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Sunday, September 2, 2018

La ópera de los tres centavos en Boston



Foto: Liza Voll

Lloyd Schwartz

“La ópera de los tres centavos” que fue la sensación en la temporada teatral berlinesa de 1928, sirvió para consolidar las carreras del compositor Kurt Weill y del poeta Bertolt Brecht. Este irresistible, musical y amargamente satírico drama musical fue una actualización de Beggar’s Opera de John Gay compuesta de 1727. La nueva producción de la Boston Lyric Opera tuvo un elenco sólido, y el montaje fue del director angelino James Darrah. Todo comenzó favorablemente, en una inquietante y nebulosa escena con misteriosas figuras como estatuas. El cantante callejero, el barítono Daniel Belcher, caminaba en círculos cantando el famoso “Moritat” sobre los crímenes de Mack the Knife, Gran parte del canto fue bueno, especialmente el de Kelly Kaduce, quien se veía atrapada en la concepción de Darrah, cuya Polly aquí no se vio tan ingenua e inocente. Los diálogos hablados afearon su voz con un irreconocible y rancio acento de clase baja. La soprano Chelsea Basler tuvo igual que Kaduce, una mano pesada como Lucy, y Daniel Belcher exageró su excesivo apego por Macheath, en el papel de Tiger Brown.  La ópera se desarrolla con una característica combinación de maldad y sentimiento, pero el griterío, los chillidos, las carcajadas, y la innecesaria bufonería no fueron alegres o divertidas si no que resultaron ser fastidiosas. Solo los barítonos Christopher Burchett y James Maddalena no cayeron en la incesante exageración. Maddalena fue Peachum, que sin humor y gris moralina sobresalió.  Burchett mostró una resonante voz que se fue disminuyendo. Macheath es el centro de la atención, y requiere destilar carisma, sexualidad y peligro, pero en vez de atraer atención Burchett resultó indescifrable y sin química con Polly, Lucy o Jenny, la prostituta que no puede dejar, aunque arriesgue vida (que fue cantado por la mezzosoprano Renée Tatum de enorme voz). Una continua debilidad de la producción fue la parte musical. Fue grato identificar todos los instrumentos que Weill requiere – saxofones, banyo, guitarra hawaiana, acordeón, piano y teclado electrónico, sustituyendo al armonio- Weill prescindió de violines; pero el director David Angus nunca se comprometió completamente al vasto espectro de los estilos musicales de Weill, y si bien todo transcurrió con normalidad, los sonidos fueron básicamente planos.  Aunque la escena se sitúa en Londres, alrededor del periodo de la coronación de la reina Victoria, las abstractas y oscuras escenografías de Julia Noulin-Mérat y los vestuarios de Charles Neumann, no tuvieron identificación con un cierto lugar o tiempo, lo que fue una oportunidad perdida. En esta función fue difícil escuchar las palabras, porque la pequeña orquesta ahogaba a los cantantes y por la mala dicción en el intento de cantar en inglés. El director de escena quería que él publicó se concentrara en lo que sucedía en la escena, y no quiso distraer con ‘super títulos’ Me alegro de que la compañía no haya amplificado las voces, pero ¿Qué sentido tiene concentrase en la escena cuando es imposible entender lo que se dice? Muy poco en esta revolucionaria obra logró causar impacto.



