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Wednesday, December 19, 2018

Con Norma el Colón de Buenos Aires cerró su Temporada Lírica 2018

Fotos: Gentileza. Prensa Teatro Colón/ Arnaldo Colombaroli


Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

Buenos Aires, 05/12/2018. Teatro Colón. Vincenzo Bellini: Norma. Ópera en dos actos. Libreto de Felice Romani. Mario Pontiggia, dirección escénica. Enrique Dartiguepeyrou y Claudia Bottazzini, escenografía. Aníbal Lápiz, vestuario. Matías Otálora, vídeo. Rubén Conde, iluminación. Anna Pirozzi (Norma), Fernando Radó (Oroveso), Annalisa Stroppa (Adalgisa), Héctor Sandoval (Pollione), Guadalupe Barrientos (Clotilde), Santiago Bürgi (Flavio). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director del Coro: Miguel Fabián Martínez. Director Musical: Renato Palumbo

Con una nueva producción escénica de Norma de Bellini el Teatro Colón cerró su Temporada Lírica Oficial 2018. A cien años del estreno en el escenario de la porteña calle Libertad, que ocurrió el 16 de julio de 1918, se constata que en los primeros cincuenta años Norma subió a escena en once temporadas con legendarias sopranos como Rosa Raisa, Claudia Muzio, Gina Cigna, Zinka Milanov, María Caniglia, María Callas y Dorothy Dow. Mientras que en el último medio siglo le dieron vida a uno de los roles más complejos y difíciles de la lírica italiana del siglo XIX Joan Sutherland en 1969, Adelaida Negri en 1985, Lucía Aliberti en 1995 y June Anderson alternándose con María Pía Piscitelli en 2001. La soprano Anna Pirozzi deslumbró como una Norma segura y expresiva. La excelencia de su prestación permitió demostrar su compenetración, la belleza de su timbre, su volumen, su dominio técnico y estilístico, el manejo adecuado de las agilidades, su línea de canto inmaculada y las sutilezas interpretativas. La mezzosoprano Annalisa Stroppa fue una Adalgisa de perfectos acentos. Su color vocal atrayente, su vocalidad sin mácula, su perfecto fraseo y la perfección de las agilidades y coloraturas, sumados a su eficacia actoral la posicionaron como la segunda estrella de la noche. 
Para concluir con el elenco femenino, Guadalupe Barrientos fue un verdadero lujo para el pequeño rol de Clotilde. El tenor mexicano Héctor Sandoval aportó volumen y rusticidad a su Pollione. No defrauda, ya que cumple con las exigencias de la partitura, pero queda opacado por Norma y Adalgisa tanto en la calidad vocal como en la sutileza del canto. Fernando Radó encarnó a Oroveso con su acostumbrada calidad y Santiago Bürgi interpretó a Flavio con emisión sana. Renato Palumbo concertó con eficacia siendo perfecto apoyo de los solistas pero a la vez encontrando matices orquestales para dar realce a la partitura belliniana. Un trabajo prolijo y de calidad con verdadero nervio italiano y perfección estilística. El Coro Estable se desempeñó con la profesionalidad de siempre, logrando gran impacto en las escenas de conjunto. La versión visual contó con soberbios telones pintados fruto de las ideas de Enrique Dartiguepeyrou y Claudia Bottazzini que fueron realizados con maestría por los talleres del Colón y con el exquisito vestuario firmado por Aníbal Lápiz pleno de telas livianas para las damas y de acertada gama de colores para los caballeros. Correcta la iluminación de Rubén CondeMario Pontiggia como director escénico buscó simetrías en el manejo de las masas que emparentan a Norma con la tragedia griega con absoluta precisión y perfección. Mientras que las marcaciones de los solistas fue resuelta también a la manera de una tragedia griega pero dejando actuar y cantar con comodidad sin movimientos bruscos o antinaturales pero a la vez sin estatismos.

