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Monday, April 1, 2019

Con Rigoletto se inició la Temporada Lírica 2019 del Teatro Colón de en Buenos Aires

Fotos: gentileza Prensa Teatro Colón: Máximo Parpagnoli


Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

Buenos Aires, 12/03/2019. Teatro Colón. Giuseppe Verdi: Rigoletto, ópera en tres actos, libreto de Francesco Maria Piave, basado en “Le roi s’amuse” de Victor Hugo. Jorge Takla, dirección escénica. Nicolás Boni, escenografía. Jesús Ruiz, vestuario. Matías Otárola, vídeo. Alejandro Cervera, coreografía. José Luis Fiorruccio. iluminación. Fabián Veloz (Rigoletto), Pavel Valuzhin (Duque de Mantua), Ekaterina Siurina (Gilda), George Andguladze (Sparafucile), Guadalupe Barrientos (Maddalena), Ricardo Seguel (El conde Monterone), Christian Peregrino (Marullo), Gabriel Centeno (Borsa), Sergio Wamba (Conde Ceprano), Mariana Rewerski (Condesa Ceprano), Alejandra Malvino (Giovanna), Sebastián Sorarrain (Ujier), Ana Sampedro (Paje). Orquesta y Coro Estable del Teatro Colón. Director del Coro: Miguel Fabián Martínez. Dirección Musical: Maurizio Benini.

El Teatro Colón de Buenos Aires inició la Temporada Lírica 2019 con Rigoletto de Verdi, ausente de su Cartelera desde diciembre de 2002, en una nueva puesta de esmerada corrección general pero que no entusiasmó. Maurizio Benini al frente de la Orquesta Estable desarrolló un adecuado trabajo de concertación, aunque por momentos el desborde orquestal primó sobre la sutileza como en el final del primer cuadro del primer acto. En el protagónico Fabián Veloz aportó su voz bien timbrada y su poderoso caudal para redondear un Rigoletto de calidad. Ekaterina Siurina fue una muy buena Gilda. Su registro es parejo y cristalino. 
No es exuberante en sobreagudos y coloraturas pero su fraseo es elegante. Tuvo algunos problemas en ‘Caro nome’ y su prestación fue de menos a más. El tenor Pavel Valuzhin como el Duque de Mantua evidenció buen caudal, emisión irregular, pocos matices y agudos forzados. El Sparafucile de George Andguladze fue irregular e intrascendente. Arrolladora resultó Guadalupe Barrientos como Magdalena. Ricardo Seguel mostró su valía como Monterone mientras que fue seguro y profesional el resto del elenco. El Coro que dirige Rubén Martínez cumplió eficazmente su cometido vocal. Jorge Takla propuso una visión escénica tradicional con poca marcación actoral y su único golpe de efecto fue la escenificación del preludio orquestal con la violación de la hija del conde Monterone y su encierro desnudo en una jaula, solución que no se aviene a la verdadera personalidad del Duque de Mantua que es un seductor que luego abandona sus conquistas y no un violador. Nada en su puesta en escena resultó novedoso o al menos actoralmente bien trabajado. La grandilocuente escenografía de Nicolás Boni con espacios enormes y eclécticos sirvió a los fines de la puesta. Aunque hay que mencionar que la solución de la escultura enorme semienterrada es la tercera vez que se utiliza en menos de un año en las puestas del Colón y la segunda -de dos diseños escenográficos confiados al artista- de las realizadas por Boni. De buen nivel el vestuario de época de Jesús Ruiz, rutinaria y poco atractiva la iluminación de José Luis Fiorruccio y correctas las danzas marcadas por Alejandro Cervera así como las proyecciones ideadas por Matías Otálora.





Wednesday, December 19, 2018

Con Norma el Colón de Buenos Aires cerró su Temporada Lírica 2018

Fotos: Gentileza. Prensa Teatro Colón/ Arnaldo Colombaroli


Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

Buenos Aires, 05/12/2018. Teatro Colón. Vincenzo Bellini: Norma. Ópera en dos actos. Libreto de Felice Romani. Mario Pontiggia, dirección escénica. Enrique Dartiguepeyrou y Claudia Bottazzini, escenografía. Aníbal Lápiz, vestuario. Matías Otálora, vídeo. Rubén Conde, iluminación. Anna Pirozzi (Norma), Fernando Radó (Oroveso), Annalisa Stroppa (Adalgisa), Héctor Sandoval (Pollione), Guadalupe Barrientos (Clotilde), Santiago Bürgi (Flavio). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director del Coro: Miguel Fabián Martínez. Director Musical: Renato Palumbo

Con una nueva producción escénica de Norma de Bellini el Teatro Colón cerró su Temporada Lírica Oficial 2018. A cien años del estreno en el escenario de la porteña calle Libertad, que ocurrió el 16 de julio de 1918, se constata que en los primeros cincuenta años Norma subió a escena en once temporadas con legendarias sopranos como Rosa Raisa, Claudia Muzio, Gina Cigna, Zinka Milanov, María Caniglia, María Callas y Dorothy Dow. Mientras que en el último medio siglo le dieron vida a uno de los roles más complejos y difíciles de la lírica italiana del siglo XIX Joan Sutherland en 1969, Adelaida Negri en 1985, Lucía Aliberti en 1995 y June Anderson alternándose con María Pía Piscitelli en 2001. La soprano Anna Pirozzi deslumbró como una Norma segura y expresiva. La excelencia de su prestación permitió demostrar su compenetración, la belleza de su timbre, su volumen, su dominio técnico y estilístico, el manejo adecuado de las agilidades, su línea de canto inmaculada y las sutilezas interpretativas. La mezzosoprano Annalisa Stroppa fue una Adalgisa de perfectos acentos. Su color vocal atrayente, su vocalidad sin mácula, su perfecto fraseo y la perfección de las agilidades y coloraturas, sumados a su eficacia actoral la posicionaron como la segunda estrella de la noche. 
Para concluir con el elenco femenino, Guadalupe Barrientos fue un verdadero lujo para el pequeño rol de Clotilde. El tenor mexicano Héctor Sandoval aportó volumen y rusticidad a su Pollione. No defrauda, ya que cumple con las exigencias de la partitura, pero queda opacado por Norma y Adalgisa tanto en la calidad vocal como en la sutileza del canto. Fernando Radó encarnó a Oroveso con su acostumbrada calidad y Santiago Bürgi interpretó a Flavio con emisión sana. Renato Palumbo concertó con eficacia siendo perfecto apoyo de los solistas pero a la vez encontrando matices orquestales para dar realce a la partitura belliniana. Un trabajo prolijo y de calidad con verdadero nervio italiano y perfección estilística. El Coro Estable se desempeñó con la profesionalidad de siempre, logrando gran impacto en las escenas de conjunto. La versión visual contó con soberbios telones pintados fruto de las ideas de Enrique Dartiguepeyrou y Claudia Bottazzini que fueron realizados con maestría por los talleres del Colón y con el exquisito vestuario firmado por Aníbal Lápiz pleno de telas livianas para las damas y de acertada gama de colores para los caballeros. Correcta la iluminación de Rubén Conde. Mario Pontiggia como director escénico buscó simetrías en el manejo de las masas que emparentan a Norma con la tragedia griega con absoluta precisión y perfección. Mientras que las marcaciones de los solistas fue resuelta también a la manera de una tragedia griega pero dejando actuar y cantar con comodidad sin movimientos bruscos o antinaturales pero a la vez sin estatismos.

