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Sunday, May 8, 2022

Piotr Beczala en São Paulo Brasil: el anuncio de la primavera.

Foto: Fabiana Crepaldi y Cauê Diniz

Fabiana Crepaldi 

Sala São Paulo, 3 de mayo de 2022 (Temporada de Cultura Artística). Las orejas estaban oxidadas. O, mejor dicho, digitalizadas, adictos al audio que sale de los altavoces. Con una pandemia y una política de aislamiento lírico, la última gran estrella internacional en pisar un escenario paulista fue Joyce DiDonato, en octubre de 2019, como parte de la temporada de la Sociedade de Cultura Artística. Finalmente, el 3 de mayo tuvo lugar el esperado recital del tenor polaco Piotr Beczala, originalmente previsto para noviembre del 2020, el terrible año del Covid. Más que un soplo de aire fresco para los oídos líricos, el evento fue la apertura de la actual temporada de Cultura Artística luego de dos años de suspensión. Esta es la primera gira sudamericana de Piotr Beczala, en la que actúa acompañado del pianista alemán Camillo Radicke.  “¿Qué es la Italianità? Es seguir todas las indicaciones [colocadas por los compositores en las partituras]. En mi opinión, eso es italianità", dijo Beczala en la clase magistral que dio la víspera, en la USP Universidade de São Paulo , a estudiantes de la USP y de la Unicamp, pero advirtió: "el manierismo está a un paso de la verdadera italianità". Para él, entonces, son los grandes compositores italianos quienes llevan al cantante a la verdadera musicalidad italiana. Fue con Verdi guiando su italianità que comenzó un recital en el que predominaron las arias italianas y las canciones de cámara. Beczala comenzó con la misma audacia con la que el duque de Mantua se presenta en la ópera Rigoletto de Verdi. Desde el principio, con Questa o quella, ya ofreció al público de la Sala São Paulo su bello fraseo y, sobre todo, con la potencia de su agudo preciso y penetrante, tan familiar para quienes, como yo, ya habíamos tenido la oportunidad de escucharlo en vivo. Como manda Verdi en la partitura, su Duque canta con elegancia, pero no deja de revelar un carácter voluble, “mobile” –que más adelante en la ópera atribuirá irónicamente a las mujeres– en la apoggiatura añadida al “mi punge” al final de la aria. En el Singers' Studio del Metropolitan Opera, disponible como podcast, Beczala reconoce que es mucho más Werther que el Duque de Mantua. Sin embargo, Rigoletto es una parte importante de su repertorio. Aunque su voz es un poco más oscura de lo deseado para el papel, la brillantez de sus agudos le da vida a su Duque. En la segunda aria de la velada, Beczala no solo siguió con el mismo compositor, Verdi, sino también en la misma clave y en el mismo compás. Sólo pasó del allegretto del intrascendente duque al allegro giusto de la barcarola que, disfrazado de pescador, canta el rey Gustavo III o, según la versión, Riccardo, conde de Warwick, en el primer acto de la ópera Un Ballo in Maschera, dirigiéndose a la vidente Ulrica. Como buena barcarola, es un aria cuya melodía presenta un notorio movimiento ondulatorio. También cuenta con dos secciones contrastantes, una más en legato y la otra, más impetuosa, en staccato. Beczala y Radicke supieron marcar este contraste variando estilo, tempo e intensidad, sin caer en la exageración. 

Lo que más llamó la atención y levantó polémica entre el público lírico, sin embargo, fueron dos saltos descendentes de casi dos octavas, yendo desde un la agudo hasta un do grave, en “irati sfidar” y en “le forze del cor”, el último dos líneas de la segunda y cuarta estrofa, justo antes de las secciones staccato. Aunque estos saltos están en la partitura, es común que los tenores con voces más ligeras opten por bajar solo a la octava media. Beczala, sin embargo, tiene el bajo y, naturalmente, los hizo. Y no era la primera vez. Ya se pudieron escuchar en 2016, en la producción del Ballo de la Ópera de Múnich, disponible en vídeo, donde, bajo la batuta de Zubin Mehta, compartió escenario con la gran Anja Harteros. Después de Mattinata de Ruggero Leoncavallo, Beczala volvió a Verdi, con Quando le sere al placido, de la ópera Luisa Miller, y Ah, sì ben mio, de Il Trovatore. En contraste con las dos arias cantadas anteriormente, estas son más lentas, más líricas, más dramáticas. En la primera, Rodolfo recuerda los días felices que pasó con Luisa Miller, la amante que creía que lo engañaba. En la segunda, Manrico estuvo a punto de casarse con Leonora. Tanto el canto de Beczala como el delicado piano de Radicke mostraron un hermoso legato. Su dramaturgia fue más fluida cuando pasó por Il Trovatore, ópera que estrenó el año pasado en Zúrich, junto a Marina Rebeka (quien también debutó como Leonora). Del repertorio italiano, Beczala también interpretó canciones de Francesco Tosti y Stefano Donaudy, en las que demostró el carácter más suave y camerístico de su voz, y dos arias de la ópera Tosca, de Puccini: Recondita armonia y E lucevan le stelle. Cavaradossi canta ambas arias pensando en Tosca, pero aparecen en momentos diametralmente opuestos de la trama: mientras en la primera Tosca sigue siendo su ardiente amante, en la segunda está a punto de ser ejecutado. Sin embargo, como recordó Beczala en la clase magistral del día anterior, todo lo que pasó el personaje durante e incluso antes del comienzo de la ópera debe estar en la cabeza del cantante. La diferencia de carácter fue subrayada por su interpretación: la brillantez y el lirismo de Recondita armonia dieron paso, en E lucevan le stelle, a una atmósfera seria y sombría. Sin embargo, la misteriosa armonía del arte, celebrada en la primera aria, no se trasladó a la segunda. En E lucevan le stelle, le faltó algo de delicadeza, le faltó contemplación y, sobre todo, le faltó legato –hasta el punto de que, por citar un ejemplo objetivo, la frase “¡Oh! dolci baci, o languide carezze”, que además de ser cantada “con mucho sentimiento” debe estar todo ligado, habiéndose roto con una expresiva, pero indeseable respiración. Además del italiano, Beczala demostró su versatilidad cantando también en francés, ruso y polaco, su lengua materna. Desde su tierra natal, Beczala trajo una perla a Sudamérica: el aria de Stefan, de la ópera The Haunted Mansion, del famoso compositor Stanisław Moniuszko. Más que el patriotismo tratado en la ópera, Beczala, con gran sensibilidad, irradiaba el color y el alma de Polonia. Fue uno de los grandes momentos de la noche. Con razón recibió una ovación de pie.  Otro gran momento del recital, más que eso, ¡lo más destacado! – vino de más lejos que Polonia: de Rusia. En ruso, además de canciones de Rachmaninov, Beczala interpretó Kuda, kuda, la gran aria de Lensky en la ópera Yevgeny Oniegin de Tchaikovsky. Esta ópera fue, de hecho, el último compromiso de Beczala antes de partir hacia recitales sudamericanos. 

