Ramón Jacques
Jenůfa è stata rappresentata al teatro dell’opera olandese con
la nuova proposta di Katie Mitchell
adattata all’epoca moderna con scene e costumi di Lizzie Clachan, che raccontava la storia come se si trattasse di
una telenovela, toccando temi sociali attuali come le molestie sul posto di
lavoro, le gravidanze non desiderate e la violenza contro le donne. Le
iummagini apparivano dirette e realistiche e si sviluppavano in un ufficio, nella
casa della Kostelnička e in un salone delle feste, con delle scene così ben progettate
da sembrare in uno studio televisivo, sebbene ciò che effettivamente si
osservava erano immagini della vita tormentata di Jenůfa. La scena più
di impatto è stata quella nell’ufficio del primo atto in cui lo spettatore
poteva vedere quello che succedeva negli ambienti di una importatnte impresa,
separati da muri, e nel quale Jenůfa lavorava
come segretaria esecutiva. Risaltava la drammaticità e la cupezza della
partitura orchestrale grazie alla solida direzione di Tomáš Netopil davanti ad una omogenea Netherlands Philarmonic Orkest. Molto buono il disimpegno vocale pieno di
lirismo e di qualità della voce esibito dal soprano Annette Dash, che debuttava nel personaggio di Jenůfa, la cui figura attraente e slanciata ben si adattava al
personaggio disegnato in questa produzione. Evelyn Herlitzius è stata la malevole Kostelnička,
ambizionsa, diabolica e credibile, con un vigoroso dispiego di mezzi vocali.
Altro punto di eccellenza nel cast è stata la presenza dell’esperto
mezzosoprano tedesco Hanna Schwarz
nel ruolo della nonna Buryiiovka, di cui si registrava la sua lunga esperienza
e la sicurezza vocale. Norman Reinhardt
ha impersonato bene lo sgradevole Števa,
da parte sua Pavel Černoch ha dato colore e smalto al suo canto come violento
Laca. E’ piaciuto il mezzosoprano Karin
Strobos per la sua incredula Karolka e il coro ha velocemente compiuto i
propri interventi.








De hecho, el director de escena noruego no se limitó a narrar la historia de Parsifal (por ejemplo, en el preludio se ayudó de una pantomima un poco larga para contar la muerte de mama Herzeleide) de una manera mas amplia al espectro de la narración con múltiples refracciones y estratificaciones temporales que envolvieron la historia misma del festival – el Templo de Graal en que se ambientó la ultima parte del primer acto repitió claramente aquel que fuera diseñado por Paul von Joukowsky en 1882 para el estreno absoluto de la opera- como el de villa Wahnfried, escenografía de eventos sobre la escena, de la misma Alemania, con un impresionante final situado en el Bundestag alemán. El todo estuvo acompañado por la constante presencia de una cama en el centro de la escena, como símbolo claro de la vida y la muerte, que traga y escupe individuos en metamorfosis. Fue un espectáculo riquísimo y por ciertos versos inquietante, que se espera que pronto pueda encontrar la vía del DVD. Irónico, divertido, provocativo fue al final el nuevo Lohengrin de Hans Neuenfels, que fue dirigido con ímpetu, pero poco atmosfera, por el joven leton Andris Nelsons. Cuidado dramatúrgico y muy elegante escénicamente estuvo esta producción escénica que será recordada sobretodo por dos motivos: la prueba mayúscula propuesta por Jonas Kaufmann en el papel del caballero cisne, robusto, viril, timbrado, fijado a los agudos y siempre muy variado en el fraseo (nunca con un falsete ni en los pianísimos); y la transformación de los pobres brabantinos en grande ratas blancas, negras (y rosas) en la óptica de una radical descontextualización de los acontecimientos. Es claro que estos ratones suscitaron la diversión del público en la apertura de la cortina (pero que se transformaron en ternura en la escena del cortejo nupcial del segundo acto con todas los ratoncitos vestidos con multicolores y la cola colgante) creíble metáfora de un pueblo manipulado en un laboratorio que puede esperar a liberarse solo aspirando de manera utópica a una forma de vida superior, mucho muy emancipada.