Saturday, November 18, 2017

Aida en el Teatro Municipal de Santiago de Chile

Carlos Candia (elenco internacional) y Luis Hidalgo (elenco estelar)

Joel Poblete

Ya superado el conflicto que significó la huelga del sindicato técnico que desembocó en las funciones sin puesta en escena de Lady Macbeth de Mtsensk, la temporada lírica del Municipal de Santiago volvió a su curso normal, y en la primera quincena de noviembre ofreció su último título del año, la siempre popular Aida, de Giuseppe Verdi. En este retorno de la obra, luego de seis años de ausencia en Chile, se contó con una nueva producción a cargo del reconocido régisseur argentino Hugo de Ana, quien desde su debut en este escenario en 1980 ha regresado en diversas oportunidades, dejando en el recuerdo de los operáticos chilenos, algunos de los más memorables espectáculos de las últimas décadas. Aunque también ha tenido sus "tropiezos" locales, como su Macbeth futurista y orientalizado, o su Madama Butterfly de hace dos años, el artista suele ser garantía de calidad, y en esta nueva Aida, co-producción con el Teatro Real de Madrid (donde se presentará el próximo año), volvió a dejar una positiva impresión. Sobria y austera comparando con los excesos de otros montajes de esta obra, la puesta en escena de De Ana, quien se encargó además de la escenografía, vestuario e iluminación, supo utilizar muy bien los colores, sugerir en base a pocos elementos escenográficos, y manejar con inteligencia las dimensiones del escenario del Municipal. Los contornos del escenario sugirieron la forma de una pirámide, el piso estaba inclinado y en algunos momentos una parte de éste se convertía en una plataforma que se elevaba o bajaba permitiendo comunicar distintos niveles; entre los recursos visuales utilizados destacaron acertadas proyecciones (aunque algunas de ellas no se distinguían de manera totalmente clara), y el uso de espejos generando reflejos que realzaban el carácter de algunos pasajes. Su iluminación en particular fue muy sugestiva y atmosférica, y ayudó a resaltar el clima de las distintas escenas; y en cuanto a la afamada escena triunfal, que ya no fue un desfile, en ella se evitó el atiborramiento y supo ubicar muy bien al Coro del teatro, dirigido por Jorge Klastornik, que como siempre estuvo excelente. También fueron un aporte los números de danza creados por la veterana coreógrafa italiana Leda Lojodice, quien también ha cumplido con esta misión en anteriores producciones de De Ana en Chile, y además realizó previamente las coreografías de Aida del Municipal en una versión de 1997. Estas funciones permitieron un regreso: uno de los maestros chilenos que más han destacado en el exterior, Francisco Rettig, no sólo volvió a dirigir a la Filarmónica de Santiago luego de 14 años en un concierto sinfónico en marzo pasado, sino además ahora asumió la batuta en una ópera en el Municipal tras más de tres décadas, ya que la última vez que tuvo esa responsabilidad fue en 1984, con una Tosca de Puccini en la que coincidentemente la producción era de Hugo de Ana. Si bien hubo ciertos detalles de afinación o fugaces desajustes entre foso y escena, éstos no restaron mérito a una muy buena labor del maestro, quien guió una excelente versión. En cuanto a los solistas, mucho más contundentes fueron las voces masculinas, todas ya conocidas por el público del Municipal. Destacaron especialmente el tenor coreano Alfred Kim como Radamés, y el barítono ucraniano Vitaliy Bilyy como Amonasro, ambos de voces potentes y de generoso volumen; a lo largo de una década el primero ha ido dejando una impresión cada vez más grata en los espectadores locales con cinco roles distintos, entre ellos personajes en otras óperas de Verdi como El trovador en 2006 y Los dos Foscari en 2015, y en esta ocasión, aunque su actuación fue algo rígida y convencional pero siempre acertada, ofreció todo el aspecto heroico del canto de su rol, con un canto aguerrido y agudos seguros que le permitieron sobresalir en la siempre expuesta "Celeste Aida". 
El rol de Amonasro es breve pero fuerte, y de todos modos requiere un barítono que destaque en el repertorio verdiano, y Bilyy, quien también debutó en el Municipal hace más de diez años y ha abordado estilos muy distintos, ha brillado ahí especialmente en el compositor italiano, en títulos como Attila y El trovador, por lo que fue particularmente efectivo.  ¿Y las protagonistas femeninas? Cuando debutó en Chile hace dos años, interpretando a Santuzza en Cavalleria rusticana, nos pareció que la soprano rumana Cellia Costea actuó de manera distante y tenia un volumen generoso pero su voz era imprecisa en la afinación; ahora como Aida estuvo más convincente, y si bien nuevamente la emisión de algunas notas no fue totalmente afinada y parece más cómoda en los tonos medios que en los agudos, su labor fue progresando positivamente. En cuanto a quien para muchos es la verdadera protagonista de la obra, la intensa y altiva princesa Amneris, permitió el debut chileno de la mezzosoprano Marina Prudenskaya, quien está desarrollando una sólida carrera en prestigiosos teatros como el Covent Garden de Londres, el Festival de Bayreuth y la Staatsoper de Berlín; y sin embargo, a pesar de sus pergaminos, en sus primeras escenas si bien la voz es atractiva, llamó la atención lo reducido de su volumen y su discreta presencia escénica. Parecía como si estuviera guardándose para su gran momento, verdadero clímax dramático de la partitura, la escena del juicio; y en efecto, ahí al fin pareció más efusiva y con mayor despliegue vocal, aunque no llegó a las alturas de otras intérpretes que han abordado este rol en el Municipal en el pasado, incluyendo nombres como Fedora Barbieri, Marta Rose, Fiorenza Cossotto y Luciana D'Intino, por ejemplo.  Muy adecuados estuvieron por su parte el bajo coreano In-Sung Sim -quien antes en Chile cantó en el Municipal en Attila y La flauta mágica- como Ramfis, y el joven bajo-barítono ruso Pavel Chervinsky, que el año pasado ya estuviera en ese teatro en Tancredi y de nuevo regresara en marzo para la breve ópera en concierto Mozart y Salieri, fue ahora el estatuario Rey de Egipto.  En el segundo reparto, el llamado elenco estelar, la Filarmónica de Santiago fue guiada por su director residente, el maestro chileno Pedro-Pablo Prudencio, en una lectura vigorosa pero que no por ello descuidó las sutilezas sonoras, ni el balance entre la escena y la orquesta, ni tampoco dejó de apoyar a los solistas en los momentos más comprometidos o que ponían a prueba sus capacidades vocales. El reparto fue casi completamente local, salvo por los roles femeninos principales que estuvieron a cargo de dos intérpretes argentinas, una ya conocida por el público chileno y otra debutando en el país. En el rol titular, la soprano Mónica Ferracani volvió a confirmar su afinidad vocal e interpretativa con Verdi que ya demostrara en anteriores actuaciones en el Municipal, como en Attila (2012), El trovador (2013) y Los dos Foscari (2015); su voz potente, de buen volumen y bien proyectada, y la sensibilidad de su canto le permitieron sortear con inteligencia las dificultades del personaje, y a pesar de detalles puntuales en algunos pasajes conformó una de sus mejores interpretaciones en ese escenario, siendo convincente también en lo actoral. Por su parte, en su primera actuación en el Municipal la mezzosoprano Guadalupe Barrientos fue una Amneris mucho más intensa, imponente y expresiva en lo escénico que su colega del elenco internacional, exhibiendo una voz de atractivo color y un canto apasionado, aunque debe trabajar mucho más sus notas agudas y continuar explorando y desarrollando este demandante personaje. Con su reconocido oficio cimentado a lo largo de casi tres décadas de carrera solista, así como con su aporte escénico convencional pero siempre efectivo, abordando por tercera vez en el Municipal a Radamés -ya lo cantó en las versiones de 2005 y 2011- el tenor José Azócar sacó partido una vez más a los tintes heroicos de uno de los roles que mejor le quedan a su voz de spinto, de color oscuro y seguros y potentes agudos. Quien también retomó un personaje ya interpretado en esta ópera en ese teatro fue el bajo-barítono Homero Pérez Miranda, en este caso Ramfis, que ya cantara en 2011 (en 2005 también cantó esta ópera, pero en esa ocasión como el padre de la protagonista, Amonasro), y nuevamente tuvo un buen desempeño, a pesar de las notas más graves. Por su parte, el barítono Cristián Lorca asumió a Amonasro y a pesar de la convicción escénica con que se consagró a esta labor, en lo vocal presentó algunos problemas de afinación y emisión y las notas altas fueron algo tirantes. Y como el Rey de Egipto, el bajo Jaime Mondaca estuvo muy bien, con una voz de buen color y volumen, proyectada sin complicaciones desde el fondo del escenario. 