Sunday, May 29, 2016

La Boheme en el Teatro Argentino de la Plata


FotoL Guillermo Gennitti
Dr. Alberto Leal

Estrenada en 1896 en el Teatro Regio de Turín poco podemos agregar de esta magnífica obra del Maestro Puccini.Solo con decir que es la cuarta ópera más representada en el mundo, queda en claro el interés que despierta en todos los amantes de la ópera. La versión con que abrió su temporada el Teatro Argentino deber ser considerada de excelencia, demostrando una vez más que bien elegido el reparto nuestros cantantes pueden realizar excelentes prestaciones. El Maestro Carlos Vieu, siempre una garantía al frente de la orquesta estable, brindó una excelente versión musical, impecable en estilo, supo equilibrar foso y escenario, nunca tapando a los cantantes y brindar brillantez cuando era requerida. Gran trabajo que fue acompañado por la orquesta estable en todo momento. Mario Pontiggia generó una escenografía en dos planos, muy interesante, aunque la segunda planta no fue muy usada, dio un muy buen marco visual. Como es sabido no soy proclive a los cambios de época en las óperas en general. Sin embargo aquí, trasladada alrededor de 1940, fue coherente en todo momento y no alteró mayormente la trama. El vestuario, también de Pontiggia fue mucho menos convincente. No hay forma de justificar que Mimí llegue moribunda con el peinado recogido impecable como usó en toda la representación ni vestida de impactante floreado (todo esto restó fuerza dramática al final) Tampoco es explicable que en Paris en pleno invierno y en la calle salgan bailarinas en malla. Hay muchos detalles de este tipo pero lo valioso es que marcó muy bien a los cantantes, quienes respondieron en gran forma, creando momentos de comicidad de buen cuño y otros de notable sensibilidad. Lo vocal nunca bajó de un nivel de excelencia. Daniela Tabernig, una de las jóvenes figuras con segura transcendencia a nivel internacional, brindo una brillante Mimí, con hermoso timbre, importante volumen y una gran facilidad para matizar. Actuó en forma siempre correcta, aunque la escena de la muerte – tal vez no favorecida por el entorno - fue lo menos convincente de su trabajo. Gustavo López Manzitti, en uno de los mejores trabajos que le he visto en todos estos años, junto al Werther del Colón. Cantó con bella línea de canto, sensibilidad y notables matices. Fue un convincente actor y esta vez – a diferencia del Colón – usó una peluca perfecta que parecía absolutamente natural. El esperado Do del aria fue algo más tirante que el resto de su canto, pero seguro. Como en otras ocasiones su timbre algo falto de armónicos y punta no dio la fuerza de los típicos timbres mediterráneos. Pero en un todo es un más que respetable Rodolfo. Y como ha probado todos estos años es un tenor “todo terreno” que puede pasar de Verdi, Puccini a ópera francesa, alemana o contemporánea y siempre está perfecto en estilo. Ricardo Crampton, en su vuelta a nuestro país, ya que está radicado en Italia haciendo una interesante carrera, mostró su hermoso timbre de barítono, su canto tiene ahora más soltura, lo mismo que su físico, pero manteniendo siempre su línea de canto y su importante volumen. Actuó y cantó con total solvencia, favorecido además por su apariencia física. Siempre se vio en él un elemento para hacer una carrera internacional y puede verse en las críticas de la época que residía en nuestro país. Sin dudas de lo más notorio del reparto. Esperemos verlo en nuestro querido Teatro Colón en poco tiempo. Una total revelación fue la joven soprano chilena Yaritza Véliz. Una Musetta no fácilmente olvidable. Tiene un hermoso timbre de soprano ligera con suficiente volumen, su canto siempre fue expresivo, matizado y su actuación del segundo acto, cantando y actuando con gran sensualidad fue totalmente un logro. Un verdadero hallazgo haberla contratado. Otro punto destacado fue la actuación de Emiliano Bulacios, luciendo una importante voz de bajo y conmoviendo en su aria “Vecchia zimarra, senti “. Mario Di Salvo, completó con solvencia vocal y escénica el grupo de bohemios. Un nivel de total corrección brindó el resto del elenco. Gran trabajo del coro, dirigido por Hernán Sánchez Arteaga, lo mismo que el de niños dirigido por Mónica Dagorret. Una gran apertura de temporada con un “Boheme” que merece ser vista. Nota: Una pregunta para el Director General y Artístico Sr. Martin Bauer, si en una función de “La Boheme”, un domingo por la tarde, con excelente elenco, dirección y atractiva puesta, además de un precio absolutamente acomodado, no logró llenar la platea, con varias filas vacías en la parte trasera y notables blancos en el resto de la sala, que se puede esperar para las funciones de ópera contemporánea? Es para pensar