Thursday, March 9, 2017

9ª de Beethoven con la Orquesta Sinfónica de San Diego

Foto: Jesse Willems

Ramón Jacques

El tiempo se agota y la Sinfónica de San Diego no ha elegido a su próximo director musical, lo cual parecer irónico si se considera que uno de los frecuentes directores invitados en recientes temporadas, ha sido el maestro holandés Edo de Waart, quien además de haber rendido buenas cuentas en cada una de sus apariciones locales, con su mano segura y experimentada, parecer darle profundidad y personalidad a una agrupación que hoy carece de ello. La relación entre de Waart y los músicos y lo que transmite al público, esta allí frente a la impávida mirada de la directiva que no se anima a tomar una decisión. Por si fuera poco, de Waart está por concluir su gestión al frente de la Orquesta Sinfónica de Milwaukee, lo que allanaría aun más el camino para su llegada definitiva a San Diego. Directores de orquesta van y vienen, pero es evidente que al día de hoy, solo el maestro holandés ha logrado establecer una legítima conexión emotiva y musical con los músicos. Como introducción a una de las obras corales más conocidas del repertorio, se escuchó la breve composición orquestal  Three places in New England  (Orchestral Set No. 1) del estadounidense Charles Ives, un recorrido imaginario por diversos lugares de la región de Nueva Inglaterra, con una orquestación serena y accesible, cargada de suaves tonalidades como de explosivos pasajes que incitan a la meditación y que suscitan emoción del publico con una orquesta que sonó uniforme.  La 9ª Sinfonia de Beethoven, tuvo como invitado al extenso coro San Diego Master Corale, con mayoría de voces femeninas, y cuatro solistas, con muy buen desempeño de las voces femeninas, como el de la soprano Erin Wall quien ofreció conmovedora musicalidad y color vocal, así como el de la mezzosoprano Renée Tatum oscura, enérgica e impetuosa en su interpretación.  Barry Banks posee un colorido y grato timbre, pero la ligereza y poco espesor en su proyección hizo que pasara inadvertido y su voz fue literalmente tragada por la masa musical. Por su parte el bajo barítono Nathan Berg estuvo muy discreto y pareció estar fuera de estilo y sincronía. De Waart dirigió con atención a cada detalle, determinación e intención en cada uno de sus movimientos en el podio. Con adecuada dinámica fue cincelando con claridad cada una de las ideas de la obra.  En particular la sección de cuerdas se escuchó comprometida y envuelta en la música. La incógnita ahora y durante el resto del año continuara siendo ¿Quién será el próximo director titular de la orquesta? 

Sunday, May 11, 2014

Das Rheingold en la Ópera de Houston

Foto: Lynn Lane

Carlos Rosas

Das Rheingold es la primera entrega del primer Anillo de los Nibelungos en la historia de la Ópera de Houston que se escenificará a lo largo de cuatro temporadas. Para esta enorme empresa la compañía eligió el moderno montaje del grupo de teatro catalán La Fura del Baus, coproducido por los teatros Palau Les Arts de Valencia y el Maggio Musicale de Florencia, que es brillante, colorido y atractivo desde el punto de vista visual, y que en España, recibió reconocimientos como importante Premio Lírico Campoamor. Carlus Padrissa, el director de escena, concibió un espectáculo cuya intención era la de agradar y sorprender al público contando la historia con apego a la fantasiosa y mágica trama y cuidando cada detalle, a decir del propio Padrissa inspirado en Star Wars.  Para lograr esto mezcló diferentes medios, como efectos de luz, transmisiones de video, e incluso de aparatos mecánicos. Todo ocurre en un futuro indefinido con modernos vestuarios, armaduras, en la creación del mundo en tinieblas, dioses que vuelan sobre los escenarios colgados por grúas, las tres damas del rin dentro de tanques transparentes de agua, gigantes, que colgaban de un aparato mecánico, y al final el coup de théâtre en el que treinta agiles artistas unidos en el aire crean el castillo de Valhalla. Padrissa ciertamente hecha a volar la imaginación del público y lo cautiva con plataformas en diferentes niveles que se mueven y se complementan con videos, aunque en su afán ofrecer tanto a su historia por, saturó por momentos la escena desviando la atención hacia lo que ocurría en el fondo. El diseño de la escenografía fue de Roland Olbeter, los vestuarios de Chu Oroz y las proyecciones fueron de Frank Aleu. A cargo de una reforzada orquesta estuvo su titular Patrick Summers, quien resaltó y dio vida a la rica orquestación de la pieza, extrayendo viveza y claridad de una agrupación homogénea en sus secciones, particularmente la de los metales en una apasionada lectura de los leitmotifs wagnerianos.  El extenso elenco mezcló experiencia con juventud y fue liderado por el Wotan el bajo-barítono Iaian Paterson cantante de potente voz que convenció con su liderazgo actoral.  Como Fricka, la mezzosoprano Jamie Barton mostró calidez y grato color vocal y alguna inseguridad en sus movimientos. El barítono Christopher Purves sorprendió por su fascinante color vocal y la pasión y entrega que dio al personaje de Alberich.  Melody Moore cantó con vigor el personaje de Freia y Stefan Margita  mostro claridad en su rotunda voz de tenor, como el cómico y siniestro Loge. Imponentes y profundas las voces de los gigantes Fasolt y Fafner, interpretados por Kristinn Sigmundsson y Andrea Silvestrelli.  Correctos estuvieron: Meredith Arwady (Erda), Chad Shelton (Froh), Ryan McKinny (Donner), así como Andrea Carroll (Woglinde), Catherine Martin (Wellwunde) y Renée Tatum (Flosshilde).