Tuesday, November 29, 2016

La octava de Mahler en el Colón de Buenos Aires

Prensa Teatro Colón /Arnaldo Colombaroli

Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

Buenos Aires, 23/11/2016. Teatro Colón. Gustav Mahler: Octava Sinfonía, en Mi bemol mayor. Solistas: Jaquelina Livieri, Daniela Tabernig, Paula Almerares (sopranos), Guadalupe Barrientos, Alejandra Malvino, (contraltos), Enrique Folger (tenor), Alejandro Meerapfel (barítono) y Fernando Radó (bajo). Participación del Coro Polifónico Nacional. Orquesta Estable, Coro Estable y Coro de Niños del Teatro Colón. Director del Coro Estable del Teatro Colón: Miguel Fabián Martínez. Director del Coro de Niños del Teatro Colón: César Bustamante. Director del Coro Polifónico Nacional: Darío Marchese. Dirección Musical: Enrique Arturo Diemecke.

La Octava Sinfonía de Gustav Mahler fue estrenada el 12 de septiembre de 1910 en Munich; a la Argentina llegó el 29 de abril de 1977, en carácter de primera audición sudamericana, en la sala del Teatro Colón. Se apreció en siete funciones de la mano de Pedro Ignacio Calderón, a la sazón director general del Colón bajo el gobierno de facto del momento, actuaron la orquesta Filarmónica de Buenos Aires, los Coros de dicho teatro y se contó con solistas locales. Nuevamente fue Calderón el brazo ejecutor, pero esta vez con la Sinfónica Nacional, en una única oportunidad el 29 de octubre de 1998, también en el Colón pero en la temporada de la Asociación Wagneriana. La tercera y última vez que la obra se pudo escuchar en vivo fue con los elencos del Teatro Argentino de La Plata tanto en su sala en la ciudad de las diagonales (septiembre de 2010) como en el Stadium Luna Park (en noviembre de 2010) y con amplificación dado las características de dicha sala de la ciudad de Buenos Aires. Por cuarta vez en la historia de la Argentina, por segunda vez en la Temporada del Teatro Colón y por tercera en su sala volvió la denominada Sinfonía de los mil con una versión con algunas imprecisiones pero de buen nivel general. La prestación de los tres Coros involucrados fue solvente: tanto el Coro Polifónico Nacional -convocado como segundo Coro en las tres últimas ejecuciones de la obra- como el Coro Estable y el Coro de Niños del Teatro Colón, actuaron con la corrección y el profesionalismo que los caracterizan. Quizás no fue del todo feliz la ubicación de las masas corales necesarias para la obra ya que la campana acústica utilizada era más corta de lo necesario Quedó un espacio al descubierto, entre primera fila de coros y la orquesta, de unos dos o tres metros, con unos cortinados que intentaban atenuar la fuga de sonido. Esto naturalmente afectó la escucha de los coros que en algunos momentos resultaron un poco lejanos. La elección de las voces solistas, quizás los mejores dentro de los cantantes locales, resultó más que acertada. El tenor Enrique Folger interpretó con arrojo, buena emisión e intencionalidad sin mácula. El barítono Alejandro Meerapfel sorteó las dificultades de su parte con emisión segura y belleza vocal mientras que el bajo Fernando Radó volvió a deslumbrar por su volumen, color y perfección. La soprano Paula Almerares en la brevísima Mater Gloriosa no estuvo a la altura de sus amplios antecedentes, mientras que la mezzosoprano Alejendra Malvino fue profesional, solvente y ajustada, una cantante que nunca defrauda.En un año descollante la soprano Daniela Tabernig volvió a demostrar su valía, su constante evolución técnica y expresiva, su línea de canto exquisita y su notable presencia escénica.
Jaquelina Livieri afianza cada vez que se la escucha su imprescindible presencia en los escenarios, mientras que la mezzosoprano Guadalupe Barrientos impresionó por su volumen y su color vocal, en una prestación a todas luces excelente. El maestro Enrique Arturo Diemecke dirigió de memoria la obra intentando concertar todos los detalles de una sinfonía única, difícil, atípica, gigante y monumental. Lo logró en casi todo momento salvo por algunas imprecisiones que no opacan que el maestro mexicano logró llevar a puerto seguro una nave de por sí destinada habitualmente al naufragio. La Orquesta Estable del Colón respondió con calidad como también el grupo de metales situado aparte del resto (4 trompetas en Fa y 3 trombones) que se ubicaron en un palco al fin de la platea. Y así el público y los artistas involucrados salieron felices y satisfechos por un momento único y pocas veces repetido.


