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Friday, March 11, 2022

Los Gavilanes en Oviedo

Fotos: Alfonso Suárez


Ramón Jacques


La Gavilanes zarzuela en tres actos y cinco cuadros en prosa de Jacinto Guerrero: fue el titulo elegido para inaugurar la edición XXIX del Festival de Teatro Lírico Español que se celebra anualmente en la ciudad de Oviedo, y que a lo largo de varios meses ofrecerá representaciones en el Teatro Campoamor de El Rey que Rabió de Ruperto Chapí, Katiuska de Pablo Sorozábal, María Moliner de Antoni Perera Fons, además de una gala lírica, y un par de conciertos más. La obra se montó con la nueva producción escénica traída del Teatro de la Zarzuela de Madrid, escenario donde inexplicablemente el título no había sido visto desde casi veinte años, a pesar de su popularidad.  Los diseños de Ezio Frigerio con imágenes transmitidas en una pantalla al fondo del escenario, algunas estructuras metálicas que subían y bajan durante la función, coloridos y bien hechos atuendos de Franca Squarciapino, la buena iluminación de Vinicio Cheli, y la detallada y puntual dirección escénica del experimentado director Mario Gas (notable en el 2021 por su célebre adaptación escénica de Pedro Páramo del novelista mexicano Juan Rulfo en el Teatro Romea de Barcelona) situaron la acción en un lugar indeterminado en la región de Provenza, que bien podría ser España, creando un espectáculo visualmente estimulante y atractivo para los espectadores, con alegres y  precisos bailables, coros, comparsas y solistas que lograron un buen espectáculo.  Ante este marco, es difícil no aludir, aunque sea brevemente, al debate sobre porqué la zarzuela, que utiliza todos los recursos a su alcance, como cualquier otra obra lírica, que posee brillantes arias, romanzas, dúos, partes corales y atractivas orquestaciones, no logra afianzarse dentro del repertorio lirico de los teatros internacionales.  Las respuestas que se escuchan frecuentemente es que se trata de un género muy español, muy apegado al folclore español, el tema de los diálogos hablados, las parejas cómicas, su dificultad para cantarla etc. Pero ¿Acaso la opereta, las operas checas, rusas o la opera-cómique no contienen los elementos anteriores señalados y se han universalizado gracias en parte a los subtítulos? Es una pregunta que aun quedará sin respuesta, lo cierto es que quienes ponen su empeño por mantener el género vivo lo hacen muy bien. Los Gavilanes es además un titulo que toca un tema que tiene vigencia en la actualidad, que es el de la emigración.  En el podio, la Oviedo Filarmonía fue dirigida con maestría y conocimiento por el maestro Miguel Ángel Gómez Martínez, quien dirigió con seguridad y pericia, entusiasmo, alegría, y consideración por las voces sobre el escenario. Ángel Òdena se mostró muy desenvuelto y seguro en escena interpretando a Juan ‘el Indiano’ (termino utilizado en España para describir a los que emigraban a América y volvían). El barítono tarraconense desplegó en su canto un timbre robusto, matizado y buen gusto en el fraseo. Por su parte el tenor José Bros, interpretó de manera correcta al personaje de Gustavo, con su inconfundible timbre lírico, casi solar, sobresaliendo especialmente en la conocida romanza “Flor roja”.  Carmen Solís personificó a una apasionada y bien cantada Adriana; y Beatriz Díaz una juvenil y radiante Rosaura, tanto en lo vocal como en lo escénico.  Destacados el resto de los intérpretes del elenco como Lander Iglesias en el papel de Clariván y Esteve Ferrar como Triquet, sin olvidar la aportación de los bailarines y la entusiasta Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” en sus intervenciones. Como nota personal, Los Gavilanes fue la primera zarzuela que yo escuché en vivo, esto fue en mi infancia, en el Teatro San Pedro de la ciudad de Monterrey, Nuevo León México. 




