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Friday, January 20, 2023

Mirandolina en Bolonia

Foto: Andrea Ranzi

Roberta Pedrotti

Por ser una obra rara, ajena al repertorio actual, de un compositor no precisamente familiar a nuestras carteleras, Mirandolina de Bohuslav Martinů (1890-1959) disfrutó de cierta fortuna italiana en el siglo XXI: en 2003 en Lugo di Romagna (coproducción con Wexford, donde Riccardo Frizza subió al podio), el conductor Polastri y el director Curran; en 2016 en la Fenice de Venecia, con conducción de Axelrod y la dirección de Aliverta; hoy, como inicio de la temporada 2023 para el Teatro Comunale de Bologna, la directora Oksana Lyniv y Gianmaria Aliverta lo la hace nuevamente. Sin embargo, no se trata de una verdadera reposición, aunque la idea básica sea la misma, ya que hoy nos encontramos ante la necesidad de una nueva producción que sea una puesta semi-escénica sobre el escenario del Auditorio Manzoni compartida entre cantantes. y orquesta. El teatro Comunale está cerrado por reformas y la temporada de ópera se traslada a la zona de Fiera (feria), pero para el preestreno nos quedamos en el centro, como el año pasado, cuando se propuso en concierto el primer acto de Die Walküre. Hoy se evita la forma de oratoria pura y simple, y es una gran fortuna que una comedia basada literalmente en la locandiera goldoniana prefiera sufrir con los cantantes bloqueados detrás de los atriles. Aliverta, pues, hace lo que puede y lo hace bien; se sabe, es precisamente haciendo virtud de la necesidad con medios mínimos como se ha señalado. No se necesita mucho y no solo porque debe ser suficiente, sino porque realmente se puede lograr mucho con algo de luz de color, dos sillas de jardin, dos perchas, una tabla de planchar, una bañera, trajes elegidos para acompañar una caracterización efectiva de los personajes, un buen juego de actuación. Por otro lado, el primer mandamiento del director, seguido por Aliverta, es tener buenas actuaciones, condición sine qua non para materializar cualquier idea, sea buena o cuestionable. Y cuando estallan algunas risas en la sala, tenemos la confirmación de que el espectáculo dio en el blanco. También porque, a decir verdad, puede que no sea fácil reír y divertirse con Mirandolina, especialmente para un público de habla italiana. Músico distinguido que combina la lengua eslava de sus orígenes con la fascinación por los ambientes mediterráneos ya experimentados muchos antes que él (y el Saltarello de esta obra se mira hacia Mendelssohn), Martinů en sus últimos años de vida se dedicó a componer Mirandolina directamente a partir del texto de Goldoni, apoyándose en el italiano aprendido durante sus estancias en la península. Un resultado extraordinario, si se piensa en la proeza del bohemio luchando con esta lengua, un poco menos si se mira solo al resultado puro, que adolece de una imperfecta familiaridad con la acentuación y la prosodia italiana, tan diferente de su lengua materna (A propósito, cambió el signo sobre la u final de su apellido con un acento tónico para pronunciarlo Martinù: la tónica está en la primera sílaba).  Paradójicamente, el primer elenco checo (17 de mayo de 1959) debió estar más a gusto que una compañía como esta de Bolonia, casi todos hablantes nativos y por lo tanto a menudo comprometidos con acentos y escaneos distintos a los instintivas, en busca del espíritu de la comedia, de la ligereza, malicia e insinuaciones. A pesar de los guiños dispersos de Gianmaria Aliverta (a la evidente relación entre Ortensia y Dejanira se le suma el inevitable juego sobre el Caballero enemigo de las mujeres), a los que les costó un poco salir adelante con la concertación de Oksana Lyniv, quien también tuvo que lidiar con un equilibrio acústico que no fue precisamente fácil. La orquesta sonó bien, muy bien, la precisión en la interpretación de una partitura muy compleja fue verdaderamente admirable por parte de todos; sin embargo, el peso instrumental a menudo pareció apabullante y poco inclinado a la sonrisa, tanto que los mejores momentos fueron sin duda los interludios con sus colores a menudo sombríos y, en general, el último acto, cuando con la disolución de la trama y la explosión de la pasión del Cavaliere, los tonos de pasión de se volvieron un poco más encendidos. De cualquier manera, el elenco, merece un aplauso colectivo e incondicional. La ucraniana Olga Dyadiv tiene una excelente pronunciación, con un toque apenas exótico en sus parlati, una figura adecuada, una voz fina y precisa en una parte muy compleja en cuanto a la articulación, en el estilo recitativo checo derivado de Janáček pero con texto italiano, así como poco espacio para la explosión cantabile o virtuosa. Simone Alberghini, marqués de Forlimpopoli, recuerda a Alberto Sordi por su capacidad de caracterizar con el gesto y la voz, en lo cómico y en lo dramático, creando máscaras y no caricaturas; y Omar Montanari perfiló el tipo áspero y propenso al exceso del Cavaliere di Ripafratta sin que el personaje se le vaya de las manos con inútiles énfasis o perdiendo el control de la emisión. El trío de invitados masculinos se completó con Andrea Schifaudo adecuadamente patán como Conte d'Albafiorita, mientras que la pareja (de facto) de comediantes Ortensia y Dajanira estuvieron bien interpretadas por Giulia Dalla Peruta y Aloisia Aisemberg, graciosa muñeca y "marimacha" masculina, respectivamente. Leonardo Cortellazzi confirmó toda su clase de tenor en el papel de Fabrizio, muy bien cantado y con una pizca de franca altivez que le va muy bien al amante de Mirandolina. Haruo Kawakami interpretó muy bien el papel del sirviente del Cavaliere, mientras que Alessandro Pasini (también asistente de dirección) y Filippo Gonnella fueron dos audaces sirvientes del escenario y clientes de la posada. El público fue numeroso: hubo quienes apreciaron esta versión musical de Goldoni y hubo quienes se mantuvieron un poco más fríos, los comentarios abarcan un amplio espectro que no se detiene en la forma del vestuario ni en la duración de los agudos, sino que se centra en la obra, en el tratamiento del texto, en la interpretación de la música en la relación entre voces, orquesta y acción. El balance final de los aplausos es positivo: eso es bueno.