Thursday, June 2, 2016

Dos Galas Líricas en Ushuaia (Tierra del Fuego) Argentina

Fotos: Andrés Camacho

Gustavo Gabriel Otero

Ushuaia, provincia de Tierra del Fuego, Argentina, 27 y 28 de mayo de 2016. Salón Magallanes. Galas Líricas. Daniela Tabernig, soprano. Guadalupe Barrientos, mezzosoprano. Nazareth Aufe, tenor. Ernesto Bauer, barítono. Ivan Rutkauskas, piano. Fragmentos de óperas de Giuseppe Verdi (La Traviata, Macbeth y Rigoletto), Gaetano Donizetti (Lucia di Lammermoor y La Favorita), Giacomo Puccini (La Bohème y Madama Buterfly), Wolfgang A. Mozart (Don Giovanni), Georges Bizet (Carmen), Franz Lehar (Die lustige witwe), Ruggiero Leoncavallo (Pagliacci), Camille Saint-Saëns (Samson et Dalila), Umberto Giordano (Andrea Chenier). Séptimo y Octavo Concierto del Ciclo Otoño Clásico en Arakur Ushuaia.

En Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, no es habitual encontrar eventos culturales por eso hay que celebrar la idea de este ciclo denominado ‘Otoño Clásico’ que organiza el Hotel Arakur Ushuaia Resort & Spa, que con diez conciertos entre el 30 de abril y el 4 de junio ofrece a locales y turistas una excelente ventana al mundo de la música clásica. Ya pasaron los pianistas Miguel Ángel Estrella y Ralph Votapek, el Trío Clásico de Buenos Aires y un dúo de violín y piano, y cerrará el Ciclo el Coro Polifónico Nacional de Ciegos. Como no podía faltar la lírica se convocó a cuatro contantes solistas y un pianista para que durante dos noches, con programas diferentes, den cuenta de dieciocho fragmentos, el viernes 27 de mayo, y doce fragmentos, el sábado 28, de catorce óperas diferentes. La selección fue más que acertada y se alternaron fragmentos únicos con tres y hasta cuatro dúos o arias de la misma ópera. 

No fue el típico recital de cantantes mirando al público sino que se hicieron movimientos teatrales, se utilizaron las distintas entradas para el ingreso de los artistas y siempre se intentó dar credibilidad escénica a los fragmentos y unidad estilística musical. No pudo ser mejor, en ambas jornadas, el acompañamiento al piano de Ivan Rutkauskas quien con menos de treinta años exhibe seguridad, musicalidad y perfecto apoyo a los solistas. La soprano Daniela Tabernig evidenció estar pasando por un momento vocal extraordinario -no en vano fue protagonista en alguno de los elencos de dos de las tres óperas que ofreció este año el Teatro Colón y en la única del Teatro Argentino de La Plata además de la sinfonía Resurrección de Mahler- y es difícil escoger un fragmento solista para calificar cómo el mejor. Así fue una Donna Anna contenida pero segura y perfecta en ‘Non mi dir’, una Mimí deliciosa en su aria de presentación y una dulce Micaela en ‘Je dis que rien’ en la primera noche. Mientras que emocionó con ‘Un bel di vedremo’ y cautivó con el momento solista de Nedda de Pagliacci. A dúo con el barítono Ernesto Bauer interpretó ‘la ci darem la mano’ de Don Giovanni donde la seducción actoral y vocal del Bauer dio posibilidad a Tabernig para crear un ser simple y seducido y, en la segunda noche, el dúo entre Silvio y Nedda de conmovedora perfección en ambos intérpretes. Con el tenor Nazareth Aufe cantó ‘Parigi o cara’, el dúo del primer acto entre Micaela y Don José de Carmen y el final del primer acto de La Bohéme, en los tres fragmentos ambos intérpretes se conjugaron a la perfección. En la segunda noche ante el Pinkerton arrollador de Aufe fue una apasionada Cio-Cio-San en el dúo del primer acto. Expresividad, manejo del fraseo, agudo firme y caudal poderoso fueron evidentes en las dos jornadas. Impactante fue la entrada de la mezzosoprano Guadalupe Barrientos por el centro de la platea cantando la ‘Habanera’ de Carmen de Bizet mientras que con el ‘Mon Coeur’ de Samson et Dalila seguramente revivió el triunfo obtenido hace pocas semanas en Eslovenia. Poderosa seducción, intencionalidad perfecta, entrega, voz potente de seguros graves y centro de color aterciopelado evidenció la joven artista en la primera jornada. 