 

Monday, January 19, 2015

Un Ballo in maschera en Bolonia

Foto: Rocco Casaluci

Anna Galletti

Riccardo, gobernador de Boston en plena campaña política, entra a la escena con la security, y el lugar en el que aparece es la moderna sede de dicha campaña con computadoras, smart phones y luces de neón. Desde el primer momento, el riesgo para el público es dejarse llevar solamente por la dirección de Damiano Michieletto, desconcertante aunque minimalista, casi gráfica, aunque también segura, inteligente y jamás contradictoria. Para apreciarla hay que ser admirador incondicional de Michieletto o tener la capacidad de considerarla simplemente por lo que es: excepcional. No gustó a todo el público y lo que se puede decir, más allá del prejuicio que algunos tienen hacia los montajes modernos, es que le puede faltar magia. Existe el riesgo de salir del teatro con la sensación de haber recibido un golpe en el estómago en vez de  haber sido envuelto en una noche mágica. A esta sensación contribuye también la falta de una identidad precisa de los personajes. El bien y el mal, el trágico y el cómico, se mezclan y coexisten en todos los personajes. Riccardo es un político egocéntrico, narcisista y “sabelotodo”. Goza aparecer frente a tele cámaras y micrófonos, no obstante le hayan vaticinado la muerte, busca su humanidad en un amor más  deseado que real, pero el fondo ama y sufre por amor. Renato es un guardaespaldas fiel hasta la muerte, que cree totalmente en su rol, cuya fidelidad sucumbe frente a la supuesta traición de su mujer y a la vergüenza que la misma conlleva. Cuando por primera vez aparece Amelia en el escenario, en la cueva de la maga, se ve una mujer alta burguesa, algo neurótica, cuyas inquietudes de amor representan un medio para salir de la cotidianidad y que lucha hasta el último momento para poner a salvo a su enamorado. Ulrica es una buena representación entre una moderna santona y una predicadora televisiva. Con pocos ademanes y mucha altanería logra atraer a las multitudes. Sin embargo, se quedó perturbada por el destino que ella misma le profetizó a Riccardo. Oscar deja su rol de paje y se presenta como una mujer algo frívola, responsable de la oficina de prensa de Riccardo, verosímilmente no indemne a la fascinación por su jefe. Ella es fiel pero no tanto para resistir a la amenaza de un arma, frente a la que revela el disfraz de Riccardo condenándolo a muerte. Transversalmente a la opera y a los personajes, se destaca aún más que en una representación tradicional la ironía, o la liviandad de la que Verdi impregnó su ópera, y que en esta lectura moderna tal vez desemboca en claro sarcasmo. Al final de cuentas, este “Ballo” no permite que se sueñe, sino instiga a la reflexión. Aún así, tiene su magia. No se encontró solamente en las notas y en las arias de Verdi lo que la Orquesta del Teatro Comunale devolvió impecablemente bajo la dirección de Michele Mariotti, cuya manifiesta sintonía con la agrupación es garantía de éxito en lecturas meticulosas y no necesariamente previsibles; si no que surgió también de la fusión de imágenes y palabras, lo que exigió al espectador el esfuerzo de ir más allá del sentido literal del libreto y de “mirar” a la opera con los ojos de su director. Surgió, poderosa, en la tragedia final, que fue solamente humana, lejos de reflectores y micrófonos, y dejada con expediente sugestivo en manos de Riccardo quien ya muerto, le costaba alejarse de su gente. Al término, ovación para Gregory Kunde, quién en otra vida, al cansarse de ser tenor, estará sin duda en condición de entregarse con igual éxito a la carrera política. En el teatro, al final, todos los espectadores fuimos “Kundians” y en esta calidad le pedimos que por favor no lo haga y ¡siga cantando! Ovación también para Luca Salsi (Renato) cuya voz redonda y cautivadora sedujo al público. El todavía joven barítono se encuentra a un paso de llegar a la plena madurez artística, para la que quizás le falte una cierta intensidad de interpretación. Se dice con el convencimiento que él, ya excelente cantante, tenga todavía algo más que dar. Maria José Siri comenzó de manera que no persuadió totalmente, pero luego creció y ofreció lo mejor en el dueto en el que Amelia confesó su amor a Riccardo. Elena Manistina interpretó con seguridad y debida altivez el rol de la moderna maga; Beatriz Díaz se desempeñó con brillantez vocal en la interpretación de Oscar; positiva fue también la prueba de Fabrizio Beggi y Samuel Lim, enemigos jurados de Riccardo. 