Saturday, December 9, 2017

DITTICO Che originali - Pigmalione – Teatro Sociale Bergamo

Foto: Teatro Sociale di Bergamo

Renzo Bellardone

Per gli appassionati di una qualsivoglia arte o disciplina risulta sempre  gratificante  scoprire nuovi aspetti e nuova luce sull’argomento che loro interessa. Il Donizetti Opera Festival compie la brillante opera di riproporre opere non conosciute al pubblico contemporaneo, che dopo una quasi  irreale passeggiata a Bergamo Alta entra nell’unicum del Teatro Sociale e gode delle scoperte. Decisamente interessante risulta la  proposta della Fondazione Donizetti 2017  ‘Dittico’ che inizia con  ‘Che Originali’ ovvero una Farsa per musica di Giovanni Simone Mayr,  uno dei maggiori operisti in Europa tra la fine del Settecento e l’inizio dell'Ottocento il quale durante la sua attività  in Italia, fu maestro di Gaetano Donizetti in quel di  Bergamo. La narrazione racconta  di Don Febeo, dilettante appassionato di musica, che a causa della sua passione fa letteralmente impazzire chi lo frequenta , complicando loro la vita.  Nella rappresentazione bergamasca  la regia di Roberto Catalano è vivace e brillante e mantiene la caratterizzazione della classica farsa; i costumi di Ilaria Ariemme  si rifanno a sprazzi alla commedia dell’arte, mentre le scene di Emanuele Sinisi rimandano alla contemporaneità ed al futuro: contemporaneità quando il fondale è una tela tagliata con evidente richiamo alle opere di Fontana, mentre quando, caduto il fondale, la scena si apre sull’allestimento dell’opera successiva ‘Pigmalione’ si viene a creare una sorta di filo conduttore tra le arti in questione, prima la musica e poi la scultura, in una sorta di omaggio all’avanguardia artistica americana della seconda metà del Novecento appena trascorso. Ritornando a ‘Che Originali’ di Mayr  un commento positivo va al direttore Gianluca Capuano ed all’Orchestra dell’Accademia della Scala che sanno mantenere il sapore dell’epoca della scrittura. Venendo agli artisti  il protagonista Don Febeo incontra Bruno de Simone ben avvezzo ai ruoli brillanti ed in effetti sa esprimere un bel colore ed una certa incisività. Chiara Amarù mezzosoprano frequentatrice di Rossini sa rendere con vivacità e brillantezza Aristea,  ‘Chi dice mal d’amore’ ed è subito piacevolezza. Leonardo Cortellazzi interpreta Don Carolino, ma in effetti ricopre ben più di un ruolo a causa dei continui travestimenti: voce piacevole dai toni sicuri con fraseggio accurato ed allegra presenza scenica (recentemente apprezzato alla Scala in ‘Il Trionfo del tempo e del disinganno). Angela Nisi giovane soprano pugliese ha carisma ed anche un bel timbro, con facilità alle repentine variazioni tonali. 