En la segunda acometió ‘O mio Fernando’ de La Favorita y se atrevió a ‘La mamma morta’ de Andrea Chenier ambas con perfecto sentimiento y depurada línea. A dúo con el tenor Nazereth Aufe cantó el final de Carmen, donde ambos artistas se involucraron en los personajes hasta hacer olvidar que era un concierto. El dúo ‘Lippen Schwingen’ de Die Lustige Witwe ofreció un momento de intenso lucimiento para Ernesto Bauer que fue muy eficazmente acompañado por Barrientos. Por aplomo, musicalidad y seguridad en el agudo sorprendió el tenor Nazareth Aufe. Fue en la primera noche Edgardo (de Lucia) de esmerada interpretación belcantista, también Alfredo (de Traviata), Don José (de Carmen) y Rodolfo (de La Bohème) en todos los fragmentos fue seguro, profesional y ajustado intérprete. Con menos eficacia abrió la segunda noche con ‘Ah, la paterna mano’ de Macbeth pero luego cantó con justeza ‘Parmi veder’ de Rigoletto y ‘Addio fiorito asil’ de Madama Buterfly. Un artista a tener en cuenta y a seguir con detenimiento. Sin discusiones la presencia magnética en el escenario y la calidad vocal de Ernesto Bauer. El viernes 27 de mayo interpretó con perfectos acentos tanto ‘cruda funesta smania’ de Lucia como a Giorgio Germont en ‘Di provenza’, en ‘Finch ch’han dal vino’ de Don Giovanni quizás faltó algo de fiato para esta aria de extrema dificultad, mientras que finalizó esa noche con una exquisita interpretación de la ‘Ballmusik’ de Die Lustige Witwe. 

El sábado conmovió con su calidad vocal, intencionalidad, y volumen en los dos fragmentos solistas: ‘Pietá, respeto, amore’ de Macbeth y el célebre ‘Cortigiani’ de Rigoletto. El público ovacionó a los artistas en la primera noche y deliró en la segunda. Ante los efusivos aplausos en las dos jornadas interpretaron el Brindis de La Traviata como bis o propina. El viernes agregaron, también, el Cuarteto de Rigoletto -que en la segunda noche y con distinto movimiento actoral integró el programa y dónde las cuatro voces se amalgamaron a la perfección- mientras que el sábado versionaron tanto la Habanera de Carmen como el Nessun Dorma de Turandot de Puccini para cantarlo en cuarteto y para felicidad del público. En suma: dos noches de alta calidad en el extremo sur de la Patagonia Austral.

Tuesday, July 21, 2015

Cavalleria Rusticana y Pagliacci en el Teatro Colon de Buenos Aires

Foto: Prensa Teatro Colón/Máximo Parpagnoli 

Gustavo Gabriel Otero

Buenos Aires, 17/07/2015. Teatro Colón. Cavalleria Rusticana y Pagliacci en Caminito (Homenaje a la inmigración italiana del 900). Espectáculo ideado por José Cura. Integrado por el tango-canción ‘Caminito’ de Juan de Dios Filiberto (música) y Gabino Coria Peñaloza (letra) y las óperas Cavalleria Rusticana, de Pietro Mascagni y Pagliacci, de Ruggero Leoncavallo. Dirección escénica, diseño de escenografía y diseño de iluminación: José Cura. Vestuario: Fernando Ruiz. Producción Original de la Ópera Real de Valonia, Lieja. Pietro Mascagni: Cavalleria Rusticana, ópera en un acto con libreto de Giovanni Targioni-Tozetti y Guido Menasci basado en la obra homónima de Giovanni Verga. Guadalupe Barrientos (Santuzza), Enrique Folger (Turiddu), Leonardo Estévez (Alfio), Mariana Rewerski (Lola) y Laura Dominguez(Lucia). Ruggero Leoncavallo, Pagliacci, drama en un acto con libreto del propio Leoncavallo. José Cura (Canio/Pagliaccio), Mónica Ferracani (Nedda/Colombina), Fabián Veloz (Prólogo/Tonio/Taddeo), Gustavo Ahualli (Silvio), Sergio Spina (Beppe/Arlecchino), Reinaldo Samaniego y Grabriel Vacas (Paisanos). Juan Kujta, bandoneón. Orquesta, Coro de Niños y Coro Estables del Teatro Colón. Director del Coro Estable: Miguel Fabián Martínez. Director del Coro de Niños: César Bustamante. Dirección Musical: Roberto Paternostro.

El Teatro Colón presentó un espectáculo ideado por el polifacético José Cura denominado ‘Cavalleria Rusticana y Pagliacci en Caminito (Homenaje a la inmigración italiana del 900)’.
Todo comienza con la grabación del tango ‘Caminito’ -compuesto en 1926- con la extraordinaria voz de Carlos Gardel y acción escénica que muestra al menos dos encuentros amorosos: el de Turiddu y Santuzza y el de Nedda y Silvio. No estamos ni en Sicilia ni en Calabria sino en una esquina del porteño barrio de La Boca en el Buenos Aires de inicio del siglo XX, aunque la ambientación for-export de la calle Caminito sea mucho más actual, con un bar que se denomina ‘Caminito Tango’ y las casas de altos ocupadas por Lola y Santuzza, un iglesia de madera en el fondo y a la derecha una plaza con un mural que se denomina ‘La Murga’ y que se encuentra a unos tres kilómetros de Caminito y que se construyó en 1988-1999. Un figurante disfrazado de Pietro Mascagni merodea la acción y toma notas y finalmente comienza la música de Cavalleria Rusticana. En el intermezzo el órgano es suplantado por el bandoneón y el grito que indica el asesinato de Turiddu es dicho primero por el figurante que hace de Mascagni y luego susurrado por Santuzza. Al concluir Cavalleria no se baja el telón ni salen los artistas a saludar. Se suben apenas las luces de la sala y se indica en la pantalla del sobre-titulado que comienza el intervalo. Durante el mismo un bandoneonista desgrana tangos sentado en la plaza de la escenografía junto al figurante vestido de Mascagni. Parte del público se queda disfrutando del concierto de tango y otros salen como de costumbre. Al llamado para la segunda parte y el reingreso del público sigue Pagliacci. En el inicio de la partitura se escenifica el cortejo fúnebre de Turiddu, luego entra Ruggero Leoncavallo, se abraza con Mascagni, canta el Prólogo y se va de la escena junto al otro compositor. Finalizado el prólogo un cartel indica que han pasado cinco meses desde la acción de la primera parte. Se ve a Santuzza con un embarazo avanzado, Lola y Alfio pasan por la calle y posteriormente se develará que Silvio es el camarero en la Taberna de Mamma Lucia. Llegan los payasos y la acción y la música se corresponden a la ópera de Leoncavallo. La frase final no la dice Tonio, como en la partitura, ni Canio, como se hace tradicionalmente, sino Mamma Lucia. Irreverente concepción algunos, extraordinaria para pocos, decididamente mala para una minoría o trivial para algunos, las ideas de José Cura nunca dejan al espectador indiferente. El vestuario de Fernando Ruiz es correcto sin un anclaje temporal definido pero se estima entre los últimos diez años del siglo XIX y los primeros treinta del siglo XX. La iluminación ideada por José Cura es sencilla con momentos decididamente pobres y la escenografía, también firmada por el tenor, de milimétrica precisión dentro de un contexto de postal turística, pero deja poco espacio para los coros. 