El papel sigue vivo dentro de él. En 2013, vi a Beczala dar vida a Lenski en el Metropolitan, con Anna Netrebko como Tatiana y a Mariusz Kwiecien (otro polaco) en el papel principal. Fue una noche mágica, y el Lenski de Beczala contribuyó decisivamente a ello. Su kuda, kuda estuvo impresionante, las cuatro mil personas que llenaban el teatro empezaron a aplaudir sin parar. Han pasado casi diez años y, sin embargo, con piano, con otro sonido, con una realidad muy distinta a la de los escenarios neoyorquinos, pude encontrar a ese Lenski inolvidable. La belleza de las cuatro canciones de Rachmaninov merece atención. Fue el momento en el que más se sintió el piano, en el que Beczala compartió parte de su protagonismo con Radicke. Los sueños, los recuerdos y la conexión con la naturaleza impregnaron el canto y la poesía. El ciclo lo abrió el cortísimo y etéreo Son (sueño), la quinta canción del opus 38, donde todo es sólo un sueño. A continuación, la sencillez pastoril de Sirena (Lilas), parte del opus 21, precedió al más popular de todos: Nié poï krasavitsa pri mnié (Bella dama, no me cantes), sobre un poema de Pushkin. Es una romanza que comienza de manera onírica, pensando en los recuerdos que traen las canciones tristes, pero estos recuerdos duelen, el drama crece, hasta la reanudación del texto inicial. La admirable interpretación de Beczala cubrió todo este recorrido con sensibilidad y hermosa dinámica. La última novela, Vesennié vody (Las aguas del manantial), del opus 14, exige una buena dosis de virtuosismo por parte del pianista. Al igual que sucede en La trucha (Die Forelle) de Schubert, es el piano el que describe las aguas que, cuando comienza la primavera, emergen del deshielo. Y son estas aguas las que, en el canto, anuncian la primavera. Confieso que no pude escuchar claramente el destello de las gotas de agua brotando de las teclas de Radicke. Sin embargo, el resultado global, ni del piano ni de la voz, se vio comprometido: Beczala anunció la primavera.  En francés, Beczala cantó L’amour! L'amour!... ¡Ah! Lève-toi soleil, de la ópera Roméo et Juiette, de Gounod, y, como extra, Porquoi me réveiller, de Werther, de Massenet. En la primera, a pesar de su fluido francés, sonaba un poco pesada, con la segunda demostró por qué actualmente se le considera uno de los grandes intérpretes de Werther. El fraseo fluido, un poco ausente en Gounod, así como el color oscuro de su voz, se aliaron, produciendo la cantidad justa de drama. De hecho, es más Werther que duque de Rigoletto. En términos generales, la implicación del cantante con el público aumentó durante el recital. Esto ocurrió sobre todo en la segunda parte, que se abrió con canciones de Stefano Donaudy, que produjeron en el público (y en el intérprete) más ganas de tararear que de implicación real, pero poco después llegaron Rachmaninov, Tchaikovski, Gounod, Puccini y Massenet. . A diferencia de la primera parte, cuyo dramatismo se dispersó con la inserción de las canciones de Tosti justo en el medio, en la segunda hubo continuidad, se construyó un ambiente dramático y musical consistente. Otra presencia constante fueron los ya mencionados agudos de  Beczala. Insisto en ellos, porque no es sólo la nota aguda, golpeada precisamente, sino el camino que lleva a ella, la construcción de ese agudo, la forma en que brota, explota. Esto es lo más impresionante del canto de este gran tenor. Incluso con un repertorio tan variado –o precisamente por eso– echaba de menos el Lied alemán. Beczala pasó de la música de cámara a la ópera, cantando en italiano, francés, ruso y polaco. Sin embargo, dejó fuera el alemán, idioma que domina y en el que suele cantar. Salí lamentando que parte de las canciones italianas, que ni siquiera fueron compuestas para ser cantadas por cantantes del calibre de Beczala y que él cantaba mientras leía, no hubieran sido reemplazadas por un par de Lieder.  Una última observación que es necesaria es que, como mencioné anteriormente, ya había escuchado a Piotr Beczala en vivo algunas veces. Todos, sin embargo, fueron con orquesta. Esto incluye un concierto en el Konzerthaus de Viena en 2016 con la Orquesta Filarmónica de Janáček dirigida por Łukasz Borowicz. Esta experiencia me hizo descubrir todo el poder de la voz de Beczala. En São Paulo, el piano de Camillo Radicke tenía la tapa completamente abierta, sin que la voz del solista hubiera sido tapada en ningún momento, y, sin embargo, puedo decir que no cantó con toda su potencia. Un piano es un acompañante muy diferente de una orquesta. Como buen cantante, Beczala supo equilibrar su voz al espacio y condiciones en las que cantaba y proyectarla a la perfección, cubriendo toda la sala. Como enseñó en la clase magistral, el cantante tiene que pensar en un gran radio, y cantar hasta la última fila, sin exagerar, sin extravagancias: eso es exactamente lo que hizo. Después de momentos tan duros y con pesados ​​nubarrones cerniéndose sobre nuestro país, este hermoso recital que abrió la temporada de la Cultura Artística fue como las gotas de agua del deshielo del romance de Rachmaninov. Que esta primavera anunciada por Beczala venga para quedarse, como en la canción.