Omar Montanari affermato baritono si muove con estrema spigliatezza ed il bel colore della voce fa apprezzare in pieno il ruolo. Gioia Crepaldi interpreta Celestina  ‘ Marito mi chiede..’ , mentre Pietro di Bianco veste i panni di Carluccio: entrambi risultano a loro completo agio sul palco e convincono il pubblico per l’espressione vocale. La seconda parte della  proposta prevede ‘Pigmalione’ di Gaetano Donizzetti, quasi un’opera studio, considerando che al momento della composizione l’autore non aveva ancora vent’anni; in ogni caso sia l’argomento che la partitura mi sono apparse molto contemporanee: i dilemmi e le manie dei nostri giorni, le situazioni tunnel da cui non  si sa più come uscirne, trovano in quest’opera di nemmeno 40 minuti , uno specchio irrinunciabile. Antonino Siragusa, da conclamato  mattatore qual’ è tiene il palco da solo per quasi tutto lo spettacolo senza cedimenti interpretativi e vocali. Il tenore ha l’abilità di rappresentare con il confermato ottimo  utilizzo vocale e  con estrema realtà tutte le titubanze e paure del personaggio; Siragusa conferma  l’utilizzo molto espressivo della voce, che emette con sicurezza nonostante la situazione di estrema difficoltà. La protagonista femminile Galatea è interpretata da Aya Wakizono, già apprezzata nella piccolissima parte nel ‘Borgomastro di Saardam’ (cartellone 2017 Donizetti Opera Festival); anche in questo caso canta poco, ma riesce a farsi apprezzare per la brillantezza e cristallinità offerte.

Sunday, December 13, 2015

El Barbero de Sevilla en el Teatro Filarmónico de Verona

Foto: Ennevi

Francesco Bertini

El Teatro Filarmónico de Verona puso en escena una vivaz versión de El Barbero de Sevilla de Rossini. El punto de fuerza del espectáculo fue constituido por una centelleante producción de Pier Francesco Maestrini director y vestuarista, y de Joshua Held creador de las escenografías animadas.  La intensa puesta está ambientada dentro de una fantasiosa caricatura en una reinterpretación de los personajes a la luz de una divertida desviación rossiniana ya que todos son gordos como el autor y así se movían sobre la escena. Al mismo tiempo en el fondo se realizaban proyecciones animadas las cuales crearon divertidas escenas y gags que cambiaban constantemente. Aquí se vieron elementos cinematográficos que evocaban los mas celebres dibujos animados.  La fusión entre la acción escénica y las imágenes fue prodigiosa, y los cantantes formaron un uno con los inventos visuales además que se insertaban dinámicamente en la narración. Por momentos se tuvo la impresión de un abuso en la constante propuesta de escenas pero el buen resultado final lo aseguró la fluidez de las ideas. El resultado musical se impuso con la presencia de Stefano Montanari, director que ofreció una lectura personal que puede levantar interrogantes ya que manipuló la partitura interpolando algunas intuiciones, segundo una visión propia rossiniana que indudablemente lleno de energía a la partitura en detrimento de una unidad segura. Los repentinos cambios de ritmo dieron vigor a la concertación que prestó gran atención a las dinámicas, con el cuidado de las diversas sesiones orquestales y la constante presencia del clavecín, que tocó el propio Montanari. Entre los intérpretes se distinguió el siempre desenvuelto Bartolo de Omar Montanari, barítono cómico en el punto justo y constantemente atento al canto limpio de las incrustaciones tradicionales. Christian Senn repuso su reconocido Fígaro, dinámico y desenvuelto aunque puntiagudo en el fraseo. Edgardo Rocha, el conde Almaviva, interpretó el papel con entereza, obteniendo la aprobación del publico después del ‘Cessa di più resistere’, frecuentemente omitido. A pesar de que su instrumento parece reducido en el volumen y por momentos no tan bien proyectado, su vocalidad si impuso por su desenvuelta agilidad y atención a las palabras.  Menos convincente estuvo Marco Vinco un Basilio un poco sumario y escénicamente divertido. Rosina le fue confiada a Annalisa Stroppa quien captó la escancia de la joven pupila distraída, sin exasperar la escritura rossiniana. La orquesta y el coro de la Arena de Verona resultaron convincentes. Las reacciones de entusiasmo del público no escondieron algunas desaprobaciones al director.