El cambio de época, lugar y acción no molesta y no aporta demasiado. Quizás sea muy interesante para público del exterior por la potencia que tiene el tango en diversos países de Europa y del extremo oriente. El problema de José Cura director escénico es que sobrecarga las tintas de la violencia. Ya el verismo abusa del realismo y si al verismo se lo exagera queda ridículo. Valga como ejemplo que Santuzza se pasa la obra tocándose el vientre para que nos demos cuenta que está embarazada, o cuando Santuzza en un ataque de ira al finalizar el dúo con Turiddu se golpea repetidamente el abdomen intentando, quizás, un aborto natural, o la impactante cicatriz en el rostro de Canio que deja ver cuando se quita su máscara de payaso. Todo parece sobreactuado, con algunos detalles no tenidos en cuenta como que Lola y Alfio viven arriba de la taberna de Mama Lucia y Santuzza a su lado en una cercanía que mota en increíble los triángulos amorosos, o tener casi todo el tiempo a un policía en el escenario y que no pueda frenar la violencia que sucede casi en sus narices. Es ridículo que Alfio, luego de matar a Turiddu, se pasee por el pueblo durante la acción de Pagliacci cuando debería estar en la cárcel, o que la compañía ambulante se presente al aire libre en el mes de agosto en la mitad del invierno porteño. Con todo la puesta no molestaría como tampoco los parlamentos castellanos añadidos, los sobretitulados con giros lunfardos o con texto que no se canta, el cambio de palabras o rimas, o la modificación en la atribución de frases si la versión musical y vocal fuera de primer orden. Al ser sólo una correcta interpretación musical el foco se puso en la escena. No esta mal pero tampoco tiene el vuelo y la excelencia de otras puestas con cambios de época vistas en el Colón, en otros escenarios de la Argentina o en el mundo. Sólo es una más, con buen trabajo de marcación en las acciones paralelas, exageración en los protagónicos y descuido en las masas. Roberto Paternostro concertó una rutinaria versión musical y es el responsable de permitir cambios y alteraciones en la partitura. No es menor el agregado de un bandoneón en el célebre Intermezzo de Cavalleria que reemplazó al órgano pero que sonó con distinta afinación a la de la orquesta y con notorios desajustes respecto a la misma. Ambos coros efectuaron una faena correcta pero con algunos desajustes, seguramente fruto de la batuta del maestro Paternostro. El tenor Enrique Folger fue un Turiddu de emisión vehemente y algo forzada. Leonardo Estevez como Alfio tuvo un desempeño correcto, mientras que Laura Dominguez (en reemplazo de Anabella Carnevalli) como Mamma Lucia no estuvo a la altura del rol. Se anunció que Guadalupe Barrientos (Santuzza) tenía faringitis y no corresponde, por respeto a la persona, hacer un comentario disvalioso a su labor teniendo en cuenta su enfermedad. Sólo podremos expresar que su labor fue razonable y que permitió llevar la función a buen puerto. Mariana Rewerski fue una Lola perfecta, por sensualidad, línea de canto y belleza vocal. José Cura brindó un Canio arrogante y potente. Con su ya conocida forma personal de emisión, frases recitadas más que cantadas y con agudos retaceados. Fabián Veloz fue un Tonio de excelente emisión, se destacó en el prólogo caracterizado como el compositor de la obra, y fue sin lugar a dudas de lo mejor de la noche. Mónica Ferracani cumplió con creces con los requerimientos de Nedda y Gustavo Ahualli (Silvio) y Sergio Spina (Beppe/Arlecchino) no pasaron de la corrección.

Wednesday, December 10, 2014

Madama Butterly en el Teatro Colón de Buenos Aires

Foto: Teatro Colón / Máximo Parpagnoli

Luis G. Baietti 

Contrariamente a lo que se comentaba en los pasillos del Teatro. El elenco del día del estreno , mayormente integrado en sus papeles principales por cantantes internacionales incluyendo entre ellos a dos cantantes argentinos actualmente radicados en Europa y llevando adelante una interesante carrera, fue de excelente calidad. En primer lugar la soprano armenia LIANA ALEKSANYAN, que tenía dos graves compromisos: cumplir con Puccini en uno de sus personajes más exigentes vocal y dramáticamente, y apaciguar el estado de ánimo de buena parte del público que compró un abono que tenía a PATRICIA RACCETTE protagonizando esta ópera y se sentía estafado con el cambio. La verdad es que Liana tuvo una actuación memorable, muy cercana a la perfección, con gran fuerza dramática, que fue creciendo a medida que avanzaba la obra hasta llegar a una angustiante escena final. Vocalmente exhibió una agradabilísima voz de soprano lírica con un esplendido registro agudo , que permitió recordar cómo era oír notas agudas de sonido amable para el oído .Como toda soprano lírica que encara Butterfly tuvo que luchar con las notas graves que no son su fuerte y tendieron a desaparecer por debajo de la orquesta ( que no fue nada benévola con ella ) o de alguno de sus compañeros de reparto en los dúos y fue esa su principal limitación. Yo le agregaría la forma no muy ortodoxa con que llegó al agudo final de la entrada y al agudo final del primer acto, cortando la línea melódica para respirar antes de embarcarse en la nota. Junto a ella tuvo gran lucimiento la actuación de GUADALUPE BARRIENTOS previsiblemente despegando un impactante vocalismo, y con una gran fuerza dramática. Me tocaron particularmente dos escenas. Todo el dúo de Butterfly con el Cónsul en el cual alternó miradas de pena hacia su amiga con una mirada dura y silenciosamente acusadora hacia su interlocutor. Y la terrible escena final en que saca a lucir una máscara trágica auténticamente conmovedora. Gran labor. IGOR GOLOVATENKO impactó con una sobria presencia escénica y una voz bellísima, de hermoso timbre, volumen y extensión generosos. SERGIO SPINA realizó una verdadera interpretación maestra como Goro, algo más siniestro y en dominio de la situación que en las versiones normales, pero también bastante más servicial cuando se enfrenta a un poderoso como Yamadori. En cuanto a JAMES VALENTI nadie puede decir que no tiene el físico del papel. ( al fin no quedó ridículo que Butterfly le cante que es “ alto y fuerte “ ) hizo un magnífico retrato de su personaje que en esta versión es decididamente villanesco en su egoísmo y en su pretensión de resolver todo con base en el dinero. Tiene una voz agradable, especialmente del centro hacia abajo, incluyendo muy buenos graves Pero el registro agudo es débil. Pierde volumen y color, es notorio que se esfuerza y en el final con el cansancio llegaron algunas notas de sospechosa entonación. FERNANDO RADO fue auditivamente un Bonzo de lujo y se benefició visualmente por el uso de una peluca bien menos exagerada que su colega C.PEREGRINO. IRA LEVIN, más allá de su tendencia a ahogar a los cantantes con el volumen de la orquesta, volvió a conducir una versión de sondo suntuoso, que permitió descubrir detalles que no habíamos percibido pese a la cantidad de veces que hemos visto esta ópera, aunando belleza sonora con intensidad dramática en una versión ejemplar. Más allá de las para mi fallidas escenas del tío Bonzo y Yamadori continuó pareciéndome excelente la puesta de HUGO DE ANA con su atención al más mínimo detalle del drama, ateniéndose siempre a lo que marcan el libreto y la música, enfocándolos con una nueva luz, y que tuvo su punto máximo en la verdaderamente desgarradora escena final .