Wednesday, September 6, 2017

Werther de Massenet en Puerto Rico

Foto: david.villafane@gfrmedia.com


Luis Hernández Mergal / Especial El Nuevo Día

Aunque el compositor francés Jules Massenet completó “Werther” en 1887, no fue sino hasta el 1892 que este drama lírico adaptado de la famosa novela de Goethe recibió su estreno en lengua francesa en Ginebra. La versión operística de Massenet, que sepamos, no desató la “fiebre Werther” que incendió a toda Europa tras la publicación de la novela en 1774, convirtiendo a Goethe en una sensación literaria de la noche a la mañana y causando no pocos suicidios entre adolescentes que imitaban al trágico héroe. Y es que para la fecha del estreno del drama lírico de Massenet ya había pasado mucho tiempo desde los fogosos años del Sturm und Drang (“tormenta y golpe”) alemán, movimiento proto romántico de sentimientos extremos y grandes pasiones, del que las cuitas del joven Werther fue un paradigma emblemático.  Massenet, al contrario, vivió un romanticismo tardío y cansado que había sufrido el embate realista de la Madame Bovary de Flaubert. Sin embargo, el secreto del éxito del Werther de Massenet es precisamente el regresarnos a aquel pretérrito mundo romántico apasionado. Si la Bovary, como ha dicho Vargas Llosa, representa la alienación del ser humano en la época industrial, Werther representa el conflicto entre la pasión y el deber moral, conflicto que sólo encuentra solución en la propia inmolación del héroe. El genio del drama lírico de Massenet es plasmar con sabiduría musical esa relación conflictiva entre el personaje principal y su contraparte femenino, Charlotte. A su vez, el reto para los cantantes y para la orquesta y su director es traer a la vida estos personajes y representar su atribulada relación con realismo y convicción. El público puertorriqueño tuvo la fortuna de presenciar el pasado miércoles una producción de CulturArte de Puerto Rico y su director artístico Guillermo Martínez del Werther de Massenet, en versión semi escenificada, en la Sala Sinfónica Pablo Casals del Centro de Bellas Artes de Santurce, con la participación del gran tenor Piotr Beczala (Werther), la mezzo soprano Kate Aldrich (Charlotte), el barítono Alexei Lavrov (Albert), la soprano Larisa Martínez (Sophie) y el bajo Ricardo Lugo (Le Bailli). También actuaron Justin Márquez y Carlos Ortiz como Johann y Schmidt, respectivamente, y un coro de niños dirigido por Jo Anne Herrero. La producción contó con la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico dirigida por Maximiano Valdés. El diseño de escenografía estuvo a cargo del reconocido artista Jaime Suárez. Gilberto Valenzuela fue el director de escena. La expectativa ante una producción semi escenificada de una ópera suele ser la de que se va a escuchar una versión de concierto con alguno que otro movimiento para recordar (por lo general malamente) el contexto escénico.  

En este caso, muy al contrario, tan solo un diván, un escritorio y dos sillas fueron suficientes para traer esta ópera a la vida. Claro está, la excelsa actuación y suprema voz tanto de Beczala como de Aldrich fueron el agente catalizador de esta sorprendente transformación mágica. Quizá el aspecto más satisfactorio, en la suma de las arias y duetos de Beczala y Aldrich, residió en la gran sutileza de sus voces al transmitir impecablemente la ingente gradación de emociones contenidas en las hermosas melodías de Massenet: la esperanzada alegría de Werther en “Ya no sé si estoy soñando” y el dueto con Charlotte en el primer acto, el desencanto y la resignación en “Otro, su esposo” y “Sí, esto que me ordena” de Werther en el segundo acto, así como su encuentro con Albert, cuya actitud amistosa pero severa fue bien expresada por Lavrov. En el tercer acto, la gran actuación de Aldrich en sus arias fue lamentablemente interrumpida por un público entusiasta pero desconocedor de las costumbres de este tipo de drama lírico francés, que requiere el flujo continuo entre las arias y las intervenciones de los demás personajes, razón por la cual el director Valdés se vio obligado a detener la música en varias ocasiones. En todo caso, la química entre la pasión y el remordimiento de Charlotte y la ingenuidad de su hermana Sophie, excelentemente interpretada por la límpida voz de Larisa Martínez, fue uno de tantos momentos excelsos de esta versión. Finalmente, el desenlace trágico entre Charlotte y Werther en el cuarto acto, con el suicidio del héroe, fue un desbordamiento de pasión emotiva y virtuosismo vocal.  Vale destacar también la actuación del maestro Valdés y la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico, quienes supieron manejar exitosamente el frágil equilibrio entre la orquesta colocada en el escenario junto a los cantantes.  La ovación del público fue merecida por demás.

Friday, November 25, 2016

Tres noches de ópera en Nueva York: Jenufa – Manon Lescaut – La Bohéme

Manon Lescaut
Gentileza Prensa del Metropolitan Opera. Crédito:  Ken Howard

Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

Por el estilo de programación del Metropolitan Opera de Nueva York se pueden presenciar entre tres y cinco óperas distintas en el curso de una semana. Esta Casa presenta más de veinticinco títulos en su temporada que se extiende desde la segunda quincena de septiembre de un año a los primeros días de mayo del otro. Las noches más importantes corresponden a los estrenos de las nuevas puestas escénicas que en el ciclo 2016-2017 son seis títulos (Tristan un Isolde; Guillaume Tell; L’amour de loin; Roméo et Juliette; Rusalka y Der rosenkavalier). Las reposiciones son mayoría y el espectador se puede encontrar con producciones repuestas por más de veinticinco años y que aún son plenamente vigentes. Participar de tres espectáculos operísticos consecutivos permite apreciar el funcionamiento de este coloso artístico, la calidad de sus producciones y la notable prestación de la orquesta.

Nueva York, 17-18-19/noviembre/2016. Metropolitan Opera House. Lincoln Center for the Performing Arts. Leos Janácek: Jenufa. Giacomo Puccini: Manon Lescaut. Giacomo Puccini: La Bohéme.

Jenufa: Ópera en tres actos. Libreto de Leos Janacek. Olivier Tambossi, dirección escénica. Frank Philipp Schlössmann, escenografía y vestuario. Max Keller, iluminación. Oksana Dyka (Jenufa), Karita Mattila (Kostelnicka), Hanna Schwarz (la abuela Buryja), Daniel Brenna (Laca), Josep Kaiser (Steva), Rod Nelman  (El capataz), Richard Bernstein (El alcalde), Elizabeth Bishop (La alcaldesa), Clarissa Lyon (Karolka), Dísella Lárusdóttir (Barena), Ying Fang (Jano), Sara Couden (La tía), María Zifchak (vieja pastora). Orquesta y Coro Estables del Metropolitan Opera. Director del Coro: Donald Palumbo. Dirección Musical: David Robertson.