Tuesday, January 3, 2012

La Boheme - Teatro del Maggio Musicale Fiorentino

Foto: Maggio Musicale Fiorentino

Leonardo Monterverdi

Alla fine Puccini vince sempre… comunque la realizzi, comunque la canti, comunque la suoni, la musica della Bohème, ma anche la vicenda, molto attuale in un periodo di crisi che ai “nuovi ricchi” di qualche anno fa sta vedendo sostituirsi la classe sociale dei “nuovi poveri”, è talmente forte e resistente al tempo che funziona a distanza di oltre un secolo dalla sua prima. E così è stato anche per la rappresentazione del Maggio Musicale, una ripresa del dignitoso e agile allestimento di Francesco Zito (scene e costumi) e di Mario Pontiggia (regia), colle luci di Gianni Paolo Mirenda. L’allestimento fu pensato dalla direzione del Maggio per un’ingegnosa ministagione di opere di successo per i giovani, proposto in una chiave che strizzava l’occhio al cinema, con scene e costumi basici ed efficaci, non faraonica ma comunque suggestiva, che si intitolava “Recondita armonia”. La vicenda è trasportata dal 1830 all’epoca in cui Puccini la scrisse, intrisa così di atmosfere liberty e borghesi, che forse però non sempre si adattavano alla rappresentazione di una classe sociale povera e derelitta come quella della Parigi di Luigi Filippo. Elegante, comunque. La regia era abbastanza curata nei dettagli, degli artisti soprattutto, meno nelle scene di massa. I due cast che abbiamo ascoltato erano assolutamente all’altezza della situazione e abbiamo enormemente apprezzato le due Mimì, pur se con delle interpretazioni assai diverse. Carmela Remigio ha scavato il suo personaggio facendo leva più sulla malattia della protagonista, quasi ricercando anche nella voce una sonorità malata, affaticata, accompagnandola con gesti essenziali, faticosi anch’essi, dando una bella prova di sé, con invidiabili mezze voci di velluto nell’ultimo atto. Yolanda Auyanet, seconda Mimì, ha sfoderato la sua bella voce morbida e forse più brunita, ma sempre compatta e lirica, puntando anch’essa sulla tisi e sulla sofferenza, ma con un’intima e segreta scintilla di vitalità, che la Remigio aveva invece soppressa, in una visione assolutamente fatalista e oscura. E viene in mente Nicole Kidman in Moulin Rouge, abile pot-pourri di tutti i tipi di mélo d’ogni epoca, una tisica che però ha guizzi di vitalità da rassicurare gli amici e chi la ama. Il loro Rodolfo è sempre stato Lorenzo Decaro, apprezzabile per l’ottima dizione e declamazione, la cui voce, però, possiede più caratteristiche liriche che spinte; infatti l’emissione risultava un po’ meno sonora proprio nel passaggio al registro acuto, prevalentemente di testa e con un unico colore, senza l’intera gamma di armonici che ci si aspetterebbe da un tenore pucciniano. E la cosa era tanto più evidente in un teatro grande e sordo come il Comunale di Firenze.

Può lavorarci, perché il materiale è comunque di buona qualità, ma stando attento a non forzare, rischiando di rovinare il bel materiale. Scenicamente, ogni tanto troppi colpi di testa per sottolineare delle emissioni, hanno un po’ inficiato la sua notevole disinvoltura sul palco. Le due Musetta, Alessandra Marianelli e Rocio Ignacio, sono state imbattibili per la loro vivacità e proprietà sia vocale sia drammatica. Merita nota, oltre all’eccellente esecuzione del famoso valzer del secondo atto, quasi operettistico, la loro commovente partecipazione al disastro finale dell’opera, la preghiera, inutile ma sentita come ultima luce di speranza. Il Marcello di Stefano Antonucci si è distinto per l’eleganza e l’abilità di chi in scena sembra esserci nato, mentre quello di Devid Cecconi, pur dotato di voce interessante e sonora, era un po’ troppo dinoccolato e scenicamente gli nuoceva il piegare costantemente i ginocchi a quasi ogni emissione, oltre a una gestualità generica da curare molto per una carriera interessante a cui potrebbe essere avviato. Simone Del Savio era certamente a suo agio in Schaunard, e la sua bella voce morbida, disinvolta e spiritosa ha illuminato il musicista squattrinato del quartetto di amici, quasi essendo più lui che Colline il decano dei quattro, sempre interagendo cogli altri con discrezione e affetto. E lo splendido Marco Vinco ha disegnato un Colline fin de siècle, più vicino a un personaggio cinematografico che operistico, con i suoi interventi sagaci e pungenti, fino a una commovente “Vecchia zimarra”, aliena da tutti i birignai noti e arcinoti di bassi famosi. L’altro Colline, Felipe Bou, era un altro tipo di filosofo, più lontano dai drammi umani e distratto solo da sé, ma non meno presente vocalmente né meno interessante, e si distingueva per una declamazione più uniforme, senza particolari guizzi interpretativi, ma comunque corretto. I sempre ottimi complessi del Maggio, orchestra e coro, quest’ultimo diretto da Piero Monti, erano agli ordini di Carlo Montanaro, interessante bacchetta delle ultime generazioni di direttori italiani, che sembra aver assecondato l’idea dell’opera come un grande film con colonna sonora. Belle le sonorità dell’orchestra, in un equilibrato rapporto colla scena, anche se di tanto in tanto si percepiva che i cantanti avrebbero gradito essere seguiti un po’ di più, pena fiati supplementari e perdita di tenuta. Cosa che si è regolarmente verificata. A parte questo, ci è parsa una buona lettura della Bohème. Pubblico formato in gran parte di giovani, che significa che l’operazione di rinverdimento del pubblico fiorentino da parte del Maggio ha funzionato: entusiasta ma indisciplinato, questo pubblico non attendeva, prima degli applausi, la fine strumentale d’atmosfera dei brani vocali, che pure, in Puccini, sono così importanti. Speriamo che imparino. La presenza giovanile nelle stagioni fiorentine è una speranza per un pubblico di domani, specialmente in periodi di crisi, dove forse l’unica cosa che può ancora salvarci è proprio la musica, nostra e altrui, unico patrimonio mobile che fa conoscere nel mondo ciò che eravamo e che siamo incerti se potremo continuare a essere.

