pone el ejemplo en el intento de salvarla del pecado, pero el viaje de los dos protagonistas no encontrará un verdadero punto de encuentro, por el contrario, las dos trayectorias se desarrollarán en caminos opuestos. Efectivamente, Thais será redimida mientras que el Mónaco se hundirá en la perturbación carnal despertada poderosamente por el encuentro con la pecadora y futura santa. Marina Rebeka interpretó a la protagonista con una voz extraordinariamente maleable. Volumen precisión, capacidad de sostener los fiati tanto en los crescendos como en los diminuendos, y con una técnica impecable Quizás el único lunar, fue la falta de una verdadera seducción tímbrica conectada al papel de la encantadora. ¡Pero me quito el sombrero por su gran performance! Una grata sorpresa fue el Athanael cantado por Lucas Meacheam. El barítono estadounidense aun poco conocido en Italia, desahogó una vocalidad noble y elegante. Su Athanael de timbre aterciopelado y de emisión mórbida y suave gustó mucho. Giovanni Sala interpretó el personaje del joven alejandrino Nicias con brío y de manera perturbadora y arrogante, combinada con una línea de canto muy musical y claridad de timbre. Las dos esclavas Crobyle y Myrtale, interpretadas respectivamente por Caterina Sala (hermana de Giovanni) y por Anna-Doris Capitelli y la Charmeuse de Federica Guida, formaron un trío excepcional por homogeneidad, soltura y confianza vocal. El solemne Palemon de Insung Sin y la considerada Albine de Valentina Pluzhnikova también convencieron. El espectáculo fue firmado por Oliver Py en su debut en la Scala. Sin caer nunca en la peor cursilería, el director francés supo evocar las perturbaciones de los protagonistas al no tomarse siempre en serio (como debía ser) el libreto de Louis Gallet, llenándolo así de una buena dosis de ironía. La dirección de los movimientos escénicos fue extraordinaria. La referencia a Dante en la escena ambientada en el burdel de Alejandría con la sobreescritura que evocaba las primeras palabras de la Divina Comedia es perfectamente adecuada. En ciertos momentos parecía casi como asistir a un musical, y además en esta edición los ballets se interpretaron correctamente y de manera íntegra. La ligereza, los timbres sedosos y seductores, los vívidos repiques de esta espléndida partitura fueron muy bien destacados por Lorenzo Viotti cuya concertación se centró en el color y la movilidad del fraseo. Viotti parece mostrar una gran afinidad con este repertorio. Excelente coro y bailarines y una nota de aplausos a Laura Marzadori, primer violin de la orquesta, que supo emocionar con una Meditación intensamente lírica.