Thursday, September 25, 2014

Falstaff de Verdi en el Teatro Colon de Buenos Aires

Foto: Maximo Parpignoli / Teatro Coloon de Buenos Aires

Luis Baietti para operaintheworld

Junto con Otello las dos óperas que compuso en colaboración con Arrigo Boito (además de la segunda versión de SIMON BOCCANEGRA), ambas basadas en Shakespeare, es una obra atípica en la carrera de Verdi. En primer lugar porque a la inversa de toda su producción es una comedia, género en el cual sólo había incursionado antes muy al comienzo de su carrera produciendo un título muy simpático y muy agradable de oír pero muy menor. Y es atípica porque se distancia marcadamente de lo que había sido hasta entonces el estilo Verdi...No hay aquí las grandes arias ricas en melodías, que invitan a salir cantando del Teatro. La acción se desarrolla en un continuo donde no se pueden separar fragmentos, pero además, como si estuviera apuntando como un profeta a lo que será el futuro de la Opera, los cantantes pierden en buena medida el rol de protagonistas absolutos que siempre tuvieran sus óperas, y pasan a competir con la Orquesta que a menudo es la que lleva adelante la línea musical mientras los cantantes en escena entonan algo que está a medio camino entre el canto y el recitativo. Quizás sea esa la explicación de que este título, verdadero canto del cisne del Maestro, sea tan apreciado por los musicólogos que lo consideran su obra maestra, pero tenga una recepción más bien tibia entre el público que nunca acabó de incorporarlo a sus obras favoritas. La verdad es que la excelente versión que presentó el Teatro Colón hizo todo lo posible y bastante más para comunicar la grandeza del texto mostrando sus valores. En primer lugar importando algo que antes era cosa de todos los días pero que cada vez disfrutamos más raramente en nuestro Teatro de Opera: un cantante top de línea en pleno apogeo de sus condiciones vocales. Cuesta concebir un Falstaff mejor que el de AMBROGIO MAESTRI. Dotado, para comenzar con el verdadero físico del papel (alto, voluminoso) es un actor consumado, dotado de una comicidad natural que no necesita exageraciones y es portador por si fuera poco de una voz excepcional con un impresionante volumen y un registro agudo que invita al asombro. Gran actuación para conservar en el recuerdo y colocar en la galería de las grandes interpretaciones que han hecho honra a este gran Teatro que no pasa hoy por hoy por sus mejores días. A su lado impactó la interpretación de FABIAN VELOZ que cantó la expuesta partitura de Ford como si fuera un juego de niños e hizo gala de una creciente capacidad interpretativa, que seguramente ha crecido gracias a sus incursiones en los principales teatros de Europa, con los grandes maestros que ahora frecuenta. Para colmo se lo nota bastante más delgado, lo cual lo ayuda a desplazarse con una agilidad superior a la que exhibía cuando estaba entre nosotros todo el tiempo y no teníamos que compartirlo con nadie. BARBARA FRITTOLI, gran cantante con una impresionante carrera, nos tranquilizó a todos con su línea de canto, ya que llegamos a pensar que comenzaba a frecuentar los teatros “extracomunitarios “y este tipo de repertorio menos exigente en cuanto a notas porque estuviera en decadencia vocal. Nada de eso, fue una Alice elegante, excelentemente cantada y sólo no logró dominar completamente los concertantes porque a su lado estaba PAULA ALMERARES una Nannetta deliciosa y juvenil pero que en los concertantes mostraba un volumen vocal que no es el usual para las sopranos que encaran este papel. Poca cosa Meg para GUADALUPE BARRIENTOS pero siempre es un placer volver a verla y constatar in situ como continúa progresando su solvencia vocal y escénica ahora que canta regularmente en Europa y frecuenta un repertorio variado y exigente. ELISABETTA FIORILLO reiteró la impresión dejada en Ballo (Ulrica) de que canta con los restos de una gran voz, sólo que aquí su contundente registro grave, usado con sentido cómico le permitió lograr una creación magistral. Totalmente solvente el Fenton de EMANUELE D'AGUANNO no logró realmente justificar su contratación dado que hay una nada corta lista de cantantes locales que podían haber encarado este papel en igualdad de condiciones. Muy buenas las actuaciones de los encargados de los papeles comprimarios SERGIO SPINA, JUAN BORJA, GUSTAVO GIBERT. Muy simpático y desenvuelto el niño JORGE CHAMORRO que hace de paje de Falstaff. La dirección musical fue totalmente correcta, sin mayor destaque, pero con los endiablados contrapuntos entre foso y escenario que Verdi propone en esta ópera, esto ya es más que suficiente. Sólida, firmemente asentada en el sentido común la puesta de ARTURO GAMA , TUVO UNA IDEA GENIAL EN LA ESCENA FINAL DE HACER QUE TODOS LOS CANTANTES SE DESPOJEN DE SUS DISFRACES Y PASEN A USAR ROPA DE CALLE, MIENTRAS EL ESCENARIO GIRA Y MUESTRA SU REVERSO Y LOS CANTANTES , CANTANDO EL TEXTO ESCRITO POR VERDI, LE DICEN AL PUBLICO QUE QUIENES LO INTEGRAN HAN SIDO LOS ENGAÑADOS EN REALIDAD Y NO FALSTAFF O FORD. La escenografía fue funcional pero francamente pobre y fea de ver. Un párrafo aparte, elogioso, se merecen los profesores de la Orquesta que llevaron adelante una protesta gremial (por sueldos y un despido) sin afectar el desarrollo del espectáculo, tocando en mangas de camisa y exhibiendo al final durante los aplausos carteles indicativos del conflicto. No sé si tienen razón o no, pero al menos no la han perdido como la perdían en el pasado sometiendo al público a malos tratos como tenerlo esperando en sus butacas mientras los músicos decidían en asamblea en el escenario si la función se hacía o no.