Jenufa. La puesta escénica de Olivier Tambosi de Jenufa se sostiene con pocos elementos y cierto ascetismo. El símbolo más potente es una roca cuya presencia evoluciona a la par que la historia. Esta enorme roca podría representar el pecado de Jenufa ante los ojos de la sociedad en la que vive. En el primer acto la roca apenas asoma del suelo, en el segundo domina la escena y en el tercero luce fragmentada. La idea de Tambosi funciona y permite contar adecuadamente la historia. De buen diseño los decorados y el vestuario de Frank Philipp Schlössmann y de impacto la iluminación de Max Keller. En el podio David Roberson logró extraer toda la riqueza sonora y de orquestación de Janácek en una obra poco frecuentada hasta hace algunas décadas pero ahora establecida en el repertorio de los grandes teatros del mundo. Oksana Dyka fue una Jenufa con un registro lírico de alto impacto, mientras que brindó cátedra de interpretación Karita Mattila como la cruel Kostelnicka. Daniel Brenna fue un Laca de perfectos acentos, compenetrado y profundo mientras que al Steva de Joseph Kaiser le faltó volumen. Tiene el porte perfecto para el rol pero su emisión resultó exigida y en algunos momentos fue tapado por las masas orquestales. Muy homogéneo y correcto el resto del elenco, así como el Coro.

Manon Lescaut: Drama Lírico en cuatro actos. Libreto de Marco Praga, Domenico Oliva,  Giuseppe Giacosa, Ruggero Leoncavallo, Giulio Ricordi y Luigi Illica, basado en la novela L'historie du chévalier des Grieux et de Manon Lescaut de Antoine-Françoise Prévost. Sir Richard Eyre, dirección escénica. Rob Howel, diseño de escenografía. Fotini Dimou, vestuario. Sara Erde, coreografía. Peter Mumford, iluminación. Paula Williams, repositora. Anna Netrebko (Manon Lescaut), Marcelo Álvarez (Renato Des Grieux), Christopher Maltman (Lescaut), Brindley Sherratt (Geronte de Ravoir), Zach Borichevsky (Edmondo), Scott Scully (maestro de baile), Tony Stevenson (farolero), Philip Cokorinos (posadero), David Crawford (sargento), Ricard Bernstein (comandante de marina), Avery Amereau (un músico), Maria d’Amato, Christina Thomson Anderson, Stepahanie Chigas y Rosalie Sullivan (madrigalistas). Orquesta y Coro Estables del Metropolitan Opera. Director del Coro: Donald Palumbo. Dirección Musical: Marco Armiliato.

Manon Lescaut. En este caso se ofreció la producción escénica de Richard Eyre estrenada en febrero de este año -que no aporta demasiado pero, al menos, no molesta- en la que las mayores fortalezas estuvieron en el elenco de cantantes y en la dirección musical. La acción se situó en 1941 con una Francia ocupada por los alemanes, la presencia de los nazis no se desarrolla dramáticamente. No obstante el trabajo de marcación actoral de Eyre es prolijo y con muy buen manejo de las masas. Interesente, pero a la vez complicada para los desplazamientos de los cantantes, la escenografía de Rob Howell. Muy en carácter los trajes diseñados por Fotini Dimou, correcta la pequeña coreografía de Sara Erde y muy buena la iluminación de Peter Munfrod. Anna Netrebko deslumbró como Manon. A su fascinante presencia escénica le adiciona un volumen notable, total seguridad musical, agudos brillantes, registro homogéneo, exquisitos pianísimos, un fraseo admirable y un manejo del dramatismo apabullante. Su voz ha crecido, se ha ensanchado y ha logrado pasar a un registro lírico-dramático de singular tersura. El manejo de los graves le adicionó interés a la composición de rol. Marcelo Álvarez como Des Grieux se mostró seguro y compenetrado. Cincela cada frase con perfección, recurre a un fraseo sutil que enfatiza la primera sílaba de cada frase, y se nota el cuidado puesto en la perfecta expresión. Como siempre seduce la belleza de su voz y su timbre homogéneo y meridional. Sus antecedentes en el bel canto le permiten emitir con sutileza pero a la vez, cuando el dramatismo lo amerita, sorprender con los tintes heroicos que puede darle al personaje. Con altísima calidad el Lescaut de Christopher Maltman y el Geronte de Ravoir de Brindley Sherratt. De buena prestación los coros así como el resto del elenco. Marco Armiliato dirigió una versión musical de primer orden. Con nervio, con estilo, con clase. Siempre dio apoyo a los cantantes, pero a la vez no perdió brillo en ningún momento, sutileza cuando fue necesaria o fuerza en los momentos que lo requieren.

La Bohème: Ópera en cuatro cuadros. Libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, basado en ‘Scènes de la vie de bohème’ de Henri Murger. Franco Zeffirelli, dirección escénica y escenografía. Peter J. Hall, vestuario. Gil Wechsler, iluminación. J. Knigthen Smit, repositor. Kristine Opolais (Mimí), Piotr Beczala (Rodolfo), Brigitta Kele (Musetta), Massimo Cavalletti (Marcello), Patrick Carfizzi (Schaunard), Ryan Speedo Green (Colline), Paul Plishka (Benoit y Alcindoro), Daniel Clark Smith (Parpignol), Yohan Yi y Joseph Turi (Aduaneros). Orquesta y Coro Estables del Metropolitan Opera. Director del Coro: Donald Palumbo. Dirección Musical: Marco Armiliato.

La Bohème: Aquí nos encontramos con la clásica puesta de Franco Zeffirelli estrenada en 1981 y ampliamente conocida, que sigue deslumbrando a los espectadores por su potencia visual y dramática, por la perfección de los movimientos de masas y por los detalles de escenografía. Nuevamente Marco Armiliato fue puntal de la representación con una versión orquestal suntuosa sin perder el necesario apoyo a los cantantes y cuidar el equilibrio entre el foso y la escena. Piotr Beczala fue un Rodolfo ideal con emisión pareja, registro homogéneo y potente timbre bellamente tenoril. Kristine Opolais fue una adecuada Miní. Su voz es pequeña pero bien manejada, actúa con corrección y su prestación crece a medida que avanza la representación finalizando el cuarto acto con notable convicción. Seguro, musical y compenetrado el Marcello de Massimo Cavalletti, y muy en carácter la Musetta de Brigitta KelePoderosa la voz de Ryan Speedo Green como Colline, adecuado Patrick Carfizzi como Schaunard y correctos los coros así como el resto del elenco.