Thaïs - Teatro alla Scala Milano

Foto: Brescia&Amisano


Massimo Viazzo


Se è vero che alla Scala Thais arriva quest'anno per la prima volta in lingua originale (una produzione in italiano andò in scena nel lontano 1942 sotto la bacchetta di Gino Marinuzzi), è altrettanto vero che la Scala per l'occasione ha fatto le cose in grande. Ma andiamo con ordine. Thais è un capolavoro di Jules Massenet mai entrato stabilmente in repertorio, il cui libretto è ispirato al romanzo di Anatole France che narra le vicende terrene (e ultraterrene) della “puttana santa”, quella Taide che Dante aveva già messo tra gli “adulatori” nell'Inferno della sua Divina Commedia. Thais è simbolo di depravazione, di lascivia, di lussuria, ma, al termine del suo mistico e intimo percorso di conoscenza e consapevolezza, diventa anche emblema di redenzione e salvezza, in un  rapporto sempre ambiguo e conturbante tra i godimenti della carne e le gioie dello spirito, tra desiderio e sacrificio, eros e agape in una parola. Nella Alessandria paleocristiana Thais imperversa diffondendo il verbo del piacere e dell'immoralità. Il giovane cenobita Athanaël adempie al tentativo di salvarla dal peccato, ma il viaggio dei due protagonisti non troverà un vero punto di incontro, anzi le due traiettorie si evolveranno in modo contrapposto: Thais sarà effettivamente redenta, mentre il monaco si macererà nei turbamenti carnali risvegliatisi  potentemente in lui dall'incontro con la peccatrice e futura santa. Marina Rebeka intepreta la protagonista con voce straordinariamente malleabile. Volume, precisione, capacità di sostenere i fiati sia nei crescendi che nei diminuendi. Tecnica impeccabile. Unico neo, forse, la mancanza di una vera seduzione timbrica connessa al ruolo della ammaliatrice. Ma, giù il cappello per una grande performance! Una bella sorpresa l'Athanaël cantato da Lucas Meachem. Il baritono statunitense, ancora poco noto in Italia, ha sfoggiato una vocalità nobile ed elegante. Il suo Athanaël dal timbro vellutato e di emissione morbida e levigata è piaciuto molto. Giovanni Sala ha impersonato con verve e spavalderia  unite ad una linea di canto musicalissima e nitidezza timbrica il personaggio del giovane alessandrino Nicias. Le due schiave Crobyle e Myrtale, interpretate rispettivamente da Caterina Sala (sorella di Giovanni) e da Anna-Doris Capitelli e la Charmeuse di Federica Guida hanno formato un trio eccezionale per omogeneità, spigliatezza e sicurezza vocale. Convincenti pure il solenne Palemon di Insung Sin e la premurosa Albine di Valentina Pluzhnikova. Lo spettacolo è stato firmato da Oliver Py al suo debutto scaligero. Senza mai cadere nel peggior kitsch il regista francese ha saputo evocare i turbamenti dei protagonisti non sempre prendendo sul serio il libretto di Louis Gallet (come è giusto che sia) infarcendolo così di una buona dose di ironia. Straordinaria la direzione dei movimenti scenici. E perfettamente azzeccato il riferimento a Dante nella scena ambientata nel bordello di Alessandria con le sovrascritte evocanti l'incipit della Divina Commedia. In certi momenti sembrava di assistere quasi ad un musical, e oltretutto in questa edizioni i balletti sono stati giustamente eseguiti integralmente. Le vaporosità, le timbriche setose e seducenti, i clangori vividi di questa splendida partitura sono stati evidenziati al meglio da Lorenzo Viotti la cui concertazione ha puntato sul colore e sulla mobilità del fraseggio. Viotti  sembra mostrare grande affinità con questo repertorio. Ottimi il coro e i ballerini e una nota di plauso alla spalla Laura Marzadori che ha saputo emozionare con una Meditation intensamente lirica.