Saturday, August 24, 2013

Aleko y Francesca da Rimini de Rachmaninov en Buenos Aires

 
Foto: Teatro Colón de Buenos Aires

Gustavo Gabriel Otero

Buenos Aires, 21/05/2013. Teatro Colón. Serguei Rachmaninov: Aleko. Ópera en un acto. Libreto de Vladimir Nemirovich-Danchenko, basado en Los gitanos, de Alexander Pushkin. Francesca da Rimini. Ópera en un prólogo, dos actos y epílogo. Libreto de Modest Ilich Chaikovski, basado en el Canto V del Inferno de la Divina Commedia de Dante Alighieri. Estrenos en el Teatro Colón. Silviu Purcarete, dirección escénica, Helmut Stürmer diseño de escenografía y de vestuario. Karel Vanek, coreografía. Rares Zaharia, dramaturgia. Jerry Skelton, iluminación. Sergei Leiferkus (Aleko y Lanciotto Malatesta), Irina Oknina (Zemfira y Francesca Malatesta), Leonid Zakhozhaev (Joven gitano y Dante Alighieri), Maxim Kuzmin-Karavaev (Un anciano y Espíritu de Virgilio), Hugh Smith (Paolo Malatesta) y Guadalupe Barrientos (Vieja gitana). Orquesta y Coro Estable del Teatro Colón. Director del Coro: Miguel Martínez Dirección Musical: Ira Levin.
 
El Teatro Colón ofreció, en carácter de estreno local, dos de las tres óperas del compositor ruso Serguei Rachmaninov: Aleko (de 1893) y Francesa da Rimini (de 1906). En un más que interesante programa que se concretó con una realización musical de excelencia y una faz visual controvertida. La puesta de Silviu Pircarete intentó llenar el espacio escénico de elementos comunes a las dos obras que las mismas no tienen. Los movimientos escénicos planteados lucieron anodinos y pueriles. La escenografía de Helmut Stürmer es una gran estructura metálica de color negro que deja ver pasarelas. En Aleko representa un interior donde los gitanos pertenecen a un circo ambulante. Lo esencial del galpón gitano persiste en el infierno de Paolo y Francesca y en el Palacio de los Malatesta. Responsable también del vestuario, Stürner, ideó trajes dispares y sin un anclaje temporal definido. Indudablemente pobre la iluminación de Henry Skelton y prescindibles los movimientos coreográficos trazados por Karel Vanek. La orquesta, dejando pasar algún acorde de bronces poco feliz, cumplió una labor loable, conducida por Ira Levin, quien supo llevar a buen puerto y con calidad ambas obras. Sergei Leiferkus con su línea de canto de gran nobleza, bello timbre e interesante musicalidad dio vida a dos personajes: Aleko y Lanceotto Malatesta. Irina Oknina (Zemfira y Francesca Malatesta) evidenció una voz homogénea, buen fraseo y volumen adecuado. Leonid Zakhozhaev fue un joven gitano -el amante de Zemfira- de voz poderosa y agudos certeros en Aleko y un correcto Dante en Francesca da Rimini. Maxim Kuzmin-Karavaev fue convincente como un viejo gitano primero y como el Espíritu de Virgilio después. Hugh Smith un tanto exigido en el rol Paolo Malatesta cumplió con lo necesario. Mientras que Guadalupe Barrientos se destacó en el brevísimo papel de vieja gitana en Aleko. El Coro Estable, que dirige Miguel Martínez, tuvo una participación brillante que contribuyó a la excelencia musical de la noche.

Wednesday, August 7, 2013

Otello en Buenos Aires

 
Foto: Teatro Colón de Buenos Aires
 
Gustavo Gabriel Otero
 
El Teatro Colón de Buenos Aires programó dos óperas de Verdi para homenajearlo en su bicentenario: Un ballo in maschera que con la puesta de la Fura dels Baus cerrará la Temporada 2013 y éste Otello. Generó gran expectativa la presencia del argentino José Cura no sólo por el título y la dificultad del rol sino porque el tenor rosarino también se haría cargo de la dirección escénica, de la escenografía y del diseño de luces. Lamentablemente las expectativas no fueron satisfechas de ningún modo y el polifacético artista no brilló en ninguna de sus facetas.  José Cura escenógrafo divide el escenario en tres: uno grande, que ocupa casi la mitad del disco giratorio, que es un exterior donde se ven los muros de la fortaleza, la playa, un gran árbol y el muelle. Y dos más pequeños: la estancia de trabajo con una gran mesa y la habitación de Otello. La idea es muy buena, los espacios adecuados y bellos y permite el rápido pasaje de una escenografía a otra mostrando lo que ocurre en paralelo en distintos lugares de la isla de Chipre. Pero, lamentablemente, Cura director escénico abusa durante toda la obra de los permanentes giros del escenario hasta que logra cansar al espectador. Los movimientos actorales son cuidados y prolijos y algunas soluciones interesantes. El equipo escénico se completó con el razonable vestuario de Fabio Fernando Ruiz y la iluminación de Cura y Roberto Traferri que no pasó de la cuidada corrección.  Massimo Zanetti es un director solvente y no mucho más. Con algunos tiempos arbitrarios, varios desajustes y expresividad contenida logró redondear una razonable y a la vez olvidable versión musical.  En el protagónico José Cura brindó un Otello con expresividad sin mácula pero con afinación errática, con más frases recitadas que cantadas, con la voz sin brillo pero aún potente y poderosa, con fraseo errático y personal pero conmovedor.  El resto de los protagonistas no mostró fisuras y resultó de altísimo nivel. Así el Iago de Carlos Álvarez combinó calidad vocal con belleza de timbre, expresividad con refinamiento y compenetración actoral con ductilidad. Mientras que Carmen Giannattasio deslumbró como Desdemona con su voz  cristalina, su perfecta afinación y su segura musicalidad.  El más que solvente elenco nacional del resto de los roles mostró absoluta calidad. Brillaron especialmente Enrique Folger (Cassio) y Guadalupe Barrientos (Emilia). Los Coros resultaron adecuados.