Friday, January 29, 2016

Werther en la Ópera de Paris

Foto: Piotr Beczala (Werther) et Elina Garança (Charlotte) c) Emilie Brouchon, Opéra national de Paris

Gustavo Gabriel Otero

París (Francia), 23/01/2016. Ópera Nacional de París Bastille. Jules Massenet: Werther. Ópera en cuatro actos. Libreto de Eduard Blau, Paul Milliet y Georges Hartmann, inspirado en la novela de Johann Wolfgang von Goethe. Benoît Jacquot, dirección escénica. Charles Edwards, escenografía. Christian Gasc, vestuario, André Diot y Charles Edwards, iluminación. Piotr Beczala (Werther), Elina Garanca (Charlotte), Stépahane Degout (Albert), Elena Tsallagova (Sophie), Paul Gay (Le Bailli), Rodolphe Briand (Schmidt), Lionel Lhote (Johann), Pauline Texier (Katchen), Piotr Kumon (Bruhlmann). Orquesta y Coro de Niños de la Ópera Nacional de París. Dirección Musical: Giacomo Sigripanti.

La Ópera Nacional de París repuso por tercera vez la producción estrenada en la sala de La Bastilla en enero de 2010 y que proviene del Covent Garden de Londres dónde se estrenó en 2004. Quizás lo mejor de la puesta sean la escenografía, sencilla y funcional, de Charles Edwards y la magnífica iluminación, también de Edwards, con adaptación para París de André Diot. Los dos primeros actos se resuelven casi con una planta única con un fondo de cielo plomizo y gris. Una pared alta que va de izquierda a derecha y desde atrás hacia adelante delimita la casa de Charlotte y su familia. Mientras que una pared baja que va de adelante hacia atrás con una escalera que baja en el medio da marco al segundo acto. El tercer acto transcurre en un espacio grande y casi vacío, que evidentemente narra la soledad de Charlotte en su casa matrimonial, mientras que en el último la pequeña vivienda de Werther avanza de atrás hacia delante en una magnífica idea casi cinematográfica. Benoît Jacquot mueve los protagonistas con maestría y con aires tradicionales cuenta la historia en forma prolija y comprensibles sin falsos alardes de modernización pero tampoco atado a viejos convencionalismos. Un puesta ya vista en varias oportunidades, ya sea en el teatro o a través de la televisión o las grabaciones, que se sigue con placer y que funciona a la perfección. La dirección musical del joven director italiano Giacomo Sagripanti demostró amplio conocimiento de la parte, buen espíritu latino y esmerada realización. Originalmente estaba prevista la dirección musical por parte de Alain Lombard quien fue sustituido por el mítico Michel Plasson, quien a último momento canceló por razones de salud. No debe ser fácil asumir el compromiso de reemplazar a dos glorias de la batuta gala en el repertorio de la casa por parte de un joven director italiano. Sagripanti aceptó el reto y salió triunfador con una versión potente y a la vez sutil. Piotr Beczala convence de principio a fin con su Werther. Por su emisión, su potente timbre bellamente tenoril, su convicción en el decir y su entrega dramática. Elina Garanca es una Charlotte ideal. Por su belleza, por su volumen, por la homogeneidad de su emisión y por su inmaculada línea de canto. La soprano Elena Tsallagova como Sophie logró brillar a la par de los dos grandes de la escena que tenía a su lado. Su línea de canto es impecable y supo sacar buen partido de su breve rol. De perfecta dicción francesa el Albert de Stéphane Degout, interpretado con exquisito gusto y compenetración. Perfectos Paul Gay (Le Bailli) y Rodolphe Briand (Schmidt). Muy bien complementados por el Johann de Lionel Lhote. Buen rendimiento de los niños así como de los otros comprimarios.

Sunday, April 20, 2014

Un Ballo in Maschera – San Diego Opera

Foto: Ken Howard

RJ

La Ópera de San Diego ofreció una memorable representación de un Ballo in Maschera de Verdi, obra que no había sido vista en este escenario desde 1999. Presentada en su versión ambientada en Suecia todos los elementos estaban dados para que fuera un exitoso montaje, escenografías opulentas, provenientes de la Ópera de San Francisco, un sólido elenco de cantantes en papeles principales y una segura conducción musical. Visualmente, las escenografías resultaron ser muy estéticas, con apego a la trama y cuidada al último detalle en cada una de las escenas como el salón del palacio donde ocurre el baile, las mascaras, la morada de Ulrica, un campo solitario y oscuro, la casa de Anckarström. Destacaron también por su belleza y vistosidad los elegantes vestuarios de época concebidos por John Conklin (Estos vestuarios fueron creados originalmente para una producción de 1977 en San Francisco que encabezaron José Carreras y Karia Ricciarelli). De la dirección de escena se encargó Lesley Koening, quien hizo un trabajo directo y puntual para que la escena transcurriera con fluidez, aunque quizás su única falla fueron los bailables y coreografías que por momentos parecieron ser cursi y los cargados movimientos del personaje de Oscar. En el foso, la San Diego Symphony mostró suficientes argumentos musicales: como homogeneidad en sus secciones de metales y cuerdas, dinamismo, buen gusto y sobretodo sentimiento, que la alejo de la rigidez en la que incurren algunas orquesta sinfónicas estadounidenses que aspiran a encontrar el sonido más óptimo y perfecto. Se notó la mano segura y la pasión de un experimentado maestro como lo es Massimo Zanetti, quien transmitió emoción a los músicos y los guío de manera más que satisfactoria.  Esta orquesta me hizo recordar inmediatamente la presencia de Edoardo Müller y las gran cantidad de obras del repertorio que aquí dirigió cuando era, hasta hace pocos años, el director musical del teatro. En el elenco participaron la soprano búlgara Krassimira Stoyanova, quien en su debut local exhibió inteligencia en escena para crear una creíble Amelia, conmovedora y pasional, y cuya voz sonó más luminosa que nunca, firme y emitida con estable emisión y bien timbrada. El tenor Piotr Beczala, agradó por su canto preciso, y su timbre intenso y matizado, seguro en toda la partitura. Pero su personificación en escena del personaje de Gustavo, fue rígida e inexpresiva, sin convicción llegando a ser por momentos fastidiosa. Aris Argiris, barítono de notable nivel, ofreció clase en su canto y morbidez en su línea vocal al ingrato personaje de Anckarström. Stephanie Blythe, muy en su papel de Ulrica, canto con una voz oscura y rica en expresividad, y Kathleen Kim dio vida a un fastidioso Oscar, de ágil y brillante voz.  El resto de los cantantes tuvieron una discreta participación con poco que mencionar, y el coro cumplió su participación de manera correcta para completar esta función.  Cabe señalar un hecho significativo, al final de la ópera mientas caía la cortina Gustavo moría asesinado por las mano de Anckarström, su mejor amigo: y tan solo tres días después la historia se repetiría en la vida real, ya que la Ópera de San Diego, considerada entre los 10 mejores teatros estadounidenses, moría también asesinada por la mano de su propio director general y artístico desde 1983 el australiano, Ian Campbell (el Renato Anckarström de San Diego) quien argumenta que la compañía no cuenta con los medios económicos suficientes para mantenerse con vida y es mejor morir hoy con dignidad que mas adelante con problemas. Lo cierto es que la compañía carece de deudas y cuenta con el suficiente apoyo de la comunidad de San Diego para que no desaparecer.  Esta historia esta aun en suspenso y se debe definir en las próximas meses, o quizás meses. Lo cierto es que si revive la compañía, tendrá que ser con un director mas consiente de los tiempos que se viven, con una visión más moderna y fresca, que no vea al público con desdén y arrogancia desde lo alto de un pedestal y que no anteponga sus intereses personales y gustos sobre los de la compañía..  To be continued………