Sunday, January 1, 2012

La Bohème en el Teatro del Maggio Musicale de Florencia

Fotos: Maggio Musicale Fiorentino

Leonardo Monterverdi

Al final Puccini siempre gana: no importa come se realice, como se cante o se toque. La música de La Bohème, y la trama, es muy actual en una época de crisis donde los “nuevos ricos” avanzan y los remplazan los “nuevos pobres”, y es tan fuerte que resiste al tiempo y funciona después de mas que un siglo de su creación. Así fue también por las funciones del Maggio Musicale, una digna y elegante realización de Francesco Zito (vestuario y escenario) con puesta escénica de Mario Pontiggia e iluminación de Gianni Paolo Mirenda. La realización fue pensada por la dirección artística del teatro para una ingeniosa mini-temporada de operas de éxito para jóvenes, propuestas como si fueran películas melodramáticos, con escenas y vestuarios sencillos y eficaces, sin demasiada pompa pero con sugestión, que fue titulada “Recondita armonia”. La trama de esta Bohème es transferida de 1830 a la época en la que vivía el Puccini, con atmósferas art nouveau y burguesas, que quizás no se adaptaban siempre a la representación de una clase social pobre y desesperada como la de Paris a la época de Louis Philippe. De todas formas es una realización elegante, y la regia cuidó los detalles más de los artistas que de los ensambles.  Los dos repartos estuvieron a la altura de la situación como las dos Mimì, aunque sus interpretaciones fueran distintas. Carmela Remigio diseñó su personaje mas acentuado en el aspecto de la enfermedad de la protagonista, casi buscando en su voz también sonoridades de enferma, cansada, que acompañó con una gestualidad esencial, también cansada, regalándonos una excelente interpretación de envidiables mezze voci en el último acto. Yolanda Auyanet, segunda Mimì, desarrolló su voz suave y quizás más oscura pero siempre compacta y lírica, concentrándose en la tuberculosis y el sufrimiento, pero con un íntimo y secreto brillo de vitalidad, que Remigio había suprimido en una visión completamente fatalista. Rodolfo fue en ambos casos Lorenzo Decaro, apreciable por su óptima pronunciación y recitación, cuya voz posee carácter más lírico que spinto. Su emisión resultaba un poco menos sonora en el agudo, más “di testa” y con un único color, sin la entera gama de harmónicos que se espera de un tenor pucciniano y reducida desenvoltura en la escena. Las dos Musettas, Alessandra Marianelli y Rocío Ignacio, fueron invencibles por su vivacidad y propiedad vocal y dramática.
El Marcello de Stefano Antonucci fue distinguido por su elegancia y desenvoltura escénica, mientras que el de David Cecconi, dotado de voz interesante y sonora, parecía descamado y a él le perjudicaba su encorvar a menudo sobre las rodillas casi a cada emisión; además debería cuidar más su gestualidad escénica, un poco desordenada. Simone Del Savio estuvo seguro y cómodo como Schaunard, y su bella voz, suave, libre e ingeniosa iluminó la figura del músico. El esplendido Marco Vinco dio vida a un Colline fin de siècle, más cercano a un personaje cinematográfico que de opera, con intervenciones sagaces y mordaces, hasta una conmovedora “Vecchia zimarra” El otro Colline, Felipe Bou, fue otro tipo de filosofo pero interesante y presente vocalmente, destacándose por su declamación mas uniforme. Su “Vecchia zimarra” fue de todas maneras conmovedora.  La orquesta y coro, ese ultimo dirigido por Piero Monti, estuvieron como siempre en un alto nivel. Esta vez a la orden de Carlo Montanaro, interesante jefe de las ultimas generaciones italianas, que parecía secundar la idea de la opera como una colosal película sonora. Las sonoridades de la orquesta fueron apropiadas y en equilibrio con el escenario. El público formado en parte por jóvenes, significa que funcionó la operación del reverdecer del público florentino de la dirección del Maggio.