Saturday, March 9, 2019

La Cenerentola en el Teatro alla Scala de Milán


Foto: Brescia&Amisano

Massimo Viazzo

A cinco años de la muerte de Claudio Abbado, la Scala decidió recordarlo recuperando uno de sus espectáculos más célebres. Así, como tercera ópera de la temporada se puso en escena La Cenerentola de Rossini con la histórica producción de Jean-Pierre Ponnelle. Han pasado mas de cuarenta años desde que Ponnelle y Abbado revolucionaron la manera de entender la música rossiniana, toda construida sobre una geometría perfecta, con elementos de relojería, listos para crear situaciones de marionetas como también surrealistas. Se trataba del inicio de un “Rossini Renaissance” del que no se podía dar marcha atrás, y desde entonces el espectáculo de Ponnelle (cuyo estreno absoluto no fue en Milán sino en el Maggio Musicale Fiorentino) fue prácticamente saqueado por todos los directores de escena, con la consecuencia de que muchas situaciones escénicas se convirtieron tan familiares que fueron perdiendo poco a poco su arrebatadora fuerza. De cualquier manera, La Cenerentola de Ponnelle permanece como piedra angular del teatro rossiniano y esta nueva reposición, encargada a Grischa Asagaroff, ha confirmado su importancia histórica. La dirección orquestal fue de Ottavio Dantone quien encontró particularidades interesantes en la partitura, aunque por momentos pareció estar más atento al detalle que a su misma estructura en conjunto Marianne Crebassa, como la protagonista Angelina, gustó por la belleza de su timbre bronceado, la precisión de la coloratura, y la melancolía que supo infundir a las partes más intimas. Le faltó quizás un poco de electricidad en la ejecución del vertiginoso virtuosismo rossiniano. A pesar de una disminución en la voz anunciada desde el inicio, Maxim Mironov, dotó de elegancia y gracia al canto del príncipe Ramiro, aun con un volumen reducido. Carlos Chausson interpretó un Don Magnifico cargado un poco por aquí y por allá en sus intenciones, pero siempre bien cantado con voz segura y timbrada. Divertido estuvo el Dandini de Nicola Alaimo a sus anchas en cada situación vocal y escénica. Respetable el desempeño de Erwin Schrott como Alidoro. Como las hermanastras, ambas alumnas de la Accademia del Teatro alla Scala, Anna-Doris Capitelli fue una apreciable Tisbe, mientras que Tsisana Giorgadze interpretó a Clorinda de un modo algo caricaturesco, con una línea de canto que por momentos se confundía con el parlato.  El coro siempre en gran forma con mucho éxito al final.

La Cenerentola - Teatro alla Scala


Foto:Brescia&Amisano

Massimo Viazzo

A cinque anni dalla scomparsa di Claudio Abbado la Scala ha deciso di commemorarlo recuperando uno degli spettacoli che lo hanno reso celebre. Ecco che quindi come terza opera della stagione è andata in scena La Cenerentola di Rossini nell’allestimento storico di Jean-Pierre Ponnelle. Sono passati più di quarant’anni da quando Ponnelle e Abbado rivoluzionarono il modo di intendere la musica rossiniana, tutta costruita su geometrie perfette, congegni ad orologeria pronti a innescare situazioni marionettistiche e anche surreali. Era l’inizio di una “Rossini Renaissance” da cui non si poteva più tornare indietro. E da allora in poi lo spettacolo di Ponnelle (che in prima assoluta andò in scena non a Milano ma al Maggio Musicale Fiorentino) fu saccheggiato praticamente da tutti i registi, con la conseguenza che molte situazioni sceniche sono diventate così familiari da perdere poco a poco la forza prorompente. La Cenerentola di Ponnelle resta comunque una pietra miliare del teatro rossiniano e questa nuova ripresa curata da Grischa Asagaroff ne ha ulteriormente confermato l’importanza storica. La direzione orchestrale è stata affidata ad Ottavio Dantone che ha scovato particolari interessanti nella partitura ma a volte è parso più attento al dettaglio che alla struttura dell’insieme. Marianne Crebassa, la protagonista Angelina, è piaciuta per la bellezza del suo timbro brunito, la precisione della coloratura, la melanconia che ha saputo infondere nelle parti più intime. Mancava forse un po’ di elettricità nel rendere il vertiginoso  virtuosismo rossiniano. Maxim Mironov, nonostante un calo di voce annunciato prima della recita, ha donato eleganza e grazia al canto del principe Ramiro, pur con un volume ridotto. Carlos Chausson ha interpretato un Don Magnifico qua e là un po’ caricato nelle intenzioni, ma sempre ben cantato con voce sicura e timbrata. Divertente il Dandini di Nicola Alaimo a proprio agio in ogni situazione vocale e scenica. Ragguardevole la prova di Erwin Schrott come Alidoro, e delle due sorellastre, entrambe allieve dell’Accademia del Teatro alla Scala, apprezzabile la Tisbe di Anna-Doris Capitelli, mentre Tsisana Giorgadze ha interpretato Clorinda in modo un po’ troppo caricaturale, con una linea di canto che a volte si confondeva con il parlato. Coro sempre in forma e grande successo alla fine