Saturday, March 8, 2014

Rusalka en el Metropolitan de Nueva York

Foto:  Ken Howard/Metropolitan Opera


Gustavo Gabriel Otero

Nueva York, 15/02/2014. Metropolitan Opera House. Lincoln Center for the Performing Arts. Antonin Dvorak: Rusalka, ópera en tres actos. Libreto de Jaroslav Kvapil, Otto Schenk, dirección escénica. Günther Schneider-Siemssen, escenografía. Sylvia Strahammer, vestuario. Carmen De Lavallade, coreografía. Gil Wechsler, iluminación. Renée Fleming (Rusalka), Piotr Beczala (Principe), John Relyea (El Gnomo del agua), Dolora Zajick (Jezibaba), Emily Magee (La Princesa Extranjera), Vladimir Chmelo (Guardabosque), Dísella Làrusdóttir, Renée Tatum, Maya Lahyani (Ninfas), Tyler Duncan (Cazador), Julie Boulianne (el ayudante de cocina). Orquesta y Coro Estable del Mepropolitan Opera. Director del Coro: Donald Palumbo. Dirección Musical: Paul Nadler.

Nuevamente la ópera Rusalka de Dvorak regresó al escenario del Metropolitan de Nueva York de la mano de René Fleming, una de las artistas favoritas del público de ese coloso artístico. Se repuso la producción de 1993 firmada por Otto Schenk. De líneas conservadoras y con poco juego teatral general, se nota el implacable paso del tiempo y luce anticuada. Los más de veinte años trascurridos desde su puesta original no han pasado en vano en el mundo visual de la ópera y hoy los públicos demandan otro tipo de producciones. El vestuario de Sylvia Strahammer luce suntuoso y la escenografía de Günter Schneider-Siemssen bella y funcional al concepto de puesta en escena de dos décadas atrás. Adecuada la iluminación de Gil Wechsler y apenas correcta la coreografía de Carmen De Lavallade. El maestro Paul Nadler condujo con pericia la orquesta del Met resaltando la música inspirada y poética del compositor checo. Renée Fleming abordaba por cuarta vez para esta casa de ópera el rol principal de la ondina que quiere ser humana. El compromiso que la soprano norteamericana tiene con este personaje la hace una intérprete casi ideal para el rol. De excelencia la calidez de su canto, su expresividad y su lirismo. A su lado brilló el tenor polaco Piotr Beczala como el Príncipe. Con perfecta línea de canto, homogeneidad en el registro y belleza vocal superó todos los escollos de la parte y fue una verdadera revelación. La mezzosoprano Dolora Zajick fue una malvada bruja Jezibaba de graves poderosos y perfecta compenetración con el rol. El padre de Rusalka, el gnomo del agua, trasmitió autoridad en la personificación de John Relyea, mientras que sólo fue correcta la princesa extranjera de Emily Magee. Adecuado el Coro en sus breves intervenciones, muy homogéneas las tres ninfas Dísella Làrusdóttir, Renée Tatum, Maya Lahyani, y solvente el resto del elenco.

Wednesday, January 15, 2014

La Traviata en el Teatro alla Scala de Milán

Marco Brescia & Rudy Amisano

Massimo Viazzo

La Traviata con la que se inauguró la nueva temporada, y que a su vez concluyó el año verdiano en el Teatro alla Scala de Milán, dividió al publico de los apasionados. Sobre todo fue la puesta escénica la que estuvo en la silla de los acusados, ya que el espectáculo firmado por Dmitri Tcherniakov apuntó hacia la psicología de los personajes y sin las convenciones que caracterizan a la ópera, ya que no hubo “gitanas” que bailaban alzando sus faldas como ningún “matador” haciendo piruetas; o la tradicional muerte en la cama de Violetta, y esto para los melómanos italianos de más callo fue inaceptable. Seguramente también les fastidio que en el segundo acto mientras Alfredo y Violetta cantaban sus sublimes melodías preparaban la comida en una rustica cocina. Aun así, la lectura de Tcherniakov fue respetuosa del libreto y de la música, sin incurrir completamente en el Regietheater.  Para el que escribe, el trabajo efectuado por el director ruso, de apuntar todo hacia los sentimientos más íntimos de los personajes dejando a un lado la exterioridad, fue muy convincente. Esta Violetta ama, sabe amar y quiere amar; y el hecho de que además sea una prostituta pareció no importarle al director de escena ruso. Tcherniakov no se contuvo tampoco de la enfermedad de Violetta, que pareció ser un mal interior en consecuencia de su desesperada situación sentimental. El trabajo para delinear con gran escrúpulo y de manera minuciosa el carácter de los protagonistas, de los cuales se buscó cada pliegue y cada cambio por más mínimo que fuera, fue el punto exitoso de un espectáculo ambientado en espacios cerrados, al estilo Bergman, pero no claustrofóbicos. Daniele Gatti dirigió a la Orquesta de la Scala con gran pericia, alentando por aquí y por allá los tiempos. Lo que se perdió de tensión y tersura en el acompañamiento se ganó en profundidad dramática. De cualquier manera, la orquesta estuvo por momentos un poco pesada. Buena fue la prueba de la soprano alemana Diana Damrau, quien supo captar las facetas del personaje verdiano con una voz solida, un timbre líricamente rotundo y un acento emocionado. Como actriz estuvo extraordinaria y como cantante impecable. A sus anchas estuvo el tenor polaco Piotr Beczala en el papel de Alfredo, con tanto vigoroso y apasionado y una técnica confiable. Zeliko Lucic interpretó un Germont sonoro pero no muy variado y monolítico en la emisión que fue segura pero poco fantasiosa. Muy bien el coro y discretos los demás cantantes.