Saturday, June 18, 2011

Il Trittico en el Teatro Colón de Buenos Aires

Fotos: Teatro Colón de Buenos Aires

Dr. Alberto Leal

Doy mi opinión sobre el primer elenco de esta puesta escenica del Il Trittico. Creo que Stefano Poda generó una puesta demasiado lúgubre, tampoco comparto el cambio de orden que dispuso en los títulos y tendría que tener en claro que las actualmente populares puestas “acuáticas” en Europa ya fueron vistas aquí este mismo año, en el Onegin del Teatro Argentino de La Plata, con más sentido que el apreciado en "Gianni Schicchi" y "Suor Angelica", ya que en "Il Tabarro" puede tener algo más de lógica. Logró algunos momentos de belleza visual, como el coreográfico caminar de la hermanas en Suor Angelica y la escenografía fue por momentos un factor positivo al igual que la iluminación. Pero el estatismo fue un factor de aburrimiento que es casi impensable en el tríptico, agravado en Il Tabarro. Además, la lentitud de movimientos – como efecto – fue lograda solamente a medias, siempre alguna acción rompía el efecto, cosa que no ocurre con algunas de las puestas de Robert Wilson, de quien tuve la suerte de ver su Butterfly en Los Angeles, y el efecto se mantenía todo el tiempo y por todos los personajes, de una manera tal vez robótica, pero de indudable fuerza. Aquí reinó el aburrimiento, la oscuridad, lo lúgubre. El vestuario, totalmente en negro y atemporal, en las tres operas, no contribuyó a aliviar lo visual para el espectador. En resumen, momentos de belleza plástica en una puesta totalmente olvidable. El Maestro Richard Buckley dirigió en estilo y con fuerza la Orquesta Estable, que sonó en general con excelente nivel. Solamente es criticable la falta de balance entre orquesta y foso. Por momentos, los cantantes con voces de menor volumen fueron tapados por la misma. La ya mítica figura de Juan Pons fue lo más destacable de la velada. A pesar del paso del tiempo su voz mantiene un hermoso timbre de barítono dramático, cantando con admirable dicción, impecable afinación y demostrando una vez más su calidad actoral, adecuando su accionar a cada uno de los papeles que le tocó interpretar.
La soprano Amarilli Nizza es una lírico de buen volumen con un timbre un tanto metálico y un, por momentos, molesto vibrato en la zona aguda. No lució en Il Tabarro, básicamente debido a su carencia de graves audibles, aunque siempre se mostro como una buena actriz. Mejoró su trabajo en Suor Angelica, basado en su labor actoral, generando un drama algo exterior, pero con efecto. Por el momento parece más destinada a roles de lírico que de spinto, cosa que quedó a la vista en Il Tabarro. Creo que para muchos de los presentes todavía será inolvidable la versión de años atrás de Cristina Gallardo Domas. Carl Tanner es un tenor con un timbre de voz no especialmente bello, posee un importante volumen pero su técnica lo lleva a emitir los agudos en forma muy abierta que afean su canto.
Agnes Zwierko es una mezzo que posee buen volumen y graves rotundos. Su técnica vocal no genera un canto parejo a través de todo su registro. No lució lo suficiente en Il Tabarro, mejoró en Gianni Schicchi, pero su actuación fue más convincente en Suor Angelica, aunque fue perjudicada por la reggie, ya que su entrada, pieza fundamental de la obra, pasó casi desapercibida. Creo que la contratación de Beatriz Diaz fue totalmente innecesaria. Aunque canta con buena técnica y apropiado gusto, su voz es pequeña en volumen y tengo la certeza que varias sopranos de nuestro medio pueden brindar una Lauretta de mejor nivel. Creo que la lista de nombres locales que pueden cantar a su nivel o mejorarlo no entraría en esta crítica. Los cantantes locales cumplieron en muy buena forma los roles asignados. Darío Schmunck volvió a brindarnos su bello timbre y exquisita musicalidad, aunque la orquesta de Puccini no parece la más adecuada para el volumen de su voz. Del resto del numeroso elenco se destacaron especialmente Mario De Salvo como Simone y María Luján Mirabelli, cantando una celadora con potente voz y la personalidad requerida.