Saturday, March 8, 2014

Rusalka en el Metropolitan de Nueva York

Foto:  Ken Howard/Metropolitan Opera


Gustavo Gabriel Otero

Nueva York, 15/02/2014. Metropolitan Opera House. Lincoln Center for the Performing Arts. Antonin Dvorak: Rusalka, ópera en tres actos. Libreto de Jaroslav Kvapil, Otto Schenk, dirección escénica. Günther Schneider-Siemssen, escenografía. Sylvia Strahammer, vestuario. Carmen De Lavallade, coreografía. Gil Wechsler, iluminación. Renée Fleming (Rusalka), Piotr Beczala (Principe), John Relyea (El Gnomo del agua), Dolora Zajick (Jezibaba), Emily Magee (La Princesa Extranjera), Vladimir Chmelo (Guardabosque), Dísella Làrusdóttir, Renée Tatum, Maya Lahyani (Ninfas), Tyler Duncan (Cazador), Julie Boulianne (el ayudante de cocina). Orquesta y Coro Estable del Mepropolitan Opera. Director del Coro: Donald Palumbo. Dirección Musical: Paul Nadler.

Nuevamente la ópera Rusalka de Dvorak regresó al escenario del Metropolitan de Nueva York de la mano de René Fleming, una de las artistas favoritas del público de ese coloso artístico. Se repuso la producción de 1993 firmada por Otto Schenk. De líneas conservadoras y con poco juego teatral general, se nota el implacable paso del tiempo y luce anticuada. Los más de veinte años trascurridos desde su puesta original no han pasado en vano en el mundo visual de la ópera y hoy los públicos demandan otro tipo de producciones. El vestuario de Sylvia Strahammer luce suntuoso y la escenografía de Günter Schneider-Siemssen bella y funcional al concepto de puesta en escena de dos décadas atrás. Adecuada la iluminación de Gil Wechsler y apenas correcta la coreografía de Carmen De Lavallade. El maestro Paul Nadler condujo con pericia la orquesta del Met resaltando la música inspirada y poética del compositor checo. Renée Fleming abordaba por cuarta vez para esta casa de ópera el rol principal de la ondina que quiere ser humana. El compromiso que la soprano norteamericana tiene con este personaje la hace una intérprete casi ideal para el rol. De excelencia la calidez de su canto, su expresividad y su lirismo. A su lado brilló el tenor polaco Piotr Beczala como el Príncipe. Con perfecta línea de canto, homogeneidad en el registro y belleza vocal superó todos los escollos de la parte y fue una verdadera revelación. La mezzosoprano Dolora Zajick fue una malvada bruja Jezibaba de graves poderosos y perfecta compenetración con el rol. El padre de Rusalka, el gnomo del agua, trasmitió autoridad en la personificación de John Relyea, mientras que sólo fue correcta la princesa extranjera de Emily Magee. Adecuado el Coro en sus breves intervenciones, muy homogéneas las tres ninfas Dísella Làrusdóttir, Renée Tatum, Maya Lahyani, y solvente el resto del elenco.