Monday, December 30, 2013

La Traviata - Teatro alla Scala, Milano

Foto: Marco Brescia & Rudy Amisano

Massimo Viazzo

La Traviata, che ha inaugurato la nuova stagione e che ha chiuso l’anno verdiano al Teatro alla Scala di Milano, ha diviso il pubblico degli appassionati. Soprattutto è la regia ad essere stata messa sul banco degli imputati. Lo spettacolo firmato da Dmitri Tcherniakov puntava soprattutto sulla psicologia dei personaggi facendo piazza pulita delle convenzioni che caratterizzano l’opera: quindi niente “zingarelle” che ballano alzando la gonnella, niente “mattadori” che piroettano, niente morte di Violetta nel tradizionale letto … E questo per i melomani italiani più incalliti non è ancora accettabile … E deve aver dato fastidio anche il secondo atto durante il quale Alfredo e Violetta cantavano le loro sublimi melodie mentre preparano da mangiare in una rustica cucina. Eppure la lettura di Tcherniakov era rispettosa di libretto e musica, non trattandosi assolutamente di Regietheater.  Per chi scrive, il lavoro effettuato dal regista russo, quello cioè di puntare tutto sui sentimenti più intimi dei personaggi lasciando da parte le esteriorità, è parso molto convincente. Questa Violetta ama, sa amare e vuole amare, e il fatto che sia anche un prostituta non interessa molto al regista russo. E Tcherniakov non si sofferma più di tanto nemmeno sulla malattia di Violetta, che qui sembra più una malattia interiore conseguenza della sua disperata situazione sentimentale. L’impegno nel tratteggiare con grande scrupolo e minuziosità il carattere dei protagonisti, dei quali viene indagata ogni increspatura e ogni mutamento seppur minimo, sono la cifra vincente di uno spettacolo ambientato in spazi chiusi, alla Bergman, ma non claustrofobici. Daniele Gatti ha diretto l’Orchestra della Scala con grande perizia, rallentando qua e là i tempi. Quello che si è perso talvolta in tensione e stringatezza negli accompagnamenti lo si è guadagnato in scavo e profondità drammatica. A volte però l’orchestra è parsa un po’ pesante, Grande prova per Diana Damrau. Il soprano tedesco ha saputo cogliere le sfaccettature del personaggio verdiano con una voce salda, un timbro liricamente rotondo e un accento emozionato. L’attrice è straordinaria e la cantante impeccabile. Brava! A suo agio nei panni di Alfredo il tenore polacco Piotr Beczala: canto vigoroso e appassionato, e tecnica affidabilissima, mentre Zeliko Lucic ha interpretato un Germont sonoro ma non molto vario, monolitico anche nell’emissione, sicura ma poco fantasiosa. Bravo il coro e discrete le parti di fianco.

Tuesday, August 27, 2013

Messa de Requiem de Verdi - Salzburgo

© Silvia Lelli
 
Luis Gutiérrez
 
Un concierto que atesoraré el resto de mi vida
Salzburgo, 18/08/2013. Grosses Festpielhaus. Giuseppe Verdi: Messa da Requiem (22 de mayo de 1874, San Marco en Milán). Solistas: Krassimira Stoyanova (soprano), Elīna Garanča (mezzosoprano), Piotr Beczala (tenor) y Dmitry Belosselskiy (bajo). Asociación de Conciertos del Coro de la Ópera de Viena. Ernst Raffelsberger preparador del Coro. Orquesta Filarmónica de Viena. Riccardo Muti.
Tan sólo leer la ficha de este concierto estremece. Verdi y su Requiem, Salzburgo, un cuarteto impresionante de solistas, una de las mejores orquestas del mundo, de hecho la más brillante al afinar a 444 hertz (truquito interesante) junto a un coro que también es de los mejores del medio y todos dirigidos por alguien a quien La Scala debe extrañar: el gran Riccardo Muti. En 1869 se planeó una Messa per Rossini, muerto un año antes, a realizarse por 12 compositores de diversas regiones de Italia que representaban la unificación no sólo política del país, sino de los mundos de la ópera, la música de iglesia y de concierto de su tiempo. Verdi compuso para la ocasión el “Libera me”. Muy a la italiana, el proyecto se canceló nueve días antes de su primera ejecución (la obra se estrenó como curiosidad musicológica hasta 1988). Verdi retomó la idea y compuso el Requiem en honor del poeta y novelista Alessandro Manzoni, quien escribiese una de las novelas italianas más significativa del siglo 19, “I promessi sposi”. Verdi, como muchos intelectuales de su tiempo (y de hoy), era agnóstico y anticlerical, haciendo explícita su antipatía a la iglesia en Don Carlo, una de cuyas versiones incluye la melodía base (en el final del cuarto acto) del “Lacrimosa”. El Requiem ha sido acusado de ser muy “operístico”, especialmente al compararlo con el Ein Deutches Requiem de Brahms (1866) proveniente de la tradición luterana. Hans von Bülow se atrevió a decir en forma derogatoria que el Requiem de Verdi era una “ópera en sotana”. En mi opinión la música que Verdi compuso para esta ocasión simplemente proviene de Italia cuyo resplandor natural ilumina esta obra maestra. Creo que existen muy pocas descripciones musicales de la presencia infernal como la que transmite el “Diesi irae”. Es precisamente al inicio del “Diesi irae” cuando coro y orquesta dejaron una impronta indeleble en mi ser. El mal existe seguramente y lo que lo anuncia es el bombo tocado fortissimo. Todos los solistas estuvieron magníficos, especialmente las mujeres, la Krassimira Stoyanova cerró espectacularmente la obra al cantar el “Libera me” antes de la repetición, ya no tan estentórea, del coro cantando el “Diesi irae”.  Debo decir que quien más me impresionó (por raro que parezca) fue Elīna Garanča cuyo “Lux aeterna” debió ser realmente eterno. La inyección hormonal masiva que genera un embarazo en una cantante de la calidad de Elina, no sólo hace que su belleza se intensifique (aunque no lo crean), sino su voz se ha hecho aún más dulce y potente a la vez. Al final sucedió algo que muy raras ocasiones sucede en Salzburgo; los 2179 asistentes al concierto ovacionaron de pie a los artistas por no menos de diez minutos.  La función fue transmitida en vivo por la radio austriaca por lo que creo que en un futuro habrá un CD de este concierto. Si lo ven, no lo dejen ir.   