Il Barbiere di Siviglia - Teatro Filarmonico de Verona


Foto: Ennevi

Francesco Bertini

Prima della pausa estiva, per il passaggio di testimone al Festival areniano, al Teatro Filarmonico di Verona va in scena una spigliata edizione di Il barbiere di Siviglia di Gioachino Rossini. Il punto di forza dello spettacolo è costituito dal frizzante allestimento di Pier Francesco Maestrini, regista e costumista, e di Joshua Held, ideatore delle scenografie animate. L’intera vicenda è ambientata in un fantasioso cartoon che rilegge i personaggi alla luce di una divertente deviazione rossiniana: tutti sono ingrassati, come l’autore, e si muovono rubicondi in scena. Nel frattempo il fondale offre lo spazio per le proiezioni animate le quali creano scenette divertenti e gag costantemente cangianti. Vi si ritrovano elementi cinematografici e rimandi ai più celebri cartoni animati. La fusione tra l’azione scenica e le immagini è prodigiosa: i cantanti formano un tutt’uno con le invenzioni visive e si inseriscono dinamicamente nella narrazione. Solo a tratti si ha l’impressione di un abuso nella costante proposizione di scenette ma la buona riuscita finale è assicurata dalla scorrevolezza delle idee. La resa musicale s’impone per la presenza di Stefano Montanari. Il direttore offre una lettura personale che può destare interrogativi: egli manipola la partitura, interpolando qualche intuizione, secondo una propria visione rossiniana che indubbiamente vivacizza l’opera, a scapito però di una sicura unitarietà. I repentini cambi di ritmo danno vigore alla concertazione che presta grande attenzione alle dinamiche, con la cura delle varie sezioni orchestrali e la presenza costante del clavicembalo, a cui siede lo stesso Montanari. Tra gli interpreti si distingue il sempre spigliato Bartolo di Omar Montanari, baritono comico al punto giusto e costantemente attento al canto ripulito dalle incrostazioni tradizionali. Christian Senn ripropone un collaudato Figaro, dinamico e spigliato benché un po’ spigoloso per fraseggio. Edgardo Rocha, Il conte d’Almaviva, esegue il ruolo nella sua interezza, ottenendo l’approvazione del pubblico dopo il rondò ‘Cessa di più resistere’, spesso omesso. Nonostante lo strumento appaia ridotto nel volume e a tratti non ben proiettato, la sua vocalità si impone per disinvolta agilità e attenzione alla parola. Meno convincente Marco Vinco, Basilio un po’ sommario ma scenicamente esilarante. Rosina è affidata al mezzosoprano Annalisa Stroppa che coglie l’essenza sbarazzina della giovane pupilla senza esasperare la scrittura rossiniana. L’Orchestra e il Coro dell’Arena di Verona risultano convincenti. Le reazioni festanti del pubblico non nascondono qualche dissenso verso il direttore.