Monday, June 14, 2010

Die Meistersinger von Nürnberg y Evgenij Onegin en la Opera de Zurich

Foto: Suzanne Schwiertz / Die Meistersinger - Robert Dean Smith . Edith Haller / Eugen Onegin- Thomas Hampson

Massimo Viazzo

Estos Maestros Cantores serán recordados principalmente por la fulgurante dirección musical de Phillipe Jordan. Las dotes de Jordan, hijo del arte nativo de Zurich pero afincado en Paris, quizás no han podido captar la atención más allá de los Alpes. Sin pretender incomodar modelos ilustres (pero el Karajan de 1951 se hizo presente en mas de una ocasión en esta velada en Opernhaus), la lectura del talentoso director suizo se baso en la inexhausta brillantez, el cuidado de los empastes timbricos, la acentuación siempre caligráfica de los Leitmotive, y la centelleante exuberancia rítmica. Ya desde los primeros movimientos de su batuta en el Preludio, quitando cada pesadez, con sentido de contagiosa energía, de joy de vivre, y de urgencia comunicativa, electrizó la atmosfera, y recorriendo los temas wagnerianos con naturaleza y coherencia: un caleidoscópico y remolino de colores. Justo eso fue lo que estuvo ausente, un día después, en la letárgica y destejida concertación de Vladimir Fedoseev, en un Eugenio Onegin que pareció un poco inconclusa también desde el plano visual. El hecho de que también la “escena de la carta” haya sido soporífera se debió a que justamente algunas cosas no cuadraron, como la falta de paso teatral, algunos desfases entre el foso y el escenario, y la carencia evidente de profundidad psicológica, quizás un fraseo mas abigarrado y una timbrica mas seductora no hubiera comprometido una función que sumando sus partes resultó ser poco brillante, y que solo Thomas Hampson, logró compensar en parte con sus indudables dotes actorales, y sus actuales limites vocales, como una emisión leñosa y fatigosos agudos.

Petra Maria Schnitzer
, quien debutaba el papel de Tatiana, estuvo solo correcta, pero mejorada por el optimo Lenski, ardiente y exaltado de Piotr Beczala que ofreció agudos timbrados al grado de cantar siempre a flor de labio y con buena proyección vocal. Una verdadera joya fue la recuperación, al límite de lo audible del aria «Kuda, kuda, kuda vi udalilis»!).
Pero volviendo a los Maestros Cantores, fue para enmarcar la prestación de Michael Volle, cuya calida y comunicativa vocalidad le permitió confeccionar el retrato de un Beckmesser simpático y alborotador, pero siempre como un exquisito liederista. Robert Dean Smith tuvo una prestación que fue en crescendo, aunque por momentos estuvo un poco en defensa, Alfred Muff fue un Sachs bastante sobresaliente aunque monótono, Edith Haller fue una Eva un poco matrona que incurrió en una fastidiosa rigidez y Matti Salminen, un sólido y probado Pogner, completó un elenco que si bien no fue extraordinario, fue bastante creíble sobre la escena. El espectáculo firmado por Nikolaus Lehnhoff obtuvo altura en el segundo acto donde unas luces diáfanas y un espacio vacío y delimitado al fondo por una escalaras y en la parte alta por una grande y brillante esfera nos introdujo sutilmente en la encantada noche wagneriana.

Friday, May 28, 2010

Die Meistersinger - Eugen Onegin - Opernhaus Zurich

Foto: Suzanne Schwiertz / Die Meistersinger - Michael Volle / Eugen Onegin- Thomas Hampson

Massimo Viazzo
Questi Meistersinger verranno ricordati principalmente per la folgorante direzione di Philippe Jordan. Le doti di Jordan, zurighese e figlio d’arte, ora di stanza a Parigi, forse non sono ancora ben note al di qua delle Alpi. Senza dover scomodare modelli illustri (ma il Karajan d’annata del 1951 faceva l’occhiolino in più di un’occasione l’altra sera all’Opernhaus…) la lettura del talentuoso direttore svizzero si è imposta per la mercurialità inesausta, la cura degli impasti timbrici, la sottolineatura mai calligrafica dei Leitmotive, l’esuberanza ritmica scintillante. Già dalle prime battute del Preludio, bandita ogni pesantezza, un senso di energia contagiosa, di joy de vivre, di urgenza comunicativa, elettrizzava l’atmosfera e i temi wagneriani si rincorrevano con naturalezza e coerenza: un caleidoscopico e vorticoso turbinio di colori! Proprio ciò che, invece, latitava nella concertazione letargica e sfilacciata di Vladimir Fedoseev, il giorno seguente, in un Onegin apparso un po’ inconcludente anche sul piano visivo. Se anche la «Scena della lettera» risulta soporifera ci deve essere proprio qualcosa che non quadra… La mancanza di passo teatrale, qualche sbandamento buca-palcoscenico, la carenza di scavo psicologico evidenziabile, ad esempio, con un fraseggio più variegato e una timbrica più seducente, tutto questo ha un po’ compromesso una recita tutto sommato non brillantissima - Thomas Hampson è riuscito solo in parte a compensare, con le indubbie doti attoriali, gli attuali limiti vocali (emissione legnosa e acuti faticosi), e la Tatiana di Petra Maria Schnitzer, al debutto nel ruolo, è parsa non più che corretta - risollevata dall’ottimo Lenski focoso ed esaltato di Piotr Beczala, dagli acuti timbrati e in grado di cantare a fior di labbro sempre con buona proiezione vocale (un vero gioiello la ripresa, al limite dell’udibile, di «Kuda, kuda, kuda vi udalilis»!).
Tornando ai Meistersinger da incorniciare è parsa la prestazione di Michael Volle, la cui vocalità calda e comunicativa gli ha permesso di confezionare un ritratto di Beckmesser simpatico attaccabrighe, ma pur sempre squisito liederista. Robert Dean Smith (la sua è stata una prestazione in crescendo, ma spesso un po’ in difesa), Alfred Muff (Sachs abbastanza autorevole, ma troppo monocorde), Edith Haller (una Eva un po’ matronale che è incorsa anche in qualche fastidiosa fissità) e Matti Salminen (il solito collaudato Pogner) completavano un cast non straordinario, ma abbastanza credibile sulla scena. Lo spettacolo firmato da Nikolaus Lehnhoff ha preso quota nel secondo atto dove giochi di luci diafane in uno spazio vuoto delimitato sul fondo da una gradinata e in alto da una grossa sfera cautamente luccicante ci introducevano impalpabilmente nell’incantata notte wagneriana.